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David Preiss a los 19 años

En el vértigo
"Señor del Vértigo" de David Preiss

Por Miguel Arteche
La Época, 18 de julio de 1993


 



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David Preiss con su libro "Señor del Vértigo", me abre, a mí, por lo menos "una luz no usada" en la poesía chilena, tan contaminada, como el cielo santiaguino, de "oralidad barata", como ha dicho Guillermo Trejo.

Alguien, con algo de insolencia también barata, habló de desacralizar la poesía (la poesía chilena, se entiende). Lo cual es una doble o triple insolencia, porque para desacralizar la poesía hay que saber si antes fue sacralizada (la chilena se entiende). Hay que saber, además, qué es poesía, y cómo practicar el arte de la poesía.

Jorge Guillen dijo que a él le bastaba y sobraba con la poesía como para preocuparse de la antipoesía. Y la "oralidad barata", que engendró la antipoesía, ha hecho, entre otras cosas, que todos los gatos sean pardos. Nadie sabe lo que es un verso, aunque todos dicen que escriben en verso. ¿Y cómo se puede escribir en verso si no se sabe lo que es un verso? Cualquiera se pone frente a una hoja de papel en blanco, "produce" líneas más o menos cortas, más o menos largas, y luego monta un libro de poemas, en el cual no se sabe si lo que dice es coloquio, jerga, coa, habla rebajada a telegrama, dialecto, cualquier pijotería.

¿Cómo escribir poemas, buenos poemas, con la mente nebulosa? Las nebulosas engendran nebulosas, no relucientes galaxias de palabras.

Wordsworth pedía que los poetas se acercaran al coloquio de todos los días. Este es el ideal, cuando pensamos, con Pound, en la poesía como speech, como habla, y en la poesía como song, que un crítico traduce como "cántico". Pero, ¿de qué ideal de coloquio se trata? ¿Del coloquio inglés? ¿Del español? Claro: se trata del coloquio chileno. Nadie escribe como habla, y en todo caso lo que importa es que sea, en primer lugar, poesía, sea "hablada" o lejos de lo hablado.

Y esto es lo que me parece sorprendente en el libro de Preiss. Lo insólito de sus poemas, lo sorprendente del peligro que su poesía encierra.

Escribir con tal precisión de la palabra, y hacerlo con tanta profundidad, es lo que me parece peligroso. "Perfecto" es el adjetivo que podría aplicar a sus palabras, pero "perfecto" es lo concluido, lo finito, lo acabado, por lo menos en una de sus acepciones. ¿Y cómo ser perfecto, es decir, cómo estar concluido a los diecinueve años? ¿Y después? Jerusalén es un poema tan intenso, tan preciso, que a mí me parece extraño. Me ocurre igual con Evocación en Chelmmo, o con Víspera doliente, o con Al polvo volverás, o con Oración del sobreviviente. Desde luego, allí está la sevicia del hombre, su crueldad, su locura cainita; pero no hay lamento de desprecio, una palabra que desborde odio. Esto es lo que yo llamo dignidad de poeta, tan menguada en estos tiempos.

Desde luego, estos poemas no son perfectos, gracias a Dios. ¿Qué poema es perfecto si está sometido al tiempo? Hay dos tipos de poetas: el que después de escribir poemas débiles termina por escribir poemas notables, según pasan los años; y el que escribe poemas notables desde que comienza a escribir, y parece que continuará haciéndolo. A esta clase pertenece Preiss. Sólo le pido una cosa, que yo creo que aprendió en el taller de Guillermo Trejo: que practique el arte de la humildad.

Nada hay tan fértil como el arte de la humildad, que no hay que confundir con la humillación. Porque la humildad ante el acto de escribir, es la única fuente de sabiduría. El don de la poesía es un terrible carisma. La poesía es un "ejercicio de pobreza", y lo es en un mundo que no entiende cuál es el sentido de la pobreza, porque lo mide todo con la altura del becerro de oro.




 



 

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"Señor del Vértigo" de David Preiss.
Por Miguel Arteche.
La Época, 18 de julio de 1993