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La Bandera de Chile de Elvira Hernández o la apropiación del lugar negado

Karem Pinto
Anuario de Postgrado, N ° 8. Universidad de Chile. Facultad de Filosofía y Humanidades. 2007-2008.


La mujer no nació con un lugar autónomo en la historia. Su voz ha debido interrumpir constantemente para hacer atención sobre la diversidad de su experiencia y para reflexionar sobre ella, pero más que todo para instalarla como un espacio válido. Sin ir más allá, en el curso de nuestra propia construcción histórica como país son muchas las intelectuales que, negando el lugar doméstico asignado por la cultura masculina, se han embarcado en la discusión sobre el rol público de la mujer. Develar la presencia de estas voces es a mi entender una responsabilidad genérica y política. Esta reflexión sobre la instalación de la diferencia sexual es la que se indica como propósito, por ejemplo, en la producción de La Bandera de Chile (LBch) (1), de Elvira Hernández.

Escrito en 1981, con posteridad a la detención de su autora por los organismos represivos de la dictadura militar (1973- 1990), María Teresa Adriazola (1951), nombre civil de la poeta, entregaría los manuscritos de este texto a su entonces profesor Jorge Guzmán, quien luego de una revisión crítica le advierte: “Este es un buen libro, pero, por favor, no lo publique con su nombre, porque de nuevo la van a meter presa” (2). De ahí el nacimiento de su heterónimo, como dice ella a la misma entrevista, en recuerdo de una familia amiga con la que compartió cercanas vivencias en su Lebu natal.

Sin embargo, el periplo de publicación de LBch es bastante más largo. Debido tanto a las condiciones políticas como al miedo que ellas provocaron en la población, el texto comenzó a difundirse sólo en 1987, de manera vigilada y restringida, en una edición mimeografiada (un hecho frecuente entre los escritores que produjeron sus escritos en esta época, por lo cual se les conoce informalmente como la “generación del mimeógrafo” (3)). Aún así faltarían cuatro años más para que la obra viera luz de publicación oficial, la que finalmente se realizó en Buenos Aires, en 1991, “en los inicios de la llamada transición democrática chilena” (4), como imprecisamente señala María Inés Zaldívar, sin percatarse de la enorme diferencia existente entre el significado de la preposición en y el adverbio mientras.

Este escenario reviste una connotación bastante elocuente, ya que el extenso período que se interpuso entre la escritura de LBch y su publicación significó diez años de ausencia (1981-1991), de postergación, de extranjería, de silencio. Una situación que, no está de más decirlo, de manera idéntica había sucedido con el Poema de Chile (1967) de Gabriela Mistral, considerando la muerte de la poeta en 1957 (5).

El estudio que Juan Villegas (6) hace de la poesía escrita por mujeres entre 1973 y 1990, ubica a Elvira Hernández dentro del grupo que -sin mucha rigurosidad- él denomina “poetas surgidas en el período”, y que, como explica, serían sucesoras de un primer grupo de escritoras que hacia 1975 ya habían publicado algunos textos: “las poetas de la tradición democrática”.  El segundo grupo de mujeres, nacidas alrededor de la década del cincuenta, escribe sus textos después de 1975 (7), experimentando una situación social y literaria que Villegas describe de la siguiente forma: “Hacia fines de la década del setenta y primeros años de los ochenta, la circunstancia política originó una poesía nacional predominantemente política o denunciadora y la mayor parte de la crítica no prestaba atención al discurso de la mujer”(8) . Habría que decir que, en efecto, los motivos recurrentes en la producción lírica general de estos años se relacionan con la manifestación de la opresión política, la violencia institucional y los excesos del régimen militar, y respecto de ellos, en una actitud testimonial, las escritoras convinieron en la denuncia de las condiciones sociales y políticas que afectaban al país. Pero, por otra parte, la escritura femenina se destaca allí por medio de una creación estética a través del lenguaje entendido como expresión de la singularidad específica y producto de la capacidad de reflexión sobre su historia genérica diversa y silenciada (9). Respecto de ello, Alicia Salomone indica: “La emergencia de una discursividad femenina implica un quiebre histórico frente al ‘monólogo patriarcal’ sobre lo femenino, y está íntimamente ligado con la autoconciencia y el acceso a la palabra por parte de las mujeres; es decir, con la posibilidad de percibir y expresar, en la conciencia y en los discursos, la particularidad de la propia experiencia en tanto sujetos sexogenerizadas” (10). Dentro de ese marco histórico identificado por Villegas, además, se señalan algunas líneas temáticas recurrentes entre las poetas que revisa, ubicando a Elvira Hernández y  LBch  en la primera de ellas: “La denuncia política” (11). Allí una de sus primeras impresiones destaca la particularidad en la elección del objeto poético, pero al mismo tiempo deja en evidencia la desinformación persistente aún en 1993, año de la publicación de su estudio. Dice el crítico: “El poema inicial del manuscrito, que denominé ‘Poemas a la bandera de Chile’- y que no tengo noticias de su aparición como libro- sorprende al proponer lo inédito del tema de la bandera” (sic) (12) .

En vista de estas circunstancias la apreciación de Germán Cossio resulta plenamente acertada cuando, refiriéndose al primer verso de la obra (“Nadie ha dicho una palabra sobre La Bandera de Chile”, 9), señala su carácter “irónicamente revelador” y hasta “profético”. Y no se equivoca, porque en vista del largo recorrido de publicación y difusión de LBch no nos queda más que acordar que la “clandestinidad” que padeció en el período del autoritarismo se mantuvo con la reposición de la democracia, a manos, piensa Cossio, de “una crítica academicista e ilustrada”: “Se habla poco de La Bandera de Chile (13), concluye el autor.

Esa circulación marginal en el período dictatorial, realidad compartida con otros poemarios aparecidos en aquella época, se deberá, fundamentalmente, a su declarada intención de propuesta estética contestataria a los mecanismos de dominio desplegados por un régimen que, interrumpiendo la democracia, se instaló en el poder. En esos términos, LBch se presenta como un texto lírico que expone diferentes cuadros descriptivos sobre la doble o dividida realidad del país bajo el gobierno militar; escenas desmembradas, reflejo del temple de la hablante poética frente a un ambiente que percibe en curso de desintegración.

Ese contexto social y político queda expuesto así por una indeleble referencia a motivos relacionados con la jerga militar (“bandera”, para empezar, “padre”, “pabellón”, “soldado”, “mástil”, “orfeón”, “cordón policial”, “salvas”, “discursos”, “escarapelas”, “estandartes”, “pendones”, “combates”, “historia”, etc.). Sin embargo, me parece que el hecho fundamental que da arranque en ese sentido a LBch corresponde al motivo o acción política y social de masas que aparece tras su lectura y que será crucial para la interpretación de su intención. Me refiero a la “toma” de terrenos en la población de La Bandera, efectuada el 22 de julio de 1980, que protagonizaron más de quinientas familias allegadas y que resulta de significativa importancia, porque fue la primera acción de este tipo realizada en plena dictadura. Señala Juan Rojas, uno de los principales coordinadores del movimiento, recordando cómo se dieron los hechos ese día: “A las 6.00 am, en compañía de uno de nuestros dirigentes del Comité de Vivienda de La Bandera, me encontraba en los terrenos a objeto de la acción. Estaba oscuro aún, todo estaba en calma (...) Alrededor de 6.15 aparece por el lado poniente una caravana de al menos cinco micros antecedidas por un camión. Era una parte de los pobladores de la Zona Caro-Ochagavía. Nos saludamos mientras les indicábamos el terreno. Así continuaron llegando micros por todos lados. Micros repletas de gente y sus elementos para las viviendas: nylon, palos, banderas chilenas” (14). La acción no pasó desapercibida y los contactos de los organizadores permitieron que la toma y la represión de la que fueron objeto sus participantes fueran difundidas por los medios. Continúa Rojas: “Al otro día, en primera plana aparece un oficial de carabineros haciendo jirones una bandera chilena, tal vez porque al ser enarbolada por una de las pobladoras, no merecía ningún respeto”(15) . Esta acción política, medular en la conformación poética de LBch es enunciada, con la significación que ello comporta, en el epígrafe del texto de la siguiente manera:

 
No se dedica a uno
.. .. .. .. .. .. .. .. la bandera de Chile
se entrega a cualquiera
.. .. .. .. .. .. .. .. que la sepa tomar.

LA TOMA DE LA BANDERA (16)

A partir de su epígrafe la intención del Poema puede ser entendida como doble: la bandera de Chile es una prostituta “se entrega a cualquiera/ que la sepa tomar”, que parece una lectura aceptable, por el uso y abuso que se hace de la bandera y que, posteriormente, explicará el  Poema. Sin embargo, a mi juicio hay otra lectura que prevalece y que tiene relación con el valor de la conjunción verbal entregar-saber-tomar. De ahí, que ese cualquiera no es tan amplio como pareció en un principio, entonces, la bandera de Chile es entregada (lo que también puede interpretarse como de uno a otro, creando un vínculo compromisorio colectivo) a quien tenga el valor de tomarla (referencia a la toma terrenal, a la osadía que implicó la acción pobladora), porque para ello hay que saber hacerlo. En definitiva, la obtención de un espacio depende de la organización comunitaria y de su determinación.

Posteriormente, avanzada la lectura, la cita al movimiento de “los sin techo” es aún más directa en la inscripción de su fecha en los mismos versos:

Nadie ve a la Bandera de Chile pasar las noches a la
                                                                          intemperie
                                    la noche es oscura
                        ni que largo invierno es 22 de julio
                   -el sol que ha hecho poesía del solsticio-
    que sus hijos piden sólo la parte pobre de toda la infancia
                   la Bandera de Chile no tiene papel para pedidos
                                                                               ni un pliego
                                                                                  ni nada (21)

Habría que agregar, para su interpretación, que el solsticio de invierno en el cono sur es desde el 21 al 22 de junio y no desde el 22 de julio como señala el Poema, lo que permite establecer la relación con el hecho indicado. Allí, el ambiente es descrito a través de la metáfora del crudo y permanente invierno, el sol que se ha alejado más de lo común haciendo las noches aún más largas y oscuras, la poesía (o el Poema) que de ahí surge y la postergación de los derechos de la comunidad.

Más allá de su mención, la alusión a este hecho instala en el imaginario la distancia existente entre dos realidades: la imposición de una idea de nación fraternal, a puntalazos de decretos y exclusiones de todo tipo, y el levantamiento insurgente de otra dentro de ella, desafiándola en la justa necesidad de suministrarse un lugar para habitar. Por eso, es necesario levantar ahí las banderas, por eso su presencia como objeto es tan significativa. Asimismo lo revela parte del comunicado que los pobladores dirigieron en directo a la opinión pública, a través de las emisoras radiales: “la toma de este trozo de tierra la practicamos como hijos de nuestra Patria” (17). Con este hecho se declara que la lectura de LBch está señalada en una dirección que va desde la denuncia de la marginación y el aliento de resistencia hasta la reivindicación de un lugar propio de enunciación. Y allí su lectura tiene una clara repercusión política.

En ese rumbo, la reflexión final de Rojas, que recuerda la rasgadura de la bandera a manos del oficial, no parece antojadiza. A mi gusto, la serie de elementos que se reúnen en esa imagen pueden ponerse en relación con el carácter cohesivo de la intención poética y política de Hernández. La bandera sostenida por una mujer, en esas circunstancias, no tiene ningún valor y por eso es anulada. Ésa, queda claro, no es la misma bandera que la dictadura homenajeaba en una infinidad de ceremonias (“De 48 horas es el día de la Bandera de Chile”, 25). De ahí, el doblez de LBch de Hernández y la escisión que el texto revela a cada momento (que no es ambigüedad ni falta de posición), también de ahí la figura de la mujer puesta a un lado, más aún, la imperiosa necesidad de apropiación del lugar negado a la mujer por partida doble, en un contexto donde la hegemonía de la institución militar y el patriarcado occidental confluyen en su exclusión y sujeción.

Allí LBch adquiere valor de discurso contrahegemónico, pues se enfrenta a los textos oficiales que, metaforizando la unificación nacional en la integración de la familia, instalaron la figura femenina en su centro, identificándola doctrinalmente con la Patria como “símbolo de garantía y continuidad del orden” (18), limitada a una conducta pasiva marcada por la aparición insiste de palabras como: esposas, madres, hijos, abnegación, servicio, responsabilidad, cuidado, educación, hogar, dedicación, lealtad, entre otras (19). Una valoración del núcleo familiar burgués que además, como Francine Massielo observa, contiene una clara motivación política para los programas nacionales lograda en la identificación de las familias represivas como microcosmos del estado. Así Massielo señala: “Horkheimer, por ejemplo, ha observado que el claro imperativo de la familia burguesa era reforzar una sensación de deber entre todos sus miembros al padre; por extensión, la ciega obediencia hacia el patriarca podría ser prolongada en la incuestionada sumisión individual al estado”(20) .  A través del uso de la imagen de la mujer se sometía a la comunidad y se legitimaba el autoritarismo, recuperando y exaltando modelos y arquetipos patriarcales arraigados profundamente en la conciencia femenina.

En tales condiciones, sobrepasando los sentidos semántico y simbólico del objeto poético, el texto de Hernández trabaja con dos identificaciones. Por un lado, el emblema nacional y la representación de la comunidad nacional escindida, y, por el otro, con la imagen oficialista de la mujer, esto es, con la identificación, “mítica y alegórica” (21), Mujer-Madre-Patria. O bien, como señala Moraga, con el vínculo establecido entre dos tríadas: Emblema-Mujer-Patria, que redobla y reduce a la mujer en la de Mujer-Madre-Esposa (22), como institucionalidad rígida impuesta por el programa de nación del gobierno militar. Por tanto, entenderemos que -al igual que “la Bandera de Chile”, así con mayúscula- en el locus central otorgado por los discursos oficiales, Ella, “puede ‘exhibirse’ y ser ‘observada’ como ‘ejemplo digno’, que debe ‘velar’ por sus hijos, su marido y la Patria”(23) , transformada en un sujeto subordinado a la autoridad del Estado (paterna y militar). A partir de esa identificación, LBch recorrerá desde su inicio el camino de su desmantelamiento, dejando expuesta la condición de artificio de tal figura (“Una ignorancia padre aurea a la Bandera de Chile”, 10) para dar paso a la configuración del espacio femenino que clama su silenciamiento.

De tal modo es fácil apreciar que LBch no pretende ser sólo un documento poético testimonial, como señalaba Villegas, ya que en el curso de sus versos la amenaza y la fuerza que se ejerce en su contra, (“enarbolando eczemas diarias”, 26), denuncia de exclusión y silenciamiento, además genérica, tomará un rumbo de mayor acción. En esa convicción, la delación se tornará en resistencia dinámica ante la constante intimidación que se ejerce sobre su identidad y de esa manera expresa su repugnancia sobre la farsa de los discursos nacionalistas militares (haciendo específica mención al discurso de Chacarillas(24) ) escupiendo su protesta sobre esos pronunciamientos descastados, aunque ello le imponga el más insufrible castigo:

de nuevo la saliva atorada de saliva la Bandera de Chile
de nuevo la boca escupe la chacarilla vomitosa sin especie
                                          aunque le cueste los dientes (26).

Más aun, no consintiendo la paralización impuesta (“Los museos guardan la historia de la Bandera de Chile”, “es historia ya muerta”, “La Bandera de Chile reposa en un estuche de vidrio”, 28) pugna por ser más que el objeto decorativo, mudo de voz y movimiento, y “fuerza ser más que una bandera” (20), de modo que, finalmente, “escapa a la calle” (28).

En el conjunto de estos elementos, la relación establecida con la toma de los terrenos en La Bandera en su rebeldía y accionar, como hecho que pone en movimiento textual el manifiesto poético de Hernández, para mí es evidente. Éste parece indicarnos que ante el desplazamiento y la desarticulación, la anulación de las huellas identificatorias y la negación del espacio, la única forma de obtenerlas es ejerciendo, terminantemente, el pleno derecho de la apropiación. Por lo tanto, así como sucedió con los pobladores y la toma del lugar que negado necesitaban para vivir, de esa misma forma, a través del motivo de la fuga -que indica el desasimiento de la estructura patriarcal- la bandera abandona el sitio que le ha sido impuesto y hace ocupación del terreno que le ha sido prohibido: el público. Y desde ahí, “jura volver/ hasta la muerte de su muerte” (28). Jura volver, no a ese estado de inercia o monumento estático en que las instituciones oficiales la convirtieron, sino que volver a ese mismo lugar desde la posesión del suyo para encararlas, hasta que halle curso su vida, hasta que se haga real su presencia, su verdadera existencia.

Hacia el final, luego de la revisión y verificación de su historial de relegada, del historial que se le construyó en el escenario patriarcal-militar, es capaz de lograr su propia configuración y, por medio de un lenguaje desprovisto de sus marcas tradicionales, exponer la ambivalencia de su experiencia y, declarándose no partícipe de ese entramado, su determinación al encuentro propio.  A partir de la conquista de ese espacio, “lugar que no entregará” (25), a través de la obtención de un lenguaje que reúne las señas coherentes a su configuración, con una presencia portentosa, enuncia con voz condenatoria el testimonio de una larga historia de marginación:

La Bandera de Chile declara                    dos puntos                
                                              su silencio                      (34)

 

 

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BIBLIOGRAFÍA.

- Bourdieu, Pierre. “La dominación masculina”, La ventana, N° 3, Universidad de Guadalajara, 1996.

- Brito, Eugenia. Campos Minados. Literatura post-golpe en Chile. Santiago, Chile: Ed. Cuarto Propio, 1994.

 _____. “Roles sexuales: diversas escenas”, en Olga Grau. Discurso, género y poder. Discursos públicos: Chile 1978-1993. Santiago, Chile: LOM eds., 1997.

- Cossio, Germán. Condición clandestina de la poesía femenina en la dictadura. Notas sobre Tributo del mudo de Diana Bellesi y La bandera de Chile de Elvira Hernández. Ponencia presentada en las VII JALLA (Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana), Bogotá, 2006.

- Hernández, Elvira. La Bandera de Chile. Buenos Aires: ed. Libros Tierra Firme, 1991.

- Moraga, Fernanda. “La Bandera de Chile: (Des)pliegue y (des)nudo de un cuerpo lengua(je)”. Acta Literaria Nº 26, Concepción, 2001.

- Obregón, Linda. La mujer en el régimen militar, 1973- 1989. Tesis para optar al grado de Licenciada en Historia, Universidad de Santiago de Chile, 2000.

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- Masiello, Francine. “Women, State, and Family in Latin American Literature of the 1920s”, en Women, Culture and Politics in Latin America. Seminar on Feminism and  Culture in Latin America. England, 1984.

- Moulian, Tomás. Chile Actual. Anatomía de un mito. Santiago, Chile: LOM eds., 1997.

- Munizaga, Giselle. “Mujer y régimen militar”, en Mundo de Mujer. Continuidad y cambio. Eds. CEM, 1988.

- Rojas, Juan. La Toma de Terrenos en La Bandera. En http://www.memoriamir.cl/. Consultado: 7 de noviembre, 2007.

- Salomone, Alicia N. Alfonsina Storni: Mujeres, Modernidad y Literatura. Eds. Corregidor, Buenos Aires, 2006.

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- Violi, Patricia. El infinito singular. Madrid:Ed. Cátedra, 1991.

- Zaldívar, María Inés. “¿Qué es una bandera y para qué sirve? A propósito de La Bandera de Chile de Elvira Hernández”. Anales de Literatura Chilena N° 4, 2003.

 

NOTAS


(1) Elvira Hernández. La Bandera de Chile, ed. Libros Tierra Firme, Buenos Aires, 1991.

(2) Virginia Vidal. Elvira Hernández: poesía desde el silencio a la luz. En http:// www.virginia-vidal.com/ .

(3) Juan Villegas. El discurso lírico de la mujer en Chile: 1975- 1990. Mosquito editores, Santiago, Chile, 1993.

(4) María Inés Zaldívar. “¿Qué es una bandera y para qué sirve? A propósito de La Bandera de Chile de Elvira Hernández”. En http:// letras.s5.com/eh090206.htm /. Consultado el 26 de diciembre, 2007. Publicado en Anales de Literatura Chilena N° 4, 2003.

(5) Más aún, los encuentros no se quedan ahí: ambos textos, similares en la desviación de su carácter patriótico discursivo, fueron editados en el extranjero y, junto con ello, mediante esfuerzos alejados de todo oficialismo. En el caso de Mistral -como bien se sabe- por su íntima amiga, Doris Dana, la última de sus secretarias. Y, en el caso de Hernández, gracias al trabajo de la editorial Libros de Tierra Firme de Buenos Aires, caracterizada por la publicación de textos poéticos considerados marginales por el canon literario. Todos estos rasgos -publicación fuera de Chile, en procesos tardíos y marginales a la institucionalidad- son a mi juicio, signos reveladores de la discriminación genérico-sexual que ambas obras han padecido, la que sin embargo, se ha ido revirtiendo poco a poco en el esfuerzo de actuales trabajos críticos que, reconociendo en ellos la potencia estética y política de sus propuestas, buscan otorgarles el lugar que les corresponde dentro de las letras nacionales. De esta manera ambos textos pueden ser leídos en http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/index.asp / .

(6) Juan Villegas. El discurso lírico de la mujer en Chile: 1975- 1990.

(7) Juan Villegas. El discurso lírico de la mujer en Chile: 1975- 1990. Capítulo Tercero.

(8) Ídem. p. 87.

(9) Señala Patricia Violi: “La reflexión sobre lo individual que parece caracterizar a la investigación de las mujeres se configura ante todo como forma de conocimiento, de un saber no abstracto y que, como tal, implica también una transformación en relación con el lenguaje y la palabra”. El infinito singular. Ed. Cátedra, Madrid, 1991, p. 157.

(10) Alicia N. Salomone. “Capítulo I. Aproximaciones teórico-críticas”, en Alfonsina Storni: Mujeres, Modernidad y Literatura. Eds. Corregidor, Buenos Aires, 2006,  p. 120.

(11)Op. cit. Capítulo Tercero.

(12) Ídem. p. 94. Con independencia de la intención de Villegas, no resulta extraño el cambio del título de la obra, desde La Bandera de Chile a Poemas a la bandera de Chile, circunstancia que se repite, y tampoco es raro, con el Poema de Chile de Mistral. Para mí, tal desplazamiento contiene todas las cargas de la hegemonía del sistema patriarcal sobre estos textos. Mientras sus escritoras son mujeres, los títulos respectivos son demasiado grandilocuentes, demasiado presenciales o portentosos como declaraciones (“Éste es EL Poema de Chile”, “Ésta es LA Bandera de Chile” parecieran afirmar desenfadadamente). Por lo tanto, quitándoles el carácter de discurso resuelto y castigando tal vez su atrevimiento, se los cobija en sentencias de menor impacto, disgregando su potencia y así pasan a ser “Poemas”. Ello sin importar el género ni la intención consciente del interventor, ambos (Dana y Villegas, respectivamente) develan la impronta de la ideología patriarcal en sus elecciones.
                Por otra parte, dentro de ese mismo marco encuentra coherencia la conexión que, más adelante, establece Villegas entre de LBch y el discurso nacionalista poético de Víctor Domingo Silva (1882- 1959, Al pie de la bandera, de similitud sólo aparente en los títulos). Según el crítico, LBch: “Parece anunciar y remitir los poemas a la retórica de la poesía patriótica, cuyo máximo representante en la tradición nacional ha sido Víctor Domingo Silva”, p. 94. Así, a pesar de identificar la enorme diferencia entre ambos discursos, igualmente remite la escritura de Hernández a la tradición literaria masculina (¿Y su vínculo con Mistral, me pregunto yo, no fue evidente?). En este sentido Pierre Bourdieu reflexiona sobre el fuerte arraigo del dominio masculino concluyendo que “el problema es que esta estructuración androcéntrica se [in]corpora en los cuerpos y conciencias de los/ las sujeto, mediante categorías de percepción, pensamiento y acción que poseen un alto grado de legitimidad, posibilitando que esa cosmovisión se presente como una forma de organización naturalizada”. Pierre Bourdieu. “La dominación masculina”, en La ventana, N° 3, 1996,  pp. 15- 16, Universidad de Guadalajara.

(13) Germán Cossio. Condición clandestina de la poesía femenina en la dictadura. Notas sobre Tributo del mudo de Diana Bellesi y La bandera de Chile de Elvira Hernández. Ponencia presentada en las VII JALLA (Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana), Bogotá, 2006, p. 6.

(14) Juan Rojas. La Toma de Terrenos en La Bandera. En http://www.memoriamir.cl/. Consultado el 26 de diciembre, 2007.

(15) Ídem.

(16) Elvira Hernández. La Bandera de Chile. p. sin núm. En adelante el número de página de los versos o párrafos citados aparecerá a su término indicado entre paréntesis. El texto será transcrito respetando la disposición original y espacial de los versos.

(17) Ídem.

(18) Fernanda Moraga. “La Bandera de Chile: (Des)pliegue y (des)nudo de un cuerpo lengua(je)”. En http:// www.udec.cl/seditorial/acta/26.htm /. Publicado en Acta Literaria Nº 26, Concepción, 2001.

(19) Ver Linda Obregón. La mujer en el régimen militar, 1973- 1989. Tesis para optar al grado de Licenciada en Historia, Universidad de Santiago de Chile, 2000.

(20) Francine Masiello. “Women, State, and Family in Latin American Literature of the 1920s”, en Women, Culture and Politics in Latin America. Seminar on Feminism and  Culture in Latin America. England, 1984, p. 33.

(21) Germán Cossio. Condición clandestina de la poesía femenina..., p. 7.

(22) Fernanda Moraga. “La Bandera de Chile: (Des)pliegue y (des)nudo...”

(23) Ídem.

(24) Señala Tomás Moulian que en 1977 se realizaron dos operaciones institucionalizadoras, que denomina “blandas”. Una de ellas fue el discurso que Pinochet dirigió a la juventud en el cerro Chacarillas el 11 de julio. Dice Moulian: “La ocasión fue muy importante porque, por primera vez, se fijaron plazos de duración de la dictadura militar, se definió una transición por etapas y un sistema institucional para cada unas de ellas. También se ofreció una caracterización más completa de la ‘nueva democracia’”. La segunda operación tuvo como objetivo el alejamiento de Manuel Contreras de la dirección de la DINA, como un blanqueo del régimen a través de la inculpación de la represión personalizada. En Tomás Moulian. Chile Actual. Anatomía de un mito, p. 227.

(25) Raquel Olea. “Autora de sí  misma”, p. 188.


 


 

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