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Racimo, de Diego Zúñiga
(Extracto)


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Un cuerpo a un costado de la carretera: una silueta, el pelo largo hasta la cintura, una mochila, un jumper, los focos del auto que la iluminan en medio del desierto, de la noche.

Un cuerpo a un costado de la carretera, una niña haciendo dedo, la neblina que la empieza a cubrir, las luces del auto iluminándola por unos segundos antes de que desaparezca en medio de la oscuridad.

Entonces frena.

Torres Leiva detiene el auto, mira el espejo retrovisor, no se ve nada. A lo lejos, frente a él, otras luces, un camión, el suelo que retumba, la silueta vuelve a aparecer en el espejo retrovisor, está ahí, a un costado de la carretera y ahora avanza hacia el auto de Torres Leiva. Lo hace sin mucha prisa, con su mochila al hombro, ya nada la ilumina, pues el camión se ha perdido en la noche.

Son pasadas las seis de la mañana, está empezando a bajar la neblina cuando ella abre la puerta del acompañante y le pregunta si puede encaminarla hasta donde él llegue.

Hace un par de horas, cuando recién comenzaba a atravesar el desierto, Torres Leiva detuvo el auto, agarró su cámara fotográfica y se bajó. Sintió, entonces, el frío. Sintió, también, una libertad inexplicable: la facilidad de caminar y desaparecer en la oscuridad, mirar el cielo negro, apuntarlo con la cámara, cambiar tal vez el lente, buscar algo sin saber muy bien qué.

Ahora ella lo mira en silencio. Está esperando que le responda, que le diga que se suba al auto, que claro, que la llevará hasta donde pueda. Pero Torres Leiva no dice nada. Son solo unos segundos, pero no habla; siente el frío, eso sí, siente cómo un viento se mete al auto.

Sube, le dice finalmente, y ella le hace caso y ahora está sentada a su lado, con la mochila en los pies, mirando la carretera.Apoya la cabeza en el respaldo del asiento y cierra los ojos. él escucha su respiración, la mira de vez en cuando, pero intenta mantener la vista fija en el camino.

Usted tiene un problema, dice, de pronto, ella: un problema grande.

Torres Leiva no responde nada, ella sigue con los ojos cerrados.

Yo también tengo un problema, pero no es tan grande.

¿Y cuál es mi problema?, pregunta él.

Son varios, dice ella rápidamente, pero yo creo que usted lo sabe todo. Hoy día tengo prueba de inglés. Debo aprenderme los verbos irregulares.

Saca un cuaderno de su mochila.

¿En qué curso vas?

Debería haber pasado a primero medio, responde ella y lee en voz alta algunos de los verbos irregulares que tiene anotados.
¿Y te gusta el inglés?

Me da lo mismo, pero mi mamá dice que es importante.

Tu mamá tiene razón, dice él, pero ella hace como que no lo escucha y sigue leyendo.

Comienza a amanecer. él le pregunta dónde queda su colegio y ella le dice que cerca de Alto Hospicio. Después no le dice nada más. Baja la voz y sigue leyendo: pronuncia una palabra, cierra los ojos, los abre.

Él le pregunta si todos los días hace lo mismo, si todos los días tiene que salir a la carretera y esperar a que alguien la lleve, pero ella le responde cualquier cosa, le pregunta si sabe cuál es el pasado simple de olvidar, y también el pasado simple de entender, pero él no recuerda esas cosas. En realidad nunca aprendió inglés en el colegio ni en ninguna parte, así que no la puede ayudar.
Yo una vez vi nevar, dice ella, aquí mismo, todo blanco, todo, los granizos, la tormenta, caían pedazos de hielo.

Aquí no puede nevar, dice él con seguridad.

Yo lo vi en mi casa, todo lleno de nieve, todo esto blanco, dice ella y apunta hacia los cerros, allá al fondo, casi al final del desierto.

Torres Leiva conduce sin desviar la vista de la carretera; intenta imaginar el desierto blanco, lleno de nieve, pero no lo consigue.

A lo lejos se ve Pozo Almonte: esas casas en mitad del desierto, esa plaza, esos tamarugos. Están muy cerca de llegar a Iquique y ella aún no le dice adónde va; se ha quedado dormida, con el cuaderno encima de su pecho, mientras él conduce.

Una vez, cuando chico, recuerda ahora, vino al norte con su mamá. No tiene claro el año, pero sí sabe que su papá ya no vivía con ellos, que su hermano se había ido a México y que entonces pasaba mucho rato con su madre, acompañándola. Eran los tiempos, recuerda ahora mientras el cielo va cambiando de color y la niña ronca despacio a su lado, en que su padre ya se había ido a vivir con Teresa y los visitaba solo a fin de mes para dejar algo de dinero y luego volver a su casa. Fue entonces cuando su madre, un día, le dijo que tenía ganas de hacer un viaje con él en auto al norte.Torres Leiva pensó en un principio que era una broma, porque a su madre le gustaba hacer ese tipo de bromas: decir algo que nadie espera, decir algo incómodo, mirar las caras de desconcierto, de pregunta, y luego explicar el chiste y reírse. Decir, por ejemplo, quiero viajar al norte, quiero que le pidas a tu papá que te preste el auto porque voy a ir a Iquique a ver a una amiga. Decir eso, quedarse en silencio, demorar la explicación y reírse. Pero no, no hubo broma esa vez. Esa vez todo fue en serio.

Así que viajaron.

A pesar de que el doctor le dijo a ella que era peligroso, a pesar de que su padre no les quiso pasar el auto y Torres Leiva tuvo que pedirle a su tío que les prestara el Fiat 600, a pesar de todo, partieron al norte una mañana de invierno, cuando en Santiago se cumplían tres días de lluvias torrenciales y una niña había sido tragada por el río Mapocho, que se negaba a devolver el cuerpo.

Atravesaron el desierto de Atacama en ese Fiat 600 en el que su tío lo llevó muchas veces, junto a sus dos primos, a pasear por Santiago, a recorrer el Cajón del Maipo, a atravesar la ciudad desde Maipú hasta Las Condes. En ese mismo auto verde, pequeño, sucio, su madre condujo los casi dos mil kilómetros que separan a Santiago de Iquique, tarareando canciones de Umberto Tozzi y Nino Bravo durante todo el camino, mientras él iba en silencio, mirando el paisaje, las nubes, el desierto, los colores que cambian cuando llega la noche.

No recuerda si se detuvieron en algún punto a dormir. Sabe que bajaron en distintos servicentros, de noche, de día, al atardecer. Sabe que ahí compraron bebidas y papas fritas y unos Chubi que lo acompañaron hasta llegar a Iquique, pero no está seguro de que se hayan detenido a dormir en algún momento del viaje. Piensa en su madre. En ella conduciendo casi dos mil kilómetros, sin dormir, para ver a esa amiga que vivía en un edificio desde donde se escuchaban las olas golpeando en las rocas, casi al lado del mar, durante toda la noche, porque ahí, en ese departamento con olor a pichí de gato, recuerda Torres Leiva, sí durmió varios días. Quizá fueron dos o tres semanas, el tiempo que duró su estadía en Iquique, hasta que su madre empeoró y tuvieron que trasladarla en avión a Santiago.

 

 

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Diego Zúñiga (Iquique, 1987) es periodista. Ha publicado la novela Camanchaca (La calabaza del diablo, 2009; Literatura Random House, 2012), traducida al italiano y al francés, y el libro sobre fútbol Soy de Católica (Lolita Editores, 2014). Es miembro de la editorial Montacerdos y escribe semanalmente en la revista Qué PasaRacimo (Literatura Random House) es su segunda novela.





 

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