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EN MEMORIA DEL FRÍO APASIONADO

Enrique Valdés Gajardo (1943-2010)


Por Carmen Parés Fuentes


Viendo a distancia como se mueren los próceres literarios de Aisén, los primeros o más bien los segundos, aquellos que siguieron a Eusebio Ibar Schepeler, o antes de él, al mítico José Antolín Silva Ormeño, hombre desconcertante,  sinvergüenza para algunos, para otros un líder, un revolucionario arengador que presumiblemente dejó escrito versos, tal y cual se dice no menos del padre de Gabriela Mistral, que era  poeta. Nada se sabe con certeza, ni en Aisén ni en Elqui en cuanto al valor de esos versos o de esos hombres como personajes influyentes en la vida de otros. Quizá Antolín Silva Ormeño y Jerónimo Godoy fueron respectivamente las semillas sombrías del territorio aisenino y del territorio poético de Gabriela Mistral, la más grande poeta, la más grande de todas las poetas.  Enrique Valdés, nacido en el Baker, fue su  admirador, uno más entre miles de escritores que se interesan por la figura de Mistral más allá de una lectura disciplinada de sus libros. Valdés y su fría pasión por el territorio sureño, pueden descansar en paz.  El hombre, que no era precisamente simpático o empático con el entorno, ha dejado una más que contundente obra literaria, de la que sus novelas son lo mejor. Aisén región, la Patagonia chilena, ha perdido a su mejor novelista. Y esto, ¡ayayay!, da tanto que pensar y pesar, que escribo, porque solo un escritor profundo puede alentar a escribir de nuevo, con ojos en las manos y el alma al galope de la vida.

Desentraño esto de que sea Valdés el mejor novelista de Patagonia chilena,  considerando que el territorio patagónico como límite norte es cada vez más al norte, y ya parte desde la zona de Lanco y Loncoche, como escuché alguna vez, o ya está en el Puerto Montt mismo, y toda Chiloé, lo que no es poco. Y por el sur la enorme Magallanes, de la cual sería Aisén la hermanita menor, según Víctor Domingo Silva. Entonces es osado porque sólo eligiendo a dos escritores, uno de Magallanes,  con una serie de famosas novelas policiales, Ramón Díaz Eterovic, dueño de una novelística con patente comercial y gasto editorial;  y uno en Santiago hace varios años pero con temáticas que siguen incluyendo o sometiendo el sur aisenino,  Jaime Casas, otro valioso escritor narrativo, que a propósito de la muerte, debe estar padeciendo igual su cabalidad, porque se mueren también los protagonistas que inspiran los personajes más entrañables, como aquel de La Noche de Acevedo, cuento que le da nombre al  libroque junto a Cuentos de la Carretera Austral (Carlos Aránguiz) son las mejores  ficciones que he leído del por allá aisenino. Y es más osado declarar la grandeza de Valdés cuando solo he leído sus novelas y no las de Díaz Eterovic, excepto una o la única ambientada en Punta Arenas, y no las de Casas, lo que es doble falta. No obstante, dicho todo esto, mantengo la apreciación diría casi intacta de Valdés y sus grandes novelas, las que dan para un estudio mucho más acotado e interesante que esta pura mención de apunte: Ventana al Sur Trapananda, El Trino del Diablo ,  Solo de Orquesta, y Calafate.

La invitación que deja su sorpresiva muerte es a escribir desde nosotros mismos, con honestidad, sin pretender ser lo que no somos,  con amor al oficio, de tal manera que no dejemos de escribir por no ser académicos de la letra o profesores de lenguaje o periodistas, ni dejemos de editar por no ser empresarios editores, ni dejemos de esbozar ensayos literarios hasta terminarlos en una propuesta de lectura, ni dejemos de escribir la novela o la historia que llevamos dentro, con oficio, autonomía y conciencia.

El 2010 se llevó en su lista a un escritor de rigor helado y nocturno. Un escritor sureño que, como insinué líneas atrás, no siempre era afable con el público o con otros escritores. Siempre  he pensado que eso no importa, que la personalidad, la clase social, la educación o la falta de ella es secundario frente a la obra. Estando muerto ahora el novelista, el más auténticamente aisenino de los escritores aiseninos, quizá el primer escritor aisenino, como él mismo deslizara en la entrevista del libro Héroes Civiles  y Santos Laicos, que me regalase de segunda mano León Ocqueteaux, a quien a su vez se lo regaló y autografió Jorge Torres el año 2000, coincidencias todas que valoro como el rompimiento de una cadena machista de escritores  del sur, un poco dispuestos a sabotear a las escritoras en ciernes o consagradas, y a exigirles a ellas mucho de lo que ellos mismos no se exigían ni están dispuestos a exigirse para sus carreras, si es que las hay. Ahora que está muerto el escritor me importa mucho menos que su obra su antipatía. En la Universidad de Los Lagos el año 1997 hice con él un Taller llamado Monitores de Arte. Apenas un par de meses en el que tuvimos sesiones los sábados y no siempre, bastaron para que de una ojeada rápida por los escritos de unos 5 poetas en ciernes, nos sacara el rollo y dijera que pensaba de cada quien. Al final publicó una revista, Calén,  en donde mostraba los cuentos y poemas de los talleres que hizo ese año.  Con una cerveza en la mano en un bar del frente me confesó que mi poesía era “llorona”; apenas había llegado yo a Coyhaique y estaba recién conociendo a los poetas y sus rencillas y egos. En ese momento estaban todos los que escribían y hablaban algo en el  Coyhaique noventero: Enrique Valdés, Mauricio Zúñiga, Carlos Aránguiz y José Mansilla.  Por esos días al menos no podían estar los cuatro en la misma reunión o el mismo grupo, y así fue como entré y conocí un intrincado matorral de mucho más ego que hojas literarias. Pero estuve y me quedé con mi llorona escritura, pensando si era una crítica mala o si me estaba diciendo que me convirtiera a la comedia.  Más de diez años después de eso y de otras conversaciones y encuentros dispersos que tuve con Valdés, veo que me vio la gravedad y la angustia, misma que él tuvo y dejó impregnada en sus relatos. Si ello le molestaba en una mujer en esos momentos, fue su tema, porque justamente su llanto y su pena, su frío y su soledad, su rigor, su recio resentimiento es lo que me gusta leer en los libros de Valdés. La profundidad  es su universalidad, la que traspasa  el territorio de Aisén hacia una existencialidad de premio nacional. En el año 2010, año gueta que mucha gente aborrece como productor de desgracias, una siempre vilipendiada Isabel Allende ganó al fin su Premio Nacional de Literatura. Sin declararlo abiertamente, incluso, contrario a los premios o a andar detrás de las editoriales, como manifestara el autor en la entrevista con Yanko González del libro citado,  Enrique Valdés sí hubiese esperado, me parece a mí,  el premio nacional confiado a su obra, que no es tan prolífica como en otros autores  de misma edad, pero es suficiente y nutritiva. Lo esperó Isabel Allende, cuando está en la flor de la vida y sin haber hecho ningún aporte a la estética literaria, como ella misma sabe y reconoce, como lo reconoció también Valdés y el grupo que formó, TRILCE. Lo esperó María Luisa Bombal hasta el mismo año de su muerte, habiendo hecho notables giros en la literatura nacional y latinoamericana.  Se lo dieron a Teintelboim y una se pregunta ¿por qué?, lo mismo algunos cuando piensan en Zurita y sus Poemas Militantes, que ni a él acomodan. Por qué entonces no haberlo esperado para Enrique Valdés, sobre todo después de CALAFATE, su última novela conocida. Era un escritor de proyectos de largo aliento, años le tomaba escribir un libro, masticarlo primero, pensarlo, colocarle el título y luego dejarlo o no. Tanto trabajo se agradece al leer, ese zumo de tantos años, ese auténtico escritor del sur profundo, con títulos ni obvios ni comerciales, sino que poéticos. Aisén tiene su retratador, su escritor de lares, su poeta narrativo, su músico, su amargo hombre de letras, al que a partir de su muerte física se le echa ya en falta, se le echa de menos, porque es así no más, porque ya no hay otra vuelta de tuerca con su voz o su mirada. Pero todas las posibles, las alcanzables y las inalcanzables con su obra. Y desde el aquí y el ahora,  crecerá Valdés gracias a su obra, como hace crecer la literatura a los suyos, a sus polluelos de plumas firmes. El huevo y la gallina. La creación.

No es el espacio ni la intención de hacer acá una apología ni santa ni laica de los poetas y escritores del sur, de los héroes que entrevistara y luego editará en 1999 González Ganga y donde varios conocidos lucen a veces tibias y simpáticas travesuras, otros sus diatribas, cerrando el libro Enrique Valdés. La eterna fisura del centralismo con respecto a los extremos, el centro y la provincia; o del consumismo editorial y la literatura best seller o por encargo o inmediatista, frente a la pretendida seriedad y calidad de la literatura de oficio callado o de pobre o de poeta. Todo ello existe, pero no es lo importante ahora. Relevo mis preguntas y tantas más que surgirán a partir de esta muerte, que se une a la de León Ocqueteaux hace un año atrás, un poeta anclado en Chile Chico y aún menos sabido y leído que Valdés, sumadas ambas a la muerte de hace unos años del cronista titánico que fue Baldo Araya, tomando en cuenta los años en los que escribió y cómo eran los viajes dentro de la región; de eso pueden estar hablando todos ellos ya. Relevo las preguntas para que las conteste la obra misma, su relectura, las entrevistas, los buenos momentos, las críticas, la suntuosa soledad en la que escribieron,  y para que los escritores y escritoras de Aisén, quienes viven dentro y fuera de la región, los y las que nacieron y quienes se quedaron o la adoptaron o la llevan en las canas y las entrañas por donde estén, dejen de buscar o rebuscar la identidad de la escritura aisenina, dejen de preguntar si existe o no, dejen de dudar, dejen de relativizar la Patagonia con libros demasiado comerciales, de taquilla combustible como todo lo que huele a represas en los ríos y valles, en donde nació a orillas del Baker un escritor trapananda  que a veces se ponía triste porque su región no lo conocía ni reconocía lo suficiente. Hagamos que sus libros lleguen a otros ríos y otros valles de Chile, él, el mejor exponente de la narrativa aisenina, el primero,  pero no el último, de una joven región vieja. Gracias Río Baker y Lago Verde por Enrique Valdés Gajardo. Gracias Enrique, por tus libros.                                                                                                         


 

 

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