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El poeta ha muerto; ¡viva el poeta!

Por Diamela Eltit
Publicado en https://www.clarin.com/ 23 de Enero de 2018


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Más allá de las lógicas y avasallando la razón, el poeta Nicanor Parra muerto a los 103 años, parecía rozar la inmortalidad. Se transformó en una figura emblemática que funcionaba, desde hacía ya varias décadas, como un mito viviente. Un ser que cautivaba al mundo hispanoamericano y a las sucesivas y diversas generaciones, por su precisión, su ingenio, un saber concentrado, irónico, listo para producir una carcajada que desmantelaba las estructuras más preciadas de los rígidos mandatos institucionales.

Con la publicación de Poemas y Antipoemas en 1954, ingresó de inmediato a liderar una extensa zona de la estricta y belicosa poesía chilena. El poeta abrió un espacio para una poética “otra”, muchos más descentrada, pero dotada de un rigor que se anclaba en una cierta “deconstrucción” de las formas más recurrentes en que se textualizaban el descontento, la emotividad, el sinsentido. Su particular manera de abordar los nudos contemporáneos, de revisitar para retorcer las convenciones, de activar el ingenio y la innegable sabiduría popular, lo volvieron indispensable para desacralizar ciertos espacios quizás ya demasiado agotados por la solemnidad y la abierta trascendencia. Una pompa que insistía en mantener la poesía y el arte como un territorio solo posible para los escasos elegidos por alguna divinidad.

No se puede desligar su poética y su “posición literaria” de su interesante emergencia biográfica. Nacido en la ciudad sureña de San Fabián de Alico, Nicanor Parra formó parte de una familia que cultivó de manera extensa el folklore y una diversidad de géneros artísticos ligados a las culturas populares. Violeta Parra, su hermana y de quien el poeta era muy cercano, es un referente fundamental para la música latinoamericana y su trabajo sigue proliferando en un múltiple coro inamovible. Pero también están Roberto Parra, Hilda Parra, entre otros hermanos quienes, guitarra en mano, recorrieron diversos espacios chilenos, cantando en circos pueblerinos o en cantinas o en peñas y así se fue extendiendo, de modo notable, el apellido Parra por los cuatro puntos cardinales de la cultura popular.

Sin duda, su numerosa familia, que hizo del folklore una práctica de vida, fue clave para la formación conceptual y literaria del poeta. Nicanor fue el miembro más letrado entre sus hermanos. Aunque compartieron un idéntico origen popular, signado por la estrechez económica, debido a sus aptitudes intelectuales, tuvo una gran formación universitaria científica (estudió física, matemática y mecánica en la Universidad de Oxford, como también en Johns Hopkins), más adelante fue profesor en la Universidad de Chile pero encontró, eso es seguro, en la poética familiar su propio particular rumbo.

A esa poética compartida con su enclave familiar, Nicanor le agregó un rigor diverso que marcó un antes y un después en la poesía chilena e hispanoamericana, al generar un nuevo dispositivo poético que ponía su acento en una desdramatización o una redramatización de los hilos psíquicos en los que se estructura el sujeto. Hilos en los que se cobijó una ironía inteligente, aguda, que leía los signos sociales desde una mirada que develaba las tramas y las trampas en que se tejían las convenciones.

Efectivamente, los antipoemas lo convirtieron en el antipoeta que él decidió encarnar. En la otra orilla estaba la figura y la poesía incombustible de Pablo Neruda ya muy inscrito en los escenarios internacionales y con una estela política marcada por su pertenencia al Partido Comunista.

De una u otra manera se produjo de manera simple y acaso lineal una división en el escenario poético debido a la manera o los modos de presentar visiones o versiones críticas respecto al orden del mundo y su desajuste. Desde luego, Pablo Neruda es uno de los poetas más considerables en lengua española, eso no está en discusión, solo que el ingreso de Nicanor Parra y su propuesta abrieron un dilema sobre el cual parecía necesario tomar partido. Esa división alimentó de manera considerable el debate intelectual en un tiempo en que los pactos culturales experimentaban cambios que iban a marcar nuevos signos y conductas, con una velocidad asombrosa.

Efectivamente, la veloz legitimación de la histórica revolución cultural “sesentera” se instaló para mover los parámetros y abrir los sentidos hacia nuevos paradigmas. De manera especial, Nicanor Parra sintonizaba en una parecida frecuencia con los poetas y escritores emergentes de Estados Unidos. Autores que experimentaban la revolución con una intensidad especial y cuyo centro fue el hippismo joven que abominó de las antiguas estructuras y quiso llevar el amor y la sexualidad a un nuevo domicilio esta vez colectivo y con tintes psicodélicos: Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti fueron algunos de sus exponentes más activos.

Nicanor Parra, entonces, contó con una atmósfera cultural propicia para realizar una lectura atenta a su obra pues se experimentaban fuertes cambios y se buscaba desacralizar ciertos presupuestos represivos para circular más libremente por el espacio social. En ese sentido, su poética calzó con su tiempo. Resultó liberadora y se inscribió en el deseo de nuevas circulaciones para los cuerpos sumergidos en la esperanza de comunidades signadas por los imperativos de romper las represiones más conservadoras.

Pero el poeta iba a experimentar, en 1970, una crisis, digamos, política, que marcaría para él un tiempo duro y lleno de polémicas en el campo cultural. Acudió a una invitación a tomar té que le extendió Patricia Nixon en plena Casa Blanca. Fue ese té compartido con la Primera Dama estadounidense el que lo volvió completamente inaceptable para sectores ultra comprometidos con nuevos rumbos para la política latinoamericana en una época marcada por la Guerra Fría. La divergencia estalló de manera intensa y se manifestó en esos años en que la mayoría de los jóvenes y los escritores y artistas estaban contra la política colonialista estadounidense y, en especial, se oponían fervorosamente a la guerra de Vietnam en actos y marchas extendidas de manera incesante no solo a lo largo de Estados Unidos sino por la totalidad del mundo occidental.

Conocí a Nicanor Parra el año 73, justo el año “maldito”, mientras era alumna del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile. Asistí puntualmente a sus clases en la Universidad y, desde el lugar privilegiado de alumna, pude conocer al poeta-profesor. El golpe de Estado, ese mismo año de mi ingreso, sembró pánico y horror. Su figura era, en cierto modo, ambigua. Conocíamos su desencuentro con parte de la izquierda pero, por otra parte, su poética estaba demasiado alejada de la solemnidad patriótica de las fuerzas armadas y más bien parecía subversiva en relación a cada una de las normativas que se estaban implando mediante el terror y las graves vulneraciones a los derechos humanos.

En esa época caótica, una época oscura en todo sentido, lo que primaba en la Universidad era el silencio. Unos días después del golpe murió Pablo Neruda (una muerte que hoy es investigada como un crimen posible) y su funeral fue quizás la última manifestación política que se iba a realizar en varios años. Un funeral apresurado, custodiado por militares, sin ceremonia oficial alguna, porque los tiempos no lo permitían.

La muerte de Neruda acrecentó su fama ya muy considerable. Nicanor Parra resentía esa fama, eso era visible en sus clases por sus comentarios en cierto modo irónicos sobre Neruda. El, en cambio, precisamente por su ambigüedad política, habitaba un espacio reducido porque muchos de sus seguidores, escritores, críticos literarios, poetas, habían salido al exilio. Además lo perseguían los efectos del té con Patricia Nixon que habían puesto a un extenso número de poetas e intelectuales en su contra. Eso tuvo consecuencias en el poeta, que se alejó de manera ostensible de la izquierda y más bien se puso en un lugar crítico que antes no había transitado.

Pero sus clases seguían y se ganaba, como siempre, la admiración de sus estudiantes. Recuerdo, sus clases, o más bien, una determinada atmósfera, ciertos inteligentes, ingeniosos dichos. Más aún, ciertas aseveraciones han sido útiles en mi propia vida literaria: “una cosa son las metáforas, pero otra cosa son los metaforones”, decía. Tenía razón y me parece una excelente manera de enunciarlo. Claro como el agua.

O bien, su manera de resumir los dramas amorosos de manera brillante: “Cuando un hombre se va con la mujer de otro, arde Troya”. Porque Nicanor Parra tenía un modo lúdico de relacionarse con los demás que oficiábamos como su público. Tenía fuertes rasgos lúdicos y performáticos. Podía recordar sin titubeos largos poemas o mostrar asombro ante las opiniones sobre su obra o sencillamente escuchar sin manifestar impresión alguna acerca de los dichos, en fin, después de todo, para sus alumnos (entre ellos, yo misma) Parra era Parra. Parra es Parra, decíamos.

Sin embargo, su fama, su lugar a los largo de esos años, fueron más bien opacos. Lo fueron hasta que pudo manifestar su antagonismo con la dictadura y manejar de mejor modo su desacuerdo con la izquierda.

De manera progresiva, Nicanor Parra, recuperaba su territorio en el territorio. Lo vi a menudo en esos años, después de la universidad. Sus artefactos ya formaban parte del patrimonio cultural, eran oportunos, en cierto modo realistas, daban cuenta de cómo funcionaba el aparato social: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, escribió. Por supuesto, Nicanor apuntaba a una cuestión de fondo cuando hablaba de acuerdos entre derecha e izquierda.

Más adelante, con la Transición a la democracia, ya Nicanor Parra estaba completamente reparado. Cuando cumplió ochenta años el gobierno le hizo un homenaje junto a José Donoso, quien cumplía setenta. Asistí a la ceremonia. Era necesario porque de manera ultra básica se estaban restableciendo los soportes culturales que habían sido prácticamente o totalmente inexistentes bajo dictadura. Además, era muy interesante que dos de los principales escritores chilenos fueran reunidos en un homenaje conjunto. Pero fue, para mí, en cierto modo, divertido, porque más que las obras de los autores, lo que parecía primar era la edad de los festejados. Mientras Nicanor Parra atravesó la sala corriendo para recibir su premio, José Donoso lo hizo de manera lenta, lo que originó que se establecieran las inevitables comparaciones entre ambos. Los asistentes comentaban que Nicanor lucía tan joven, casi un adolescente.

Más adelante lo acompañé cuando recibió el Premio Juan Rulfo en Guadalajara. Fue la primera vez que se otorgaba, yo vivía en México. Pero antes, durante una breve estadía en Chile, Nicanor Parra me llamó para decirme que quería leerme el discurso de aceptación del premio. Fui a su casa en La Reina y allí leyó o realizó su performance para mí. Era un premio importante y generoso. Por supuesto que Nicanor Parra no iba a renunciar a la ironía. Describió con mucha precisión al escritor Juan Rulfo y, más adelante, dijo, eso lo recuerdo bien, que la mayoría de las personas le preguntaban que iba a hacer con el dinero del premio. El discurso era “parriano”; era el discurso del antipoeta que mantenía una distancia poco común con la obtención de premios. Un poeta que de alguna manera deconstruía esos honores desde una marcada lucidez ante lo efímero.

Poco tiempo después nos encontramos en París durante un encuentro de escritores chilenos. Al parecer todavía le penaba el intenso amor que le tuvo a una mujer que ya había muerto. Se detuvo mientras cruzábamos un puente, mientras la evocaba con esa elocuencia teatral que tenía. Yo lo miraba mientras hablaba y seguía hablando y veía cómo se le paraban todos los pelos por el viento que había. Lucía genial con todos sus pelos parados mientras hablaba de su amada muerta en un puente de París.

Después se transformó en ícono universitario. La Universidad Diego Portales (un plantel privado) lo contrató como director de Carrera de Escritura Creativa. Desde luego, un cargo simbólico. Sin embargo, de alguna manera, la Universidad adquirió una cierta identidad cultural mediante la imagen del poeta. Construyó una gran biblioteca con su nombre, donde realizan numerosos eventos. Por otra parte, gran parte de los escritores jóvenes o relativamente jóvenes, han renovado sus lazos de admiración y respeto con Nicanor Parra y, más aun, yo hablaría de un cierto fervor que se manifestó de manera masiva cuando el (primer) gobierno de Sebastián Piñera lo presentó formalmente como candidato al Premio Nobel de Literatura.

Tal vez lo más interesante de ese tiempo fue el entusiasmo de sus fans que dio cuenta de una adoración casi religiosa. Yo me preguntaba en ese época cómo habría sido su discurso en caso de obtenerlo, y qué habría hecho el poeta con el dinero. Pero claro, no tuvo el Nobel y no hubo discurso.

Lo vi de manera ocasional en su casa en la playa. Los años se sumaban y se sumaban para los dos. Pero, en su caso, esa teatralidad, se mantenía intacta, la memoria impecable y seguía citando el Hamlet de Shakespeare en inglés de manera prolongada. Todo seguía su curso de manera previsible.

En general a lo largo de lo que ya parecen miles de años, siempre conservé esa posición de alumna: él hablaba, yo escuchaba. Quizás ese tiempo universitario me predispuso en ese lugar. Yo nunca pude “tutearlo” a diferencia de otras personas y él tampoco nunca lo hizo conmigo, aunque estuviéramos en un reunión plenamente social. Nos tratábamos de “usted” más allá del largo tiempo que nos conocíamos .

Nicanor Parra en la década de sus noventa años fue un total superstar. Esa década le fue propicia y recibió muchos signos de reconocimiento que, de alguna manera, fueron visibilizados con la obtención del Premio Cervantes. No viajó a recibirlo, en cambio acudió una parte de su familia. Pero sí estuve con él en la playa justo el día que le depositaron el dinero en el banco. Estaba su hijo músico, Juan de Dios, que tocó la guitarra. Habló de Miguel de Cervantes, se veía contento con su premio y con el depósito en el banco. Cercano a su hijo y, como siempre, a la música. Fue una tarde pacífica. Cervantina.

Y más adelante, bajo este gobierno de Michelle Bachelet se conmemoraron sus cien años. Los años que el poeta se preparó para cumplir gracias al consumo sistemático de vitamina C que compraba directamente en los laboratorios. Gracias también a esa distancia e inteligencia que le permitían sobrepasar o sobrellevar los inconvenientes. Gracias a esa teatralidad que siempre lo acompañó y a su eterna curiosidad por la vida. Después de tanto tiempo.

Nicanor Parra ha muerto. En cierto modo. Ya sabemos que el tiempo es una ficción más.


 

 

 

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