En su estudio, ni espacioso ni reducido, en un cuarto con ventana de su casa de la calle Viamonte, en el barrio de Tribunales, Noé Jitrik tenía instalada su computadora de escritorio con cámara web, junto a una lámpara móvil, “con brazo”, donde diariamente —y no era el único sitio en donde lo hacía— escribía; además de otro escritorio, un teléfono móvil, otro fijo (inalámbrico), y de portero eléctrico, notebook, bibliotecas y libros, fotos en algún estante —como una analógica, preservada en un soporte de acrílico transparente, junto a Michel Lafon y Adolfo Bioy Casares, los tres sentados y sonrientes, en el living de esa misma casa—, y su voluminoso archivo. Cantidad de materiales originales, escritos y manuscritos, rodean las paredes —donde, entre otras imágenes, cuelga un pequeño cuadro: el retrato (pintura-dibujo) que realizó Luis Felipe “Yuyo” Noé, para incorporar al libro que hicieron juntos, En el nombre de Noé (2009)—. Allí, dos largos estantes contienen cajas: son los Archivos de Noé Jitrik, trabajo por el que pasaron dos asistentas y un asistente, una parte de ellos denominados-etiquetados genéricamente “Actividad académica”, en cajas rotuladas con los números 1 al 5. Las primeras cuatro, tituladas “Esquemas de cursos”, y la quinta, “Apuntes de lectura”. Bajo el título “Actividad literaria”, que abarca desde la caja siguiente hasta la 11, la caja 6 anuncia: “Charlas, discursos, conferencias y presentaciones de libros”; la 7, “Borradores y manuscritos”; la 8 y la 9, “Originales mecanografiados o manuscritos”; y las 10, 10 bis y 11, “Impresos”. La siguiente, rotulada como “Actividad política”, indica: “Documentos UCRI”. La caja 13 tiene doble categoría: “Actividad literaria/Actividad política”, y anuncia: “Notas escritas por Noé Jitrik”. Y la caja 14, bajo el género “Actividad política”, contiene material sobre “Intervenciones en Argentina, entes gubernamentales, [y el] exilio en México”. Otra etiqueta, en cada una de estas cajas, detalla el contenido de los sobres que hay dentro de cada una: tipo de material con sus características, fechas, títulos, nombres y datos específicos, etc. (Hacia la segunda mitad de la década de 1990 y comienzos de la de 2000, una parte de su archivo, que contenía textos manuscritos —unos hechos a mano, y otros con máquina de escribir—, fue adquirido por la Universidad de Texas, en Austin, para su Colección Latinoamericana).
A todo esto, documentos y papeles diversos, trabajos y actividades durante más de medio siglo de incesante e intensa vida académica y literaria, cultural y política, se le deben sumar varias cajas más, que contienen libretas de teléfonos y direcciones, de varios países y épocas; también, sus “cuadernos” (que son sus diarios personales y literarios); su archivo de libros publicados en varios países, donde hay más de cien propios —de Feriados y Horacio Quiroga, a Lámpara diurna, Ensayos sencillos y Un círculo—, ordenados cronológicamente; y unos cien más, ordenados del mismo modo, de terceras personas, en donde participa con artículos, prólogos y presentaciones, textos de contratapa, etc. También, hay una existencia con copias de muchos de sus libros publicados; otros estantes con ejemplares que le llegaban por diversas vías y leía, para luego seleccionar cuáles prefería o “autorizaba” para que ingresaran en la gigantesca biblioteca hogareña, centrada en América Latina —ordenada o acomodada por países—, y cuáles tendrían otros destinos, como la biblioteca del Instituto de Literatura Hispanoamericana; y muchos otros papeles —como revistas, folletos, catálogos y programas de mano (por ejemplo, de exposiciones, a las cuales concurrió, junto con Tununa Mercado)—; además de su computadora, donde hay todo un “otro mundo”, un archivo digital, donde se concentró especialmente el trabajo de los últimos tres o cuatro lustros, con artículos, ensayos, poemas, cartas y libros inéditos.
Noé respondió a un pedido que le hicieron desde la Revista de la Biblioteca Nacional de Uruguay, en los —tal vez en apariencia— lejanos años de la prepandemia. Solicitaron cartas, recuerdos, documentos especialmente, que estuvieran relacionados con otras personalidades de la literatura. Había buscado y tenía a mano cartas con Saramago, Roa Bastos, García Márquez y alguna gente más. Pero, siempre generoso, incluso dio más: Noé escribió y envió unos recuerdos de vivencias y experiencias compartidas, y eso fue un comienzo, del que surgiría, poco tiempo después, ahondando en el recuerdo, un nuevo libro: Seres de imaginación. Esos primeros recuerdos se publicaron en 2019, bajo el título “Memorias con escritores”, en el Nº 16 de la Revista de la Biblioteca Nacional, en un tomo bautizado Afinidades. Allí aparecen, trazados por Noé, Ángel Rama, Augusto Roa Bastos, Arturo Cerretani, Roberto Fernández Retamar y Augusto Monterroso —además de dos fragmentos de cartas de José Saramago—.
Ya me lo anunciaba en un e-mail de ese mismo año: a partir de lo que había enviado a la Revista de la Biblioteca Nacional —donde había advertido hacia el final de su texto: “los bocetos que acabo de diseñar no agotan el universo de mis relaciones con escritores”—, había extendido y ampliado la cantidad de evocaciones ¡nada menos que a treinta y cuatro! y eso nos llevó a varios intercambios sobre distintos aspectos y posibilidades del proyecto. Decidimos entonces agregar dos apéndices, en el camino de armar, de producir, un nuevo libro. En el primer adjunto reprodujimos (editadas) una serie de charlas que tuvimos, en las cuales, tras las lecturas de la galería de seres, yo apuntaba a —e inquiría sobre— otros que pudieran tener que ver con los ya mencionados, o estuvieran ausentes pero pudiera ser pertinente convocarlos. Noé emprendió esta tarea —como siempre— con entusiasmo, e hicimos y grabamos una serie de conversaciones a lo largo de siete u ocho semanas, todos los sábados, generalmente por la tarde, alrededor de una hora, en su estudio, o incluso más de una vez en la cocina, preparando y consumiendo ahí mismo algún té o café. El otro apéndice sería, sencillamente, el agregado de un listado de nombres aparecidos allí —los seres, y todos los otros cercanos—. Así lo trabajamos durante el “año I” de la pandemia de Covid-19, obligadamente por e-mail y llamados telefónicos, y lo dejamos a punto, poco tiempo después, listo para que fuera publicado.
El libro Seres de imaginación contiene, entre otras cosas, una recuperación/renovación/recreación de una antigua tradición literaria, la de los “perfiles” y “siluetas” de personas, amistades y personalidades diversas, de la historia y la cultura, por medio de la escritura —entre otras artes, metodologías y formas rememorativas y conmemorativas posibles—. Una línea lindante con el ensayo, hasta cierto punto, que ya se encuentra, en el ámbito hispanoamericano moderno, en Enrique Gómez Carrillo y sus Esquisses (Madrid, Imprenta de la V. de Hernando y C., 1892, reeditado por Magna Terra, Guatemala, 2005). Subtitulado Siluetas de escritores y artistas, aparecen Oscar Wilde, Rubén Darío, Charles Maurras, Paul Verlaine (con un subtítulo entre paréntesis: “Notas para un estudio”), Leconte de Lisle y varios más. Este es un género de escritura que también aprovechó, por su parte, la tradición marxista: Anatoli Lunacharski, bolchevique y funcionario máximo responsable de Educación tras la Revolución Rusa, publicó Siluetas revolucionarias (1923, traducido al castellano como Semblanzas de revolucionarios, con prólogo de Isaac Deutscher y traducción —de una versión inglesa de 1967— de Pedro Scaron, Montevideo, 1970, “Biblioteca de Marcha”). Allí ofrece semblanzas y valoraciones de Lenin, Trotsky, Zinóviev, Plejánov, Sverdlov, Martov, Kalinin, entre otros. El mismo León Trotsky dio a conocer por esa misma época, de relativa estabilidad nacional en el período de entreguerras, prestalinista, Perfiles políticos (1926), una primera sección del volumen 8 de sus Obras, publicadas por la Editorial Estatal de Moscú. Allí se encuentran vivos retratos —gracias a la tan famosa como fabulosa pluma de Trotsky— de Victor Adler, Friedrich Adler, Jean Jaurès, Karl Kautsky, Georgi Plejánov, Yuli Mártov, Franz Mehring, Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Hugo Haase, Cristian Rakovsky y muchos más.
Por otra parte, Paul Valéry escribió entre sus Variedades “Villon y Verlaine”, “Yo le decía a veces a Stéphane Mallarmé” y, especialmente, “Recuerdos literarios”, una conferencia dictada en la Université des Annales el 18 de noviembre de 1927, publicada al año siguiente. Y dando un salto adelante, avanzando medio siglo en el tiempo, tenemos el primer libro de Jürgen Habermas: Perfiles filosófico-políticos (1971, reeditado y ampliado en 1980, publicado en castellano en 1974-1975, y reeditado en 2019). Con un epígrafe-dedicatoria a su maestro, “En memoria de Theodor W. Adorno”, Habermas escribe sobre Martin Heidegger, Karl Jaspers, Ernst Bloch, Theodor Adorno, Karl Löwith, Hannah Arendt, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Gershom Scholem, Hans Georg Gadamer, Max Horkheimer y Leo Löwenthal, entre otros.
En la literatura local, se encuentra el volumen de Eduardo Gutiérrez Croquis y siluetas militares, subtitulado Escenas contemporáneas de nuestros campamentos (Buenos Aires, Igon Hermanos, 1886), donde se anuncia: “En preparación, Segunda serie de Croquis y siluetas militares”. El libro ha tenido infinitas ediciones, hasta el presente, en el rubro de la difusión militar; por caso, véase Croquis y siluetas militares. Selección (Buenos Aires, Edivérn, 2015, edición de 10.000 ejemplares de la Sociedad Militar “Seguro de Vida”). Gutiérrez, autor del conocido Juan Moreira, ofrece entre sus capítulos descriptivas estampas y biografías como “Las tortas fritas” y “El sargento”. Y también: “El comandante Hederra”, “El coronel Borges” —con un final en el que asegura: “fue el militar más lúcido y honrado del ejército. Ninguna lengua se movió jamás para empañar su nombre”—, “El coronel Lagos”, “Luis María Campos”, “El coronel Muzlera”, “El general Rivas”, “Alejandro Murature”, “El coronel Morales” y “El general Racedo”, entre muchos más. Sus capítulos finales son “La vida de frontera” y “Un carnaval en la pampa”.
Años después, Manuel Gálvez, en Amigos y maestros de mi juventud (Buenos Aires, Kraft, 1944), subtitulado Recuerdos de la vida literaria (1900-1910), anuncia en sus “Palabras preliminares”: “Este libro no es una autobiografía. Si hablo mucho de mí, lo hago como espectador”. Y asegura: “Hablo en este volumen, como lo dice su título, de los compañeros de vida literaria que tuve en mi juventud y de aquellos hombres que pueden ser considerados, en un sentido cualquiera, como mis maestros”. Recuento de experiencias, recalibraciones, críticas y “pases de factura”, que reconstruyen una época histórica, siguiendo los avatares del naciente gremio literario, que se establecía como profesión. Almafuerte, Paul Groussac, José Ingenieros, Roberto Payró, Leopoldo Lugones, Rubén Darío y Horacio Quiroga son algunos de los nombres que desfilan por las páginas de Amigos y maestros.
Otro volumen, Cuadros de una exposición (1985), de Hugo Acevedo, contiene una sección llamada “Escritores”, en donde se encuentran, entre otros, Pablo Neruda, Ernesto Sabato, Ezequiel Martínez Estrada, Nicolás Guillén, Jorge Luis Borges y Luis Franco. Dedicado al poeta y periodista Antonio Requeni, el libro trae al comienzo una carta de Antonio Di Benedetto, fechada en mayo de 1985, en la que comenta: “estos retratos forman parte de una vasta composición que tanto puede inscribirse en un pentagrama como en un retrato de época, como en una composición pictórica con libros y figuras, recorrida por las ondas del pensamiento”.
Y para mencionar un caso aún más cercano en el tiempo, que además amplía las variantes y posibilidades formales de este “rubro” o género literario, tenemos a Luis Chitarroni —apartándose de la cuestión autobiográfica: no hay vivencia ni experiencias en común—, con Siluetas. Publicado por primera vez en 1992, se reeditó casi dos décadas después, en 2010 —y más recientemente, en 2021, por la editorial colombiana Favila—, con una pequeña nota introductoria de su autor. Dice allí que, pasado el tiempo —avances tecnológicos mediante: Internet—, “la falta de modificaciones lo ha hecho muy distinto” a lo que fuera originalmente, y agrega: “las biografías se reducen a lo que son: ejercicios narrativos. Siluetas es un libro de cuentos tímido”. Chitarroni ejercitó entonces lo que llama “tímida capacidad de narrar”sobre personas apócrifas, y otras reales, en lo que originalmente fueran columnas escritas para Babel. Revista de libros (1988-1991). Aparecen silueteados: Benjamin Constant, Georg Büchner, Sousândrade, Italo Svevo, Charlotte Mew, Andréi Bieli, Djuna Barnes, Ford Madox Ford, Junichiro Tanizaki, Carlo Emilio Gadda, Yves Bonnefoy, P. D. James, Martin Amis, y varios más.
Entre los Seres de imaginación que Noé ofrece, están Augusto Roa Bastos, Octavio Paz, Henri Meschonnic, Emir Rodríguez Monegal, Adolfo Bioy Casares, José Emilio Pacheco, Jean-Jacques Courtine, Julieta Campos, Ramón Alcalde, Tomás Segovia y Julio Cortázar, todos —y muchos/as más— integran el cuerpo central de la obra: la “Galería”, que no ha sido ordenada según cronología, sino por la “espontaneidad” de la memoria. Todos y cada uno de estos escorzos —tal el subtítulo del libro: una presentación en perspectiva— tienen su impronta y particularidad. Su propia fuente. Así lo explica el autor en su introducción, “Motivo”:
Se trata de recuerdos y evocaciones y de trazos aproximados, personas y personalidades; es evidente, para quien los haya conocido y conozca a los seres evocados, que los retratos serán incompletos y acaso imperfectos pero la memoria es así, está llena de huecos, sin contar con que ponerla en movimiento por escrito siempre transforma, nunca lo que está guardado en ella permanece tal cual, sin mella, al presentarse escrito. Eso es, también, la escritura, siempre, también ahora.
Forma literaria, y tradición: “Relatos, en fin, con protagonistas específicos, los seres ‘reales’ de los que también se ocupó Manuel Gálvez, seres no imaginados sino seres de imaginación”, dice Noé.
Los trazos conforman retratos, y, también, son retazos (y más) de momentos históricos particulares, con sus específicas configuraciones políticas y culturales: en su escritura Noé “pinta” rostro, cuerpo y actividad característica de equis, pero también se pinta a sí mismo, ilustra, junto a la relación, vivencia o vínculo, algún aspecto general del contexto, o alguna particularidad, combinando una agudeza, síntesis y plasticidad notables. “Ángel Rama” tiene este comienzo:
Creo que conocí a Ángel Rama después de haber publicado mi primer libro monográfico, Horacio Quiroga, una obra de experiencia y riesgo. Como era de preverse interesó más en Uruguay que en Argentina pero eso carece de importancia; lo importante es que a partir de ahí se estableció entre nosotros una relación que perduró hasta su muerte. Casi de inmediato, se trató de intercambiar escritos e ideas tanto epistolarmente como en encuentros internacionales. Quiero suponer que ambos evolucionábamos pero sin que mediara la invasión teorizante propia de los años 60.
Así se recuerda el período de juventud universitaria en Filosofía y Letras, en un pasaje de “León Rozitchner”:
Empecé a tener amigos, esos pasillos se me hicieron habituales, el latín y el griego comenzaron a tener color y, de pronto, otros pusieron sus ojos en mí y yo en ellos y, en particular, en ellas. No sé cómo fue pero me veo, de pronto, hablando con un estudiante mayor que yo, vehemente conocedor, dotado de un lenguaje al que yo no accedía todavía, lleno de proyectos y de puntos de vista que me parecían incitantes y novedosos; lo suyo era la filosofía, yo me asomaba penosamente a la pregunta básica, ¿qué es la filosofía?, que el libro de Ángel Vassallo no terminaba de responder pero que este estudiante avanzado tenía ya en su faltriquera y hasta más allá. Se llamaba León Rozitchner y en esos primeros pasos comenzó una historia amistosa que duró décadas, no lo podía sospechar en ese momento inicial.
Así comienza “Arturo Cerretani”:
No recuerdo quién me presentó a Arturo Cerretani; sí que nos hicimos amigos rápidamente. Descubrí, con asombro, que había publicado cantidad de novelas y que, incluso, le habían concedido el Premio Nacional de Novela en 1958, año en el que yo estaba muy ocupado con el ilusionismo político. Me fue obsequiando sus libros, La viaraza fue el primero y lo siguieron otros, El deschave, La violencia, La brasa en la boca, hasta Matar a Titilo. Me extrañó que no se lo incluyera entre lo que podría llamar los “fundamentales”, porque lo era; ni siquiera los rebeldes de Contorno lo habíamos considerado pese a una escritura intensa, compleja, metaforizante, que hablaba de una maestría fuera de lo común además de un conocimiento refinado de las marginalidades porteñas. Pero esa consideración, que me permitió iniciar un diálogo, es menor que el trato que se estableció, una mezcla de afecto, de cotidianeidad, de sabiduría literaria y, quizás, lo más importante, una historia personal fascinante.
(Y a propósito de Matar a Titilo, cabe destacar que fue el mismo Noé quien impulsó la publicación de este libro de relatos por Siglo XXI de Argentina, en 1974, y escribió, además, una tan elogiosa como justiciera contratapa para este autor que había quedado olvidado...).
Y así comienza “José Saramago”:
En una cena que nos ofreció Roberto Fernández Retamar en su casa de La Habana, una verdadera proeza pues ya se estaba entrando en el llamado ‘período especial’, me encontré con un grupo de, no sé cómo llamarlos, ‘escritores’ quizás sea lo más adecuado; estaban Cintio Vitier y Fina García Marruz, Eliseo Diego, Ambrosio Fornet, José María Castellet, Bertomeu Meliá, José Saramago y algunos más. Mi impresión al salir fue que el juvenilismo es poco interesante, esas personas, todas mayores que yo, eran interesantísimas, tiempo ganado estar con todos ellos. Como me habían pasado un ejemplar de Alzado del suelo, en una pésima edición, la ocasión me pareció propicia para conversar con Saramago, de manera que le propuse que volviéramos caminando al hotel. De ese trayecto salió la propuesta de una conversación, no una entrevista, que llevamos a cabo en La Habana y que yo transcribí y luego publiqué. Y, más importante, una relación que duró hasta su muerte, en junio del 2010.
Las evocaciones fluyen, la prosa da contorno, fisonomiza, y pasa a detallar y desta-car múltiples valoraciones culturales y literarias. Como en el comienzo de “Augusto Monterroso”:
No era sólo el humor lo que caracterizaba las ocurrencias de Augusto Monterroso, Tito, sino una finísima percepción poética, un ojo para lo mínimo y un relativismo filosófico que encantaba nuestros encuentros. Desde que nos conocimos para mí fue un puente y una razón para volver a México. Su erudición literaria era sorprendente, desde los clásicos greco latinos hasta la mejor poesía contemporánea, además problemas de poesía como los que motivaron una larga conversación a partir de una reflexión de José Lezama Lima acerca de los “aciertos” en poesía; sostuvo que era más fácil reconocer los desaciertos pero eso no impidió que nos detuviéramos en versos que nos parecían claramente felices, ese ‘no sé qué que quedan balbuciendo’ de San Juan de la Cruz, quién lo puede negar. Pero no era sólo eso sino largas, incesantes pláticas en su casa o en el restaurante japonés, obligadas en cada viaje. Monterroso era el primero a quien yo llamaba, seguro de continuar una conversación infinita.
Otra amistad fundamental en México, para Noé y para Tununa, fue Margo Glantz. El texto dedicado a ella así lo plantea de entrada:
Fue tanta y tan constante la presencia de Margo Glantz desde que llegamos a México en 1974 que será imposible describirla y aun extraer lo esencial de encuentros imprescindibles. Fuimos asiduos a las comidas que ofrecía en su casa y a las que convocaba a otros amigos, duchos en el arte de la conversación. Fue una puerta de entrada a lo mejor de la literatura en cuyo recinto y gracias a ella nos sentíamos no sólo acogidos sino admitidos como residentes legítimos. Por añadidura, el intercambio de textos no tuvo desmayos, sus libros, ingeniosos algunos, eruditos otros, caprichosos casi todos, eran producto de un talento personal inigualable. Adoraba a su padre, el menudo Jacobo Glantz, a quien conocimos y cuyo cuerpo yacente acompañamos a un cementerio judío; comimos en una Pascua con su madre y fuimos sus cómplices cuando organizaba actos literarios desde la Dirección de Literatura del INBA. Sus relatos de viaje, que no se interrumpieron desde que nos conocimos, eran siempre divertidos, un matiz de azorada perplejidad sazonaba sus experiencias y una burla permanente a sus manías, compra de zapatos por ejemplo: su colección era asombrosa pero no era coleccionista, los pies, como órgano y fundamento del cuerpo, era el misterioso objeto de su reverencia. Pero no era sólo eso: me introdujo en la literatura mexicana del siglo XIX, leí gracias a ella a Riva Palacio y su curiosa e irreverente novela, Monja y casada, virgen y mártir, a Manuel Payno y la extraordinaria Los bandidos de Río Frío, que no me he cansado de comentar y tantas otras joyas pero, sobre todo, Sor Juana Inés de la Cruz y las maravillas del barroco mexicano.
Los recuerdos son de toda especie. Con Saer: “Apareció una tarde del verano de 1959 en la casa que alquilaba Paco Urondo junto a la laguna Setúbal. Llegó con Hugo Gola y empezó a arremeter contra la revista Contorno; sus ataques se centraban en la tirria que tenía especialmente David Viñas contra Borges y que más tarde encarnaría Adolfo Prieto”.
Con Noël Salomon: “regresa la figura de Noël Salomon, un profesor francés cuyos quilates me eran desconocidos; sin embargo, hubo un movimiento de acercamiento ya no recuerdo su motivación, mi francés tal vez, pese a que su castellano era perfecto. No sé si en ese momento me proporcionó informaciones sobre quién era o qué le importaba pero poco tiempo después lo fui sabiendo: en otros viajes a Buenos Aires me fue informando, acababa de terminar un monumental estudio sobre el teatro en la época de Lope de Vega, había sido maqui durante la ocupación nazi en Francia, adherente al Partido Comunista, se estaba inclinando por manifestaciones latinoamericanas y por figuras, Benito Juárez por ejemplo”.
En 1990, conoce a Diamela Eltit, que era agregada cultural:
No sé en qué consistió su gestión pero era evidente que el acento estaba puesto en la literatura, los chilenos que venían, los mexicanos que se acercaban. Conocí en su casa a José Donoso, un hombre recatado, modesto se diría, y ya no recuerdo a quién más pero lo que importaba era observar la personalidad de Diamela; me llamaba la atención su modo de hablar, con abundancia de síncopas, sobrechilenización, y su esbozo de sonrisa cuando emitía algún juicio que no era fácil percibir y, al mismo tiempo, irradiaba algo que yo intentaba comprender: como al mismo tiempo que nos encontrábamos socialmente me regaló algunos de sus libros, que leí de inmediato, creí comprender eso que llamo ‘irradiar’: irradiaba literatura, escritura, su ser de escritora era la totalidad de su ser, no necesita proclamarlo ni hacer exhibición de proezas literarias ni de ninguna índole, una situación rara, sorprendente, que pocas veces se me había presentado y respecto de la cual me quedaba absorto, no sabía si admiraba lo que decía, si lo comprendía totalmente pero no me importaba, lo que me importaba era esa fulguración.
La galería continúa: no faltan David Viñas (“Con David Viñas las cosas nunca fueron fáciles”), Michel Lafon (“Una profesora francesa, cuyo nombre se me escapa, me comentó, no sé por qué, que había salido un libro muy importante sobre Borges cuyo autor era una de las promesas del latinoamericanismo francés. Michel Lafon se llamaba: no podía imaginar que no mucho tiempo después se convertiría en uno de mis más queridos amigos”), Margit Frenk, César Fernández Moreno, Edgar Tripet, Gonzalo Celorio, Paco Urondo y León Ferrari, entre varios más, como el poeta Darío Canton. Noé cierra el medallón que le dedica, así: “Darío Canton era sociólogo de profesión pero lo que queda es su poesía. Sólo me conforma que yo haya hecho lo que he podido para que su obra trascendiera y se comprendiera su estatura”.
“Otros seres, otros cruces” es el título del Apéndice, en donde conversamos en torno a Juan Rulfo, Efraín y David Huerta, Vlady Serge, nuevamente Augusto Roa Bastos, Tomás Eloy Martínez, Rodolfo Walsh, Miguel Brascó, Fabio Morábito, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Pedro Lastra, Umberto Eco, Antonio Martorell, Manuel Puig y varios más.
La longeva y fecunda vida de Noé Jitrik, su grafomanía y productividad crítica, nos brindan auténticos tesoros literarios y culturales. Lejos de “dormirse en los laureles”, de cualquier complacencia o acomodamiento, Noé se mantuvo siempre activo y atento, productivo e innovador, tanto en sus proyectos individuales como en los colectivos. Muchas de las múltiples relaciones y experiencias que tuvo, se han recuperado —revividas y replanteadas, a nivel escritural— en Seres de imaginación, en cierta sintonía o coincidencia con lo que dijera Paul Ricœur en unas conferencias dictadas a mediados de la década de 1990: “Podríamos decir, entonces, que el pasado que ya no es, pero que ha sido, requiere el decir del relato en la medida en que este se encuentra ausente”. La misma necesidad o posibilidad de presencialidad por la narrativa, de este decir del relato, la encuentra también en un planteo Michel de Certeau en L’Absent de l’histoire: “El pasado como ‘haber sido’, al carecer del decir de la historia, lo reclama”. Aunque con una orientación distinta a la de la fenomenología narración-historia-memoria pública, el mismo Noé planteaba, sin embargo, la misma cuestión, una y otra vez, acerca de “un fantasma que asedia a la literatura”: el “fantasma de la historia”.
Para Ricœur, el pasado solo tiene futuro en el discurso; permite el recomienzo de la escritura de la historia. Noé rescató, dando por abolida la clausura de lo pasado, por medio del incesante discurso —por escrito— de lo que fuera su historia, del discurso del recuerdo, un presente vivo ante lo evocado, en un permanente (y hasta macedoniano) recomienzo. Una revisita y relectura de la vivencia pretérita, en una escritura tornasolada y evocativa, vivísima en amistades y homenajes, y expuesta, ofrecida, al interés y a la avidez, a la curiosidad, de la actividad lectora.