Se alza sobre las manos y cae de bruces. Quiere apoyar un codo y resbala. Consigue clavar una rodilla y se hunde en el barro. Cara al barro, bajo la lluvia, llora.
Hernando Maravilla no había llorado durante los doscientos latigazos que recibió en las calles de Lima, camino al puerto; y ni una lágrima se le vio en la cara mientras recibía otros doscientos azotes aquí en Santiago.
Ahora lo azota la lluvia, que le arranca la sangre seca y el barro de los revolcones.
—¡Desgraciado! ¡Así muerdes la mano que te alimenta! —dijo la dueña, doña Antonia Nabía, viuda de luto largo, cuando le devolvieron al esclavo fugado.
Hernando Maravilla se había escapado porque un día vio una mujer bella como una bandera y no tuvo más remedio que seguirle los pasos. Lo atraparon en Lima y lo interrogó la Inquisición. Fue condenado a cuatrocientos azotes por haber dicho que los casamientos los hizo el diablo y que no era nada el obispo y que cagazón para el obispo.
El que nació en el África, nieto de mago, hijo de cazador, se retuerce y llora, con la espalda en carne viva, mientras la lluvia cae sobre Santiago de Chile.