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Presentación de
“Cuentos de Domingo”, de Elma Murrugarra


Por Enrique Winter

 

 

Elma Murrugarra (Lima, 1974) ha publicado Juegos (2002), La Función de las Parcas (2004), al sur en caral (2006) y, recientemente, Cuentos de Domingo en un bello formato cuadrado y cosido. Los poemas breves, a veces narrativos, siempre ligados a algún cuento y acompañados de ilustraciones recuerdan a La Melancólica Muerte de Chico Ostra, suerte de divertimento que Tim Burton publicara hace algunos años. La estrategia de Murrugarra, sin embargo, dista enormemente de la del cineasta. Bajo una sencillez estilística basada en la economía de recursos verbales, reinterpreta cuentos clásicos desde un sujeto inevitablemente contemporáneo y sensible. El programa consiste en veintiséis poemas: veinticuatro titulados como aquellos cuentos, rodeados por el comienzo y final paradigmáticos (Había una vez y Vivieron felices).

La relectura de las obras canónicas es tan antigua como relevante en la literatura, basten como ejemplos del último siglo Las Moscas de Jean Paul Sartre y Ulises de James Joyce, o más cercanos en género, tiempo y geografía, y centrados en el mismo héroe, Fundación Mítica del Reino de Chile de Armando Roa Vial (1966) y Odiseo Confinado de Leonidas Lamborghini (1927). Usando palabras de este último, Murrugarra también se mueve entre la cita y la parodia. Amasa los arquetipos, que ya no son griegos, para hacerlos caber en otros moldes. El mismo día que transcurre en Ulises, pasa en Cuentos de Domingo. La gran diferencia es que el jueves de Bloom acá es el día sacramental y ocioso que cierra (o abre) la semana. Un día ligado al juego, que no es absurdo como la guerra (toma partido El Soldadito de Plomo) y que en este caso es obsesivo: horas y minutos marcados para cada relato, que en realidad es uno solo y desde el encierro. Quienes hablan se apropian de espacios ahistóricos que no les pertenecen, dejando en entredicho permanente la apropiación de algo respecto a lo cual se está alienado.

Los cuentos, en tanto buscan introducir en los niños el placer por la lectura y sobre todo lo que su sociedad entiende por ética, deben repensarse. Murrugarra tiene claro esto en términos políticos y por ello conduce las narraciones que ya conocemos hacia conclusiones, cosmovisiones, distintas a las que recordamos. Es otra la fábula que construye y no la ofrece como anterior a quien la lee ni menos como clausura del debate. Desde el primer poema desmonta el mito de cada relato. El rey que había en el cuento era uno solo y probablemente terminó triste como El Rey de Los Ángeles Negros más que comiendo perdices, porque “delicado es el trabajo de quererse” (Las Tres Hilanderas) en una época de desconcierto y de incomunicación. Entre La Bella y la Bestia, Caperucita Roja y La Cenicienta nos comunica que lo que nos convierte en bestias es no ejercer nuestra libertad. Transmuta así a un plano estético máximas como la de Manuel Azaña, para quien “la libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.”

Quien en su libro anterior escribiera el notable poema iv (ora      por      pan / ese      que      oyó      sin      oír / que      vio      sin      ver / que      dio      sin      dar) no ha perdido la agudeza detrás de la aparente ingenuidad de los cuentos. Por el contrario, Cuentos de Domingo es un sugerente manifiesto contra el ejercicio de la inocencia. Es a la vez un diario en pena con varias salidas, como “las múltiples muertes del suicidio” (La Bella Durmiente). Lo suyo es una evocación que se difumina, como una canción que se supo de memoria y a la que hoy se le cambia la letra, según convenga. Así el poema La Sirenita, por ejemplo: “Rebalsando de cariño // ingenua sirena // nadas / sedienta // hacia el ahogado”.

Lo suyo es también una écfrasis si se toma las ilustraciones como otra fuente, que funcionan pues no estorban la vista del poema, sino que la enriquecen en su mordacidad. Cuento, dibujo y poema se confunden en un cruce de referencias. Como en la descripción homeriana del escudo de Aquiles, que deviene en relato, en Cuentos de Domingo la imagen y por cierto el cuento, a veces son tomados al pie de la letra para luego ser redirigidos, y en otras no pasan de ser el punto de partida, acaso azaroso del poema, por ejemplo en Pulgarcito: “Una cicatriz reposa sobre un pulgar / Mis manos han aprendido nuevos acordes / La guitarra no extraña más tus brazos // Tu ausencia dejó de intimidar a mi soledad”.

“La poesía de Elma Murrugarra está hecha para la memoria, porque es singular y perfecta. Ninguno de sus versos puede ser suprimido” escribió Ronaldo Menéndez en la contratapa de su primer libro, y con el estilo del gesto mínimo y redondo, la autora mantiene esa melodía que aparentemente pasa, pero se queda. El sonsonete en Cuentos de Domingo agrega otra operación al recuerdo: ahora se puede contar de qué se tratan estos poemas. La precisión lírica se une a lo narrativo como en José Watanabe (1946-2007), hilando acciones. Acaso tuerza así la sentencia de Antonio Cisneros (1942) en entrevista a Mario Montalbetti (1959), “[Con la novela] ya tienes un tema de conversación. No digo que sea sólo eso, ni mucho menos, pero es un tema de todas maneras. En la poesía no puedes contar de qué se trata ¿no? O te la soplas o no te la soplas.”

Cuentos de Domingo es una suma de máscaras que nunca dejaron de hablar del amor y de la pérdida. De que más podría hablarnos, cuando se trata del recuerdo: “Y por la eternidad / de aquella noche // vivieron felices / para siempre // Él en su mismo reino / Ella en uno diferente”.


 


 

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