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Vida y Obra de Eduardo Barrios

Por Gonzalo Drago
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blicado en Revista de Educación N°121, octubre de 1984


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El Hombre
Siempre he admirado a los hombres o escritores que les cuesta echar raíces en un mismo lugar o permanecer en una misma actividad en el plano humano, acosados por una secreta inquietud a la que no pueden escapar. Uno de esos escritores carentes de quietud fue Eduardo Barrios Huldwalker, nacido en la Subida Almendro de Valparaíso hace cien años, el 25 de octubre de 1884.

Eduardo Barrios Achurra, contador del ejército chileno de ocupación en Lima en 1882, casó con Isabel Huldwalker, dama peruana descendiente de alemanes, apadrinados por el almirante Patricio Lynch. Regresados a Chile, el matrimonio se radicó en Valparaíso, donde nació el hijo único y futuro escritor, Eduardo Barrios.

Para conocer aspectos de su niñez, recurramos a informaciones autobiográficas del escritor: Murió mi padre cuando yo alcanzaba los cinco años. Como mi abuelo, el alemán, seguía sus negocios en Perú y allí vivía entonces, la viuda prefirió irse a su lado. Por eso me eduqué yo en Lima hasta los quince años. Cursé allá todas las humanidades. A los quince de edad, volví a Chile. Se trataba de seguir una carrera y esto debía realizarse en mi país. Mis abuelos paternos me impusieron la milicia. Hube de aceptarla, por presión. Fui un cadete distinguido, gocé de todos los privilegios que mis conocimientos, superiores a los exigidos en la Escuela Militar, y mi fortaleza física me conquistaron. Pero mi espíritu no se amoldó jamás al ambiente soldadesco. Y obtuve mi “baja” antes de ser oficial. Rotas las relaciones con mi familia paterna a causa de mi salida de la milicia y muerto Papá Juan y pobre mi madre, hube de recorrer mundo tras el pan, tras la fortuna, tras ... no se cuántos ideales de juventud.

Hasta aquí las palabras autobiográficas del celebrado autor chileno. Pero es sólo una etapa de su vida. Retorna al Perú, al lado de su madre, y comienza tempranamente su lucha por la vida con una audacia que sólo justifica su extrema juventud. A los dieciocho años, entusiasmado por las leyendas de los siringueros y soñando con fortunas imprevistas, se interna en las selvas peruanas en busca del codiciado caucho, el oro negro de la época. Las enfermedades, las peligrosas alimañas, el clima hosco y la rapacidad de capataces y comerciantes inescrupulosos lo obligaron a volver desde Iquitos para reintegrarse a la vida limeña.

En 1903 regresa nuevamente a Chile y se ocupa de fichero en la Oficina Salitrera Santiago en el cantón de Iquique; posteriormente, por desavenencias en el trabajo se traslada a la Oficina Salitrera Tarapacá, donde obtiene el cargo de administrador a los veintiún años, lo que demuestra su capacidad y su espíritu de organización y disciplina.

El escritor aparece a la luz pública en 1907 al publicar su primer libro de cuentos titulado Del Natural, cuyos temas, según la crítica de la época, se aproxima, al crudo naturalismo de Zola. El autor se defiende declarando que “la literatura tiene a la verdad por bandera y por fortaleza a la ciencia”. Lo cierto es que Barrios se incorpora a la literatura chilena con un libro polémico, producto de un espíritu independiente, respaldado por sus propias convicciones, demostrando una personalidad definida en intensa búsqueda de su propia identidad.

Siempre inquieto, con ímpetu de independencia personal viaja a Buenos Aires con la intención de llegar a España, pero sólo logra trabajar por breves períodos en Montevideo y Río de Janeiro, resolviendo regresar a Chile en 1908. En Valparaíso se desempeña como contador de la Compañía Explotadora de Las Salinas de Punta de Lobos. Con motivo del primer centenario de la independencia de Chile se presenta al concurso literario auspiciado por el Consejo Nacional de Letras y Artes y obtiene el primer premio con su obra Mercaderes en el templo. Desde 1909 trabaja como funcionario de la Universidad de Chile gracias a la influencia de don Samuel Lillo; en 1912 obtiene el cargo de taquígrafo de la Cámara y por las noches trabaja en periodismo.

En el plano familiar se casó con Deifiria Posse, madre de Raúl y Roberto, y contrajo segundas nupcias con Carmen Rivadeneira en 1920, de cuyo matrimonio son hijos Carmen, Gracia y Angélica. Gracia es una destacada pintora.

En 1929 comienza para el escritor su incorporación a la vida pública al ser designado Conservador de la Propiedad Intelectual. Dos años más tarde, Emiliano Figueroa, presidente de la República, lo nombra director general de Bibliotecas. En su desempeño lo sorprende el nombramiento de ministro de Educación (1927 - 1928), durante el primer gobierno de Carlos Ibáñez. También sería ministro de Educación en la segunda presidencia de este mandatario. Posteriormente se reincorpora al cargo de director general de Bibliotecas, al que debe renunciar en 1931.

La Obra
Desde su primer libro de cuentos Del Natural, publicado en 1907 hasta su novela Los hombres del hombre, aparecida en 1950, transcurren cuarenta y tres años de casi ininterrumpida labor literaria. Sería demasiado extenso e inoficioso referirnos a cada uno de sus libros, por lo que nos limitaremos a analizar brevemente o dar nuestra opinión y citar conceptos ajenos de solamente tres obras que consideramos fundamentales y representativas de su talento creador. Ellas son cronológicamente El niño que enloqueció de amor (1915)(pdf), Un perdido (1918) y El hermano asno (1922) (pdf).

 


El niño que enloqueció de amor
Mi primera lectura de El niño que enloqueció de amor data de 1922, más o menos. Yo era un adolescente y el tema me produjo profunda impresión lindante en el deslumbramiento de zonas que se mantenían en la penumbra de mi yo interior. El protagonista, un niño de nueve años, se enamora de su prima Angélica de dieciocho. Ese niño, herido por el amor “como un pájaro sorprendido en la noche por un rayo de luna”, representa una faceta humana que en diferentes épocas y oportunidades debe repetirse, necesariamente, en el insondable mundo de los niños de todo el mundo. El muchachito tímido es acosado por los celos rebasándole el pecho, afectan su cerebro y enloquece sin que nadie sepa nunca el motivo de su locura. Es tierno, tímido, sentimental. “Tengo pena y quisiera tener más” se repite a sí mismo y piensa, con razón o sin ella, que “sus hermanos no lo quieren”. Angélica siempre ajena al secreto amor del muchacho, comparte su vida con su novio, Jorge, ante los desventurados ojos del niño, quien la contempla desde su solitario abismo.

Eduardo Barrios demuestra en ésta, y en otras obras suyas, un agudo sentido sicológico para penetrar en el fondo del alma de sus protagonistas. En una prosa depurada, con mesurado sentido poético y una fina intuición para captar conflictos y sensaciones íntimas, el autor nos presenta un caso que representa un trozo de vida universal llevado a la literatura con acierto que se aproxima a la difícil maestría.

 

 

 

Un perdido
Un perdido es posiblemente la novela más valiosa y representativa de Barrios. Publicada en 1918 producto de su madurez humana y literaria, ha sido considerada una de las grandes novelas latinoamericanas. Manuel Gálvez, destacado crítico argentino, declaró que esta novela, a su juicio, es igual o superior a Doña Bárbara, Don Segundo Sombra o La Vorágine, y el crítico uruguayo A. Zum Felde destacaba la trascendencia social de Un perdido en el plano cultural de Latinoamérica. Es posible que los juicios sean el producto de un entusiasmo que no tuvo el tiempo necesario para decantar las impresiones inmediatas. Lo cierto es que Un perdido es una gran novela chilena y por extensión americana.

El argumento de Un perdido es sencillo, chileno y universal a la vez, sin rebuscamientos dramáticos o conflictos complicados. Lucho Bernales, el protagonista, apocado, inestable y excesivamente sentimental, hijo de un militar viudo, comparte su adolescencia con jóvenes oficiales de la guarnición de Iquique. El muchacho, guiado por sus cicerones, conoce la vida nocturna de los prostíbulos iquiqueños y se asoma a una vida que hasta entonces le era desconocida. Muerto su padre, Lucho Bernales regresa a Santiago e ingresa a la Escuela Militar por imposición de su abuelo paterno. El muchacho, contemplativo y tímido, no puede adaptarse a la rigurosa disciplina de cuartel, y se siente desambientado en una profesión incompatible con su carácter, lo que lo induce a pedir su baja y retorna a la vida civil. Algunos críticos literarios creyeron ver en Lucho Bernales aspectos autobiográficos del autor. Barrios aclaró las dudas en una declaración pública: No soy yo, por supuesto ese Lucho Bernales. Algunos han dado en suponer que “Un perdido” es una novela autobiográfica. Falso. Yo lo acepto como un elogio: tal creencia me dice que la ficción convence. Pero hay en esa novela mucho vivido.

Y es así. El lector tiene razones para pensar que Barrios puso mucho de su vida, de sus experiencias juveniles, de sus aspiraciones y sueños, de sus alegrías y sufrimientos en las nutridas páginas de Un perdido. De ahí su realismo, su autenticidad, su aproximación a los problemas que son comunes a gran parte de la humanidad y que Eduardo Barrios supo interpretar con talento novelesco.

Puede asegurarse que Un perdido es un profundo estudio sicológico de un grupo humano. Se ha asegurado, con mucha razón, que la obra constituye un capítulo de la historia social de Chile, un documento insuperable del naturalismo chileno de una época en que nuestra literatura comenzaba a desprenderse del soñoliento romanticismo. El mejor elogio que se puede hacer a esta novela es que a sesenta y seis años de su publicación se hace leer con creciente interés, a pesar de las nuevas y retorcidas modas literarias que emergieron con el boom publicitario en la década del sesenta.

 

 


El Hermano Asno
En un plano muy diferente Barrios incursiona en los silenciosos recintos de un convento franciscano para escribir su novela El hermano asno, publicada en 1922. Se necesita talento, independencia espiritual, conocimiento de los hombres, tolerancia y audacia narrativa para escribir una obra sobre la vida interna de un grupo de frailes franciscanos. Fray Lázaro y Fray Rufino, dos frailes menores, son los principales protagonistas de la novela. Fray Lázaro, escéptico, desencantado, rigurosamente crítico, no logra, a pesar de sus esfuerzos, asimilarse a los rígidos preceptos y disciplinas conventuales, como le ocurrió a Lucho Bernales durante su permanencia en la Escuela Militar en la novela Un perdido.

”¿Deberé, Señor, colgar este sayal?”, se pregunta angustiado. De todos modos, a pesar de su desambientación, el convento es para él un refugio y eso determina su permanencia, tratando de ser un hombre nuevo bajo el humilde hábito franciscano.

Fray Rufino, hipersensible, atormentado interiormente, busca la paz a través del dolor físico, en el castigo del cuerpo, a quien San Francisco llamara de manera simbólica “el hermano asno”. Entre los feligreses es considerado un santo por sus milagros y es el orgullo de la Orden. Su terapia personal lo conduce a realizar las tareas más rudas, las ocupaciones más insólitas para escapar a las tentaciones de la carne que lo acosan. Y en ese estado de paroxismo lúbrico ocurre el atentado sexual contra María Mercedes, feligresa y amiga de Fray Lázaro. El drama conmueve a todos. Fray Rufino muere súbitamente y para guardar su memoria de santo se impone un silencio absoluto, y se acuerda que Fray Lázaro asuma la responsabilidad del atentado.

Ese es el tema y el desenlace de El hermano asno, pero su mérito especial reside en el estilo, en el lenguaje adecuado a las circunstancias, de una transparencia que nos delata que su autor es un auténtico artista motivado por la belleza y capaz de tocar un tema intenso con singular maestría.

Puede afirmarse que Un perdido y El hermano asno fueron las novelas más elogiadas por la crítica y las que contaron con mayor número de lectores y admiradores. Gabriela Mistral, al referirse a El hermano asno, expresó: Es el libro de prosa más nítido y suave que se haya escrito en Chile.

Es interesante confirmar que la aparición de El hermano asno suscitó una apasionante polémica de prensa, motivada por la acusación de plagio denunciada por el periodista Jorge de la Cuadra, quien opinaba que la novela de Barrios tenía “curiosas y extrañas semejanzas” con La rosa de Granada de Jean Rameaus. El novelista se defendió gallardamente: “El hermano asno” es un hijo legítimo, engendrado con dolor de espíritu como toda obra de arte puro y si lo lancé al mundo le debo como a un hijo de carne y hueso amparo y defensa. Por su parte, Alone silenció al acusador gratuito con irónicas y aplastantes palabras: Ciertas personas creen que los libros, como las guaguas, no pueden hacerse en Chile, sino que deben venir de Europa: en cuanto alguno, con pie de imprenta nacional, llama la atención, empiezan a buscarle padres extranjeros.

Académico y periodista
El dominio del idioma, la riqueza de su vocabulario, la corrección de su estilo, la agilidad de su prosa literaria lo hicieron acreedor a su incorporación a la Academia Chilena de la Lengua. Otro tanto hizo la Academia Argentina de la Lengua, alta distinción para un escritor chileno considerando el significado nacional y latinoamericano de la obra de Barrios.

En el período de 1912 adelante trabaja en la redacción de La Mañana de Santiago, de propiedad de José Pedro Alessandri, sin descuidar su producción artística. Más tarde atiende “El Averiguador Universal” de El Mercurio, pero la etapa de mayor actividad periodística corresponde al período 1932 a 1938 como asiduo colaborador de Las Ultimas Noticias, con artículos sobre asuntos económicos, de actualidad y culturales, alternados con la crítica de libros. Durante algún tiempo colaboró también en La Nación de Buenos Aires, lo que significaba una excepción en los rígidos reglamentos del rotativo bonaerense. Sus artículos dispersos no han sido recopilados, siguiendo la efímera suerte del periodismo que nace y muere, casi siempre, con su aparición en la revista o en el periódico.

Premio Nacional de Literatura
En 1946, a los sesenta y un años de edad, fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura. Reunía todos los requisitos exigidos por la ley como novelista, cuentista, dramaturgo y crítico literario, “entregando gran parte de su vida al cultivo de la obra literaria”. No obstante, el veredicto no fue fácil y promovió polémicas en la prensa metropolitana, demostrando que es difícil satisfacer a núcleos humanos que aspiran secreta o abiertamente a ser galardonados. De todos modos, el codiciado premio correspondió a un escritor de indiscutibles méritos y de larga y tesonera labor intelectual y cultural, cuyas obras habían trascendido más allá de los estrechos límites nacionales. El escritor, ajeno al bullicio que se produjo en torno a su premio, continuó escribiendo y desarrollando actividades culturales desde su cargo de director de Bibliotecas y Museos, cumpliendo la misión que él mismo se impuso desde el momento que tuvo plena conciencia de su responsabilidad de ser escritor en una sociedad libre donde caben todas las expresiones en los planos del arte y la cultura.

La Muerte
Falleció en Santiago el 13 de septiembre de 1963, a los setenta y nueve años de edad.

El legado de Eduardo Barrios a las nuevas generaciones de escritores consiste en su constancia literaria, su devoción por la verdad, su respeto por la persona, la fidelidad a su vocación, su honestidad en la vida privada.

Nadie es perfecto en la vida, pero a Barrios no se le conocieron defectos y su corrección se manifestó en el trato a sus subalternos, en el cultivo de la amistad y en el compañerismo con la gente de su gremio. Creyó en la inspiración unida al trabajo sistemático. Ambas condiciones lo convirtieron en un gran escritor.




 



 

 

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Publicado en Revista de Educación N°121, octubre de 1984