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Esta máquina mata fascistas de Fernando Pomareda
Lima: Editorial Estruendomudo, 2015

Por Carlos Villacorta

 



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En el año de 1941, el famoso cantante y compositor Woody Guthrie en un pequeño departamento de Manhattan escribió en su guitarra la siguiente frase “This machine kills fascists” como una manera de protestar contra la maquinaria alemana que había arrastrado al mundo a una de las peores guerras que ha sufrido nuestro planeta. Guthrie, por supuesto, hacía referencia al poder de la música como una manera de enfrentar y de resistir contra una forma de violencia social y económica que estaba aniquilando a los países europeos. Setenta y cuatro años más tarde es retomado en Perú para dar título al potente segundo libro de poesía de Fernando Pomareda (Lima, 1980).

La máquina de matar fascistas inicia con un epígrafe que, desde la poesía, nos irá respondiendo a la interrogante mayor que el libro plantea. “Desgraciado mono, / jovencito de Darwin” dicen los versos escritos por César Vallejo, con quien Pomareda establece su segundo diálogo. Así la canción de protesta norteamericana y la poesía peruana de vanguardia se entrelazan para darnos luz sobre estos fascistas contemporáneos contra los que hay que enfrentarse.

El libro está dividido en dos secciones. La primera de ellas, dividida en tres partes, da nombre al poemario. A ella que le sigue un intermedio de dos páginas y finalmente concluye con la sección “5 poemas de amor fascistas”. En la primera sección, Pomareda nos revela la primera verdad para comprender su práctica poética: “Te has cansado de usar escaleras para llegar a los dioses. Ellos tienen una cara como tú y el mismo cuerpo día tras día” (13). Efectivamente, en la poesía contemporánea latinoamericana, la relación entre el poeta y el mundo sublime o el mundo de las Ideas como le llamaba Platón, ha desaparecido. No existe más el poeta como demiurgo, como traductor de ese mundo ideal de la palabra perfecta que puede captar la esencia del mundo. Todo lo contrario, solo nos queda ese mono cansado que es el ser humano, cansado de no haber alcanzado cierta iluminación celestial. En este mundo, el poeta recalca que nuestros dioses y nuestros santos son como nosotros, seres de carne y hueso, así como los fascistas, que nada tienen de divino. Es ese cansancio el que permite un nuevo conocimiento: “Cansado de los que deciden, de los que tocan el hombro con su bandera de estrellas, con su cara negra, blanca, amarilla y roja, y te dicen que has muerto” (141).

De esta manera, la primera parte de la primera sección se enmarca en los espacios de la memoria, donde el poeta recorre con su máquina poética su niñez y su adolescencia, por Barrios Altos y Lurigancho, barrio al que le dedicara su primer poemario “Lurigancho” (2010), su mudanza al Cusco y sus viajes al primer mundo concretizado en Canadá. El recuerdo lo hace escribir ese momento de más violencia que tuvo el Perú durante el último conflicto armado:

“Mientras tanto, en Vilcashuamán, las
cruces se hacían banderas amarillas y
rojas, y nos mostraban la última frontera
del Perú: sobre las viejas calaveras de
nuestros padres bailaremos, sobre las
mismas remendas de Ayacucho nos
tocaremos, sobre los repetido nombres
que llegaron de lejos, de muy lejos,
beberemos la chicha hasta olvidarnos
quiénes fuimos ese año de mil novecientos 84.”

En la violencia de los años de la adolescencia y de la adultez temprana, el poeta encuentra sosiego en la amistad con otro joven, el poeta Santiago, con quien también recorre Lima, como lo hiciera Enrique Verástegui con José Lezama Lima en su primer libro “En los extramuros del mundo”, o Luis Hernández cuando escribe que ve llegar a su viejo barrio al poeta inglés Ezra Pound. Así, Pomareda reconoce en el amigo poeta su incapacidad  para usar la Underwood 5, la máquina de la poesía; la casa del poeta como un refugio, la amistad más noble en una ciudad que parece haber olvidado soñar.

La última sección de esta primera parte es un canto de protesta contra los fascistas de este mundo. ¿Pero quiénes son aquellos que conducen la máquina del horror? Pomareda señala al ser humano inequívocamente como un ser fascista y así lo inscribe al referirse al Baguazo, incidente reciente de la historia peruana donde la comunidad amazónica de Bagua se enfrentó a la policía y al ejército defendiendo sus tierras contra la ilícita explotación de petróleo que el gobierno de turno había permitido de manera corrupta con empresas extranjeras. Pomareda utiliza al Allpa Machari, un ser mitológico que cuida a la Madre tierra, como un testigo de la violencia del neoliberalismo peruano e internacional que asesina a sus ciudadanos y explota sus tierras sin respetar sus derechos como parte de la nación peruana.

“El Allpa Machari brinda (57 cm y 76 cm)
en la acuarela oscura (roja, azul, verde,
amarilla del 5 de abril) y los hombres avanzan
sobre las flechas y gases, detrás del nuevo alimento
para el que cuida la Tierra: 33 muertos, doscientos
heridos (dicen) y un oficial que todavía busca
los ícaros del río” (35)

El intermedio del libro nos da un descanso. Presentado a dos páginas, y sobre un fondo negro simulando ser diálogos del cine mudo, Pomareda nos presenta dos frases en quechua: “Piru llactapi takishani waqaspa” y “Ch’askakunaq wasinpik’a manan llaki kanchu” que significan “En el pueblo del Perú cantando y llorando” y “En la casa de las estrellas no hay tristeza”. Ambos textos, bellamente escritos, nos proponen al quechua no solo como un lenguaje de resistencia sino como un lenguaje poético de posibilidades expresivas aún no incorporadas en nuestro bagaje cultural. Es a través del quechua que Pomareda establece una relación con Carlos Oquendo de Amat, otro poeta de la vanguardia quien escribiera “Se prohíbe estar triste” en su cinemático libro 5 metros de poema. Pomareda, desde el otro lado del ecrán, escribe en quechua respondiendo a Oquendo, que en ese wasi o casa que es el firmamento andino, no hay tristeza sino canto puro que es llanto porque las lágrimas son de alegría.

Finalmente, la sección final “5 poemas de amor fascista” plantea el único amor posible en esta tierra violenta. Dice en el primer poema de la sección: “Bésame. Cierra las ventanas, para que el mar de Lima no se vaya. Deja que los mercados se quemen y que las combis se lleven a la gente” (45).  El encierro parece ser la única salvación para el amor del joven poeta, un amor que escape de la violencia citadina que vivimos hoy. Efectivamente, Pomareda nos confirma que es difícil encontrar el amor en esta ciudad, pero que también es otra máquina de resistencia frente a la máquina económica de la opresión gubernamental o extranjera. Al final, es tiempo de alejarse de la máquina escritural como se puede apreciar en la contraportada del libro en la que un perro se marcha por un callejón dejando abandonada una  máquina de escribir. El poeta ha cumplido su cometido. Es tiempo de que ustedes, queridos lectores, se acerquen cuidadosamente a este hermoso poemario escrito con la rabia y el amor de quien vive y sueña en esta casa de las estrellas que es todo nuestro país.

Miraflores, 1 de Agosto de 2015




 



 

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