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Claudia Ulloa Donoso, una adicción

Por Emiliano Monge
Publicado en El País, 12 de octubre de 2022



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Hace no mucho, querido lector, escribía acá sobre los libros a los que uno vuelve de tanto en tanto, para encontrarse con viejas sensaciones.

Esto suponía que entre la lectura de una novela o de una antología de cuentos debía mediar un lapso más o menos importante, el tiempo que uno pensaría necesario para que vuelvan a gestarse y germinar la sorpresa y el asombro. Pero la verdad es que hay otra posibilidad: la relectura inmediata.

Es mucho menos común, por lo menos para mí, pero cuando esto me sucede, cuando un libro que acabo de terminar me obliga de manera inmediata a volver a su primera página y empezar de nueva cuenta, quedan claros, como menos, dos asuntos: que uno, en tanto lector, acaba de encontrar algo completamente diferente a lo que conocía o que creía posible y que uno, como persona, acaba de adquirir una nueva filiación, tanto de la mente como del cuerpo.


Volver a la primera página

La penúltima vez que esto me sucedió, es decir, la penúltima vez que me descubrí volviendo a empezar, como un autómata, el libro que tenía entre las manos, fue hace casi cuatro años, apenas terminé de leer Pajarito, el bellísimo, deslumbrante y renovador libro de relatos de Claudia Ulloa Donoso. ¿Cómo chingados puede ser posible que esta cabrona haga esto: ocultar lo mismo que muestra? Peor: ¿cómo carajos es que mi idioma puede también servir para hacer esto: expresar, al tiempo que calla, erigirse en toda su dimensión, pero en una dirección que no había explorado, al tiempo que se descubre asediado por el resto de lenguajes y sonidos del planeta?

Estas preguntas, además de muchas otras, de muchísimas más —la mayoría, referidas a esa proeza que es contarlo todo sin apenas contar, de conmover hasta la médula sin mover más que tres o cuatro cosas del mundo, cosas en apariencia diminutas: “Fuera del agua, los peces no mueren por falta de oxígeno, ya que el aire contiene grandes cantidades, aún más que el agua; los peces mueren porque su sistema respiratorio se cierra: las agallas se pegan unas contra otras. El agua permite que el oxígeno fluya a través de ellas, pero el aire las cierra. Los peces mueren sofocados, atragantados de aire”—, fueron las que me llevaron de regreso a la primera página, pero fue esa primera página, antes que la siguiente, la de después y la que volví a leer entonces, la que inauguró mi nueva adicción.


La adicción y los perros

A estas alturas, no sé cuántas veces habré releído los relatos de Pajarito —algunos más que otros, obviamente—, pero sé que mi adicción era digna de premio. Lo que no esperaba era que ese premio fuera realmente a cristalizar y que lo hiciera en forma de otro libro: Yo maté a un perro en Rumania, la primera novela de Ulloa Donoso, esa escritora peruana que vive, desde hace varios lustros, en la parte del círculo polar que pertenece a Noruega, que da clases de idiomas, que a veces trabaja en una veterinaria, que compone sinfonías a partir de los huecos en las cortezas de los abedules y que parecería haber escrito, antes, docenas de novelas, por lo que hizo con esta.

Pero hablaba de adicciones: no es que me curara, obviamente, cuando terminé Yo maté a un perro en Rumania y volví, poseído por el embrujo de mi propia lengua renaciendo, de una imaginación inagotable y de esa humanidad tan animal que de nuevo encontré en sus páginas, a la primera, la siguiente y la de después; es que recibí una droga más potente y dulce —como pasar de la morfina al fentanilo—: en esta novela, que empieza narrando el fantasma de un perro, la precisión, que de nuevo esconde la potencia de la ambigüedad, añade la de la ubicuidad —dueña del tiempo, en sus relatos, Ulloa Donoso se descubre acá dueña de la espacialidad—, y la contención es de golpe un grito silencioso.


Mi fentanilo personal

Como buen adicto, doy por sentado el motivo de mi enfermedad: no he dicho que Yo maté a un perro en Rumania —que empieza, en realidad, luego de que el perro explique que, tras la muerte, los humanos pierden el habla y los animales la ganan— me enganchó a su ensueño —a veces luminoso, otras oscuro y frío: su protagonista, al borde del quiebre, se deja arrastrar por un amigo a un viaje incierto, pero inevitable que los llevará a Rumania y Moldavia, al tiempo que recorre diversos ecosistemas emocionales— porque desnuda la fragilidad de los hilos que unen nuestro mundo interior con el mundo.

Por eso y porque despliega un sinnúmero increíble de matices —la obra de Ulloa Donoso es un Pantone que despliega todos los grises posibles—, con una destreza verbal asombrosa y poderosísima, como si fuera cualquier cosa: acá están todas las temperaturas del alma, el cuerpo, el deseo, las secreciones, los anhelos y los temores. Acá están, también, todas las posibilidades del ritmo, las palabras, el silencio, las imágenes, los gestos, los sentidos.

Y están, como si nada, revueltos, devueltos, en realidad, a su origen, a ese magma en el que alguna vez fueron uno, los contrarios: vitalidad y desesperanza, encuentro y desencuentro, ideal y rechazo, enfermedad y salud, realidad y ficción.

¿Cómo no ser adicto a todo esto?


Coordenadas

El primer libro de Claudia Ulloa Donoso, Pajarito, ha sido publicado por diversas editoriales: Estruendomudo, Laurel, Pepitas de Calabaza y Almadía. Su primera novela, Yo maté a un perro en Rumania, se encuentra en edición de Almadía.

 

 

 

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Por Emiliano Monge
Publicado en El País, 12 de octubre de 2022