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“Esos terrenos deshabitados distorsionan mi realidad”.
Presentación de La península (Chancacazo, 2016) de Ignacio Mardones Nally

Por Francisco Ide Wolleter
04 de octubre 2016, LOCAL Arte Contemporáneo.

 


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Habían varias formas de presentar este libro. La más importante, básica, necesaria, era “presentar”, es decir mostrar, poner en conocimiento, abrir al menos una vía de lectura, aventurarse en desentrañar no los sentidos sino ciertas operaciones de sentido, ciertas maneras en que el poema se comporta. Después voy a explicar esto de que el poema se comporta de alguna manera “desentrañable”. Mi inclinación natural, sin embargo, era la de hacer una gran carta de amor a la amistad y hablar de todas las maneras en que Ignacio ha influido en mi vida y en mi forma experimentar el fenómeno de la poesía y de la experiencia vital en general. Voy a tratar de hacer ambas cosas, fijándome en ser breve y en hilvanar esta relación simbiótica entre la amistad, la experiencia y la poesía.

Auden en su ensayo sobre escribir dice que de existir un escritor genuino a este no le interesa naturalmente la popularidad en el sentido vulgar de ser popular o alcanzar cierto renombre. La escritura genuina (llamémosle de esta manera) siempre es un acto exploratorio, un hecho de indagación, creatividad y especulación. Los datos que se manejan y a los que se accede tienen que ver con tu interioridad en relación a la experiencia vital y a tu experiencia frente al fenómeno estético en todas sus formas. La escritura y sobre todo la lectura alimentan y construyen una perspectiva sobre la vida. En ese sentido el escritor necesita comprobación, feedback, “para asegurarse de que su perspectiva de la vida es verdadera y no un mero delirio” (Auden). Se tiende a pensar que el mejor lector es el que puede ejercer la crítica desde la distancia. Esta perspectiva sobre la lectura es extendida y en general respetamos la autoridad de una opinión en tanto es ejercida desde esta lejanía. Yo abandoné la carrera de literatura hastiado por esta forma de leer. La lectura, creo, es un acto fundamentalmente emocional. Se puede leer de diversas formas, pero los textos memorables son los que tienen un impacto en nosotros desde la identificación o que aportan a nuestra forma de construir y cuestionar la realidad. Paul Valery dice “solo leemos verdaderamente a fondo lo que leemos por motivos personales”. Leer los poemas de un amigo es tan personal como leer los poemas propios o los poemas de otros que elegimos como las arquitecturas desde las cuales edificamos nuestra comprensión y emocionalidad. Hace unos días Ignacio me contó que con su polola la Maca cuidan un mechón de pelo que dejaron bajo un terrón. En las mañanas lo saludan y está lleno de rocío. En la tarde lo visitan y le toman fotos. Cuando conocí a Ignacio inmediatamente nos pusimos a hablar en el mismo idioma: chino portugués, o arameo digital, algo así. Lo que me quedó claro era que podíamos comprobar que nuestro delirio era una percepción viable de realidad y que podíamos hablar en abstracto, tomando como única inteligencia deseable la intuición y como único valor estético trabajable la emocionalidad. Supongo que la intuición no es “la inteligencia” y que la emoción no es un valor estético en sí. Pero los conceptos del mundo son abiertos y los podemos ocupar como queramos. Para nosotros la única métrica posible era la emoción y la imagen una forma de depuración personal para llegar a ella. Hablo de nosotros porque llevamos años ayudándonos mutuamente a escribir nuestros poemas y hemos tenido largas conversaciones sobre lo que pensamos que es la poesía. Creo que siempre hemos hablado del poema como un acto de ternura hacia el mundo, y un gesto de humildad para recibir las imágenes que el mundo entrega. Recibir y entregar, entregar y recibir, son dos gestos fundamentales en el sistema de valores con que Ignacio, creo yo, se plantea el hecho de la escritura.  Si una de las mayores virtudes de su poesía es la delicadeza creo que tiene que ver con el hecho mismo de la percepción. Pound dice “los sentidos más delicados están protegidos, el ojo por el hueso de la órbita, etc.”. La delicadeza puede ser joyería de lenguaje, armar bien un tejido, lograr una colmena artificial. Pero creo que sobre todo se trata de una forma de percibir. Es aristocratizante la idea de Huidobro, por ejemplo, de que el poema crea realidad. Me parece más sensato pensar que la realidad es infinitamente más compleja y misteriosa y que exige una forma que interprete o capte su misterio. Ser una antena, componer y compartir esto que la realidad exige calladamente. Cuando Pound habla de la percepción se refiere a eso, dice “los artistas son la antena de la especie”. Hay varias formas, por supuesto, de dar cuenta, de presentar o componer los elementos de este misterio. No estoy hablando del misterio en un sentido místico o algo así. Si el poema se comporta de una manera desentrañable es porque da cuenta de una experiencia de mundo, de una exploración, una especulación, una manera de conocerse y conocer. Cuando con Ignacio conversamos sobre poesía lo hacemos de manera universalista, globalizada. Nunca discutimos la tradición chilena ni ninguna otra. Jamás ponernos a hacer ejercicios de métrica y desagradar al lenguaje de esa manera. Creo que, en esa forma de leer y experimentar la poesía, nace de manera natural el construir desde la imagen. El lenguaje modelado en su dimensión plástica: volver visible, buscar la forma que tienen las cosas sin forma. “Que lo dicho encarne aquello que indica” (Whitehead), sin ostentar virtuosismos ni estridencias, de manera silente, con ternura, con cuidado. Creo que esto es lo que más me conmueve de la poesía de Ignacio: sus poemas están construidos con una ternura que es consciente de que el poema es un ser vivo, una coreografía entre él (su respiración, su aliento) y el mundo. Por eso sus poemas están plagados de amuletos y magias homeopáticas y conjuros, en que las cosas adquieren nuevos sentidos o los sentidos más raros, más ocultos, más inusitados, son expuestos. Porque no sabemos qué son las cosas para nosotros hasta que las nombramos, hasta que indagamos en su forma. Ignacio va hacia la naturaleza de las cosas o intenta torcer su naturaleza y descubrir por ejemplo “los plumajes reconfortantes que posee el espíritu de un loro”. Pienso que cuando dice “esos terrenos deshabitados distorsionan mi realidad” se refiere al poema mismo, a ese ser vivo que cuida con ternura. Escribir se trata de dar a esos terrenos deshabitados una presencia que los habite. Así, vacíos, distorsionan la realidad personal. Habitados la llenan de sentidos. Pareciera que Ignacio entendió lo mismo que Kevin Power en su ensayo “La poética activa” donde dice: “el poema, como el hombre, es un llegar a ser; es el suceso de su presencia en el mundo”. Ahora el mundo tiene la presencia de estas criaturas, estos poemas con nombres de mujeres, tesoros encontrados por Ignacio para que podamos compartir entre nosotros el regalo de un alimento, como esos seres utópicos de Mandeville que se alimentaban exclusivamente del olor a santidad.

 

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Leer un adelanto del libro
https://www.chancacazo.cl/pdf/ignaciomardonesnally-lapeninsula.pdf




 

 

 

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