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Llenar el vacío (Rama Burshtein)

By Carolina Reyes Torres
  Críticas /15/04/2015
http://www.35milimetros.org/llenar-el-vacio/


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Los aficionados al cine, cada vez que nos topamos con una posible buena película esperamos que además de todos los atributos técnicos que deba poseer (vale decir: buena dirección, buena fotografía y dirección de arte, buena actuación y buen guión) tenga además ese momento post film en donde hacemos la conexión íntima con la historia. Enfrentados a películas que de suyo sabemos que nos agradarán -ya sea por su temática, su director, sus actores o guión- nos restan profundidad en ese último momento reflexivo, una vez que la historia finaliza. Somos tan empáticos que casi no se necesita pensar en el relato, todo nos queda muy claro.

Fill the void (en hebreo lemale et ha’ḥalal), con sus variadas traducciones en español: Llenar el vacío, La esposa prometida o El corazón guarda sus secretos, es el polo opuesto de esta condición. De la realizadora israelí Rama Burshtein, el film –ganador del premio del Festival de Venecia 2012 en las categorías de mejor película y mejor actriz- no sólo nos pone a prueba como espectadores, sino que también como ciudadanos globales y tolerantes. La película nos pide aceptar entrar al centro de una familia judía ortodoxa jaredí en Tel Aviv y ser testigos de su micro drama familiar.

Debemos entonces -si queremos asumir el viaje- dejar atrás estereotipos de toda índole: desde los políticos hasta los religiosos. Si logramos atravesar esa puerta se despliega un singular relato, en donde la familia y el buen funcionamiento de ésta, es la preocupación esencial de las diferentes comunidades ortodoxas que viven no solo en Israel, sino que también en algunos lugares de Europa y E.E.U.U.

Pero Rama Bursthein va incluso más allá de un relato cuasi documental, nos plantea un viaje de la reconstrucción familiar una vez que la muerte asola en el centro de esta familia judía ortodoxa jaredí. La historia a simples rasgos va así: Shira es la hermana menor de Ester que está casada y tendrá su primer hijo con su esposo Yochay. Shira, ya empinada en sus 18 años, debe hacer el paso natural de una chica judía ortodoxa en Tel Aviv, lo que es, entrar en tratativas con su posible futuro esposo dentro de su comunidad. En los primeros minutos de filmación vemos eso: una inocente e ilusionada Shira acaba de conocer a su posible esposo, un chico algo mayor que ella. En medio de una fiesta tradicional judía le comenta entusiasmada a su hermana la situación, y vemos como –amablemente- la hermana le da útiles consejos para su primera cita concertada. Entonces deviene la tragedia. Al final de esa fiesta tradicional, Ester se desmaya en el baño y todo ocurre muy rápido: ella muere y logran salvar a Mordechay su hijo. Así se instala el dolor en todos: en Shira por la muerte de su hermana, en los padres por la pérdida de la hija y en Yochay que queda viudo y con un hijo de días en los brazos.

Es entonces que en el avatar de este sufrimiento, la madre de Shira, viendo como probable que no solo pierda a su hija mayor, sino que también a su yerno y su nieto -en una secuencia perfecta en donde podemos ver en los ojos del personaje la epifanía que sufre- al ver el cuadro de su hija menor pasándole al pequeño Mordechay a su cuñado, atisba esa posibilidad otra; la de que Shira se case con Yochay. Y nuevamente aquí tendremos que renovar los votos de aceptación de lo que se nos presenta por la pantalla, pero también le damos el crédito a Burshtein que con una narración sencilla y primeros planos muy íntimos -con una fotografía realmente impecable-, ya nos lleva de la mano para que veamos cómo sigue la historia. Para ese momento ésta ya tiene varios parecidos con algunas de las novelas de la célebre escritora inglesa Jane Austen, especialista en retratar los mundos femeninos de las inglesas de primera mitad del siglo XIX.

Las feministas acérrimas apagarán el plasma, el led, el notebook, la tablet o el celular donde estén viendo esta película, porque el esquema está claro: una chica, recientemente mayor de edad, será forzada a casarse con un hombre que no ama y es su cuñado – mucho mayor que ella- y que además ya tiene un hijo a cuestas, que deberá criar como suyo. Evidentemente, relatada de esa manera simplista las posibilidades de la película decrecen. Pero es Burshtein quien nos conduce y nos muestra todos los matices, trayectos y dificultades que esta idea deberá pasar para poder llegar a ser real.

En primer lugar el padre de Shira no quiere eso para su hija menor, y varias veces en el transcurso de la película se le repite a Shira que si quiere no es necesario hacer tamaño sacrificio. Se nos cae el velo del supuesto latrocinio que significan entonces los matrimonios concertados, en donde siempre nos han dicho que son jóvenes mujeres -profundamente violentadas en su dignidad de decidir con quién vivir el resto de sus vidas-, que se las somete a esa condición. A ojos vista dentro de la película no se ve tal obligación. Si bien no olvidamos que en otros lugares del orbe se perpetran este tipo de prácticas de la peor manera posible, no es el caso de esta familia en esa comunidad.

Pero Shira, interpretada por la joven promesa del cine israelí Hadas Yaron, tiene sus complejidades de mujer. Lo cual entra en la universalidad del género más allá de razas y religiones. En el límite entre la inocencia y el deseo, la expectación y la emoción, la reflexión y la empatía, Shira hará su propio trayecto de madurez como joven mujer. La muerte de su hermana le arrebató la inocencia de la felicidad. En medio de su sobreprotectora y aislada comunidad, y a pesar de todos los cuidados que se puedan tener, el dolor es algo permanente, en el trayecto del ser humano en su camino de salvación, dentro de su lógica judío ortodoxa.

Por otro lado Yochay -interpretado sobriamente por un maduro Yiftach Klein- si bien se presenta de manera bastante unidimensional al principio del film, conforme va pasando el metraje, comenzamos a ver la fragilidad del cuñado de Shira. Quien se enfrenta con una mole de sentimientos que van desde su viudez, su paternidad solitaria, un posible futuro en el exterior y cuando todo no podía ser peor; la posibilidad de casarse con su joven cuñada. En el climax de esta montaña rusa emocional vemos al judío ortodoxo, con una botella de algún espirituoso brebaje israelí, un paquete de cigarrillos y devastado en lágrimas de confusión. Claramente ser el posible futuro esposo de Shira tampoco es tarea fácil.

A pesar de las restricciones de forma que poseen los judíos ortodoxos, la película logra atisbar por momentos destellos de deseo en sus protagonistas. Shira comienza anhelante y emocionada con la posibilidad de su futuro esposo. Pero, después del desastre, cuando entra en juego la posibilidad de Yochay, las emociones se tornan más adultas, el deseo se hace bastante más concreto y Yochay también se deja llevar un poco por él. Aunque sólo lo suficiente, circunscribiéndose a la dinámica judía ortodoxa, pero al mismo tiempo lo bastante, para que una desfallecida Shira, le advierta casi suplicante a su cuñado, que está muy cerca de ella, a lo cual el hombre aguijoneado en su inteligencia y amor propio -por una casi adolescente- le aclara que podría haber estado aún más cerca de ella, en una de las escenas con más argumento erótico dentro de la realización. El deseo contenido entonces es el ambiente permanente entre los protagonistas.

Fill the void muestra muy bien la trastienda femenina dentro del funcionamiento de las familias judías ortodoxas jaredíes. Si bien es un mundo marcado por los tiempos de los hombres, es en las cocinas donde se discuten los derroteros de las vidas de los integrantes de las mismas. Prefigurada la cocina como un polo de atracción y de toma de decisiones, es terreno de mujeres. Así nos sorprende esta ambivalencia en donde, aparentemente, los hombres judío ortodoxos hacen cabeza, pero, al mismo tiempo, un número no menor de las decisiones -dentro de las familias- pasan por las madres y el resto de integrantes femeninos, en una especie de parlamento, donde las que deliberan las posibilidades son las mujeres y los que oficializan esa toma de decisión son los hombres.

Rama Burshtein, en esta su primera realización como directora, pero también como judía ortodoxa nos muestra esa paleta de colores vivenciales de estas comunidades judías. Donde las reglas están muy claras, pero esas reglas son seguidas por seres humanos de carne y hueso, que tienen sus propios miedos, debilidades, errores y aciertos. Enriqueciéndonos la mirada de eso otro tan distinto a nosotros, pero a la vez con cosas tan cercanas, como lo son el mundo de las emociones. No olvidemos que esta historia comienza con un dolor indescriptible, la muerte de una hija y madre. Y desde allí, casi de manera documental, Burshtein nos muestra la restauración de esa familia para continuar unidos en su peregrinar al encuentro con su Dios.



 

 

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