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CARLOS GARCÍA MIRANDA: HISTORIA DE UNA AMISTAD

Por Fernando Carrasco Nuñez



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La torre más alta del mundo está en Lima
Es tan alta,
Que se te va la vida en contemplarla por entero
Más aún
Los pocos que logran llegar hasta su cima
Ya no regresan
Se siguen de frente al paraíso.

“Caída libre”, Carlos García Miranda

Suave es el silencio oscuro de la madrugada. Desde el piso nueve de un edificio, observo el cielo apagado que cubre como una mortaja a mi ciudad dormida. Vuelvo a la mesa de trabajo donde me espera un puñado de libros, y me tomo una copa de vino. Me acomodo en la silla giratoria y hojeo cada uno de los textos con detenimiento, con afecto. Y de pronto, con parsimonia, como un tiovivo, se pone en marcha el tranvía viejo de la memoria.

Lo conocí una noche en un evento literario que se realizó en el Centro Cultural de España. Me lo presentó mi amigo el poeta Edmundo de la Sota, quien lo había conocido en el patio de Letras cuando estudiaban la carrera de Literatura en San Marcos. Por esas coincidencias con que a veces nos sorprende la vida, horas antes, caminando resaqueados por la avenida La Colmena, por recomendación de Edmundo, había adquirido su libro de relatos Cuarto desnudo (1996). Y esa noche, sentado en su butaca de la Casa de España en Lima, Carlos García Miranda me firmó su único libro publicado hasta ese momento, un conjunto de relatos con el que había obtenido el Primer Premio en los Juegos Florales organizado por la Universidad de San Marcos el año 1992. Carlos hojeaba el texto, como acariciándolo, al tiempo que me decía que había extraviado el único ejemplar que guardaba consigo. Luego escribió una dedicatoria y con una sonrisa franca, que no se olvida, me devolvió el libro. Nos despedimos con un apretón de manos. Revisando esta madrugada silenciosa su dedicatoria, pongo atención a la fecha: primero de diciembre de 1999.

Cuarto desnudo (1996) está conformado por nueve relatos breves y cautivantes donde se percibe la voz desenfadada y poética de un narrador protagonista, un joven que refiere sus vivencias desaforadas al lado de otros muchachos como él —amantes de los libros y de las artes con inclinaciones poéticas— que tratan de sobrevivir en una ciudad violenta que los cobija en sus escondrijos más sórdidos. Estos pasan sus días fumando marihuana, bebiendo licor barato en el jirón Quilca o la plaza Francia, oyendo la música de Bob Dylan y Janis Joplin y haciendo el amor intensamente para aislarse de todo. No obstante este abandono en el que parecen estar sumergidos irremediablemente, son conscientes de la situación que los embarga. Algunos, sobre todo los personajes femeninos, se atreven a buscar una salida de manera radical uniéndose a los grupos subversivos del momento. Otros como los narradores de cada uno de los relatos se desahogan gritando para adentro sus frustraciones:

“Qué hacer cuando ya no queda más que escaparse de casa e ir a putear libremente en las esquinas. Tenías razón —una vez más. Pero tu risa rota y tus zapatillas mojadas sobrevivirán a estos tiempos de aluminio, donde la mierda, el sudor, la sangre se extienden por entre los zócalos, se comen el oxígeno y nos matan, como a insectos, en una enorme cámara de gas” (p. 21).

Poco después, el año 2002, lo volví a encontrar en la universidad de San Marcos donde lo tuve como profesor de un curso complementario en la maestría de Literatura Peruana y Latinoamericana. Era un profesor joven y brillante. Irradiaba confianza. Alguna vez me invitó a conversar en el cafetín de la Facultad de Letras cuando se enteró de que también escribía relatos, que había ganado algunos concursos y que asistía, como alumno libre, al Taller de Narrativa que dirigían el escritor Jorge Valenzuela y el maestro Antonio Gálvez Ronceros. Ese año, su cuento “Cazadores” resultó finalista en la XII Bienal de Cuento Premio Copé. Recuerdo que en el verano del año siguiente, en el efímero bar La Noche del jirón Quilca, García Miranda presentó su novela Las puertas (2002). En la mesa lo acompañaba el escritor Oswaldo Reynoso, quien con su estilo didáctico, al mismo tiempo jovial y solemne, resaltó las cualidades del libro. Las puertas resultó finalista en el Premio Nacional de Novela organizado por la Universidad Nacional Federico Villarreal.

Las puertas (2002) es una prolongación del libro Cuarto desnudo (1996). Se compone de tres partes y un epílogo. Aquí, García Miranda busca representar, con mayores detalles —dantescos, apocalípticos— y con una prosa que combina la jerga popular y las expresiones poéticas —rasgo que lo distingue muy bien de sus coetáneos—, el mundo interior de Martín, un joven universitario lleno de frustraciones, que ha perdido toda esperanza en el amor, en la familia, en la vida y en el ser humano. Solo su gusto por la música de Jim Morrison y otros, la pasión por la escritura (tiene un libro incompleto y escribe un diario) y su devoción por los beatnik, especialmente por los libros de Kerouac, lo mantienen en pie. Sabe que la ficción le permite, como una puerta inmensa, aproximarse a una realidad menos hostil que esa otra, que a diario imponen los medios de comunicación de los grupos de poder: “Escribir o morir aplastado por el televisor. No hay otra” (p. 90), pero el arte puede ser también un paraíso doloroso:

“Nada. También nada esta vez. A veces me pregunto por qué insistiré tanto en esto. ¿Acaso la vida no ha sido lo suficientemente clara conmigo? El libro que terminaste está incompleto, no escribes nada últimamente, Bellini te acaba de reprobar por segunda vez en su curso, tu musa —C— no aparece por ningún lado, vives de repartir periódicos, estás sin plata, sin ropa, tu viejo ya no te quiere ver más en casa, tu hermano vendió tus libros de Cortázar y de Kerouac, estás solo ahora en la vía, nadie te mira, nadie…” (p. 75).

El año 2004, la revista de literatura Dedo Crítico, una de las más importantes del país por esos años, organizó un concurso de libros de cuentos. Una parte de mi primer libro Cantar de Helena y otras muertes resultó finalista. Y, poco después, en un nuevo número de la mencionada revista, que García Miranda editaba y dirigía, se publicaron textos de los concursantes finalistas. Cuando nos volvimos a cruzar en un evento literario, me dijo que al fin había leído algo mío y que le había gustado.

Creo que fue a finales del 2005 cuando nos volvimos a ver por el Centro de Lima. Aquella vez me comentó que le habían dado el cargo de editor del Fondo Editorial de la Facultad de Letras de San Marcos. Me pidió mi libro para leerlo. Días después me envió un mensaje entusiasta por correo electrónico donde me indicaba los datos del formato en que podría salir publicado mi primer libro. Fue una grata sorpresa leer su mensaje. No obstante, poco después nos perdimos de vista. Carlos se fue a estudiar becado a España y luego de muchas revisiones más mi libro se publicó el 2006 con una  editorial joven, gracias al apoyo del escritor Félix Huamán Cabrera.

El año 2008, muchos nos alegramos al enterarnos de que Carlos había resultado ganador en el Primer Concurso Iberoamericano de Cuentos sobre la Discriminación con su relato “Casacas de cuero negro”. Volvimos a tomar contacto a fines del 2009. Carlitos —como lo llamábamos quienes le teníamos mucha estima— estaba de regreso y había retomado sus clases en San Marcos. Por esos días acababa de publicar un breve libro ensayístico: Utopía negra. Representación, escritura/ oralidad e identidad cultural en la narrativa negrista de Antonio Gálvez Ronceros. En este trabajo de reflexión, García Miranda analiza los libros Los ermitaños (1962) y Monólogo desde las tinieblas (1975), del maestro del cuento peruano Antonio Gálvez Ronceros. Aquí se muestra como un investigador agudo e incisivo. Pone de relieve algunos aspectos vinculados a la etnicidad y la representación identitaria en los relatos de nuestro escritor procedente del valle de Chincha.

Una tarde del verano del 2010, Carlos me llamó por teléfono para invitarme con anticipación a su clase de Lectura Crítica en San Marcos. Eso fue muy gratificante para mí, puesto que siempre lo consideré un escritor talentoso, que se tomaba también muy en serio su trabajo como profesor universitario. A fines del año anterior yo había publicado mi segundo libro de cuentos: La muerte y otras traiciones. Carlos había leído el libro y les había propuesto a sus alumnos tenerme como invitado para conversar sobre mis dos libros y otros aspectos relacionados a la creación literaria. Fue una interesante experiencia conversar con esos jóvenes de San Marcos que estudiaban Literatura. Luego de su clase me invitó a tomar unas cervezas a un bar cercano a la universidad. Creo que esa tarde, hablando sobre libros, películas y proyectos futuros, empezó a cobrar mayor fuerza nuestra amistad. Por esos tiempos, nos reuníamos también, ocasionalmente, con otros amigos, algunos habían sido sus alumnos en el pregrado y le tenían una gran estima y admiración. Entre otros, me acuerdo ahora de Virginia Benavides, Javier Morales, Percy Encinas, Miguel Ángel Malpartida, Max Palacios, Dante González y Edwin Camasca.

Carlos se ausentaba por sus viajes, pero siempre que estaba de retorno me llamaba para encontrarnos en el Queirolo del Centro de Lima. “Asegúrame si vas a ir por el centro para darme mi vuelta”, me decía. Tomábamos vino seco y nos pedíamos una rueda de queso, jamón y cabanossi. Hablábamos de todo. Carlos gustaba comentar también sobre las comidillas del ambiente literario limeño. Incluso compartíamos asuntos familiares. Recuedo que una noche, en que lo noté más contento que otras veces, extrajo la billetera de su abrigo negro y me mostró (casi en secreto como quien muestra un tesoro) la fotografía de una mujer bastante guapa. Me dijo que hacía poco se había vuelto a casar en España. Su esposa era de nacionalidad griega y laboraba como profesora de Filología en la Universidad de Salamanca. Recuerdo que siempre estaba planeando nuevos proyectos. Una tarde me pidió un cuento para una antología del relato negro que pensaba publicar pronto con unos amigos en España.

De vez en cuando nos pasábamos al bar Don Lucho, la Rockola, donde terminábamos cantando algún bolero de Daniel Santos o un pasillo del Ecuador que a él le gustaba mucho. A veces se nos juntaban jóvenes estudiantes de San Marcos o de la Villarreal que lo habían leído y lo conocían muy bien. Lo bombardeaban con preguntas sobre literatura. Carlitos, muy tranquilo, les hablaba sobre narrativa contemporánea, Bajtin o literatura colonial. Y hubo también noches encendidas, porque Carlos, cuando se lo proponía, sabía ser irónico, mordaz y lapidario con otros amigos escritores.

En cierta ocasión, a fines del 2011, me envió un mensaje donde me adjuntaba un relato suyo. Me pedía mi opinión sobre la historia y el lenguaje empleado. Años después descubrí que ese relato largo era una parte de una novela que venía trabajando por esos años. La novela fue publicada de manera póstuma con el título El hombre de Pompeya. Poco antes yo le había compartido un cuento inédito que Carlos había leído con detenimiento, pues me escribió unas sugerencias muy pertinentes. Ese cuento titulado “La chicha, el amor y la muerte” formó parte de mi libro Bolero matancero (2014) y se publicó dedicado in memoriam a Carlos García Miranda.

El hombre de Pompeya (2014) es un libro ambicioso y más logrado, lo que da cuenta de la madurez creativa que había alcanzado Carlos García. Las acciones transcurren en el Perú y Europa. El personaje principal ahora es un profesor universitario, Adrián Garcilaso, gran conocedor de libros incunables de la época colonial, pues viene realizando un trabajo de investigación en torno al cronista indio Felipe Guamán Poma de Ayala. Este personaje comparte aficiones con los protagonistas de los libros anteriores de García Miranda: la pasión por la vida nocturna de Lima, las artes y las mujeres jóvenes. Muestra un perfil psicológico más complejo. Carlos García Miranda utiliza con gran acierto en este libro distintos narradores y diferentes registros lingüísticos. Su prosa trasluce talento y un trabajo esmerado. Se percibe una trama sugestiva e inteligente donde se combinan el realismo sucio, lo histórico y lo metaliterario. Hay también referencias al Conflicto Armado Interno, al mundo lúgubre y marginal de las barriadas de Lima, escenas de la vida universitaria, asi como una serie de alusiones a personajes del mundo literario limeño, lo que le confiere a la obra, por momentos, un carácter lúdico e irónico. Por su puesto, también aparecen una serie de referencias a su propia vida:

“Pocos meses después de llegar a Madrid me volví a topar con la historia de Adrián Garcilaso. Fue en la presentación de su novela póstuma En el subterráneo, publicada por una editorial alternativa (…) Y ya casi al final de la reunión pude entablar un diálogo con los dos. Marie me contó algunos pormenores de la vida de Adrián en Madrid. Puntualmente me dijo que se había vuelto huraño y desconfiado con todo el mundo y que andaba obsesionado con su novela —la que se acababa de publicar— y una investigación sobre un cronista indio del siglo XVII. Lucas fue muy escueto, se limitó a confirmar que hizo el viaje a Zurich con Adrián. Pero de todo lo que dijeron me interesó —por motivos académicos— el tema de su investigación sobre ese cronista indio, que de inmemdiato asumí que se trataba de Felipe Guamán Poma de Ayala” (p. 150-151).

Para el año 2012, los amigos de la revista Ínsula Barataria preparaban una segunda edición de mi primer libro Cantar de Helena y otras muertes. Cuando se lo conté una noche en el Queirolo del Centro de Lima, Carlos, generoso como siempre, celebró la noticia y me pidió que lo considerara como uno de los presentadores. “No te voy a maletear”, bromeaba. Yo acepté encantado, por supuesto.

La última vez que nos vimos fue una noche en el bar Superba. Cuando recibí su llamada, una hora antes, yo me encontraba en una reunión familiar, pero fui al encuentro de Carlos para conversar y tomarme unos tragos con él. Siempre era agradable conversar con Carlitos. Lo encontré solo frente a una botella de cerveza. Nos saludamos y sin mayores preámbulos me contó que tenía planeado organizar en la universidad de San Marcos un congreso literario sobre novelas peruanas de las últimas décadas. Me pidió que participara y que eligiera de una lista de veinte títulos un libro sobre el cual tenía que preparar una ponencia. Elegí una de las novelas que aparecía en la hoja y luego nos pusimos al tanto sobre libros y otros asuntos. Cuando solicité dos cervezas más al mozo me dijo que mejor nos fuéramos a comer algo a otro lugar, que desde hace unos días se sentía un poco mal del estómago. Pagamos a medias y nos dirigimos a un restaurante cercano al Centro Comercial Risso. No alcanzo a recordar de qué hablamos mientras comíamos. Creo que en ese momento empezaba a sentirse mal otra vez. Al poco rato nos despedimos con un apretón de manos como siempre.

Y nos volvimos a perder de vista. No llamaste durante varios días. Entonces creí que andabas extraviado en el laberinto de tus trabajos. No sospechaba que ya venías peleando duro contra la muerte. Una tarde, un amigo en común me informó que te encontrabas internado en un hospital. Grave. Entonces timbré a tu número de celulalr y me respondió tu madre. Cuando indagué por ti, la pobrecita me respondió con su llanto. “Está muy mal”, alcanzó a decirme. Poco después te envolvió la muerte. Y desde ese día tu ausencia es un forado en el alma que nos duele hondo a quienes te quisimos y te recordamos.

Tengo la esperanza de que alguna vez nos volveremos a encontrar en aquel lugar desconocido donde habitas. Y como aquella última vez en el Superba sé que me recibirás sentado en una retinta mesa de madera, frente a una botella de cerveza bien helada o brindando con una botella de vino tinto seco. Y apenas cruce el vano de la puerta me darás la bienvenida con una sonrisa y seguiremos conversando durante las horas que dure la eternidad como aquellas noches inquietantes del jirón Quilca. Tan igual como esta larga madrugada de cuarentena en Lima, en que me tomo una botella de vino paladeando fragmentos de tus libros. Y te escucho. Conmovido. Y te recuerdo y te converso, mientras todo se va tornando borroso a mi alrededor, amigo.



 

 

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