Juan Luis Martínez, LA NUEVA NOVELA. Ediciones Archivo, Santiago de Chile, 1985, segunda edición. Por Enrique Lihn


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Juan Luis Martínez, LA NUEVA NOVELA
Ediciones Archivo, Santiago de Chile, 1985, segunda edición.

Por Enrique Lihn
Publicado en Revista El Espíritu del Valle. N° 1, Diciembre de 1985



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Si le monde est un livre tout livre est le monde. El sacrificio de todos los libros a un libro no es un ritual que se pueda realizar en el día de hoy; pero si se puede editar un libro, cualquier libro, que sea un paradigma del libro, si se tiene para ello el humor necesario. Y se entiende por humor aquí, como el prólogo de Compact de Philippe Sellers, esta forma de libertad, de indiferencia sonriente que es el juego mismo jugado en su profundidad escrita. Ainsi est practiquement surmonté ce que nous ne devons pas, pourvu que se soient les notres, prendre jamais aux sérieux: la maladie, la douleur anonyme, l´abandon, la mort. Si, doctor angélico: ¿el mundo existe para llegar a un libro? Este, por lo menos, existe para llegar a un mundo, que no es, ciertamente, el de todos los lectores. Literatura elevada al cubo y a la vez esfuerzo por integrarla en una unidad mayor: la escritura según el orden de la semiología, que es la ciencia de las formas significantes; lenguas entrelazadas como en La Nueva Novela en un lenguaje mixto. Este es un libro de recortes y montajes, de frases y figuras que se correlacionan. Un libro que se inscribió en 1977 y ahora en 1985, indudablemente como un acto poético marginal, rompiera o no todas las formas tradicionales de la poesía en Chile, fundador de una mirada, proponiendo un lenguaje, cuyo trasfondo tenia la validez de una negación profunda. Las frases que he citado conservan quizá el gusto mitológico por la profundidad y algo del gusto por la Novedad como piedra de toque del valor de un libro. De todos modos, hacen falta señales que apunten a la complejidad del trabajo poético en este país y no en una o dos direcciones únicas. Ya lo decía Vicente Huidobro: los cuatro puntos cardinales son tres: Norte y Sur. ¿Vamos a decir, ahora, que se limitan al Norte?

Desisto de la empresa de burlar la evasividad estratégica y táctica de La Nueva Novela y me excuso, por adelantado, de los esfuerzos que haga por describir este libro, remitiéndolo a sus posibles fuentes. Mejor sería limitarse a la presentación, a una indefinida presentación de lo indefinible; sólo que presentar lo indefinido es tanto o más problemático que fracasar en el intento de su definición. Me voy a permitir, entonces, la facilidad del fracaso y quede esta reseña, de ser así, como un simple llamado de atención sobre el libro de Juan Luis Martinez.

¿La Nueva Novela? Una manera ya tradicional de abandonar la división de géneros, consiste en llamar a un poema Prose pour des Esseintes, en llamar Prosas Profanas a un libro de poesía y en el recurso de la anti-antipoesía -tan bien empleado por Nicanor Parra. Los escritores que protagonizaron ese ¿episodio? llamado la Nueva Novela y también fueron definidos por su parte, como antinovelistas, autores -dijo Sartre- de la novela de una novela que no se hace. El propósito de Juan Luis Martinez, sin embargo, al apropiarse del cartabón Nueva Novela, puede haber sido el de matar dos pájaros de un tiro. 1) Repetir que un libro ya no pertenece a un género: todo libro depende exclusivamente de la literatura, como si ésta poseyese por anticipado, en su generalidad, los secretos y las fórmulas, únicos en conceder a lo que se escribe, realidad de libro, enseñanza de Maurice Blanchot en El Libro que Vendrá. 2) Proceder a la negación de la negación, citando negativamente la negatividad de la nueva novela. Es bien sabido que ésta procedió a blanquear el estilo de los procedimientos que lo ligaban a una tradición literaria, para hacerla -en el propósito de Robbe Grillet- el instrumento de verificación de un mundo, que no es significante ni absurdo, que es, sencillamente. El código de la nueva novela obligaba a la supresión, por otra parte, del personaje. Tenemos ante todo los objetos, tomando la palabra en su sentido mas amplio, siendo, pues, objeto para el sujeto que habla absolutamente todo, incluidos los seres humanos, y estos con el mismo título que las cosas. En su Nueva Novela, Juan Luis Martínez hombre esencialmente literario, como dijo Blanchot de Borges -Juan de Dios, el nieto de Jorge Luis- toujours prëte a comprendre selon le mode de comprehension que´autorise la littérature, es un autor en el sentido arcaico, o medieval, de la palabra. Copista y comentarista. Consagrado a restituir -cierto que irrisoriamente- la imagen del libro totaI, mediante el reprocesamiento de viejos materiales, un hiperliterato doblado por un bricoleur -consecuencia lógica lo segundo de lo primero. La letra es lo único real. El sujeto de los textos de Juan Luis Martinez es sólo un yo de papel, denominación que inventó Barthes para encarecer, justamente, la noción de texto, quien habla, y detrás de él (¿de quién?), en l´inminence d'une revélation que ne se produit pas, todos escriben. Para Mallarmé, el mundo existe para llegar a un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y este libro incesante es la única cosa que hay en el mundo; es, mejor dicho, el mundo.

Aunque sea aconsejable, al escribir sobre cualquier poeta de alguna importancia nacido en Chile, olvidarse de la llamada poesía chilena como marco único de referencia, sería posible sostener para el gusto de los desarrollistas, esta hipótesis de trabajo. Juan de Dios Martinez, el troquel anónimo de alguno que es ninguno, es quien lleva más lejos aquí, con mucho de lo que ello implica, la desconstrucción de la personalidad individual, uno de los últimos recursos del realismo. Este (aún bajo sus formas más sofisticadas) no se resigna nunca a sacrificar los Derechos de Autor en nombre de los deberes de la anonimia y la pluralidad, a producir un libro antes por obra de los mecanismos de la lectura que por los de la escritura. Consulto a La Nueva Novela al respecto, abriendo el libro en cualquier página y poniendo el dedo sobre estas líneas: Es posible que un poco de pureza en rebelión contra el orden de la casa y la familia quede tal vez en el instinto que impulsa a los niños más viriles a robar los huevos y destruir los nidos que descubren. La apropiación, sin embargo, de los discursos ajenos, orales o escritos ha sido uno de los procedimientos básicos de uso en Chile en los últimos veinte años, del que nos hemos servido ya sin más trámites. Lo que tiene de particularmente inquietante La Nueva Novela es la proliferación de un sujeto múltiple que se atomiza en la medida de la discontinuidad de los materiales que toma de todas partes y el vacío que así abre entre esos congelados islotes de sentido. ¿Qué tendrían que ver unos con otros, qué nos dicen cada uno de si mismos? El libro repite el gesto totalizador de los Libros Sagrados pero nos sonríe en su inmovilidad siempre a punto de desaparecer como el Gato de Cheshire -¿su emblema?- sin llevarnos a ninguna parte. El libro estático nos invita a recorrerlo, pero se abstiene de orientarnos o de conducirnos a través de él como si no tuviera través ni, mayormente, espesor. Nunca sé qué lectura he hecho realmente de La Nueva Novela. Siempre voy a salir algo desconcertado de ese laberinto o Torre de Babel. Los materiales de que está hecho a diferencia del bosque en Correspondences de Baudelaire, responde a la manía del orden al que pertenecen, pero no insinúan para nada una vasta y profunda unidad de base. Los materiales de la Nueva Novela están ordenados, pero como las piezas de una heterotopía, de una manera en que atentan al orden a que pertenecen, no sin dejar de sostenerlo e imponerlo. Voy a citar, en este punto, un escrito que acabo de recibir, de Rodrigo Cánovas sobre mi novela La Orquesta de Cristal -Esta marginalia construye una voz narrativa polifónica. A fin de cuentas, en ningún párrafo se sabe exactamente quién es el responsable último del enunciado. No hay voz central, sino ecos de su ausencia. De otra manera esto ocurre en La Nueva Novela. El orden de La Nueva Novela, sin la unicidad de un sujeto que lo rige -¿alguien?-, se impone autoritariamente, pero está intrinsecamente desautorizado. Porque el autor -R.B.- reputado por padre y propietario de su obra, está aquí denegado, sus imposiciones no se fundan en ningún derecho. El texto se lee sin la inscripción del padre. La metáfora del texto se despega, una vez mas aquí de la metáfora de la obra: esta remite a la imagen de un organismo que crece por expansión, por desarrollo (palabra significativamente ambigua: biológica y retórica) la metáfora del texto es la red; si el texto se amplia, es por efecto de una combinatoria, de una sistemática (imagen cercana, por otra parte, a los puntos de vista de la biología actual sobre el ser vivo); ningún respeto vital se debe, pues, al texto; puede ser roto (por otra parte es lo que hacia la Edad Media con dos textos, sin embargo, autoritarios: La Sagrada Escritura y Aristóteles). En una mímesis del libro, la mímesis de la autoridad de los libros totales como esos, no es inocente. Proviene de autoridades varias, localizables o no, verdaderas o apócrifas, pero la falta de respeto al texto, hecho de roturas, lo compromete desde adentro, se extiende desde el modo de citar al contenido de las citas y a la forma en que la diagramación de las mismas atentan contra los criterios de verosimilitud y el concepto de verdad. La suplantación de unos signos por otros -aritméticos por icónicos- en Lecciones de Aritmética-, continuidad en el razonamiento por la discontinuidad de las imágenes en el empleo del silogismo; todos estos son juegos del intelecto que lo localizan en el absurdo; modos de caminar, como lo decretaba Baudelaire, de la poesía entre la Moral y la Ciencia, pero torciéndoles la mano. Esta especie de enciclopedia del no poder saber en los marcos del saber, testimonio del poderoso poder de ir hacia lo que es, por la infinita multiplicidad de lo imaginario (Maurice Blanchot).

Se ha hablado aquí, en varios puntos, de imitación. Debe agregarse que como la imitación es imposible (la de las Sagradas Escrituras, la de Aristóteles), aquélla produce el modelo, por así decirlo; es una imitación modélica, algo así como la copia original (concepto que se cita con demasiada frecuencia). Sólo puedo decir, de una manera todavía provisional que es el humor el que incluye lo imitado en la cosa imitada, el que propone una autoridad que, como la del castillo de Kafka, no se encuentra en ninguna parte. La Nueva Novela lo dice por si misma en un punto cualquiera de su itinerario. Averigüe donde se encuentra ese punto.

Otro concomitante problema de lectura. En el libro total, el totalitarismo, aberración de cualquier weltanschaung, de toda visión global de las cosas, Hitler y Napoleón parecen ser los emblemas de esa aberración. ¿Sí o nó? Explique por qué razón la pregunta podría estar mal planteada. Y, dado el caso de que pudiera aceptarse el planteamiento, ¿en qué situación de sentido se encuentran en el libro las repetidas efigies de Rimbaud y Marx en la página 7 (no foliada), en la 46 y en la 43, en la 50, en la página 147, titulada La Nueva Novela: El Poeta Como Superman. La Nueva Novela, en otras palabras, ¿es la apología de los propósitos de transformar la historia y de cambiar la vida o el balance de la bancarrota de esas y de todas las revoluciones? ¿Cómo y de qué hablan los iconos siempre indiferentes al medio ambiente textual en que aparecen inmersos? ¿Corrigiéndolo? ¿Anulándolo? Con ellos se mantiene en la contradicción la cosa contradicha. ¿Se trataría de señalar ciertos puntos de convergencia de la palabra y de la realidad y/o la acción, donde ellas se refractan mutuamente poniendo de manifiesto su mutua incompatibilidad? La historia no ha sido transformada ni la vida ha cambiado; no, al menos, en el sentido que podría inferirse del marxismo y de la caza espiritual. En la página 7, al pie de la imagen de Rimbaud se lee Bibliografía Sumaria: Le mythe de Rimbaud en Russie tzariste y al pie de la de Marx: Marxism and Poetry, de Etiemble y George D. Thompson, respectivamente. Estos malos entendidos en que la historia lo hunde todo, ¿dejan en pie a los mitos o los vuelven constantemente superfluos?



 

 

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