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«Matanzas», de Francisco Morales
Editorial: Narrativa Punto Aparte, Santiago, 2019, 120 páginas

Por Marcela Küpfer
Publicado en https://lajugueramagazine.cl/ 13 de junio de 2019


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En la pequeña localidad de Matanzas, ubicada en la comuna de Navidad, Región de O’Higgins, conviven dos almas. Por una parte, subsisten las actividades tradicionales del pueblo, desde la agricultura que emerge en sus ricas tierras hasta la pesca y la recolección de algas que se da en la orilla. Y por otra, desde un tiempo a esta parte sus grises playas se han convertido en un atractivo paraje para surfistas, cuya inusual presencia vino acompañada de hoteles boutique que emergen entre las dunas y una numerosa presencia de extranjeros.

Este singular escenario es el que elige Francisco Morales para ambientar su primera novela, Matanzas, el nuevo libro que Narrativa Punto Aparte suma a su catálogo.

En la novela, tres surfistas que han recorrido el mundo tras las olas juntan sus caminos en Matanzas. Cada uno carga una historia y una búsqueda, un vacío existencial que intentarán resolver en este nostálgico paraje. Allí, conviven con los habitantes del pueblo: los rudos pescadores de la caleta, pletóricos de anécdotas salvajes; un solitario bibliotecario, que guarda los oscuros secretos de Levallois, un ex miembro de la Legión Extranjera que extravió su destino en Matanzas; y el hijo de éste, Arturo, devenido en una especia de ermitaño predicador.

Bajo el arrullo de las olas, un crimen inesperado se gesta en Matanzas; a partir de extractos judiciales, informes médicos y testimonios, la novela intenta reconstruir las motivaciones de este acto tan radical como desesperado.

El autor Francisco Morales, escritor y recientemente egresado de la carrera de Derecho, tiene una estrecha relación con la localidad y por ello decidió ambientar ésta, su primera novela, en Matanzas. “Podría afirmarse que casi nací en la comuna de Navidad, de la que Matanzas es parte”, explica el autor. “Mis padres se conocieron en los ‘80 en la bahía de La Vega de Pupuya, frente al Islote Pupuya, habitado por pingüinos y lobos marinos. Mi padre tuvo una especie de crisis mística en su época universitaria y lo abandonó todo para irse a vivir a una localidad llamada El Chorrillo, que ni siquiera figura en los mapas. Allí fue campesino y buzo. Mi madre solía ir a vacacionar al pueblo y ese hombre rana de alguna forma llamó su atención. Desde que tengo memoria todas mis vacaciones han transcurrido en la zona. Y si bien la narración tiene lugar mayormente en Matanzas, siempre consideré a la línea costera de Navidad como una especie de gran pueblo desperdigado que inicia en La Boca y termina en Puertecillo. Pero Matanzas en particular experimentó un cambio inmenso en los últimos 10, 15 años. El pueblo de hoy nada tiene que ver con el de mi infancia, que recuerdo tan folclórico como los demás en Navidad, por lo que consideré interesante que los hechos se desarrollaran en un lugar en transición, que media aún entre lo castizo y lo boutique”, agrega.

¿Qué objetivos buscas con la novela?
Tal vez mis lecturas adolescentes de filósofos archiconocidos dejaron hasta hoy algunas preguntas, del tipo: qué es el bien, qué es la justicia, de qué forma pueden justificarse, etcétera. Y ellas, que parecen tan nimias y evidentes, en realidad son cuestiones casi nunca debatidas por prácticamente ninguno de los estamentos de la sociedad: lo característico de nuestros tiempos tal vez sea una suerte de consenso moral y económico, que es la democracia liberal capitalista, en la que todos los partidos políticos y corrientes de opinión son casi gradientes de una misma recta. No hago una valoración de este fenómeno, pero sí me parece peculiar. Un grupo de surfistas, hijos venturosos de su época, que decidieran cuestionar con cierto radicalismo valores asentados como la vida o la libertad, me pareció algo seductor.

¿Por qué eliges distintos tipos de discurso (texto legal, literatura, guion) para desarrollar la trama?
Siento que cada tipo de discurso, e incluso iría más allá, que cada tipo de sostén visual del mensaje, con la enorme diversidad de tipografías, texturas, isotipos, impresiones y acabados con que la técnica moderna puede revestirles, precisan de una interpretación peculiar para cada lector, el que las conjugará con sus propias cosmovisiones e historias de vida. Esto es una herramienta creativa poderosísima que no ha sido del todo explotada por la literatura, a diferencia del cine o los videojuegos, y por supuesto de la publicidad. Desconozco por qué empeños como el de Marinetti, padre del futurismo y entre otras cosas, uno de los precursores del diseño gráfico moderno, no tuvo mayores alcances hasta la actualidad (quiero decir, que la visualidad sea una herramienta más en la creación literaria, una más estandarizada). En el caso de los textos legales, por una cuestión de formación profesional, durante años debí estudiar archivos judiciales, carpetas investigativas, escrituras públicas, en fin, textos de toda índole, los que siempre me transmitían cosas que iban más allá de lo jurídico. La disposición de tal logotipo, su opacidad, por ejemplo, o el desgaste de un archivo antiquísimo y además fotocopiado, las tipografías de las computadoras de los ‘90s adjuntas con anotaciones a mano alzada de cualquier incidente, eran casi narraciones por sí mismas, al margen de la sentencia o querella que sostenían, lo que me hacía pensar que podían ser instrumentos aptos para vertebrar historias de cierta envergadura.  

¿Tienes referentes en la literatura chilena actual? ¿Cuáles son tus lecturas/autores esenciales?
No sé a qué o a quién denominar como referente, menos aún si hablamos de literatura, pero de lo que se hace en Chile, me atrae con entusiasmo casi excluyente la obra de Matías Celedón. Me gusta pensar que compartimos un cierto anhelo por expandir formas tradicionales de la narrativa. En repensar sus estructuras, grafías, símbolos. Curiosamente, descubrí a Celedón y “La Filial”, de una propuesta gráfica similar en algún sentido a la de “Matanzas”, hace muy poco tiempo y por casualidad en una librería de segunda mano de San Diego (supongo que cerca de donde él adquirió sus timbres). Y allí está también Alejandro Zambra, cuyo “Facsímil” consideré genial y asentó en mí criterios que la crítica no compartió, o Juan Emar, escapando de los contemporáneos. Escritores chilenos que también me atrajeron son Rodrigo Lira y Pedro Lemebel. Las influencias extranjeras son múltiples, y van desde el binomio Borges-Bioy, Julio Cortázar, de quien pienso fue el más dotado narrador en castellano del siglo XX, Carlos Fuentes y Álvaro Menén Desleal, el “Diccionario de lugares comunes” de Gustave Flaubert o “La vida instrucciones de uso” de Georges Perec.  

 

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Francisco Morales (Santiago, 1992) fue alumno del taller literario del escritor Yuri Pérez, donde se gestó su primera novela. Actualmente, es coordinador de talleres en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) y acaba de terminar sus estudios de abogacía.



 

 

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