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El otro lobo de Hermann Hesse

Por Ernesto González Barnert

 

 

Hace unas semanas volví a uno de los cuentos más bellos de Hermann Hesse. No lo busqué: apareció. Como suelen hacerlo los libros que importan. Hesse, ese escritor alemán-suizo, nieto de emigrantes, misioneros y desterrados, supo temprano lo que era el desajuste. Estudió latín con brillantez en Göppingen y en 1891 ingresó al seminario evangélico de Maulbronn. No duró. Un año después huyó, asfixiado por una disciplina que le prohibía leer poesía. Tiempo más tarde lo diría sin rodeos: «Seré poeta o nada».

Yo llegué a Hesse por una vía doméstica, casi secreta. Fue mi tía Rosa quien me prestó Bajo la rueda,(pdf) ese libro que retrata con precisión quirúrgica la violencia silenciosa del sistema educativo. Me marcó. Ya había leído Siddhartha siendo adolescente y desde entonces no dejé de volver a él. Después vinieron otros libros, leídos con voracidad juvenil, como quien busca una brújula cuando todo alrededor empuja en dirección contraria.

Esta vez fue El lobo. Un cuento que muchos consideran una obra maestra. No sé por qué —o sí lo sé demasiado bien—, pero hoy, 18 de octubre, ese lobo me pareció el pueblo de Chile: su memoria herida, su corazón expuesto, su dignidad siempre en disputa. No como alegoría forzada, sino como revelación. Hay textos que esperan el momento histórico adecuado para decir lo que siempre dijeron.

El lobo es uno de esos relatos que no envejecen porque hablan de la libertad interior. Y hoy esa palabra —libertad— ha sido secuestrada. Convertida en consigna por quienes mandan, por quienes vigilan el gallinero desde arriba y blindan privilegios bajo una retórica hueca. Pero eso no es libertad. Es, apenas, administración del miedo.

Ojalá Chile despierte algún día con los ojos verdaderamente abiertos y entienda que la libertad auténtica no nace del poder, sino del alma que se sabe indómita. «Ni amo ni esclavo», escribió Marco Aurelio. Toda democracia se debilita cuando la riqueza se concentra en pocas manos: la igualdad se erosiona y el poder político queda a merced del dinero. Alexis de Tocqueville —un liberal, no un marxista— lo advirtió hace casi dos siglos en La democracia en América. No deberíamos olvidarlo.

Hesse lo sabía desde otro lugar. Sabía que la libertad a veces se parece peligrosamente a la soledad. No cualquier soledad, sino esa que aparece cuando uno deja de obedecer. En El lobo estepario, ese otro lobo, lo dice con una claridad que todavía incomoda:

«Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en el que se mueven las estrellas».

Leí El lobo en Relatos esenciales, publicado por Lumen. Cerré el libro pensando que hay textos que no consuelan: despiertan. Y eso, en tiempos como estos, sigue siendo un suceso profundamente político. Hesse lo sabía y lo dijo de otro modo al hablar de los árboles, esos santuarios silenciosos: quien sabe escucharlos puede conocer la verdad. No predican conceptos ni doctrinas; predican, simplemente, la antigua ley de la vida.

 

 

 

 








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