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El 11 de septiembre es duelo y a la vez actualidad

Por Diamela Eltit
Publicado en El Desconcierto, 11 de septiembre de 2017


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Cuarenta y cuatro años ya desde la puesta en marcha de un tiempo terrible y dañino. Una forma de pesadilla que recorrió los espacios públicos durante diecisiete años. Años que ocasionaron por los agentes del Estado la muerte de más de tres mil personas, entre ellos más de mil detenidos desaparecidos, miles de presos fueron torturados. La dictadura provocó exilios masivos, despidos también masivos, un permanente Estado de Excepción, censuras, tropelías múltiples que se ejecutaron para instalar como lo proclamaron, el imperio del orden y la patria militar.

Existen historias truncas, deudas sociales, nombres que todavía no terminan de ser narrados, relevados, sentidos. Y habitamos un vacío político-cultural porque un conjunto de fuerzas políticas han cercado la memoria utilizando diversas y eficaces tecnologías para relegar, disminuir, ocluir un tiempo que todavía ejerce una serie múltiple de presiones y represiones que limitan gravemente el acontecer.

El tiempo, ya lo sabemos, es inefable, concreto, intangible, misterioso. Se acelera o se esmera en transcurrir con una lentitud agobiante. Es líquido. Y es masa. Es invisible y tridimensional. Pero resulta importante leer ese tiempo que se inició el 11 de septiembre de 1973 incrustado en el hoy.Examinar en líneas generales este hoy para ver el resultado de “ese” orden y de “esa” patria que instituyeron “los valientes soldados” y sus cómplices activos, acezantes por acumular poder y capital. Quiero detenerme en el hoy y sus aspectos más candentes como la riqueza, los soldados, la iglesia.

Resulta evidente que el “orden” que se pregonó fue violencia pura y  operó como una mera máscara. Porque en ese tiempo preciso, sustentado sobre crímenes sin reparación posible,  se estaba escribiendo este presente que vino a consolidar una riqueza verdaderamente obscena. Sumas incontables de millones en manos de un puñado de personas mientras una abrumadora mayoría vive sometida a todo tipo de carencias o en medio de la zozobra cotidiana ante una difícil sobrevivencia.

La desigualdad, una de las más importantes del mundo en la que transcurre Chile hoy, no es una mera palabra. Se trata de una híper minoría ultra millonaria que, como el clásico vampiro, se alimenta del desgaste de los otros, de  los muchos, prácticamente del país entero.

Porque el poderoso empresariado chileno es hoy una fuerza política de envergadura. Un gremio amenazante y violento, con rasgos abiertamente sádicos, que siembra el terror del empleo, del crecimiento, produce situaciones catastróficas ante cualquier movimiento que afecte sus sus ganancias. El empresariado local está infiltrado en el parlamento, controla los medios de comunicación, la salud, la educación, las mega inmobiliarias, coopta a diestra y siniestra, actúa infundiendo pánico. Mientras pregona la libertad económica, colude los precios con total impunidad. Su gemela, la derecha chilena los sirve mientras pregona la libertad económica. Abomina del Estado pero los usa para facilitar todo tipo de negocios. Reprime la sexualidad de los cuerpos de una manera sofocante, permanente. Una parte de esa misma derecha piensa a los presos de Punta Peuco como chiches, como héroes, como parte de ellos mismos.

Un sector (no todo) de la iglesia chilena desanduvo sus importantes pasos. El nunca simpático Cardenal Ezzati, más que una figura religiosa  opera como un lobista que está ahí para reprimir  y para cuidar el buen curso de los bienes de la iglesia. La iglesia se desplomó por la frecuencia de los abusos sexuales. Los arribistas que frecuentaban  la iglesia de Karadima y que viven inmersos en su burbuja siútica, se horrorizaron cuando vieron la realidad de su venerado cura: Era nada más y nada menos que  el jefe de una secta que operaba en el interior de su propia iglesia y que se permitía todo tipo de abusos síquicos y sexuales en contra de los que lo seguían. Su actual Obispo en Osorno es un “esclavo” de Karadima y ofende a los católicos, pero está allí, sigue ahí, porque la iglesia está terriblemente deteriorada por los constantes abusos sexuales que se siguen y se siguen cometiendo, pues la verdad es que allí existe un hueco, un espacio de privilegio que ampara a los numerosos, temibles y constantes pedófilos, como O’Reilly, el sonriente amigo de los empresarios y sus abominables andanzas contra las menores del colegio Cumbres.

Y qué decir de los “valientes soldados”, el Ejército (el llamado Milicogate) y Carabineros de Chile (el Pacogate). Las dos fuerzas desvalijaron al Estado mediante la ejecución de lo que podría ser catalogados por sus dimensiones   como los “robos del siglo”, delitos que todavía no terminan de aclararse en su extensión y en las mecánicas que las posibilitaron.

Las elites que se enquistaron y ampliaron sus poderes a partir del 11 de septiembre, siguen manteniendo férreamente el control sobre el país y nada parece detenerlos. Hoy, a cuarenta y cuatro años del Golpe de Estado, la derecha tradicional aspira a la presidencia (nuevamente) con el  multimillonario Sebastián Piñera y su conocido séquito de adictos al enriquecimiento. Ya es público el tema de las adicciones. Una de ellas es al juego inversionista sin tope alguno. Una forma de ruleta loca. Los efectos de esa adicción son irrefrenables, imparables, la mente suena, resuena y no se puede resistir ante la posibilidad de un negocio nuevo. Se trata también de un tipo de trastorno pues el dinero deja de ser real y necesario, para transformarse en una imparable producción de megalomanía. Un ranquin de la revista Forbes. Trumpismo.

Resulta asombroso que un político cuya adicción a las inversiones, muchas de ellas problemáticas (pues generan constantes conflictos de interés) siga encabezando las encuestas. Un posible gobierno  que propone un programa totalmente adverso a los sectores mayoritarios pues proclama el fin de la gratuidad, la flexibilidad laboral, la cosmética a las explotadoras AFP y para qué seguir.  Un gobierno que usaría al Estado  como mera sede de negocios.

El 11 de septiembre muestra el tiempo en toda su magnitud. Es duelo y a la vez actualidad porque la máquina más depredadora continua allí, enquistada, consumida entre lujosas y banales vidas de papel.

 


 

 

 

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Publicado en El Desconcierto, 11 de septiembre de 2017