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CIAN
Poemario de Fernando Ortega
Presentación en Valparaíso, viernes 23 de noviembre de 2012

Por Felipe Moncada

 

 

 

 

 

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La presentación de este libro, tiene como inicio un encuentro casual con el autor, en una caminata por el borde costero, exactamente en la caleta El Membrillo. ¿Y qué importa eso?- pensará el lector, a lo que yo podría replicar ¿no hay acaso algo de azar también, en la presencia de ustedes esta noche acá, y en general, en cualquier cruce de destinos? Y pongo una segunda pregunta en el aire: ¿la suma de todos los instantes que preceden a este no determinan, acaso, la situación que estamos representando? Pienso en estos conceptos de probabilidades, en la fragilidad de los destinos, ya que estamos presentando un libro relacionado con ideas matemáticas, o, por lo menos, me gustaría proponerlo como primera suposición.

No es una anécdota sin importancia que el poeta, en este caso, venga del mundo de la ingeniería, ya que es larga la coquetería del lenguaje matemático con la poesía. Recordemos, por ejemplo, que las Áreas Verdes de Zurita son variaciones de proposiciones al estilo de los teoremas algebraicos, los que se escriben con la máxima síntesis a la espera de su demostración. Anteriormente, tenemos en Juan Luis Martínez alusiones a la geometría no euclideana y el tono propositivo de algunos teoremas, y aquí, podríamos nublarnos en la búsqueda de autores y escuelas que han buscado relacionar el lenguaje poético con las matemáticas; ahí están los franceses del grupo experimental OULIPO aplicando la teoría de permutaciones al soneto; Borges con sus juegos de infinito y conjuntos de Cantor; Lewis Caroll y sus diálogos de Alicia impregnados de lógica; José Etchegaray; Poincaré; Pascal; y si seguimos escarbando, llegaremos al mismísimo Pitágoras del cual quedaron sus titulados Versos de Oro, pero de oro geométrico, o más precisamente armónico. Pues, son justamente la armonía, la precisión y la economía de símbolos -para decir la mayor cantidad de cosas en el espacio más reducido-, las cualidades de una buena ecuación, y para muchos también, de un buen poema.

¿Y en qué podríamos notar la presencia del lenguaje matemático en este CIAN? Me atrevería a decir que en su apuesta por la economía de elementos, en la precisión y en ese pragmatismo que impregna a los ingenieros cuando salen de la universidad y vagan por el mundo del canibalismo laboral con su currículum bajo el brazo, prometiendo la máxima de las eficiencias. Pero ahí se interroga Ortega, por el desdén de su jefe hacia su poética, y de ese choque de mundos; entre una realidad definida por los medios de producción y una irrealidad que palpan los sentidos; es que a mi parecer asume una especie de perplejidad el hablante, la que le hace mirar con duda los objetos, las representaciones de los objetos, y las descripciones de situaciones. Así en el poema que abre el libro, Ortega se pregunta por la posibilidad de hablar de algo sin conocerlo, ser una especie de animal especulativo, lejano del empirismo baconiano; conocer la nieve sólo por su abstracción, un cuadrado blanco, como la ausencia total de colores en un mundo que se describe fragmentariamente en el resto del libro.

La óptica también aparece en este poemario, encriptada como una especie de archivo oculto. Dice la teoría electromagnética, que la luz blanca es la superposición de todas las longitudes de onda visibles, es decir, de todos los colores, pero en el poema Tarot, la suma de todas las cartas-tonalidades puede resultar el destino en blanco, cuando es barajado a sólo dos lucas por un punki -presumiblemente en la calle- donde el sujeto, siente la angustia de ser un arcano menor entre una multitud de naipes burlándose de los significados. Dije sujeto, pero podría haber dicho hablante, o algo similar, de la voz que presenta Ortega en este libro, voz que muchas veces interroga, afirma, o se debate entre concepciones paradojales del mundo, concebido como todo aquello que está entre la calle y el papel.

Al parecer, este hablante está lleno de certezas racionales, prefabricadas, que lo incomodan, por eso ante la perplejidad opta por el escepticismo, esa vieja manía de poner a prueba las verdades, de enfrentarse a cualquier fenómeno con una lupa y una regla, no vaya a ser que nos tomen por cándidos, y en un par de minutos nos encontremos sin billetera. El escepticismo, que nace de la mano del pensamiento científico y que de tanta utilidad fue en su momento para romper con la especulación pura y el teísmo, y que luego se traspasa a la filosofía y la poesía. Esa tradición de duda impregna toda la sustancia del poemario; pues si un caballo duerme en el barro del poema, de su vientre una cámara digital decolora el paisaje; o si una niña masca una manzana, pronto nos enteramos que es una adolescente del animé, como si siempre la realidad virtual estuviera amenazando nuestras concepciones de lo que debe ser un relato. En fin, este CIAN que impregna la vista con su desnudez de tono puro, duda en todo momento de lo que percibe, y da la impresión que se pone como tarea, hacer dudar al lector también de su lectura.

Resumamos en versión libre lo que tenemos hasta el momento: Ortega, en la encarnación de eso que llamamos un poeta joven, habla de la nieve con un chino, en algún lugar de un rectángulo blanco; oye un río en el papel y se pregunta si pensar sirve de algo. Luego camina por algún lugar del cuadrado y se encuentra con un punki que le saca la suerte con naipes, pero las cartas son pixeles, y el blanco del futuro pasa a la saturación de la ceguera.

En este punto, como presentador, inevitablemente debo buscar algunas pistas sobre el título del libro. Y es que dentro de las tantas teorías de los colores -cuentan que hasta Goethe se fabricó una a su medida-, la de la cuatricromía nos informa que todos los colores del espectro se pueden formar a partir del negro, el magenta, el amarillo, y por supuesto el CIAN. Fernando nos propone la saturación total, donde el único referente es ese color que actúa como una especie de zumbido en la percepción. Habría que preguntarle al autor por el simbolismo de su elección, pero más allá de eso, el hecho de elegir un solo tono nos predispone a que la voz que se dirija a nosotros, tendrá la parcialidad de alguien que conoce la imposibilidad de abarcar todos los tonos de la realidad; a no ser, que el autor piense hacer una tetralogía o cuatricromía en este caso, como esos proyectos escriturales que se planifican desde su infancia como obras monumentales y que se entregan por capítulos, con anuncios y amenazas de nuevas trilogías y monumentos. Por favor, Fernando -que Ford no lo ponga en la línea de producción de la poesía, concebida como un set de guías telefónicas; se agradece por lo mismo la brevedad y la falta de ampulosidad de este CIAN.

Finalmente, vemos caminar a Ortega por el papel, despedirse con un gesto de su poeta oriental, acercarse a los bordes del rectángulo nevado y observar que el pasto es verde. ¿De qué color es el pasto? Verde. ¿Hay acaso un color desconocido detrás de ese verde?, duda; el atardecer campestre le parece bien, pero debe tener magenta, además, es indispensable; con el amarillo haremos un sol de utilería; con el papel que envuelve los objetos de la mudanza haremos un poema aleatorio; un topo afilará una cónica en su laboratorio bajo tierra, y todos los colores tendrán la ceguera del blanco. ¿Y cuándo ocurrirá todo esto? Cuando el lector proyecte, como contraste del parco lenguaje del libro, el caudal de imágenes posibles para la fantasía.



 

 

 

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