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El rescate de la nostalgia y el auto-exilio del hablante en su propia aldea
A propósito de Carahue es China de Ricardo Herrera (Editorial Bogavantes, 2015)
y El confesionario de Américo Reyes (Ril editores, 2015)


Por Claudio Maldonado
Texto publicado en Revista Medio Rural N.7 Éxodo. Año 2016


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Ricardo Herrera vive en Temuco y Américo Reyes en Curicó. Por distintas manos me han llegado sus últimos libros de poesía. Debo elaborar un instrumento escritural que dé cuenta del acontecer de mi lectura. La idea base es hermanar en algún punto de una idea a estos dos mundos. Con el carril de la PROVINCIA no me basta (me digo), si no se aceita con buen cebo ésta loca puede dispararse en muchas flechas faciloides: ella puede encontrar la ruta fatigada de banderitas sociales gimoteando por los desaires de la metrópolis o también chapotear sumida en la sobre interpretación del símbolo de una plaza o una colegiala. Elevando estas figuras a una altura que ni el Darío más jalado podría contener en su delirio. En el fondo, no por estar en la provincia el río es más puro en su caudal. Y estos dos creadores parecen saberlo muy bien, ya que instalan a sus hablantes poéticos en un conflicto directo con sus aldeas: la lucha por mantener los ritos y tradiciones de una forma de vida anterior a lo que siempre y únicamente les ha tocado vivir, es decir, el predominio de la máquina que precede al dominio de la agricultura. Es el neoliberalismo y sus navajas, algo que para los hablantes encierra algo infernal: el hombre de negocios desplazando para siempre  al artista. Frente a este nostalgia de lo que nunca se ha vivido, pero que intuyen es el llamado del camino,  los  hablantes de Herrera y Reyes  optan por  abrazar la poesía. Siguen la idea de Carpentier cuando señala que la existencia estética de toda ciudad implica una preexistencia textual. Entonces  ellos  construyen un nuevo Carahue, un nuevo Curicó, donde tenga cabida una nueva posibilidad de hacer aldea, una nueva geografía de lo imaginario.  Es en este punto del caos o fragmentación o hiper subjetividad de la aldea moderna, donde ésta le exige a los hablantes una necesidad de desarrollo epistémico de la enunciación ficcional. Es decir: la aldea les pide ampliar el registro lingüístico y asimilar técnicas discursivas que les permitan “justificar” esta necesidad de nostalgia. Los hablantes asumen esta misión con éxito y  es ahí donde se abre un espacio para  sintetizar la propuesta de ambos libros.

En Carahue es China, de Ricardo Herrera, nos encontramos con una plataforma intertextual que logra distanciarse de las alusiones más evidentes a las grandes ciudades del pasado: Roma-Jerusalén, México-Tenochtitlan, por nombrar algunas. En el caso del hablante de Herrera, lo intertextual lo realiza entre Carahue (que al decir de Teillier es de esos pueblos de la Araucanía que son como guijarros o perdices echadas a la orilla del camino) y China, una civilización, imperio, nación,  casi inabordable si intentamos definirla en forma sucinta. Entre la existencia de rasgos que aún en Carahue  frisan lo premoderno y el desarrollo del hiper capitalismo en China, el hablante levanta un puente sustentado en las tradiciones poéticas de ambos territorios y es ahí donde Carahue  y China son escritos desde la contemplación del lar, desde  la cosmovisión mapuche  y  su comunión simétrica con las especies y el minimalismo oriental, cuya sobriedad formal exige no alterar la visión poética del universo que ya  ha sido regalado. ¿Pero de qué forma el hablante nos convence de que  Carahue se ha tornado China? El vehículo son las visiones creativas del alcohol y el opio. En Ampelo (p.9), el poema que abre el libro, el hablante señala:

“El infierno artificial del alcohol crea una ciudad paralela,
una ciudad subterránea o subacuática, donde Carahue es
China, Barcelona, Alejandría, París o Namur.”

Cabe señalar que Ampelo pertenece a la mitología clásica griega, es el hijo de un sátiro y un compañero-amante de Dionisio, del que se dice una vez lo transformó en un racimo de uvas para el disfrute de los hombres.  En cuanto al opio, como dispositivo propulsor del imaginario, se puede establecer (siguiendo la pesquisa de elementos de cultura universal) una asociación con poetas como Baudelaire o como Thomas de Quincey, que en su célebre ensayo Suspiria de profundis nos regala estos espléndidos versos:

“tú construyes ciudades y templos sobre el corazón de la oscuridad, fuera de la fantástica imaginería del cerebro, superando el arte de Fidias y de Praxíteles, superando el esplendor de Babilonia y Hecatómpilos, llevando “de la anarquía del sueño” a la luz del día los rostros de bellezas largo tiempo enterradas y los benditos semblantes familiares, limpiándolos del deshonor de la tumba.”

El hablante de Herrera instala en el puente colgante de Carahue a unos poetas coreanos desconocidos fumando amapolas. Las “nuevas” familias chinas riegan las papas con chicha de manzana y en sus ensoñaciones confunden los humedales y las vegas con inmensas plantaciones de arroz. En el segundo poema (homónimo al título del libro p.14) se plantea la constatación de una verdad incuestionable: de nada vale decirle a los nuevos habitantes que Carahue es Alejandría, Namur o París y que ahí también vivió Constantino y Michaux.

Para ellos no
Carahue es China
Carahue es una nube de opio entre los cerros

Otro elemento clave en este principio intertextual, que establece el hablante de Herrera, es la noción de la sobrevivencia de las tradiciones, el culto al recuerdo  y a sus ritos. En el poema Edificación de la muralla China (p.27) se relata la construcción del pastel de papas más grande del universo, una fiesta anual que se celebra hace ya muchos años en Carahue. El deseo es que este pastel adquiera las mismas dimensiones de la lejana muralla, como un intento de ser también inolvidable, perpetuarse en el tiempo por los siglos de los siglos. Que el  pastel de carne molida llegue hasta Pekín o  que se pueda ver desde la luna al igual que la muralla  (ya se sabe que eso no real) se puede aceptar como una irrealidad necesaria para creer en la eternidad. Pero a veces la verdad es menos rica en la ilusión, ya que la Muralla China sólo comienza a ser tomada en cuenta en el siglo XX, con la llegada de los viajeros occidentales, siendo ninguneada por Mao que la consideró un símbolo del feudalismo. Recuerdo, al leer los versos de este poema, una frase de Borges: La vieja mano sigue trazando versos para el olvido.

Una muralla de carne molida y puré que une Carahue con
Pekín
y que puedes observar desde la luna
abrazado a Li Tai Po

Esta suerte de mecánica intertextual que opera en Carahue es China  también se da en otro importante poemario escrito en la provincia de la Araucanía el año 2014, me refiero al Mapa Roto de Juan Wenuan  (Editorial Del Aire). La necesidad de adentrarse en hechos de la historia mundial, para que los hablantes poéticos  preserven una memoria personal, pareciera ser un pilar fundamental para estructurar ambos discursos literarios. En el caso de Wenuan hay una constante rebelión en contra delos límites que la memoria colectiva (manipulada por el poder) le ha impuesto a la cultura mapuche. La intertextualidad con otros hechos históricos se presenta como una posibilidad de expandir esos límites y generar lecturas alternativas. En el caso de Ricardo Herrera el procedimiento  es diferente, pues para salvar su memoria individual el hablante renuncia a lo social, símbolo de lo colectivo, el hablante da cuenta de un engaño y se vuelca a la exploración del paisaje y así encuentra, sin moverse de su aldea, un autoexilio que le permite seguir soñando la utopía de un territorio donde la poesía es un refugio, un imaginar sin horizontes.

En El confesionario de Américo Reyes el recurso de la Polifonía es el que sostiene  el armazón discursivo del poemario. En primer término estamos en presencia de una variedad de voces (galería de personajes) que narran sus experiencias, emociones, sentimientos y reflexiones acerca de lo que han sido  sus vidas y  su relación con los demás habitantes de la aldea Curicó. Un escritor falto de imaginación se quedaría en la mera descripción de los rasgos arquetípicos del hombre de la zona y ahondaría en la gracia siempre atractiva de la anécdota bien contada. Pero  éste no es el caso de Reyes, que desde el primer texto A modo de Proemio (p.9) justifica a través de una declaración de principios políticos la aparición de estos hablantes. Antes que todos, es el autor el que define su (hasta ahora) existencia en el entrecruce de siglos. Su vida de animal político  la resume en: revolución + dictadura + democracia =Desilusión. Esta decepción o este cansancio por vivir se expande a su oficio de poeta, pues ante todo el autor se presenta como un actor fraguado en la palabra escrita y que ha optado por propinarle un cachetazo a ese Curicó  literario oficial que el autor conoce al dedillo, donde existe la sensación de que transformar el lenguaje es algo docto y donde se valida el cultivo de los tres géneros  en un todo caldo literato surreal y de guerrilla, que en los pueblos de provincia pareciera a veces adquirir una fuerza universal.  Por ende, las confesiones iletradas que pretende el autor en este registro de recuerdos están afuera de ese mundo, pues son ejecutadas por seres anónimos que han encontrado un espacio para simplemente dar a conocer algo de sus vidas cotidianas. Es muy posible que el autor (y esto lo deja en la ambigüedad) se haya basado en hablantes que son existen en la “realidad”, pero también, como lo señala, pueden ser fantasmas de su propia imaginación, la prolongación de sus deseos e identidades secretas siempre dispuestas a explorar las laberintos del ser humano. Sea como sea, el autor, ante su crisis, reelabora una nueva aldea donde el recuerdo de estos anónimos se transforma en un nuevo libro para su sobrevivencia de escritor (algo así como lo que hizo Capote con los dos asesinos de A sangre fría). A través de la utopía de la nostalgia el autor transforma a estas mujeres y hombres atosigados por sus tabúes, a estos aldeanos de oficios humildes estragados en el vino y la noche poblacional, a estas monjas y  adoradores de filosofías orientales desengañados,  a poetas debatiendo sobre ética y poesía latinoamericana a orillas del Guaiquillo, a relaciones de amigos que poco se aguantan en su fraternidad y por supuesto a desengañados del amor, del sexo y de Dios. En resumen: la polifonía de voces expuestas permite que esta nueva aldea literaria propuesta presente un nivel de subjetividad donde existan más opciones de establecer relaciones no previstas por el autor, dejando  una importante tarea como co-creador de la obra, es decir, el gran mérito de los hablantes del autor es que dan las herramientas para postular que éste los ha creado para instituir un auto exilio dentro de la aldea de Agua Negra, una marginalidad sobre la marginalidad existente, pues estos seres recuerdan (en el más poético de los casos)  para no ser olvidados, elaborando un artificio testimonial para el autor, que a cambio de su confesión nos les promete redención, ni milagros, ni soluciones a sus conflictos,  sólo la posibilidad de ser escuchados y de compartir un mundo paralelo, donde ellos son los actores centrales de un pequeño parnaso personal.

“Comediantillos de mi santiscario en busca de su lector-confesor, fieles a los caprichos del apuro, que no a los del fastidio, y que me transportan, embrujándome, a los lugares que nunca he abandonado, héroes que la soledad preserva, y el delirio. Viajeros de papel, presos en los marasmos de la tinta, han tenido también su Rusticiano”

He señalado que esta galería de personajes anónimos pareciera no pretender más que ser escuchados por el autor y que todo análisis extra proviene de la intención de éste y del lector que abra una nueva lectura interpretativa. Lo cierto es que, al “comprender” a estos urbanitas dentro su aldea, se puede reconocer la  paradoja existencial que los envuelve: el deseo de integrarse al sistema social y a la vez querer escapar y construir una identidad que los libre del adocenamiento y la normalización. Es decir, el sobrevivir en la euforia del habitar un espacio ecuménico y desear la nostalgia de la soledad y el desarraigo para no perder la identidad. En el poema Decálogo del poeta (p.12) se manifiesta este principio de contradicción:

Y cuando el universo cambie de lugar
escribe como bailas, cánsate sonriendo y avergüénzate
de ser aceptado en un mundo que detestas;
y que el iluso saque sus conclusiones.

El resultado de esta paradoja los hace vivir entre la dicotomía ideológica de  apariencia y realidad, una indecisión permanente en la vida de estos seres, que en estas confesiones  siempre alude a un momento cúlmine,  un instante que pudo ser un cambio importante en sus existencias. En el poema, Desde un paradero de buses de Licantén, María Amanda Burgos se refiere a su encuentro con un vagabarrios (p. 14)

Tuve ganas de ser
-en más de un rumbo-
confiable,
y abrazándolo en todo su esplendor
le confesé: Eres
la dosis de descaro
que necesitaba

La incógnita está en cómo estas confesiones le permiten o no a estos hablantes romper el cerco que los oprime. A luz de los testimonios pareciera que estos anónimos terminan estragados por la realidad de la aldea oficial. Se han confesado con alguien que les ha dado la posibilidad, pero sus secretos permanecerán soterrados por las normas y tabúes de la sociedad. En el poema Es el mágico verano del 2011 y Reinaldo Toro Bustos (…)  (p.55)  el hablante confiesa lo que en el pasado era imposible, su fascinación por un adolescente apodado el gitanillo, compañero de curso de su hijo. La remembranza no es sólo para apagar (o encender el fuego sexual) también hay un dolor por la juventud que ya no está en él, una nostalgia de lo perdido, la fealdad, la decadencia de la vejez. Al estilo de Gustav von Aschenbach, en la Muerte en Venecia de Thomas Mann, este licenciado en historia expresa con impotencia su sentir:

Con razón lo apodan el gitanillo
pensé desmoralizado
deseando de corazón
que envejeciera de golpe
como dicen que les puede ocurrir
a los jóvenes
malcriados y sin clemencia.

Los hablantes se adaptan fácilmente a las condiciones de gregarismo radical, y terminan siendo absorbidos por el peso de la sociedad, se confiesan, pero siguen anónimos, pero integrados, se confiesan, pero sólo son visibles desde el panóptico central.  ¿Entonces el proyecto del autor fracasa? Creo que no, el poeta ha hecho lo que puede y no pierde la esperanza de integrar a otros en la construcción de esa aldea posible y es más, en el  último poema le cede al lector(a) un espacio para presentar sus descargos y entrar en un juego, que en mi rol de lector, ha funcionado de acuerdo a los deseos del poeta.


 

 

 

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