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La videncia del ciego:
aproximaciones a la poesía de Carolina Lorca y Marcelo Pellegrini

Bastian Eduardo Desidel Escurra
Texto leído en I encuentro Regional de Escritores y Poetas de Valparaíso "Ximena Rivera"
22 de Noviembre de 2019


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Característico es el inicio de Los apuntes de Malte Laurids Brigge de Rainer María Rilke en donde el personaje principal declara el haber aprendido a ver. Tan fuerte cala la observación, que remueve profundamente su interior. Y es que existe, muchas veces, un sondeo del mundo interno a través de la representación de los estímulos visuales que nos ofrece el mundo. Pero ¿cómo asir la realidad y representar su forma si Dios nos ha dado los libros y la noche?

El siguiente texto tiene por objetivo principal realizar una lectura de la poesía de Carolina Lorca (Ciegos) y de la poesía de Marcelo Pellegrini (El ciego de los mares) mediante la creación y articulación de un hablante caracterizado por la ceguera. Será por este medio que se logrará en ambas poéticas conformar armoniosamente la videncia. Esta lectura posibilitaría establecer un contraste entre ambas figuras cegadas que sustentan los poetas.


Carolina Lorca y Ciegos

Carolina Lorca nace en 1954. Publica en 1999 la plaquette Ciegos bajo el sello editorial Altazor. Posteriormente durante la década de 2000 publica Trilogía del presentimiento (2001), A R.W.Fassbinder y Una tarde con los padres. Además, Lorca es creadora de la editorial “El Retiro” nombre de un barrio de la ciudad de Quilpué en la cual reside. En lo concerniente a este trabajo, nos concentraremos en la plaquette Ciegos.

Esta pequeña publicación se compone de 13 poemas de extensión variable. Ahora bien, el conflicto que vive la voz poética en este texto, se da entre la pasividad de habitar un mundo poblado de seres ajenos y la representación de dicho mundo a través de las palabras de quienes poseen la visión. Esta voz poética interpela, tanto al lector como a sí misma, sobre la esencia última de las cosas y la distancia que mantiene la representación de éstas. La imagen precede a la palabra, y la palabra, luego de ser enunciada, se desvanece, pariendo una imagen endeble: ¡Convocad sueños! Oíd vuestra voz, los vuestros,/ ajenos, inmaculados, inconfesable, finalmente borrados/ por un ladrido. Y es que todo sucede como un torrente armónico, el cual se podría ignorar inconscientemente a través de la visión; quien ciego no podría asir la forma, la construye mediante el tacto, los olores, sus sonidos: Una vez todo/ al descubierto, ahora, dónde está? Y es que la imagen resultará dudosa a quien aprende a contemplar en y desde la oscuridad, evocando una trampa para la voz poética: ni la imagen, ni la palabra podrán abarcar la naturaleza del ser sin la comprensión total: No hay búsqueda con las palabras ya que estas se encuentran subordinadas a la visión, a la necesidad del lazarillo y a la palabra para poder transitar el mundo y saberse en comunicación con un Otro (Hasta que no se sienta a la mesa y palpa sus bordes/todo ciego está muerto. Tan excitado antes/ por la vida, tan sobrepasado ahora.)

La construcción del mundo como morada se da a través de los sentidos hábiles, siendo una variación a Arthur Rimbaud en la Carta dirigida a Georges Izambard, donde menciona el esfuerzo que realiza para transformarse en Vidente: Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. La configuración del espacio poético se construye mediante el sonido y el tacto de manera armónica. Estos quiebran la espera del ciego. Carolina Lorca consciente de las tinieblas que abruman los ojos melancólicos, escribe: El mundo ha sido visto en una sola noche. A pesar de que, como se relata en la Biblia en Génesis, Dios haya separado el día de la luz bondadosa con la oscuridad de las tinieblas es a través de las tinieblas que se crea la tierra desordenada y vacía. La posición del ciego no es del todo oscura, ya que dentro de su propia naturaleza se mantiene la fuerza creadora de luz. A esto, la voz nos dice: Quien ciego vive, solo tiene uno: el sol en el cuerpo, mientras la noche. Este sol en el cuerpo posee la luminosidad fundante, la cual se contiene dentro de las mismas tinieblas bíblicas que nos nublan los ojos, y es la que nos permite identificar aquella luz que emana del sonido y el tacto. Carolina Lorca nos dice: la luz es lo que se escucha en los árboles, el camino.

La ceguera no es impedimento para “ver” realmente el mundo, puesto que el sonido amuebla dicha oscuridad: Siento el quemarse de la mosca en la vela, su explosión tan/ cerca. Siento ahora el pasar de los pasos allá afuera: esperan. Este sentir a través del sonido del mundo nos permite imaginar el vuelo y trayectoria de la mosca, la consumación de un objeto en el fuego, los pasos de quien transita tras nuestras puertas, la amenaza en los ladridos de los perros, conformando en la oscuridad los cuerpos que no se pueden mirar. La poeta nos menciona que Realmente escucha, el que espera, ya que en la aceptación de este silencio es posible establecer comunicación con el lenguaje de los objetos, así no existen interrupciones. El tacto permite dar forma a los sonidos que abordan al ciego. En la sección Antecedentes se menciona como oficio la Orfebrería, construcción con metales preciosos, como metáfora de la construcción de la historia propia, y es que es necesaria para situarse en esta Tierra común. El cuerpo ciego requiere del lazarillo para conformar la unión de los sentidos, la voz lo enuncia como: un cuerpo hermafrodita, el cual estará posibilitado de movimiento.

La oscuridad poblada de sonidos y formas no se ahoga en la imposibilidad de ver. La voz es consciente de una luminosidad dentro de la oscuridad. En el poema VII, la presencia de la luz escala en la duda del ciego, este escrito nos dice: Que es la luz? Quién será palabra que yo oiga/ con mis ojos encadenados?/ vosotros?. Más adelante afirma, Vosotros ardéis a la luz, lo sé; lejana de sí no/ queréis ver su fuente. La luz que se enreda en los cuerpos y objetos en el mundo del vidente es pálida y tímida, pues solo permite visualizar los objeto en torno a su forma, entonces el ciego ahonda en el lenguaje que se esconde en la oscuridad, Sonidos: la luz/ impertérrita. Quien no posee la noche en los ojos, está ligado a caer en las mentiras de las palabras, toda representación será pequeña o equívoca. En el Epílogo, la voz nos menciona: La luz es lo que se escucha en los árboles, el camino. En ello, nadie escucha tanto, solo quien espera. Siempre/ lo demás es otra cosa, no hay búsqueda con las palabras.

La espera que se gesta dentro de la oscuridad del no-vidente es el precio que se paga ante la imposibilidad de comunicarse con el mundo, muchas veces palpable en el “Vosotros” que se menciona. La oscuridad que prenda al hablante lo remite solamente a la escucha de los cuerpos que avanzan entre las tinieblas, a tantearlos sin poder llegar a su totalidad. Soy en las manos declara la voz. Estas manos pasivas negadas de contacto. La negación que no rescata el cuerpo ciego de la oscuridad genera una espera en el hablante, y es que al ciego no le queda más que esperar debido a esta incomunicación: Espero que atravieses por mi puerta ahora: cómo estás./ Espero que llames desde ti, como antes/ Espero que huyas de otras miradas, que no veas nada.  Esta espera se torna naturaleza en la voz poética, la cual se remite a dudar de las propias palabras, los tiempos pasados que tornan todo Hoy, en las peticiones de rechazo. Lorca escribe: En ello, (la espera) todo ciego es/ experto. Mientras, mira en torno: mora. La respuesta subyace/ en cada cual.  Pues la espera la engendra el ciego, produciendo una reflexión que pare las imágenes más brillantes, más.

Pues la clarividencia que exuda la voz ciega, carente de biografía, en Ciegos está dada a base de comprender en la espera misma a la oscuridad, la cual como espacio, permite comunicarse con los sueños, los sonidos, olores y formas. La voz nos recuerda en Antecedentes: Yo cuando ví, no os ví: vi la joya, sin veros, lúcidamente. La ceguera es parcial, el canto que emerge desde este cuerpo es capaz de suscitar fantasmas y cafés, lamentos ajenos, quebrantos por Mariano Jose de Larra y versos de Cernuda dirigidos al anterior (Quien habla ya a los muertos/ Mudo le hallan los que viven). Recordando nuevamente a Rimbaud en La alquimia del verbo, Terminé encontrando sagrado el desorden de mi espíritu. Lorca, mediante la construcción en torno a la oscuridad, nos dice: Finalmente por incansable: vidente. Requiere menesteroso el canto y el ancla, sin impaciencia. Solo a través de dichos ojos melancólicos se puede ver lo que es: he ahí la razón del Epinicio que contiene este libro, la necesidad de comunicar esta visión que posee el ciego, la necesidad de comunicarle al mundo la duda que se esconde tras la imagen, el mundo que se asoma silencioso en la oscuridad. Entonces y solo entonces, se siente la calidez.


Marcelo Pellegrini y El Ciego de los mares

Marcelo Pellegrini, nace en Valparaíso 1971, es poeta, ensayista y traductor. Dentro de su obra poética se encuentra Plaquette (1996), El árbol donde envejece la muerte (1997), Ocasión de la Ceniza (2003), Partitura de la eternidad (2005), La fuga (2007) que reúne los textos anteriormente mencionadosy El doble veredicto de la piedra (2011) entre otros.

El ciego de los mares es un poema extenso conformado por 14 fragmentos y que fue publicado originalmente en El árbol donde envejece la muerte de 1997. Posteriormente conformaría el tercer capítulo del libro recopilatorio Ocasión de la ceniza. El poema está dedicado al poeta Waldo Rojas y se caracteriza por la contención y la intertextualidad mediante la cual dialoga la voz que mora en el texto.

El hablante afirma en el fragmento xiii que El poema es oscuro como el bosque y la memoria. La ceguera de la voz poética nos permite asir el mundo debido a su misma imposibilidad de ver la totalidad, como menciona Alfonso Reyes en El deslinde: La precisión en la oscuridad es el máximo alarde de la poesía, es decir, la ceguera que carga el ciego lo obliga a comprender mediante la premeditación aquella oscuridad de la cual forma parte. El lenguaje debe ser oscuro para retratar la realidad que rehúye al simple vistazo de una mirada. La gesta se mueve como un barco en la inmensidad del mar acariciando la extensión posible y, a la vez, reconociendo las profundidades que jamás alcanzará a explorar. El tránsito por lo desconocido, la contención y la oscuridad de la voz poética, serán las mejores maneras de precisar qué hay detrás de estos Ojos que recuerdan tercos ventanales empañados.

Vale recordar los versos del poeta Mario Chávez Carmona, en su libro Mitomanías, que nos permite situar esta particular videncia: tu padre es el más bendito/ porque al perder la vista/ observa memorias de otras épocas. La videncia del ciego, en El ciego de los mares, se da en relación al conocimiento de sucesos que acontecen en épocas lejanas, la transmisión de la gesta es la razón por la cual se vive, la figura Homérica -que la etimología apunta como origen rehén, garantía- cantando los espectros de Helena. La voz nos dice: Compran unas monedas su vida/ mientras los aedos afinan sus oídos/ para cantar y contar:/ Actos irrepetibles, pero siempre presentes. En este caso, la ceguera del presente fija los ojos en el pasado. El cantar los hechos genera un retorno de aquellos días a los nuestros, tornando el tiempo en una espiral, generando a su vez un entendimiento de los días que se acercan. El eterno regreso de Ulises invulnerable y las Heroicas vidas que renacen/ como las hojas de los árboles, demuestran la extensión pasado-futuro que observa el ciego. Conocedor de las preguntas y respuestas a la vez, e interpelado por el grito de la estatua/ con sus llamadas y respuestas.

La tradición oral es fundamental en la configuración de esta figura homérica, ya que a través de esta primera se mantiene la comunicación con la palabra ajena que permitiría “ver” al ciego. El conocimiento de dicha tradición es el velero inflado que lo guía a través del mar. T.S. Eliot, en el ensayo La tradición y el talento individual, postula que: Ningún poeta, ningún artista, posee la totalidad de su propio significado. Marcelo Pellegrini es consciente de la inexistencia de la unilateralidad que menciona Eliot, la influencia de los escritos pasados en el presente y viceversa es constante. La idea del collage se presencia en el diálogo que realiza el ciego con la tradición. Importante es tener en cuenta las palabras de Gonzalo Rojas, poeta que se asoma como intertexto: El Oleaje de las barcas exigen ritmos. La conversación entre la voz del ciego, la palabra ajena y lo no-dicho - precisado en la contención - avanzan intentando establecer una armonía que deviene ojos fieles capaces de leer el cielo para acertar el pronóstico, conocer las preguntas y las verdades. La consciencia de no poseer el control del propio significado se apacigua mediante la conjunción de las múltiples voces de la tradición oral y escrita. La palabra que persiste.

Las letras ya escritas, como se menciona anteriormente, se vuelcan sobre el canto del ciego, estando el diálogo de poetas de todos los tiempos. La intertextualidad patentará este flujo de comunicación pasado-presente, e incluso futuro, que permitirá al ciego vislumbrar la realidad. En el fragmento viii se nos dice: La/ noche es una locura. Tiene/ brillo de espejos/ Todo es ojo: dios solemne. La noche se representará como la ceguera que cubre la visión de la voz poética, en la misma que se contiene los destellos de voces lejanas. Todo es ojo, refiriendo los elementos que canta el ciego, ya que estos evocan los fantasmas pasados, los árboles que se acercan cada vez más al río, la regeneración de la naturaleza, la duda ante la muerte. Pero los brillos de espejos, como quién proyecta una linterna de frente a un espejo, corre el riesgo de obnubilarse. Y es que las voces que nos abordan ¿traen la certeza de tiempos pasados?

El conflicto que se presenta en el Hablante torna a la palabra ajena, este nos menciona: Para leer lo que quiero leer/ tendría que escribirlo./ Pero no sé escribirlo./ Nadie sabe escribirlo. La voz atormentada por no poder ver más allá que la oscuridad que lo ciega, a través de un inserto que proviene de la poesía de Waldo Rojas (Fuera de alcance todo cielo dadivoso) demuestra la autoconsciencia en la que está sumergida la voz y el conocimiento de la incapacidad de abarcar el mundo en su extensión, generando el conflicto del ciego, quien se bate entre los mares con la palabra dada. La ceguera toma forma de trampa nuevamente. Se duda de la tradición que adopta el cuerpo de un lazarillo incapaz de retratar el mundo de manera fehaciente: la tradición es un abismo, una hilera de palabras ajenas que arden como un bosque ¿no ocultan un cuerpo ajeno, un mundo previo distantes de la voz del hablante? Y es que retratar la luminosidad de la oscuridad interna, el mantener viva la memoria, se trueca ante las tinieblas del tiempo. Pero el ciego recuerda: es un bosque que al arder se regenera. Valery nos asalta inmediatamente: El mar, el mar recomenzándose -alcance no casual-. Entramos nuevamente en la espiral que le permite al ciego conocer todos los tiempos, en contra la idea nietzscheana de que las grandes palabras significan cada vez menos, ya que a través de los mismos elementos que persisten en el mundo, se nos permite volver a nosotros mismos.

La aceptación de esta oscuridad física no será limitación. Como Waldo Rojas, el ciego mantiene presente la sentencia: No se llega a conocer bastante el bosque. Bosque que se regenera en sus llamas, olas que transitan hacia lo desconocido, árboles que se acercan cada vez más al río, como los árboles que asaltan el castillo del rey Macbeth. El ciego es capaz de reconocer los tiempos que contienen los elementos, a través del lenguaje propio y el dado. Valga la idea de Schleiermacher que rescata Octavio Paz en El arco y la lira, sobre cómo se constituye lo sagrado: no como una idea anterior a todas las ideas, sino como una consecuencia de este sentirnos a nosotros mismos como dependencia de algo desconocido. La incapacidad de abarcar la inmortalidad, es cómo el ciego alcanza a vislumbrar la totalidad de las cosas. Ya no hay sol, menciona. Recibida la muerte y agotada las posibilidades, el ciego se encamina hacia el rincón desconocido del mar, lugar no tocado por la palabra. Se escribe lo que se deseaba escribir. Se sentencia en el final Homero vio a Dios, verso perteneciente al poema Ejercicio respiratorio de Gonzalo Rojas, produciendo nuevamente aquel diálogo fruto de la premeditación por el cual el ciego se torna vidente.


Coda

Las herramientas que utilizan ambos poetas son diversas. Se puede identificar la capacidad de escucha y tacto en el Ciego de Carolina Lorca, mientras que en el de Marcelo Pellegrini la palabra es asumida como tradición oral, premeditación y diálogo. Estos serán los sentidos posibles mediante los cuales será posible edificar el escenario oscuro que presencian ambos hablantes. El tiempo que vivencian, el eterno presente en Ciegos, y la espiral de acontecimientos en El ciego de los mares tiñen la videncia de los dos hablantes, ya que en Ciegos se requiere quebrar ese eterno presente que se vive en la oscuridad para conformar el torrente de imágenes, mientras que en El ciego de los mares se vislumbra desde el inicio la regeneración de los símbolos y el conocimiento de la tradición, que permiten la visión. Tanto en el hablante de Lorca, como en el de Pellegrini, se aprecia la duda en torno a su sentido hábil para ejercer la videncia, produciendo puntos de reflexión que incrementan la sensación de oscuridad en torno a la voz poética. La enunciación de Ciegos logra ver el mundo a base de esfuerzo y espera, mientras que en El ciego de los mares, es mediante el pensamiento. Ya sea de una u otra forma, el mundo puede ser contemplado por ambas voces. Importante resultarán las palabras de Rosamel de la Valle: Lo más sabio es mirar con todo el cuerpo y deshacerse.

Quilpué, noviembre de 2019.



 

 

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La videncia del ciego: aproximaciones a la poesía de Carolina Lorca y Marcelo Pellegrini.
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