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Sobre «Primera Trenza», de Felipe Poblete Rivera

Por Jorge Luis Navarro H.



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Esta Primera Trenza, primeros tres poemas de una serie que no sabemos si sigue creciendo como las uñas tras la muerte, o nace justamente debido al corte que le da la tijera más afilada del hogar. Tres poemas que se comunican de manera interior a través de los colores predominantes en las imágenes que transcurren: la tarde en sus diferentes etapas y su constante transición de tonos que van desde el amarillo hasta llegar al negro.  

Las hojas amarillas son el triunfo ¿sin gloria? volando tras el roce del aire en un parque. La victoria está ahí en el color amarillo, al alcance de todos quienes transitan ciegos por la avenida. “Ahora solo perduran las formas amarillas/ y sólo puedo ver para ver pesadillas” escribió Borges en relación a este color, el cual dicen fue el último que vio hasta perder la ciudad dentro de sus ojos. La importancia del Amarillo en la poesía está lejos de generar acuerdos y es posible que se generen algunas suspicacias por los defensores del Azul, y los repositorios académicos se alimenten de esta disputa, cuya discusión teórica está lejos de esta presentación.

Tres poemas escritos en tres años distintos: 2009, 2012, y 2014. Publicado en 2017 y presentado recién este 2019. Diez años en total que engloban este camino desde la tarde en que el poema atraviesa el pecho del autor hasta que queda a disposición de otros lectores el día de hoy. Diez años atravesados por terremotos, incendios, mudanzas, rupturas, tránsitos de una ciudad a otra que no hacen más que trasformar a quien escribe en un completo extranjero en medio de palabras que algún día construyó. 

¿Qué poeta está dispuesto a abrir sus cuadernos y recorrer sus hojas hasta llegar diez años atrás? Esta muestra brevísima pero significativa puede ser leída como esa valentía de abrir episodios como si se abrieran las heridas que nos albergaron. El trazo que emiten cada uno de los textos es distinto porque el poeta es otro en cada poema, la velocidad con la que se mueven sus palabras son ajenas al paso del reloj y transitan ya en un plano donde no es suficiente soplar para calmar el ardor de las costras que vuelven a crecer. ¿Qué une esta aparente lejanía de tres poemas escritos en momentos y lugares disímiles? 10 años de diferencia pueden perfectamente caber en un fin de semana: la tranquilidad de un parque y las disculpas que dan paso al perdón mientras avanza la tarde; luego la carne que protege la sangre que avanza por los ríos interiores mientras el cielo y la ciudad arde; finalmente el olvido mientras el día llega a su fin y la noche se abalanza sobre nosotros como la boca del lobo asecha a su víctima en medio ¿justo al medio? del silencio.

El poema más extenso de la serie transcurre entre los muros de una habitación invadida por zancudos, una tarde de verano en una ciudad cuyo puerto está sitiada por la nostalgia y donde la carne es el único refugio posible. Afuera, conteiners que uno sobre otro crean un muro metálico que no permiten ver el mar, cuyas grúas van moviendo las piezas mientras cada verano sus engranajes se oxidan un poco más.  “El sol incendia el puerto/ atrás queda el día” comienza el poema que puede resumir de mejor manera el término de aquellas extensas tardes de desnudez, calor, sexo, y donde se sienten entrar por la ventana y sobrevolar cerca de nuestros oídos las disculpas en el aturdimiento y languidez en medio del spleen de Playa Ancha. Estos poemas pueden ser usados como un instrumento contra los zancudos que asechan: la melancolía rápidamente debe ser aplastada con esta plaquet: liviana y efectiva ante los molestos zumbidos de la memoria. Se escribe para olvidar. Se escriben libros para ser olvidados por el mismo autor, y le traspasa esta responsabilidad al lector, como cierta Advertencia que deja Spinetta al comienzo de su libro Guitarra Negra:  propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea.

Se publica para quemar los archivos internos que no son capaces de alimentar la historia oficial, los hechos que construyen los acervos en estanterías perfectamente catalogables. 10 años en la memoria íntima de un poeta pueden entrar en tres poemas, no cubren más que estanterías internas unidas por el sol intenso del mediodía, para ver pasar la tarde, luego el atardecer y llegar a su fin una noche como hoy a unas cuadras de las luces del puerto, esperando estar lo suficientemente lejos de los zancudos.


Valparaíso, Junio 2019.

 

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Uno de los poemas de la publicación “Primera Trenza” de Felipe Poblete.

 

Enredarse (2014)

Perdería la sombra y el nombre adentro:
en tu vientre. Palpo tu libertad, ciego
aguardando el azúcar tuya, emplumada
criolla, ventana partida ¡tan lúcida!
Has recién vuelto a casa, con las piedras
de mis zapatos, los de color café
café que bebo solo bebo callado
debajo de tu cama con un abismo
estoy yo muerto. Me perdería a nado
por tu vientre por tu cuerpo, tú supones
partido encima, mientras pongo, muy lento
mi azúcar sobre tu puerta y tú supones
que la sombra no es el nombre, pero la noche
sería la perdida ¡la casa toda!
Gracia de esta noche, de la menta ausente
callada como una piedra o como un grito
de la mano de la noche, tú supones
y no te equivocas, que camino, bien solo
con olor a café en los labios, calientes
las mejillas y recién he vuelto a casa
ya es de noche ¿ya no es hoy día? Mañana
seguirás tatuando muy lento palabras
a mi cuerpo debajo de tu ventana:
entre la sombra y el nombre cuando al fin
el viento esparza el azúcar como el polen.

 

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