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Escribir la noche: obstinación por lo invisible
Presentación del libro Larvaria de Romina Sandoval
Rojas
Editorial Moda y Pueblo, Santiago, 2016. 66 páginas

Por Daniela Catrileo



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Comienzo a escribir el texto, mientras un cadáver de polilla reposa sobre los libros de mi escritorio. Otra de ellas, vuela ciegamente arrancando de Albahaca, la gata que vive conmigo. Hoy también conté treinta y tres hormigas sobre el árbol vecino y saqué pulgones de mi pequeño jardín, espacio que  habita y  adopta la amenaza de anidar otras especies. Porque un jardín, un árbol y una estancia son micro-mundos de universo, que permanecen encerrados en un cristal imaginario. En el cual, cada criatura es una mirada fracturada de esa pequeñez hacia otra dimensión, pendiendo de su escala perceptible. Larvaria (Ed. Moda y Pueblo, 2016) primer libro de Romina Sandoval, se estampa en esa inquietud. Desde una narrativa poética que va metamorfoseando no sólo la figura, sino también el lenguaje. Escribir obstinadamente sobre lo invisible es entrar en el umbral de una naturaleza dialógica, donde el ojo es arrojado intensamente hacia lo ínfimo y sostiene la existencia absoluta de otro/a.

En una frecuencia análoga, durante el siglo XVII, una mujer alemana llamada María Sibylla Merian se dedicaba al estudio de pequeñas criaturas. En el contexto de su infancia, aún se creía que los insectos nacían de la basura y del excremento, otorgándoles una carga insignificante y despreciable que perduraría largo tiempo, quizás el mismo para aquellas voces femeninas que permanecían ocultas por el manto de la ciencia masculina. No obstante, la contracorriente fue su opción y a pesar del disgusto de sus colegas, María siguió el rumbo de sus observaciones. Antes que Darwin, figuraba viajando por América del Sur, recorriendo con sus tenaces ojos la vida de diversos organismos que plasmaría en sus relatos científicos y artísticos, pues también ilustró y pintó, la variedad de seres que tanto la obsesionaron. Es en ese cruce, entre la insistencia y la provocación de forzar otra mirada, donde confluye una relación horizontal con esa multiplicidad de criaturas apartadas del tiempo de “lo humano”.

Así mismo, en los textiles de Romina, hay una persistencia por la posibilidad otra del panorama, donde una arremetida entomológica y botánica se cobijan en la paciencia de su escucha. Esa densidad de oír y ver lo que no se alcanza entre esquirlas cotidianas. Sin embargo, también es una pulsión hacia el peligro. Desde su origen el libro se compone en fragmentos cesurados, una especie de bitácora naturalista que enlaza una negación como mantra, y una transformación/metamorfosis persistente de su protagonista: Bubamara. Se impone una narrativa documentalista de la vida de aquellos seres.

No sólo se cincelan los versos, también los cuerpos de insectos reunidos en este relato van mostrando su fragilidad. Hay apuntes que brillan entre estelas de hermosas flores y alitas escarlata. Hay una estancia que representa la inestabilidad de un hogar que se rompe, que habita y deshabita, y vuelve a cobijar. Como una máscara que descascara su impronta de esconder, un velo que oculta un centro hacia infinitas posibilidades. La escritura en la oscuridad y el desplazamiento de animales que transitan aquella temporalidad. Un temor por el acontecimiento y un flujo de sutilidad que desencadena a un eros caníbal. Safo ya nos decía: “Eros una vez más afloja mis miembros me lanza a un remolino dulce-amargo, imposible de resistir, criatura sigilosa” y el poema en Larvaria también nos habla: “el insecto es la noche”. Mientras, cercenados caen los trozos de cuerpos, desprendimiento y reiteración en camas, jardines, moho y troncos. Pues eros denota deseo y crea la falta: el amante siempre desea lo que no tiene.

Aquí, hay un lenguaje que encierra una materialidad de lo observable. Además, una intensidad del reino animal que personifica cierta subalternidad y mutación constante de erotismo. La aparición del “insecto negro” va también desplegando una nueva osadía, donde la pequeña muerte se hace patente en la presencia sexual y el conflicto que impone su figura. Es la negrura misma, donde alojan pesadillas, arrasando versos hilados hacia un duelo. Una memoria se cruza al ojo humano. La necesidad de archivar el registro de una ausencia y doblegar hasta volver a negar, hasta tachar por completo su nombre. El impedimento de inscribir una palabra, como conjurando una negación para que no retorne la amenaza del registro, del fracaso. Una mutación de la lengua para su destrucción. La historia se escribe para ser impugnada, hay una dualidad permanente entre aquellos universos.

Una amenaza de mundo, una intención de la naturaleza por fragmentarse en mínimas experiencias y vivir a expensas de cadáveres. El sentido de arrastrarse, mancharse, humedecerse. Unos sobre otros, una bios que se enferma y torna hacia la imposibilidad. Despersonalización de otras, de sí misma, en el sentido de la caja vacía. Una fascinación con el espanto, con la destrucción de la belleza, con lo que el mundo arroja al asco. La autora recoge todo esto, en frasquitos de muestras, en terrarios con millones de bichitos que dislocan lo humano hasta su olvido.

En este viaje la ambigüedad post catástrofe, el sin sabor de lo que se agota hacia el final. Cuando no vuelve el amor y la sensación abúlica de opacidad, va bosquejando sombras que a nadie importan. Aquellos monstruosos no sólo tienen la cadena alimentaria del dolor. Por eso, el auto-comerse para sobrevivir es huir del peligro de sí misma, la entomofagia es una obstinación de escape a la vez. Y la Bubamara desmembrada, descuartizada cae en venganza de sí, con el delirio de consumir al amante para habitarse en su falta. El desgarro, la mutilación, desde un sutil gesto destructivo, que va desde el maltrato a la satisfacción. Su poesía es la desintegración de pequeños destellos que están escritos en múltiples voces y tonos internos. Un cúmulo de restos, un cementerio de partículas tornasol. El significado de ser otra reiteradamente en otros cuerpos, donde lo fugaz se potencia como pasión y lo bello es aniquilado hasta la deformidad. 


 

 

 

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Presentación del libro Larvaria de Romina Sandoval Rojas
Editorial Moda y Pueblo, Santiago, 2016. 66 páginas
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