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Diamela Eltit: “En estos momentos la letra está genitalizada”

Por Rocío Montes
Publicado en El País, 29 de agosto de 2021




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La escritora chilena Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1947), autora de obras indispensables como Jamás el fuego nunca, recibió el viernes una noticia que no esperaba en absoluto: entre 71 postulaciones de siete países distintos, resultó ganadora del Premio FIL de Literatura 2021 “por la profundidad de su escritura única que renueva la reflexión sobre la literatura, el lenguaje y el poder en el cambio de siglo”, como detalló el jurado. Que el galardón provenga de México, tiene para Eltit un significado especial: tras la dictadura de Augusto Pinochet donde ella vivió en Chile –”el exilio interior o insilio”, como lo denomina–, fue el primer país donde residió como agregada cultural del primer Gobierno democrático, entre 1990 y 1994. “Luego de vivir 17 años con toque de queda, en que los jóvenes no teníamos noche y los soldados con metralletas eran los dueños de la calle, fue extraordinario llegar a un país diverso como México, donde las hablas estaban liberadas y los pueblos originarios y sus lenguas vivas eran los que habitaban el espacio público”, recuerda la escritora en su casa de Ñuñoa, un barrio tradicional de la capital chilena donde los edificios modernos han reemplazado a las construcciones amplias y de baja altura.

¿En qué momento la encuentra el premio?
—Estamos en un momento excepcional en Chile. De hecho, estamos todavía bajo Estado de excepción. Son tiempos complejos y penosos por la cantidad de personas que han muerto por la pandemia, mayoritariamente de sectores populares. En política, el camino constituyente ha abierto una fuerte modificación respecto de los últimos 50 años. Hay una suma de signos que se ven reflejados en la convención constitucional. Son épocas modificadoras, enigmáticas.

¿Es optimista o pesimista ante este proceso que enfrenta su país?
—No soy pesimista. El gran problema que atraviesa Chile es el intento por homologar el país dentro de la inequidad. Por lo tanto, observo la convención como el lugar donde se realizarán los cambios hacia realidades sociales mucho mejor estructuradas que la que vivimos. La convención y su propia conformación habla de diversidades y de identidades no coincidentes. En esa conformación radica el germen utópico de lo que uno piensa que debería ser Chile.

Usted escribe una nueva novela. ¿Cómo impacta la contingencia en su obra actual?
—Trabajo en la cuestión literaria, pero muy atenta a los sucesos que nos envuelven. Escribo, pero eso va por otra línea. Para mí, la literatura son líneas de fuga en relación a toda contingencia.

¿A qué se refiere con líneas de fuga?
—El acto de escribir tiene que ver con el deseo y ese deseo produce escritura, que está fuera de la normativa del cotidiano. Todos escribimos un cotidiano dogmado, pero en la escritura se suspende el cotidiano y se abren otros espacios. La letra literaria se fuga del cotidiano, cruzado por todas las obligaciones. Con la literatura entras en otro espacio que tiene que ver con el deseo y se suspenden las burocracias que envuelven la vida social de cada uno de nosotros.

Su obra, como manifestó el jurado, “es una voz trazada con los cuestionamientos más urgentes de la época contemporánea en tiempos de pandemia, migraciones, depredación y devastación ambientales”. ¿Es posible la literatura sin compromiso político u otro tipo de compromiso?
—El gran compromiso de la literatura es con la literatura. Los autores y autoras no pueden pensarse como agentes de cambio social. Ojalá la literatura fuera capaz de cambiar el mundo, pero lo cambiará junto con todas las otras fuerzas sociales. El gran trabajo de la literatura es incidir dentro de la literatura misma. En mi caso, que trabajo ficción, puedes generar una realidad a través de las metáforas, no necesariamente reales en el sentido literal del término. Resulta muy interesante poder iluminar el real a través de lo metafórico.

¿Qué asuntos le preocupan como ciudadana y escritora?
—En el sentido social, como ciudadana, el tema de la desigualdad. Es violenta la desigualdad que invade Chile y el continente, porque genera mucha violencia por la asimetría dramática. Estamos en un sistema muy salvaje de la postura neoliberal, muy irracional, al que se le ha dado un discurso racionalista por parte, básicamente, de los economistas. Eso me parece dramático y penoso. Como escritora, en cambio, soy de espacios pequeños, soy más barrial. Trabajo los pequeños espacios, no los grandes espacios. Ni los grandes temas ni los grandes dilemas. Me preocupa la complejidad de los sujetos que viven en una misma calle, por ejemplo. Me interesa subjetivar y darles categoría poética a estos pequeños núcleos de vida.

Es un momento de mucha convulsión en América Latina. ¿Qué papel cumple la literatura?
—La literatura opera en los lectores. Es un espacio muy único porque tiene que ver con la soledad, con el ojo y los imaginarios, repensados por los imaginarios del lector. La literatura tiene la característica asombrosa de generar imágenes casi visuales con la letra y es su gran papel: transmite lenguaje y, como sabemos, mientras más lenguaje se tenga, mejor.

¿Qué opina de la actual escena literaria latinoamericana?
—La escena literaria latinoamericana siempre ha sido poderosa. Lo que ha pasado ahora es que la multiplicidad de editoriales democratizan la factura del libro y mucha más gente llega hasta el libro. ¿Algunos autores? No me gusta nombrar autores, porque significa necesariamente desnombrar a otros. Como son muchos, no me gustaría cometer un acto de injusticia.

Se observa un boom de autoras feministas en la región…
—Me parece muy bien esta nueva etapa feminista –en Chile hablamos del cuarto feminismo–, que ha batallado por equidades. De hecho, en Chile la convención constitucional es paritaria. Esta equidad, sin embargo, no está en el resto del país ni de lejos. Es un territorio por construir. Y, por lo tanto, sin discutir los aportes de los movimientos feministas, desde mi perspectiva el hecho precisamente de hablar de literatura de mujeres sigue manteniendo el binarismo. Si hay literatura de mujeres y hay literatura, ¿dónde está la literatura? De alguna manera, Occidente siempre ha sido binario. El problema de lo binario es que un polo se pone inevitablemente sobre otro. Hombre-mujer, alto-bajo, blanco-negro. Siempre hay un polo superior y se amplía el gueto. Esos pequeños guetos reducidos se van ampliando bajo el rótulo de novelas o poemas de mujeres. Pero no necesariamente todas las mujeres escriben lo mismo, porque existe diversidad estética.

Usted ha hablado de la necesidad de “desbiologizar la escritura”…
—Porque ser mujer no garantiza nada, pero ser hombre tampoco. ¿Qué es la literatura? Es escritura. Mi idea es que esos guetos, por muy amplios que sean, se rompan. Y que se llegue a una democratización de la letra y, para eso, hay que desbiologizar la letra. En estos momentos la letra está genitalizada.

También ha criticado la “literaturas selfie”. ¿Podría explicar este concepto?
—El sistema neoliberal produce neoliberalismo: el énfasis en el mercado, la compra y el desecho. El mercado trabaja con la actualidad y su desfase, lo que se visualiza especialmente en el campo de la tecnología. Para que este proceso ocurra, el sujeto debe quedar solo frente al objeto, porque el neoliberalismo ha puesto muy cerca el objeto y el sujeto, como si fueran lo mismo. Toda esa operación es posible por el yo. Es un proyecto desmantelador de la visión de comunidad. Es el yo frente a un mundo objetual, no un nosotros. En este contexto, resulta impactante la idea del selfie: el fotografiado está solo, sin comunidad, porque ni siquiera hay alguien que te saque la foto. Eres tú frente a ti mismo. La única comunidad posible es contigo mismo.

¿Y cómo es, entonces, la “literaturas selfie”?
—No podemos pensar que la literatura se quede fuera de este proceso, porque es un sistema entero: no hay nada que quede fuera. Entonces, muchas escrituras se volcaron a una monotonía del yo, pero las versiones acerca de nuestra propia vida son múltiples. Esta literaturas selfie ha sido muy reductora para el eje literario, aunque el mismo mercado la haya pedido: literatura selfie donde el lector no puede elaborar su propia vida en la vida del otro, porque esa vida está restringida al estar contada de una manera lineal y absoluta, con un yo que nunca es absoluto. Lo que deberían contestar los escritores, los poetas, es, en cambio: yo no soy yo, sino un otro. O como dice García Lorca: “Yo ya no soy yo”. Esa literatura selfie es muy poco interesante literariamente, aunque en el entendido de que la gente puede escribir lo que quiera.

Ha dicho que el Premio FIL fue inesperado. ¿Cuál fue su reacción?
—Primero fue el asombro de sentir que de nuevo venía esa estancia en México, porque el premio lo da México. Después, pensar en todos los años que han pasado. Sentí ganas de hablar con la niña y con la adolescente que fui.

¿Y qué le hubiera dicho la Diamela de hoy a la niña y adolescente que fue?
—Esa es una conversación muy muy personal [y ríe].


 

Foto superior Cristian Soto Quiroz

 



 

 

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Por Rocío Montes
Publicado en El País, 29 de agosto de 2021