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Los monstruos no se han ido, al contrario, permanecen
Matanzas, de Francisco Morales. Editorial Narrativa Punto Aparte, 2019. 114 páginas. 

Por Francisco Marín Naritelli
Publicado en El Mostrador, 26 de septiembre de 2019



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El mundo no perece por los bandidos y los incendios, sino por el odio, la hostilidad,
y todas estas pequeñas rencillas”,

  Antón Chéjov.


“Sujeto proveniente de Matanzas, comuna de Navidad, VI región, y radicado en Chile hace diez años…”, se alcanza a leer en una de las páginas finales de Matanzas (Narrativa Punto Aparte, 2019), novela del escritor Francisco Morales (Santiago, 1992) construida fragmentariamente a partir de diversos relatos, testimonios, voces y extractos judiciales, que tienen como telón de fondo el balneario cuyo nombre da el título al libro, y donde los turistas viajan para practicar el surf. 

Margarita San Martín, Justino Aranda, Esteban Tagle, Andrés Robles, Armand Levallois, Lautaro Levallois, desfilan en un contexto donde hay más opacidad que claridad. Matanzas es el ficticio Derry de Stephen King, salvo que en el libro de Morales, Matanzas sí existe, y ocurren cosas perturbadoras en medio de aquella vida apacible, de pueblo costero. Aquí el terror es vívido, real, muy real. No es necesario convocar monstruos para que aparezcan sin más, en medio de lo cotidiano. Quizá afín a su historia tempestuosa. 

“Salvas de arcabuz consumaron el pretérito paraíso y un nuevo dios emergió moribundo en su cruz. Mundos ajenos conquistaron y radicaron en la totalidad de montes, vertientes y cielos. La zona fue conocida en la provincia entera por la faena de reses a gran escala; de allí su nombre, Matanzas” (pág. 25). 

“Obsequias un puro a Lautaro, es como si descubriese a los barbudos de los ´60 que urdían conspiraciones de bar, pero esto no es Managua ni Cuba sino Matanzas, y ese diálogo postrero creí que estaba bien, no soy del tipo de involucrarse sino más bien de extraviar caricias que eran como descansos o pausas embolsadas, que recogía o a veces soltaba en litorales altamente urbanizados y a la vez baldíos” (pág. 97). 

***

Lluvia de palabras: una habitación aséptica y mortuoria. Un sentimiento de opresión. Una celda. Diálogos, muchos diálogos entre el abogado querellante y el imputado o la imputada, entre el defensor público y estos. El sonido del mar estrellándose contra las rocas. La permanente niebla grisácea. La tranquilidad monástica de los habitantes. Un pasado que se pierde y se confunde. El pueblo del ostracismo.

También la muerte y el incendio de una iglesia. 

***

Hay un dejo mítico, misterio y aventura. Algo de Salgari, Conrad, Melville o H. P. Lovecraf. No se dejan entrever clausuras, un único sentido. Difícil pero estimulante tarea para un lector activo y ávido. 

***

El autor nos va entregando de a poco las piezas de un puzzle narrativo y policial. Vertiginosa va apareciendo la historia a medida que se deja leer, como las olas de mar rompiendo la arena, o el borboteo de espuma marina que producen los picorocos, en el cúmulo de intersecciones, convergencias, concatenaciones, a partir de los relatos de vivencias, sentimientos y acciones de los propios protagonistas.  

¿Qué tienen en común Margarita San Martín, Esteban Tagle y Andrés Robles? ¿Qué le ocurrió a este último, a propósito del extracto judicial que aparece al principio de la novela? ¿Qué rol desempeña el viejo bibliotecario rural? ¿Quién es, en definitiva, el enigmático Armand Levallois y cómo murió?

Personajes que se encuentran y desencadenan lo desconocido. Personajes vacíos en el devenir, en el declive o el torcimiento de una existencia. 

“Pienso: no fueron comunes las circunstancias en que encontré a Esteban Tagle y Margarita San Martín, personas con las que decidí compartir mis días en el pueblo. No conocía este lugar en absoluto, podría considerarse obra del más auténtico azar el que haya dado con él. Mi infancia en el estuario de Perth introdujo surf y voces australianas en mi castellano, y desde entonces procuré una vida que delimitara con los mares” (pág. 49). 

“La muerte, la privación de su goce me aturdió. En los rostros suplicantes, agónicos, altivos y resignados de los desgraciados que ardían en carne volátil encontraba un recóndito deleite. Me sentía vivo, situado de forma absoluta” (pág. 70). 

“Sugerí un acto de inspiración nórdica y finalmente la iglesia y sus ídolos de yeso arderán. Es la forma que más nos complace para renunciar a la vida que llevamos” (pág. 90). 

“Mas morir no es tragedia en un mundo donde todo es uno” (pág. 100). 

***

Hay verosimilitud en la disposición de los elementos. Las descripciones, los documentos del archivo judicial de San Antonio, sumado a un lenguaje seco, sintético, que prescinde de explicaciones innecesarias, nos remiten a un imaginario ominoso, en medio de la sordidez y el curso de los acontecimientos. Breve, así debe ser. Porque lo monstruoso se atisba desde la puerta entreabierta, pero solo un pequeño resplandor, lo justo y necesario para evitar la parálisis total, el desborde, el caos. Punto. 



 

 

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Matanzas, de Francisco Morales.
Editorial Narrativa Punto Aparte, 2019. 114 páginas. 
Por Francisco Marín Naritelli
Publicado en El Mostrador, 26 de septiembre de 2019