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“Un viaje apocalíptico por las últimas cuatro décadas.”
Sobre Arca de Juan Manuel Mancilla, Ediciones Oxímoron, 2017.

Por Fanny Campos Espinoza


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Por fortuna, no sólo para los lectores sino también para los árboles, entre miles de manuscritos, sólo unos pocos llegan a imprenta, tras la previa lectura de un editor/a que apueste por ellos. El peligro, dependiendo de la editorial de que se trate, radica en que lo haga únicamente por criterios comerciales o por el contrapuesto amiguismo, des-criterios ambos a los que no adscribo. Mientras colaboraba con la editorial Oxímoron, leí varios manuscritos y el único informe de lectura realmente favorable que emití fue sobre Arca de Juan Manuel Mancilla. Mientras intrigada comenzaba a leer en voz alta sus versos me interesó primeramente por su sonoridad. Me imantaban sus sonidos, aunque entendía poco. Por su puesto, eso último no lo puse en el informe; me reservé todas las dudas para cuando tuviera al autor delante, un privilegio que no suelen tener los lectores/as. Así que hago hincapié en que este texto final se explica por sí mismo, con muy pocas, pero precisas correcciones de su autor, que aclaran, por ejemplo, por qué cada verso parte con un número. Enigma al que he de confesarles, dediqué varias horas infructuosas y hasta cálculos matemáticos, que ahora, Juan Manuel le ahorra al lector-a, con el simple gesto amable de partir con un epígrafe bíblico. Tras este párrafo making of o confesiones “tras-banbalinísticas”, vamos a lo nuestro.

Mancilla nos embarca en un viaje por el Océano Mar Rojo Pacífico, para recorrer la Geópolis, Biópolis, Neópolis, Psiquépolis, Repúblik, a través de poemas versiculados al estilo bíblico, como si pese a lo tecnológicas de sus imágenes, se tratara de un pasado recogido por un neo-apóstol para generaciones venideras.

Tras una cita bíblica como epígrafe se inicia el embarque con dos poemas visuales (Carne de Identidad y Tarjeta de Embarque), cartas de presentación del hablante lírico de Arca, que en primera instancia es identificado sólo con su número de rol único tributario, con nacionalidad que no aplica y sexo que no define; tampoco firma. Su tarjeta de embarque es clandestina. Lo que evidencia que desde el Estado se nos trata como un número de Rut, al que obligan a definirse o identificarse con un género, para paralelamente ser tratado por el Mercado con la lógica de código de barras, lo que se resalta en este embarque. No obstante, el hablante nos revelará su nombre en páginas venideras: “Escribo que escribo: remitente Juan Manuel Mancilla. Es lícito, es permitido, anoto, marco los días: 25 de junio de mil novecientos y tantos.”, y así de paso también nos dará una pista explícita de la temporalidad en la que transcurre la narratividad del conjunto de poemas, pero lo hará sólo bien avanzado el viaje.

En los primeros poemas que siguen a los documentos de embarque, partimos esta travesía viendo cómo antes de dispersarse, las muchedumbres atónitas de la ex-Geópolis observan drones fluorescentes volar por el mar mareado, lo que nos recuerda no sólo el Barco Ebrio de Rimbaud, sino el de Sea Harrier de Diego Maquieira, esos aviadores alcoholizados que “volando como un mar mareado” se dieron mil órbitas sin haber jamás arribado a ningún cabrón puerto. Serán referente constante a lo largo del texto, junto a otros, tales como al premiado Vírgenes del Sol In Cabaret de Alexis Figueroa, e incluso canciones del rock latino que fueron la banda sonora de esos años ochenteros del horror —que de una u otra forma persiste, ahora cargado a los Neotemplos del Neón con que se engalana el mega reforzado Neo-capitalismo actual, del que este libro lúcidamente da cuenta.

El “check point de este faro papiro en medio del océano transpacífico” no es nada fácil; la entrada, hay que decirlo, en propias palabras de Mancilla, está “obstruida y calafateada en brea, los mensajes han sido diestramente codificados con fibra óptica”, justamente como recurso que invita a ver más allá de nuestros “ojos hinchados de Biópolis”, y por supuesto, más allá de la excelencia en el manejo de las formas y experimentación fonética que caracteriza la búsqueda de este joven autor santiaguino-serenence, radicado en Valparaíso.

A través de ingeniosos y musicales versos, Mancilla nos entrega una acertada crítica a nuestra sociedad, en la que el mundo ha sido explotado y socavado con la lluvia ácida de la codicia (El Óxido), entre “sintetiflora” y “cablefauna” (El Peso de una Moneda) sin que nos quede nada más que aferrarnos a las ya tan gastadas cruces metálicas post diluvio- post crucifixión, y tras soltarlas, inevitablemente soltarlas, nada más vagar en búsqueda de las certezas que no se encuentran.

Les confieso que ahora que releo las imágenes de guerra en clave era-tecnológica que se dejan ver en estos poemas, me es inevitable angustiarme y pensar que estos textos, tal vez, sean premonitorios de la guerra termonuclear que amenaza este 2017, y al lanzar estas palabras-misiles siento lo mismo que sentimos en noviembre de 2016, cuando se nos reveló que Donald Trump asumía la presidencia de EEUU, o sea, al saber las manos de un demente sádico al timón del imperio que nos doblega.

No se me ocurrió eso la primera vez que leí este texto, a mediados del año pasado, sino ahora. Ahora, sentí verdadero pánico al releer ciertos poemas de Arca, porque evocan los conflictos y guerras de fines de los ochentas y principios de los noventas que Mancilla, nacido en 1980 —como yo—, vivió en su infancia; mientras A. Figueroa, T. Harry y D. Maquieira entre otros y otras  predecesores/as mayores que nosotros, se encontraban escribiendo los libros que se convertirían en nuestros actuales referentes. Y es que vivieron y vivimos, además de todo el horror de la dictadura militar, guerras que son el antecedente fresco y vivo de lo que no ha dejado de ocurrir en el Golfo, guerras que nos impactaron tempranamente los ojos, desde el televisor del living, y que ahora, con todo lo que está sucediendo, hacen revivir las pesadillas de nuestra niñez, junto al tarareo de letras de canciones relativas a esos mismos miedos que quedaron tan grabadas en nuestro inconsciente. Cito a Mancilla: “Y llegaron en Zodiac, desde el Golfo Pérsico hasta el Golfo de las Penas las imágenes/espejismos”, “los misiles símiles cruzaron los miles de kilómetros en redes (…) co-rompieron la tela de la pantalla” en “transmisión conjunta de cadenas perpetuadas por TV inter/nacional” (Remoto Control/Telecomando). Guerras en HD y “el dolor de ver en alta fidelidad” (Curados de espanto).

El conjunto de poemas apocalípticos que conforman Arca son un lúcido recuento poético de los nefastos acontecimientos de las últimas cuatro décadas, no sólo en Chile (con su Espejismo/Fe en un Arcoíris que ahora queremos fuera), sino en el mundo entero, y en especial, en la zona de disputa del petróleo, porque, a fin de cuentas, todes vamos montados más involuntaria que voluntariamente en esta “Arca R-USA”, como péndulo de la historiografía que no es más que la repetición constante de la explotación del hombre (y la mujer y la Tierra) por el hombre poderoso, desde la antigüedad, hasta quién sabe cuándo nos bajemos amotinados del Arca, con arcadas de asco, exigiendo su extinción.

Valparaíso, Abril de 2017.


 

 

 

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