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Coetzee: literatura contra la comodidad


Por Ernesto González Barnert

 

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El 9 de febrero cumplió 86 años J. M. Coetzee. Y vuelvo a una línea suya de Esperando a los bárbaros (pdf) que me acompaña desde hace años:

“Diga lo que le diga, lo oirá con simpatía, con amabilidad. ¿Pero qué puedo decirle? ¿Suceden cosas horribles mientras nosotros dormimos por la noche? El chacal arranca las entrañas de la liebre, pero el mundo sigue su curso.”

Ahí está todo Coetzee: la cortesía del poder, la conciencia que titubea, la violencia que no se interrumpe nunca. El mundo sigue su curso. Nosotros también. Y sin embargo algo queda latiendo, incómodo, como una pregunta que no termina de formularse.

Leí a Coetzee con fervor hace más de una década. Empecé por Desgracia (pdf) y sentí que la literatura podía convertirse en una forma de juicio sin tribunal. Un juicio donde nadie queda completamente absuelto, donde incluso la compasión está atravesada por la sospecha. Después vinieron Edad de hierro, la trilogía autobiográfica Escenas de una vida de provincias,(pdf) el inquietante cuaderno moral de Diario de un mal año, la figura ensayística y casi alegórica de Elizabeth Costello, y más tarde sus libros de crítica como Mecanismos internos o Costas extrañas. Cada uno de ellos parecía una variación de la misma pregunta: qué hacemos con la culpa, con el daño, con nuestra participación —a veces mínima, a veces decisiva— en el engranaje de la violencia.

Coetzee no escribe para tranquilizar. Su prosa es seca, deliberada, casi ascética. No hay espectáculo ni sentimentalismo. Tampoco la ilusión de que la literatura pueda redimir algo. Hay, más bien, una ética de la mirada: observar sin parpadear incluso aquello que preferiríamos no ver. En sus libros el pensamiento no aparece como comentario, sino como tensión narrativa, como una corriente subterránea que empuja cada escena.

Celebrar los 86 años de Coetzee no consiste simplemente en repetir que es un “clásico vivo”. Esa fórmula, tan cómoda, suele convertir a los escritores en estatuas. Lo que habría que agradecer es otra cosa: que siga ahí, escribiendo con la misma obstinación moral, sosteniendo una literatura que no busca agradar sino incomodar. Incluso cuando calla, incluso cuando parece mirar hacia otro lado, uno siente que algo sigue ocurriendo en sus páginas.

El año pasado leí Retratos de infancia y descubrí otra capa del maestro. Sabía de su relación con la imagen —como también la tuvo Juan Rulfo—, pero no había dimensionado hasta qué punto la fotografía fue para él una forma temprana de conciencia. En 2014, en su antigua casa de Ciudad del Cabo, aparecieron una caja y una maleta con negativos, copias y hasta un equipo de revelado. Un archivo secreto: fotografías tomadas por el propio Coetzee en los años cincuenta, cuando apenas tenía dieciséis años.

Esas imágenes —su madre Vera, los amigos, la escuela, la granja, la ciudad— no son simples documentos familiares. Son el ensayo visual de una mirada que ya estaba aprendiendo a encuadrar el mundo. Hay algo profundamente conmovedor en ese adolescente que intenta fijar la luz antes de que desaparezca. En esas fotos se intuye al escritor futuro: atento a la fragilidad, a lo que se escapa, a lo que no vuelve.

El libro dialoga inevitablemente con Infancia, como si la memoria escrita y la memoria visual se observaran mutuamente. Y de fondo aparece la Sudáfrica del apartheid, no tanto como decorado histórico sino como atmósfera moral. La cámara, como la escritura, nunca es inocente: registra, selecciona, excluye. En ese gesto ya está insinuada la ética de toda su obra.

Si algo deja esa lectura es la sensación de que Coetzee quiso, desde muy joven, estar presente cuando la verdad asomaba, aunque fuera por un segundo. Como si hubiera comprendido pronto que la realidad siempre desborda cualquier intento de capturarla, pero que aun así vale la pena intentarlo. Esa obstinación —mirar de frente, sin adornos— atraviesa toda su literatura.

No sorprende entonces que haya afirmado alguna vez que Miguel de Cervantes es “el padre y la madre de todos los novelistas”. La frase revela algo más que una filiación literaria: muestra su concepción de la novela como un arte radicalmente libre, capaz de contener ironía, conciencia moral y reflexión sobre el propio acto de narrar.

También resulta revelador su vínculo con la poesía de Pablo Neruda. Coetzee —narrador riguroso, ensayista implacable, residente en Australia desde hace años— nunca ocultó esa admiración. Hay algo casi íntimo en ese reconocimiento: el novelista que, en el fondo, hubiera querido ser poeta. Como si detrás de su prosa austera latiera siempre ese deseo primero, más expuesto y vulnerable, de decir el mundo con la concentración y la música de un verso.

Quizá por eso sus libros producen una impresión tan particular: parecen escritos por alguien que desconfía de la literatura, pero que al mismo tiempo cree en ella con una intensidad casi moral.

Celebrar los 86 años de Coetzee, entonces, no es un gesto protocolar. Es reconocer a un escritor que nunca ha dejado de interrogarse, que nunca nos ha permitido leer con comodidad. Y que, incluso detrás de una cámara adolescente, ya sabía que el mundo exige ser mirado con una lucidez que duele.

 

 

 

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