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Sylvia Plath
“Deseo cosas que me destruirán al final”


Por Ernesto González Barnert

 

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Un lunes 11 de febrero, Sylvia Plath fue hallada muerta en su casa de Londres, tras abrir la espita del gas. Tenía treinta años. Venía de un invierno áspero: separación, soledad, una depresión que no era pose sino enfermedad. La biografía suele fijar la imagen en esa escena final, pero su escritura ya había descendido, con una lucidez implacable, a esa zona donde el deseo y la sombra se confunden.

De La campana de cristal atesoro una frase que parece menor y, sin embargo, contiene una ética mínima de supervivencia:
“Debe de haber unas cuantas cosas que un baño caliente no puede curar, pero yo conozco muchas; siempre que estoy triste hasta morir, o tan nerviosa que no puedo dormir, o enamorada de alguien a quien no veré en una semana, me deprimo, pero sólo hasta el punto en que me digo: ‘Tomaré un baño caliente’… El agua tiene que estar bien caliente, tan caliente que apenas se soporte el poner el pie dentro. Entonces uno se desliza suavemente, hasta que el agua le llega al cuello.”

No es una consigna ni una iluminación trascendente. Es algo más radical: un método. Frente al desorden interior, Plath propone una ceremonia privada y exacta: cerrar la puerta, abrir la llave, tolerar el primer ardor. No huir del calor, atravesarlo. Sumergirse hasta el cuello y dejar que el cuerpo haga lo que la mente no puede.

Pero en su obra también asoma el reverso: “Quizás cuando nos encontramos deseando todo, es porque estamos peligrosamente cerca de no desear nada.” Ahí el deseo deja de ser promesa y se vuelve borde. Y en otra línea escribe: “Pensé que la cosa más hermosa del mundo debía de ser la sombra, el millón de formas animadas y callejones sin salida de la sombra.” La sombra no como simple ausencia de luz, sino como territorio móvil, proliferante, casi seductor.

Entre el agua caliente y la sombra, entre el deseo absoluto y el vacío, se mueve su escritura. No ofrece redención; ofrece conciencia. Y quizá por eso sigue ardiendo: porque en esa mezcla de fragilidad doméstica y oscuridad radical reconocemos algo que todavía nos nombra.

Si el lector —o la lectora— se aproxima a Sylvia Plath con rigor y autonomía crítica, conviene ir primero a las fuentes: a sus poemas, a su prosa, a sus diarios. Antes que repetir interpretaciones ajenas, leerla a ella. Y luego, si se quiere ampliar el foco, "Los últimos días de Sylvia Plath" de Jillian Becker, "Cartas de cumpleaños" de Ted Hughes o "El dios salvaje" de Al Alvarez (pdf) ofrecen perspectivas más complejas y menos sensacionalistas sobre su vida y su escritura.

Plath merece ser leída como autora, no como personaje. Por eso es razonable desconfiar de lecturas que convierten su vida en expediente o en espectáculo. La mujer en silencio, de Janet Malcolm, (pdf) privilegia el dispositivo biográfico por sobre la obra y termina encuadrándola en una narrativa ajena. Mejor volver a la escritura misma. Allí está la voz —incómoda, brillante, irreductible— sin intermediarios.

La película Sylvia puede funcionar como puerta de entrada, pero reduce la complejidad del vínculo y dramatiza en exceso la figura de Ted Hughes, hollywoodizando una relación que fue, al mismo tiempo, literaria, pasional y devastadora. No reemplaza la lectura. En la obra de Plath, la figura del padre —Daddy— es un núcleo simbólico decisivo: allí se entrelazan biografía, mito y una imaginería feroz que excede cualquier simplificación cinematográfica. Y conviene no olvidar el contexto clínico: la depresión endógena que padecía era una enfermedad grave en una época en que la psiquiatría disponía de recursos terapéuticos mucho más limitados que los actuales. Ese dato no explica la obra, pero sí ayuda a comprender la dimensión del sufrimiento que la atravesaba.

Y, sin embargo, vuelvo a su Diario, donde la máscara cae del todo:

“Dios, pero la vida es soledad, a pesar de todos los opiáceos, a pesar de la estridente alegría de las fiestas sin propósito, a pesar de las falsas sonrisas que todos ponemos… Sí, hay alegría, plenitud y compañía, pero la soledad del alma en su espantosa timidez es horrible y abrumadora.”

En esas líneas no hay pose literaria ni estrategia crítica: hay una conciencia desnuda. La soledad no como capricho romántico, sino como condición estructural del alma. Tal vez por eso su obra persiste: porque nombra esa intemperie sin suavizarla. Y al nombrarla, la vuelve compartida.

Pienso entonces en “El Minotauro”, de Ted Hughes. Allí no habla la leyenda sino el sobreviviente. El poema no absuelve ni acusa: expone. La furia doméstica, la culpa, la violencia verbal, el eco de los hijos “como túneles en un laberinto”. No es un ajuste de cuentas; es una escena trágica donde ambos quedan atrapados en la mitología que construyeron.

Entre el deseo que “la destruirá al final” y el laberinto que otros narran después, Sylvia Plath permanece. No en la anécdota. No en el mito. En la escritura. Allí donde el agua arde, la sombra respira y la soledad encuentra, al menos, una forma precisa de decirse.

Dejo el poema Minotauro, de Ted, acá:


La cubierta de caoba que destrozaste
había sido la ancha tabla
del aparador heredado de mi madre,
marcado con las cicatrices de toda mi vida.
Eso fue lo que cayó bajo el martillo.
Ese taburete alto que blandiste aquel día,
enloquecida porque llegué
veinte minutos tarde a cuidar al bebé.
—¡Maravilloso! —grité—. Sigue,
hazlo leña.
¡Eso es lo que estás omitiendo en tus poemas!”
Y después, algo más deferente y calmado:
“Dale ese ímpetu a los versos que sostienen tu hombro
y lo habremos logrado.” En lo hondo de la cueva de tu oído
el duende chasqueó los dedos.
¿Y qué le había dado yo?
La punta ensangrentada de la hebra
que deshizo tu matrimonio,
que dejó a tus hijos resonando
como túneles dentro de un laberinto.
Llevó a tu madre a un callejón sin salida
y te condujo a la tumba
cornuda y mugiente de tu padre resucitado
con tu propio cadáver dentro.

Por cierto, un poema aparecido en el volumen “Cartas de cumpleaños”, aparecido pocos meses antes de morir Ted Hughes. El gran Seamus Heaney sostiene: “Sylvia Plath y Ted Hughes forman el que quizá sea el último mito literario del siglo XX, a cuyo alrededor, como suele ocurrir en estos casos, se ha tejido una telaraña de fervores, odios, sentencias y enfrentamientos que siempre termina por menoscabar la literatura en favor del espectáculo. Cuando se suicidó, en febrero de 1963, Plath estaba muy lejos aún de ser el icono que encarna hoy día. Entonces era su marido quien empezaba a descollar como uno de los poetas más originales y brillantes de su generación, un prestigio que, si bien se afianzaría con el tiempo –gracias a una obra prolífica, arriesgada y extremadamente genuina–, quedaría irremediablemente maculado por la muerte de su esposa y las morbosas especulaciones que sobre su responsabilidad en la tragedia se hicieron y se siguen haciendo todavía. El mimético suicidio, en 1969, de Assia Wevill, la mujer por la que Hughes había dejado a Plath y que decidió llevarse consigo a Shura, la hija que había tenido con el poeta, constituyó el ominoso epílogo a una leyenda que terminó por entenebrecer, a ojos de una buena parte de la sociedad, el nombre de Ted Hughes, al tiempo que, del otro lado, la figura de Sylvia Plath renacía con el aura de mártir secular que todavía conserva…”

 

 

 

 

 


 

 

 

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