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Enrique Lafourcade. «Fábulas de Lafourcade», (Zig-Zag, 1963)
Luis Cornejo Gamboa.
«Barrio Bravo», (Santiago, 1963)

Por Ricardo Latcham
Publicado en LA NACIÓN, 8 de marzo de 1964


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En su última novela, Enrique Laíourcade no obedece al orden habitual del tiempo, y elige un asunto inspirado en un ambiente norteamericano. Se demuestra un observador inteligente, sensitivo y alerta, a pesar de lo distorsionado de los detalles que recargan la línea narrativa.

Ahora presenta, en Fábulas, una colección de cuentos, algunos conocidos y otros que parecen nuevos. En Fidelia y Colombina, que salió antes en una antología, afronta un tema de violencia y crueldad, que contrasta con el ambiente de una ciudad provinciana. El barroquismo de Lafourcade esboza aquí un cuadro morboso de las condiciones de existencia de dos solteronas egoístas y maniáticas. Fidelia concluye entregada al alcohol, y Colombina muere devorada por los numerosos gatos que existían en su casa. Este relato exhibe, como ninguno, las reiteraciones del autor y su exuberante afición a lo macabro cuando combina lo humorístico y lo horroroso.

Mientras Lafourcade plantea una historia corta, disolviendo las convenciones corrientes de la narración, se percibe que lo hace en beneficio de una visión deformada de la realidad. Esto lo conduce, con frecuencia, a manejar los resortes del esperpento y a introducir en sus argumentos los ingredientes mas extraños. En Asedio, el asunto es de índole política y se refiere a un comunista perseguido por su partido a causa de que pierde unos fondos destinados a un Congreso. Lo mejor del cuento es la forma en que Lafourcade pinta el miedo y la angustia de Jorin Poliakof mientras se oculta en Valparaíso y siente el temor de ser atrapado. Desde otro ángulo, aparecen débiles y forzadas las figuras de Mardones, Seng y Houbert, integrantes de un equipo comunista. No ha conseguido todavía Lafourcade familiarizarse con los tipos políticos, lo que se vio, como debilidad, en su última y discutida pieza teatral.

Donde alcanza, en cambio, agilidad y brillo estilístico es en su novela corta o cuento largo La Muerte del Poeta, con alusiones transparentes y pinceladas certeras sobre artistas y literatos conocidos. No carece la literatura chilena de obras en clave, y el procedimiento de aprovechar personajes renombrados lo han empleado, entre varios escritores, Blest Gana, Orrego Luco, Angel Custodio Espejo, Leonardo Pena y hasta Alone en La Sombra Inquieta.

Hace años, al aparecer, por vez primera, Asedio, hubo gentes que se molestaron por la forma irreverente en que se narraban los últimos momentos de un insigne artista. Con el tiempo, las cosas referidas por Lafourcade ya no consiguen indignar, y el caso insertado por él en su fábula pertenece a la pequeña mitología literaria nacional. Conviene, también, recordar lo que dice el crítico norteamericano John Brown: "La realidad contemporánea rebasa la ficción y deja un campo muy estrecho a la imaginación del novelista”.

En Orfeo y en La Destrucción de las Familias, Lafourcade ensambla dos argumentos débiles, aunque en el segundo lo imaginativo sirve para animar una trama novedosa con la invasión de una gran ciudad por un aluvión de guaguas-hormigas que juegan con las máquinas. Lo cibernético preocupa al escritor desde Invención a dos Voces, y amplia el terreno de su experiencia con matices de fantasía. Luego vuelve al realismo en los tres cuentos finales: El Marinero Cabrera, “El Tarzán", y Cupertino, Benjamín Cabrera, apodado "El Mincho”, es el protagonista del primer cuento. Nace en Caldera, se convierte en marinero, vaga por todos los puertos del mundo, y vende varias veces su cuerpo para conseguir dinero y alimentar su sed de alcohol. "Durante tres años anduvo de la "Ceca a la Meca” vendiendo el cuerpo, al por mayor y al menudeo. El talón lo tenía ya medio ulcerado. En Nueva York llegaron a sospechar algo, y la tercera vez, cortésmente, rehusaron la mercancía. El Mincho se alejó cojeando del Hospital de Manhattan. En un bar, en Greenwich Vlllage, se encontró de nuevo con Angelo Carroza. Hacia años que no se veían. Hablaron y bebieron durante dos días. Angelo seguía vendiendo el cuerpo. El Mincho le explicó lo que le pasaba, mostrándole el talón herido. También le explicó que había vendido los ojos. La sangre. El cerebro. Que vendió un pedazo de piel de las nalgas para un injerto quirúrgico. Un pedazo de piel que le hacía falta para sentarse cómodo. Mostró la cara donde faltaba la oreja izquierda. Otro injerto".

En "El Tarzán” existe un cambio de ambiente y el episodio transcurre en un caserío del sur de Chile. Véase cómo Lafourcade introduce en escena al héroe de su pequeña historia: "Apareció un día. Nadie lo vio venir. De pronto estuvo allí, de pie, sólido. Medía un metro noventa, justo. Enormes y cuadrados los hombros. Caderas estrechas. Cuerpo apretado, palpitante de músculos. Allí estuvo, junto a los botes de los pescadores, entre los sacos de choros y ostras, sobresaliendo nítida su estatuaria cabeza roja. Allí se quedó toda esa tarde, mirando, sin hablar, la llegada de las embarcaciones, los gritos y jadeos al subirlas desde el agua gris y helada hacia la arena". El vagabundo se instala en el lugar y se hace familiar a los pescadores y, sobre todo, a los niños. Se transforma en buzo, superando su invencible pereza, y concluye ahogándose, en un día de tormenta. Lafourcade incorpora a su cuento diversos tipos pintorescos que dan realce al conjunto: Absalón, Wenceslao Perales, el cura Lizana, párroco de la caleta, y el viejo Anastasio Cardemil, aparte de numerosos niños. Más logrado y con una técnica que usa el monólogo interior, de dos personajes, es el relato final, titulado Cupertino, destinado a pintar un match de boxeo entre un chileno y un peruano. Vuelve Lafourcade a sumergirse en una atmósfera de violencia, con amplio uso de palabras extraídas de la jerga popular, y una obstinación particular en los detalles crudos y sádicos.

Hemos ratificado en las Fábulas que Lafourcade se ha convertido en un insistente cultivador de ciertos temas que reitera desde sus primeros libros: la embriaguez, el acto sexual, el exotismo de escenas y situaciones, la singularidad psicológica de los personajes, el descubrimiento deslumbrado del mundo exterior, y la sutileza para dar la sensación de este mundo. Las fallas arguméntales y la flaqueza de la estructura de algunos cuentos, se compensan con la lucidez del estilo y el aire mágico que los anima. Las mismas polémicas que provoca este autor y su permanente renovación, saltando obstáculos y venciendo resistencias, confirman su valor y su vigencia. En Fábulas se logra calibrar mejor su temperamento artístico y su intelectualizada actitud estética. Lo mismo que los limites de su capacidad y el exceso de sensualismo verbal que, a veces, las menos, infla y deteriora la superficie del relato. En su novela anterior presentó un conjunto de "outsiders", es decir, los individuos segregados de la sociedad. Ahora exhibe otro grupo humano que da la clave de su intención de escritor representativo de nuestro tiempo. Saliéndose de lo rutinario y del realismo recortado, Lafourcade va alcanzando una técnica segura y una claridad que no todos conquistan.

El único enemigo que acecha a Lafourcade es su propia sombra...

La segunda edición de Barrio Bravo, de Luis Cornejo, contiene un cuento nuevo, El Allegao, mientras que se ha omitido el titulado Liberación, el cual aparece en la primera, impresa en 1955. Es una pequeña obra de agudo realismo, algo esquemática en la presentación de los relatos breves, pero de intenso carácter. Cornejo domina el lenguaje popular y exhibe personajes simples, extraídos de la solida cantera proletaria. No hace literatura dirigida, ni cae en el convencionalismo de muchos escritores que no conocen a fondo el ambiente donde se mueve Cornejo con soltura y naturalidad. En medio de cuentos opacos y otros de cruda materia dramática, se destaca el titulado El Chicha Fresca, donde resplandece una veta picaresca, de genuino colorido criollo. El cuentista sabe combinar, con pinceladas inolvidables, la vida colectiva de un conventillo del sector suburbano de Vivaceta, y un asunto picaresco de la mejor tradición chilena. El Chicha Fresca es un personaje simpático y representativo del ingenio y de los recursos del roto. Descubre el tesoro escondido del sórdido mendigo Ño Eustaquio, que muere abandonado en un rincón, y lo entrega a la voracidad de sus compañeros de miseria. Con el dinero obtenido consiguen una felicidad efímera, en medio de grandes libaciones y una comilona general. Aunque el infortunio viene pronto, la filosofía de Chicha Fresca supera el instante adverso, diciendo: "No comprenden los aturdíos que es mejor gozar de la vida ahora que mañana. Porque mañana ni sabimos lo que va a pasar. ¡A lo mejor estiramos la pata como Ño Eustaquio y la platita nuestra se la gasta otro desgraciao!”

En El Capote se presenta con toques naturalistas uno de esos episodios frecuentes en la existencia del "barrio bravo", que tan bien explora Cornejo. En El Allegao y La Cuatro Dientes estudia otros aspectos de la sordidez y miseria dominantes en un sector marginal de la población santiaguina. No abusa de lo descriptivo, y con unos cuantos rasgos introduce en el ambiente y mueve con destreza a sus personajes. Este volumen, que diversos críticos ignoraron, es de los escasos que han tocado con profundidad en la miseria periférica de la capital.

 

 


 

 

 


 

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