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Darwin R. Suazo | Autores |










O B A N Z O

Por d. r. suazo


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Comenzaba junio cuando conocí a Boabab, amanecía, llegué a la Sastrería Flores y ahí estaba  él afirmado en la puerta con ese aire reposado que dificulta atinar la edad, podía tener veinte años como cincuenta. Yo, aquella mañana, me encontraba en estado amargo con el asunto del Banzo.

–¿Qué es eso del Banzo? –me preguntó Boabab envuelto en el humo de su cigarro. Le hablé sobre antiguos esclavos africanos, cimarrones que así llamaron a un malestar provocado por el movimiento de las olas cuando eran trasladados desde África. Le mostré el título de mi libreta, Reflexões sobre O Banzo. Boabab elevó la vista. Yo también lo hice. Las montañas se alejaban a la velocidad de las nubes.

–Tú sabías que San Gabriel es una isla, ¿cierto? –me dijo
–Sí.
–¿Y sabías que nadie se mete al mar? Nadie sabe nadar.
–¿Y eso, por qué?
–Nuestros abuelos nos han dicho que el mar es como el universo, algo temible. Y lleno de dulzura.

Enseguida Boabad generó un escupo, lo botó con desparpajo, se acercó y me recitó al oído

Visoes que n’alma o céu do exílio incuba
Mortais visoes!

Di rumbo al muelle y me embarqué con destino a San Gabriel. Ya arriba del barco, el horizonte ejercía un raro poder hipnótico. Mientras avanzábamos el oxígeno llenaba mis pulmones. De pronto, unas voces se cruzaron  por mi cabeza. Me di una palmada en el rostro. Afuera,  el cielo, aunque distante, parecía estar más cerca; por la cubierta apareció un señor.

–¿Nombre? –me dijo.
–Choli.
–¿Apellido?
–Placencia por la materna.
Me hizo señas de que lo siguiera. Caminaba rápido.
–¿Procedencia?
–Cerro Purón.
–¿Motivo de su viaje

Ahí me dejó mudo y antes de que yo pudiera inventar algo, el señor se desvaneció dibujándome una copa de vino entre las manos. Me ardieron los ojos. Oye, Placencia, ¿en qué andas? Di vueltas y manotazos. Placencia, ¿eres hijo de las Placencia, cierto? Un viento sacudió el polvo del pasillo, envolviéndome; al disiparse, una viejecita me observaba muy de cerca. Placencia, Placencia…murmuró dudosa. Caí sobre las tablas y al despertar, frente a mí estaba un esclavo hincado llevándose tierra a la boca. A su lado, un esclavista lo miraba con rabia e hilaridad. Los latigazos apretaban el aire como las ondas que se expanden al tirar una piedra al agua. El esclavo, cuando llegaban los latigazos, dejaba la tierra; cuando se detenían, volvía a comerla. Yo, por más que intentaba, no podía encontrar su mirada. Hasta que sentí su resuello. Me dijo: Él no sabe por qué me tortura, pero yo sé porque muero… No acabó de sonar su voz en mis oídos cuando fui transportado a una casa de paredes rojas, con olor a té, canela y clavo de olor. Había una mesa redonda con bordes de fierro, centro de placas de loza, una campana y tres viejos alrededor. Noté algo allí que me desconcertó, una sabiduría oculta, algún conocimiento extemporáneo.

–Ella es Silvia, él es Macario y yo soy Carlos –me dijo  el más anciano casqueando los dientes (tenía un semblante  rudo y a la vez pensativo, portaba una libreta arrugada sin tapas con la que espantó un enjambre de mosquitos), los  ojos de Silvia bajaban de una montaña; Macario…

¡Pambum! Zumbó la campana liminando los tiempos.

 

 



 

 

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d. r. suazo