Diego Maquieira, LA TIRANA. Edición Tempus Tacendi, Santiago de Chile, 1983. Por Tomás Harris


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Diego Maquieira, LA TIRANA
Edición Tempus Tacendi, Santiago de Chile, 1983

Por Tomás Harris
Publicado en El Espíritu del Valle. Revista semestral de poesía y crítica, N° 1, Diciembre de 1985


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Entre las múltiples publicaciones de poetas jóvenes o emergentes después de 1973, casi en su mayoría autoediciones, hay un texto que es, a nuestro juicio, fundamental en el desarrollo dialéctico de la poesía chilena: el poema La Tirana de Diego Maquieira.

De este poema se habían publicado algunos fragmentos en revistas (Cal N°2 Paula y Posdata N°3) y a este respecto es interesante observar las diferencias que muestran estos fragmentos con los publicados en forma de libro, en tanto mostración de una poesía concebida como desarrollo, textualidad en continuo deshacerse y hacerse. Pero asentada la escritura en su forma actual -quizás ni siquiera la definitiva por la extrema movilidad que muestra el poema- tenemos un libro estructurado en dos docenas de fragmentos y una sección intermedia que puede operar como eje: Primera docena; El Gallinero; Segunda docena.

Sobre este poema hemos consultado dos referencias críticas; una de Ignacio Valente, a nuestro juicio inexacta, y otra de Enrique Lihn que nos parece, sí da cuenta cabalmente de la significación global del poema. De esta última tomamos dos elementos para nuestra aproximación: el humor como constante estructuradora y la percepción de La Tírana como texto barroco.

Para una primera aproximación a tan complejo poema, nos parece acertada la categoría de barroco, con la salvedad que hace Octavio Paz en Corriente Alterna sobre si acaso conviene a un escritor contemporáneo la denominación de barroco, pero este texto, además de su textualidad o textura, quebrada, imbricada, retorcida y disociada, es de esos extraños textos omniabarcantes que no por eso se desmembran, sino por el contrario logran una extraña simetría en su aparente dispersión. Una escritura como La respiración de la esponja, que dice Cortázar en La vuelta al mundo en ochenta días, dando cuenta así de aquel horror al vacío, propio del barroco del que habla Severo Sarduy en Escrito sobre un cuerpo.

Dentro de esta contextualización nos interesa, por ahora, destacar cuatro aspectos a nuestro juicio claves en La Tirana: el humor, la fiesta, el erotismo y la esquizofrenia, como constantes estructurales de su escritura.

El humor de La Tirana se distancia bastante, nos parece, del humor de la antipoesía, en tanto su modelo parriano, si bien es cierto que participa de los aspectos básicos de su manifestación literaria: la ironía y la parodia. La distancia reside en su máxima extremación y la relación de esa extremación, violenta con los otros elementos mencionados como estructuradores del texto; así ya no es posible, como efecto, ni la sonrisa ni la risa, sino sólo la carcajada que finalmente deviene en mueca. El gesto se retuerce. La causa de toda extremación maxima es un disloque, siempre un acto de violencia. Si como dice André Bretón el humor es un espacio de resistencias, de victorias parciales del principio de placer sobre e1 principio de realidad, en La Tirana, ese espacio de resistencia opta por su extremo derecho y termina torciendo el signo y agrediendo sin ambages: el cuerpo, otro protagonista del poema relacionado directamente con su fuerte connotación, erótica en su extrema degradación, se ríe, pero esa risa no puede ser escatológica, espasmódica, cargada de sentimiento de muerte. (Ver los poemas insertos Sorrow´s Headquarters y Examination at the Womb-door), haciéndose el texto poseedor de esa conciencia extrema de Quevedo de la que habla Octavio Paz en Poesía de soledad y poesía de comunión, que expresa la certidumbre de que el poeta ya no es uno con sus creaciones, que está mortalmente dividido. Una gozosa conciencia del mal que se constituye como una respuesta intelectual y estoica.

El espacio en el que se despliega el poema La Tirana es el de la fiesta, el enunciado del titulo nos remite a la fiesta religiosa pagana de la Virgen de la Tirana del norte de Chile. El grupo musical Quilapayún en una entrevista al referirse a esta fiesta insiste en un aspecto clave: Es una fiesta donde la Virgen y el Demonio bailan de la mano. La fiesta como espacio de excepción, de unión entre los contrarios, de amalgama de realidades disímiles, de fusión de polaridades encarna en la fiesta hispanoamericana. Invierte las formas de lo habitual en su connatural sincretismo. Así la fiesta referencial halla en el poema su homología al desplegarse de una fiesta textual que transpone la topografía, la fiesta es ahora en hoteles y hospederías de Santiago de Chile y no en el norte de Chile e imbrica y confunde a través de toda la escritura significantes perversos y sádicos y significantes religiosos y sacros en la red total del texto.

En todo el poema La Tirana se despliega, además, una fuerte significación erótica y referencias a su vehículo privilegiado: el cuerpo. En principio la erotización significa liberación del principio del placer, desadormecimiento de la conciencia enajenada por los paraísos preimpuestos del consumo y el progreso: significa en suma una instancia de desalienación y por lo tanto peligro para el sistema. Lo erótico y su representante, el cuerpo, es así relegado por las instituciones hacia lo oculto, tabú y prohibido (Nos educaron para atrás, padre/ Bien preparados. sin imaginación./ Y malos para la cama) y vedado como transgresor. Pero tú conoces a los desadaptados a la vida, es el fin, es absoluta devoción al placer. Frente a la vida esta vida, a fin de cuentas confundida con el sistema de dominación, el poema La Tirana opone entonces como opción marginal, la devoción al placer, al principio otro de la vida al estallido del eros. La devoción absoluta al placer se opone de esta manera a las estructuras represivas posibilitadoras de aquel ascetismo interior que constituye la base mental de la dominación y la explotación (Marcuse)

El cuerpo reprimido responde, entonces, como puede, en el arte. Reaparece insultante, provocativo, santo y pornográfico en el santuario tradicional de las sublimaciones. Y su reaparición es, sin duda, reivindicativa, política, subversiva. Es la exhibición del enfermo, del enrostramiento de la pústula: es el llagado que enseña su maceración, como el Cristo pringoso en descomposición paulatina, en un vía Crucis exhibicionista, que Severo Sarduy hace entrar en La Habana, un demonio chillón que profiere su discurso desde el hotel Valdivia de Santiago de Chile, reclamando por la vida: Que el cielo será un día mi nombre/ mi iglesia pintarrajeada por Miguel Angel,/ pobres vidas se amontonan en mi mente/ en el Más Allá nadie se verá más/ y Dios no será más Dios.

El resultado debe ser totalizador y se programa ya desde la fotografía de la tapa (Anónimo Open Door) la locura. El último texto remite a Kubrick y la locura -¿El Resplandor?- cuyo producto es la disgregación y un silencio cargado de tensión y deseo. Contéstame/ me estoy volviendo loca.



 

 

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Por Tomás Harris
Publicado en El Espíritu del Valle. Revista semestral de poesía y crítica, N° 1, Diciembre de 1985