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UNA ESCALERA CONTRA LA PARED, de Cristián Huneeus
Sangría Editora. Santiago, 2011

Por Francisca García B.
http://www.sobrelibros.cl/




 

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En una entrevista de 1984 Cristián Huneeus declaraba que «la literatura se vincula con dos impulsos psicológicos elementales, que son la seducción y la agresión». Con la primera de estas categorías, Huneeus se refería puntualmente al motivo del erotismo que trabaja en sus obras; con la segunda, al acto de irrumpir con ello en el Chile de la década del 80 y su sistema político represivo, donde para él la hipocresía y el disimulo eran requisitos imprescindibles de la sobrevivencia [1]. Esa relación estrecha entre el cuerpo social y la respuesta de su literatura me hacen pensar en la dificultad de disociar en el individuo Huneeus sus prácticas de escritor, académico y agricultor, y, a la vez, en la imposibilidad de marginar su literatura como si se tratase de un proyecto aislado y falto de intención.

Una escalera contra la pared es una novela anómala hasta el punto que a veces no se sabe qué se lee ni a quién se lee. Publicada por primera vez en 2010 por Sangría Editora –el texto ha sido rescatado de su versión mecanografiada original de 1983–, este libro pone en juego diferentes estrategias literarias que inauguran un espacio intersticial delirante entre ficción y realidad, verdad y mentira, también ocultamiento y exposición; un espacio que no sólo caracteriza a esta novela en particular sino también a todo el proyecto autoral de Huneeus.

La integridad de Una escalera contra la pared es acumulación y fragmentos, formas expuestas como repertorios de palabras y de textos ajenos a la narrativa tradicional: cartas, guiones, cuestionarios, bitácoras, documentos de viaje e imágenes. Gaspar Ruiz, el personaje central de la novela, compone un diario mural doméstico durante «el infame verano del 56» –todas las citas son de la novela, a menos que indique lo contrario–, con el fin de superar «la infamia, la suplantación, la destitución (y la falta de imaginación)» provocadas por su grupo de amigos en todos los ámbitos, incluso en la escritura, a pesar de que él es «el verdadero escritor del grupo». El diario mural como propuesta de escritura impone una lectura accidentada. No hay allí linealidad, evolución, ni tampoco conclusiones. Al contrario, su sentido resultaría sólo de las relaciones y las convergencias que el lector pueda hacer surgir desde el inconsciente personal. De esa forma, pienso este texto equiparándolo a una mesa de trabajo en donde el autor ha arrojado los materiales caóticamente para que sea el lector quien deba recomponer el mosaico, como quien confecciona un collage. Justamente es a partir de estas operaciones creativas del lector que cobra importancia el epígrafe inicial de Juan de Dios Martínez (alter ego del poeta Juan Luis Martínez), transcrito ahí como una clara advertencia: «no empiece a subir [la escalera] sin haberse provisto de una cuerda, uno de cuyos extremos será sólidamente fijado al piso y el otro enrollado alrededor de su puño izquierdo. Por no haber tomado esta precaución, muchas personas nunca han vuelto». Una vez abandonada toda ilusión de unidad, constatación que responde directamente a la crisis de representación de una realidad fracturada de fines del siglo XX, la evocada cuerda proporcionaría a quien lee el instrumento para conseguir atar a su propia manera los núcleos de sentido que surgen desde el texto múltiple.

Sumada al motivo del erotismo –por más que la crítica se haya esmerado en sublimarlo a la hora de hablar del proyecto Huneeus o que el mismo autor lo superponga como una de sus principales estrategias para «abrir ventanas y establecer corrientes de aire» en una coyuntura asfixiada–, la escritura en fragmentos también puede leerse como parte de ese impulso de seducción que gobierna su literatura, pues el fragmento no puede significar otra cosa que la intención de evidenciar sólo una parcialidad y dejar al entrever del ojo un contenido latente soterrado. Ese juego de seducción permanente por medio de las apariencias se potencia, a su vez, con la propuesta de las voces múltiples y simultáneas que se expresan en la novela como espejos. El narrador, que se identifica a sí mismo como un «cronista anónimo», dedicado a componer la historia de Gaspar Ruiz, usurpa por momentos la identidad del personaje, «en este momento soy Gaspar», dice, al punto de trasladar su propio relato a la primera persona. A ese juego se suma en esta novela el del padre de Gaspar encarnado en la voz de su hijo y, también, la interrelación Huneeus-Ruiz: el primero es un «inolvidable amigo de toda especie de aventuras» para el segundo (tal como este relata en el prólogo de su obra El verano del ganadero), mientras Ruiz es definido por Huneeus como «un pituco y un pícaro, con tendencia a la melancolía y siempre disponible para lo placentero» [2]. La ficción de Gaspar Ruiz no sólo existe en esta novela sino también en las anteriores, El rincón de los niños (1980) y El verano del ganadero (1983), por lo que se ha dicho que Una escalera contra la pared viene a completar la trilogía [3].

La conformación de este universo mutante, en donde no hay nada seguro y todo se transforma, presentaría una suerte de huida de la interpretación que desprestigia la sempiterna supremacía del contenido frente a la verdad de las formas. Desde estas consideraciones, la novela integra como relato incrustado el ensayo «La verdad y yo», que se cifra como pauta de lectura: ¿qué es la Verdad? Gaspar Ruiz, que «no tiene una mente filosófica» y a quien «siempre lo atrajo más la apariencia formal que el contenido último de las cosas», entiende la verdad como una abstracción absoluta, inmutable pero escurridiza, que sólo surge en la medida de la percepción sensible. Hay allí una renuncia expresa a la pretensión de eternidad o verdad constituida del discurso narrativo, para abrir el relato a partir de sus tácticas de persuasión cuidadosa, engaño con arte o ataque sin aviso previo, campos semánticos que en definitiva exploran la relación dialéctica seducción-agresión.

«En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte», señalaba Susan Sontag al cierre de su ensayo Contra la interpretación (1968) para validar la lectura a partir de esos códigos. No sólo la narrativa de Huneeus sino muchos otros proyectos literarios en Latinoamérica sortearon sistemas políticos represivos generando nuevos modos de hablar como hermetismos con sus propias claves de desciframiento. De esta forma, una erótica del arte podría dotar a estos proyectos –en su condición de agentes de transformación– de una perspectiva necesaria, si pensamos en que la escritura por medio del fragmento implica por sobre todo negar la noción de última palabra.

Berlín, mayo de 2012

 

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NOTAS

[1] Cecilia Díaz, «Cristian Huneeus tiene muchas cosas que decir» en Pluma y Pincel 14, Santiago, 1984.

[2] Cecilia Díaz, «Cristian Huneeus tiene muchas cosas que decir» en Pluma y Pincel 14, Santiago, 1984.

[3] Francisca Lange, «Notas sobre un diario mural doméstico. Epílogo» a Una escalera contra la pared. Sangría Editora. Santiago, 2011.


 

 

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