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LITERATURA Y DESAPARICIÓN

Por Diego Alfaro Palma

Mientras escribo estas tentativas consumo un poco de la energía de un río convertido en electricidad. Vuelto ahora palabras, ese río, que alimenta la luz de la lámpara y el funcionamiento del computador, podría desaparecer de un día para otro. Es probable que para algunos lectores sea conocido el caso de un lago glaciar, ubicado en Campos de Hielo sur, aquí en Chile, que dejó de existir sin previo aviso. Este hallazgo fue secundado por una serie de opiniones de expertos que no lograban ponerse de acuerdo acerca de lo ocurrido. El lago sin nombre, había dejado una inmensa fosa vacía y había partido para no volver. Fenómeno natural del que no se poseen los suficientes registros, efecto del retroceso de los glaciares a nivel mundial, jugarreta de un túnel subterráneo, lo cierto es que aquel lugar, hoy inexistente, desafió la inteligencia de cualquiera que deseara crear una metáfora de la extinción.

Ya en otra oportunidad intenté enlazar el tema de la desaparición y el lenguaje a través de un artículo titulado “Detengan todos los relojes”, título extraído del primer verso del poema de W.H. Auden “En memoria de W.B. Yeats”, elegía al gran poeta irlandés. Sin duda, ese primer verso servía de entrada para encausar un deseo profundamente humano y hoy cada vez más añorado: el hecho de detener el avance del tiempo ante los efectos del Calentamiento Global y la desaparición de las especies. Asimismo, en la intención de continuar aquellas reflexiones, me permito ahondar en un efecto que llegué a nombrar “metafísica de la extinción”, como una forma de enfocar la cuestión del vaciamiento de las palabras ante la pérdida de sus referentes materiales, de los lugares y los seres. Y es probable que ya estemos situados en un punto crucial a nivel histórico y lingüístico respecto a esta depredación. Extrapolando una imagen que plantea Giorgio Agamben en su ensayo “Experiencia y pobreza”, podríamos quedar “como aquellos personajes de historieta de nuestra infancia que pueden caminar en el vacío hasta tanto no se den cuenta de ello: si lo advierten, si lo experimentan, caen irremediablemente”(1). Ante un fondo blanco, o más bien gris, la escenografía de nuestras ciudades modernas se alimenta, más y más, de reproducciones enciclopédicas de la selva amazónica o del mar de Aral; más temprano que tarde un sin número de especies parecerán blanquearse de su lugar de origen, fundiendo su inhóspita existencia en un manual a todo color o a una antigua guía turística.

No obstante para ingresar al tema y tratarlo como una totalidad, debemos acercarnos a una definición de crisis. Los griegos utilizaban esta palabra para designar los conflictos de la naturaleza. La crisis, para ellos, cumplía con la demarcación de un instante límite, en donde la physis, es decir, el conjunto de elementos materiales o físicos reunidos de manera integral, entraba en un proceso de muerte o de transformación. De hecho, el viejo Hipócrates hizo uso de la crisis para apuntar el momento en que un cuerpo, afectado por una enfermedad, se veía ante la curación o el agravamiento. Por lo tanto, si retomamos esta fuente de conocimiento occidental, todo aquello que se ha remarcado como crisis ambiental, actualmente, posee un sentido global y no parcelado de la experiencia de la enfermedad. La precariedad de la existencia moderna de los individuos en las grandes ciudades, logra muchas veces disociar, en cuanto entendimiento de este fenómeno, su origen como parte de una totalidad, remitiéndolo únicamente a la representación lejana de un momento crítico. Por ejemplo, la movilización de grandes capas glaciares a través de los océanos, producto del alza de las temperaturas y la ampliación del agujero en la capa de ozono, podría aparecer en un noticiario como una instancia distante y no experimentada directamente, sino un paréntesis en la circulación de información y no una parte de un todo. Es por esto que es necesario vincular la crisis de manera sistemática, entendiendo por ella no sólo una situación meramente ambiental, sino que atañe a otras tantas causas como la crisis financiera mundial, la alimenticia, la demográfica y la del trabajo, entre otras, en la cual podría participar la literatura.

Asimismo, debemos comprender ante todo que esta es una crisis del espacio. La extracción de recursos hasta su desaparición, la fuga de grandes concentraciones de agua dulce, las variaciones climáticas que afectan a grandes porciones de territorio hasta su modificación, el avance de la población hacia puntos donde el trabajo está asegurado –y la mano de obra barata también-, la brutal división de las ciudades por aspectos de clase social, van modificando nuestra percepción espacial tanto de lo rural como de lo urbano. Y si hay una idea que haya impulsado la aceleración de esta crisis, esta es sin duda la del progreso:

“Sin duda, el progreso entraña la conquista del espacio, la destrucción de todas las barreras espaciales y, por último, la ‘aniquilación del espacio a través del tiempo’. En la noción misma de progreso está implícita la reducción del espacio a una categoría contingente. Como la modernidad trata sobre la experiencia del progreso a través de la modernización, los trabajos sobre ese tema por lo general han acentuado la temporalidad, el proceso del devenir, más que del ser en el espacio y en el tiempo”(2).

Estas palabras de David Harvey se ajustan directamente a lo que intentamos remarcar, es decir, el hecho de que esa palabra, instituida ideológicamente y, por tanto, a una forma de interpretación de la realidad, ha movilizado la devastación del espacio a partir de la Revolución Industrial. Es en este momento en que las emisiones de CO2 comienzan a multiplicarse, en que el proceso de masificación se extiende a través del planeta, en conjunto a la extracción y modificación a favor de la producción de grandes explanadas. Hay que entender, por otra parte, que la expansión del sentido de progreso, como una dirección obligada de la modernización, hacia la realización romántica de un nuevo hombre, cumple, entre otros orígenes, con la conformación del capitalismo como modelo económico. Para la comprensión de este paradigma, Immanuel Wallerstein ha logrado calificar esta condición como la de una economía-mundo, “una gran zona geográfica dentro de la cual existe una división del trabajo y por lo tanto un intercambio significativo de bienes básicos o esenciales así como un flujo de capital y trabajo”(3). Desde la apertura de nuevas rutas comerciales, en los orígenes de las sociedades pre-capitalistas del siglo XVI, a la movilización de nuevas técnicas de reproducción de las mercancías, el sentido del progreso ha estado continuamente ligado a esa necesidad occidental de conquistar el espacio, exportando así toda una forma de comprender las relaciones entre los hombres. El planeta, por lo tanto, se ha vuelto una interconexión de puntos estratégicos de comercialización y fabricación de elementos, con sus claras diferencias éticas, étnicas, idiomáticas, políticas y religiosas, pero basadas en una homogeneización del intercambio, gracias a los brutales impulsos imperialistas de las potencias capitalistas occidentales.

Ahora bien, la gran “fábrica del mundo” es hoy China y el Sudeste asiático. Desde ahí se crean todos los productos necesarios y no tan necesarios para su comercialización a nivel global. China, especialmente, provee a los grandes capitales de una plaza de mano de obra barata, sin regulaciones ambientales y laborales. La actual crisis económica mundial, basada en la extrema financiarización, da por resultado una relación cada vez más dependiente del sistema-mundo con respecto al eje productivo chino, es decir, que no solo la pauperización del trabajo va en constante alza, sino también la pauperización de las regulaciones ambientales. La imagen de Pekín, extremadamente contaminado en los últimos Juegos Olímpicos de 2008, intentando ser habilitado para el desarrollo de estas competencias, es una clara imagen de cómo y hacia dónde podría llevarnos esta crisis del espacio. Igualmente, la reubicación constante de población y zonas fabriles en China y en el sudeste asiático, y hoy también en gran parte del norte de África, está modificando no sólo el curso de los ríos para la generación de energía, sino, de igual forma que en las potencias occidentales, inmensos territorios y ciudades abandonados, lugares cuyos nombres están vaciados.

La movilidad y la migración de grandes masas humanas hacia lugares potenciales de oportunidades laborales, o también alimenticias (como en el caso de los refugiados en África), se han acelerado en las últimas décadas, generando una dialéctica más compleja entre pobreza y experiencia. No solo gran parte de la población mundial pierde su contacto directo con sus raíces, con instancias fundamentales como la identidad y la memoria, sino que también en relación a su comunión con el planeta por efectos de la sobrevivencia. Esto pasa también en las ciudades modernas gracias al auge del mercado inmobiliario y la homogeneización del paisaje, en donde los individuos, a su vez, también están afectos a la vicisitud de conformar un lugar estrictamente genérico del habitar. Así, como ocurre en muchos lugares de Latinoamérica, la población va perdiendo su derecho inalienable a la ciudad (citando aquella idea de David Harvey) y a formar parte de decisiones en cuanto a lograr soluciones viables al problema de la historia, el arraigar y la integración. Este es el efecto alienante más perjudicial en cuanto a crear una vinculación con el espacio y lo que desaparece.

Es por esto que la literatura cumple hoy un papel primordial. Citando nuevamente a Harvey:

“Hasta la letra escrita extrae propiedades del flujo de la experiencia y las fija de forma espacial. ‘La invención de la imprenta introducía la palabra en el espacio’, se dijo, y la escritura –un ‘conjunto de pequeñas marcas que avanzan en una línea clara, como ejércitos de insectos, a los largo de páginas y páginas de papel blanco’- es, por lo tanto, una espacialización definida. En efecto, cualquier sistema de presentación es una espacialización de esta índole que, automáticamente, congela el flujo de la experiencia y, al hacerlo, distorsiona aquello que se esfuerza por representar. ‘Escribir’, dice Bordieu, ‘arranca a la práctica y al discurso del flujo del tiempo’”(4).

La literatura es esa marca espacial que, dentro de sus posibilidades infinitas, tiene la propiedad de proteger los nombres de los lugares y seres que desaparecen. Es el ejercicio mismo de la memoria y la identidad, un camino de palabras, como de hormigas, en donde ya por su afirmación o negación inherente de la experiencia, puede dar cuenta de la catástrofe y brindar un diálogo certero. En su precariedad existe una conversación secreta entre lo que se vacía y no vuelve y aquello que se trata de salvar, ya por nostalgia, ya por un compromiso mayor. Y toda gran escritura se plantea esa dialéctica con el espacio, conformando su propia poética de éste, sin embargo, a esta nunca se le podría exigir un emplazamiento directo en la contingencia, una especie de panfletarismo ambiental. Al contrario, puesto que la “poética del espacio” es indisoluble a toda literatura; pedir resultados a la poesía o al teatro, sería un poco ir en favor de una lógica más de mercado que artística, pues es ya la literatura una herramienta significativa para nombrar este periodo de transformación y evanescencia, en cuanto ha dejado y sigue dejando los hitos de una dialéctica entre lenguaje e historia.

Ante el poblamiento de los espacios urbanos por la lógica de la publicidad y la fantasmagoría del fetichismo que suscita la mercancía, la literatura y el arte tienen la posibilidad de retratar la precariedad de lo único, del detalle. Sin duda, la “metafísica de la desaparición”, el vaciamiento de nombres e identidades comunitarias ligadas a aquello único y que desaparece (animales, selvas, ríos, montañas y el mismo aire) es y será parte de esta crisis mayor, y una más tangible que una meramente textual o teórica, en las formas de representación artística, una crisis que supera claramente las condiciones de género o estructura, hacia una probable vuelta al concepto de totalidad, más que de fragmentariedad, en las propuestas artísticas.

Y mientras termino de escribir este texto, comenzado el día anterior, miro hacia los cerros y una gran humareda puebla una zona de pastizales. Palabra a palabra las sirenas, que una vez cantaron a Ulises para que abandonara su retorno a Ítaca, cantan hoy la emergencia de un sitial que será consumido por las llamas. En estos días se multiplican más y más, no sólo aquí sino alrededor del mundo, y pienso en cómo podría un músico volver a interpretar las Cuatro estaciones de Vivaldi, sin conmover a su auditorio, absorbiendo la actual violencia del clima, y dejar de entrever la devastación y su maquinaria.

 

NOTAS

(1) Agamben, Giorgio Experiencia y pobreza, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2007. Pág. 12.

(2) Harvey, David La condición posmoderna, Amorrotu Ediciones, Buenos Aires. Pág. 230.

(3) Wallerstein, Immanuel Análisis de sistemas-mundo, Siglo XXI Editores, Madrid, 2006. Pág. 19.

(4) Op. Cit. La condición posmoderna. Pág. 230.

 

 

 

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