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Gonzalo Drago: los trazos del alma popular


Por Felipe Reyes F.
Revista Erosión N°6, año IV, 2016

 

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Drago remece el árbol de sus recuerdos
y desde él caen y ruedan por sus
páginas las historias de los humildes,
con su miserable alegría, con su dolor
y su fatalismo

Luis DURAND

Hasta sus últimos días se le vio en las veladas de la Sociedad de Escritores de Chile, empujando con dignidad sus ochentaintos años, reconociéndose como un “empleado público jubilado con magra pensión”, o arrimándose a la mesa de Jorge e Iván Teillier, Rolando Cárdenas y compañía en el bar La Unión, de la calle Nueva York 11, lugar de encuentro de Los vagabundos de la nada, contando que tenía terminada una nueva novela que daba cuenta de las frustraciones, miedos, miserias y dolores vividos durante los años de dictadura y a la que había titulado Tiempo de adorar (y que aún permanece inédita). Luego dejó de aparecer por el bar y la SECH o cualquier otra reunión de escritores, y se recluyó en su casa cercana a la plaza Egaña, en Ñuñoa. Pronto se supo la triste noticia: Gonzalo Drago falleció en Santiago el 24 de junio de 1994, a los 88 años de edad. En las páginas de la revista Mensaje, el escritor y crítico Antonio Avaria señaló: “ha muerto un escritor sarcástico y desengañado, cazurro, quitado de bulla, conocedor como pocos de la vida proletaria chilena, en la mina, en el campo...” Unos días después, el diario La Nación publicó una desalentadora nota en la que se lee: “a su entierro asistieron unos pocos amigos de su generación. Se pronunciaron los discursos del caso y parece que ahora viene —tal vez— el olvido”. Y anticipándose a nuestros días, agrega: “el nombre del escritor Gonzalo Drago le dice poco a los jóvenes...”

Gonzalo Drago Gac fue uno de esos escritores chilenos forjados en la lucha por la vida, tributario la experiencia, con más intuición y buen oído literario que estudios formales, y que asumió la literatura no como un pasatiempo de “diletante”, sino como una forma de vida, como el arte de la renuncia permanente colmada de dolores y desgarros interiores del esfuerzo silencioso y la perseverancia a toda prueba. El propio Drago señalaba que “el escritor no es sino un intérprete de la vida, de su propio yo interior, que ejecuta fielmente el mandato de su ser más íntimo. Y la vocación no es sino la obediencia a ese imperativo que lo obliga a realizar la obra literaria, a despecho de sí mismo y de los demás. Naturalmente, no basta tener la vocación para llevar a cabo una obra literaria. Se necesita, además, una constancia y una fe en sí mismo puesta a prueba de todos los infortunios (...). Ni la pobreza, amarguras o incomprensiones que casi siempre rodean al escritor, logra hacerlo desistir de su intento de dar vida a lo que bulle en su interior”. Y esa batalla interior lo sitúa en un particular momento literario en el que inevitablemente quedará vinculado a la llamada Generación de 1938: ese grupo de escritores que sin remilgos izaron la bandera de las reivindicaciones de la clase trabajadora y las aspiraciones de los sectores medios, logrando describir en sus obras la problemática social y política de su tiempo, sus miserias y dolores, y la constante lucha del hombre contra la naturaleza.

En una de sus últimas entrevistas, concedida al escritor Ramón Díaz Eterovic, Drago se refirió al origen de su generación, a esos creadores en los que predominó la voluntad de hacer de la forma un instrumento al servicio de la expresión de una realidad, un intento de superar la subjetividad en beneficio de una elaboración poética de un mundo social hasta entonces suprimido o falsificado: “Todos los escritores de mi generación nos formamos solos. Cada uno fue autodidacta. Creo que toda la Generación del 38, y posiblemente la que le siguió, se formó sola, intercambiando ideas y apoyándose en la lectura de los libros. Éramos grandes lectores de la literatura rusa y de algunos autores franceses. En general, los escritores de ese tiempo comenzamos a publicar con el advenimiento del Frente Popular, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda. De ahí nació la Generación del 38, que yo considero de lo más valiosa y numerosa. Nunca nos planteamos un postulado, sino que fue algo espontáneo. La Generación había sufrido desde el año 30 en adelante, por persecuciones políticas o gremiales. Yo fui expulsado de la Braden Cooper. Por eso escribí Cobre. Francisco Coloane había visto muchas injusticias en el sur del país, entonces ya tenía su tema. En el extremo norte estaba Andrés Sabella viendo la injusticia en la pampa salitrera. Espontáneamente denunciamos las injusticias que estaban ocurriendo en esa época”.

Gonzalo Drago nació en San Fernando festivo 31 de diciembre de 1906. Su padre, Marcial Drago, un trabajador errante, un “buscavidas” de oficios varios, “huaso, manso como un buey o atrevido como un puma, sentimental como un sauce o risco como un espino”, arrastró a su familia por pueblos y ciudades donde le ofrecieran un empleo. El viejo agarraba las pilchas, cargaba la carreta... “y nos fuimos”; situación que le impidió al niño Gonzalo finalizar una interrumpida etapa escolar para graduarse como un total autodidacta. Su obra de honda raigambre popular, es la extensión de las propias vivencias, la observación y la sensibilidad de un hombre que conoció de cerca los más variados ambientes y personajes, y que se desempeñó en múltiples oficios: Empleado de la aduana de Arica, en el Ferrocarril Trasandino, en los minerales de Sewell en Rancagua —como oficinista de la trasnacional Braden Cooper— y finalmente como funcionario de la Tesorería General de la República. Pero también fue un lector permanente, atento, crítico. Durante todos esos años, Gonzalo Drago llegaba puntual a cumplir su jornada laboral, siempre acompañado de algún libro bajo el brazo sobre los más diversos temas, así absorbió sin respiro las obras nacionales del momento y los clásicos de la literatura universal.

A fines de la agitada década del veinte, con veintidós años de edad, Drago se instala en Rancagua, ciudad emergente que por entonces contaba con algo más de treinta mil habitantes. Pronto, el joven Gonzalo se enteró de la biblioteca pública Dr. Eduardo De Geyter, de la avenida Cachapoal N° 90, hasta donde se dirigió contemplando los modernos tranvías eléctricos de la calle Estado en busca de nuevos volúmenes para devorar en su firme decisión de convertirse en escritor. Una vez ahí, queda impresionado con el singular bibliotecario: un hombre “de mirada apacible y lentas actitudes, delgado, pulcro en el vestir, cuidadosamente peinado” —anotará Drago—, un voraz lector de una memoria incuestionable, y con el que trenzaría una amistad para toda la vida, su nombre: Óscar Castro. Drago recordaba así aquel encuentro: “Óscar era un gran lector, tenía unos años menos que yo y tenía la gran ventaja de trabajar en una biblioteca. Había leído mucho y su vida era más bien sedentaria. Nos hicimos amigos y Óscar me recomendaba libros. "Tuvo ese bonito gesto que siempre se lo agradecí: el encausarme en la buena literatura”. Entonces, comenzaba a germinar la semilla del escritor y Drago comienza a leer sin descanso a los rusos; a Flaubert, Zola y Balzac; a Cervantes, Bécquer y Baroja; a Rubén Darío, pero también a Blest Gana, Orrego Luco, Baldomero Lillo y D'Halmar “con verdadera hambre”, anotará años después, “descubriendo un mundo inédito, fascinante, torturado, místico, fantástico, dionisiaco o diabólico entre las páginas de un libro”.

Aquella amistad marcaría el rumbo definitivo de su vida. Junto al préstamo de libros, las lecturas y el diálogo, Drago se incorpora como miembro fundador del naciente grupo Los Inútiles, cofradía literaria que surge a partir de la disolución del Círculo de Periodistas de Rancagua, y en la que el novicio escritor urdirá junto a Castro y a César Sánchez, Óscar Vila, Gustavo Martínez, Félix Miranda, Gustavo Vithar y el peruano Luis A. Fernández, la realización de actividades literarias abiertas a la comunidad rancagüina. Así fue como el 15 de diciembre de 1934 se dieron cita en el Bodegón del Tío Cuadra, conocido tugurio de la ciudad, todos sus miembros para dar inicio a la primera reunión. Sobre el singular nombre del grupo, Drago relataba que surgió de “una discusión larga, que duró varias horas. Se propusieron varios nombres. Hasta que Luis Fernández, que como muchos peruanos era muy efusivo y verboso, dijo un pequeño discurso: “Si en esta ciudad minera todo se vuelve plata, dinero, y no hay espacio para la cultura, quiere decir que toda nuestra labor va a ser inútil”. Entonces, alguien, creo que Óscar Vila, dijo: “Que se llame Los Inútiles. Y fue un acierto”. Una vez en marcha, Drago presentará las credenciales de su irónica sociedad:

Los Inútiles —pese a torcidas interpretaciones— no han estado jamás por encima, en una torre de marfil, ni al margen de la ciudad, sino en medio de ella.

Declaración de principios en la que pareciera enviarles un mensajes a los para entonces extintos grupo de Los Diez (la creación y difusión literaria y artística “en una torre de marfil”) y a la Colonia tolstoyana (cultivar la tierra, el arte y la literatura “al margen de la ciudad”). Ellos, en cambio, promovían la acción concreta junto a la comunidad regional: organizaron la primera Semana del Libro y comenzaron a producir la Revista Oral, la única revista radial de Chile con programación cultural que transmitió Radio Rancagua por dos años consecutivos, además de la creación de la revista Nada: en defensa del espíritu, dirigida por Óscar Castro, a la que luego se sumaría Actitud, la publicación más representativa del grupo, impresa a mimeógrafo en un taller casero y que alcanzó los 10 números. Pronto, romperían el cerco del centralismo y formarían su propia editorial, Talamí, en la que difundieron el trabajo de algunos de sus integrantes como Óscar Castro, Raúl González Labbé, Félix Miranda y el propio Drago.

Junto a las acciones desplegadas como miembro de Los Inútiles, comienza a colaborar en el diario La Semana con crónicas y algunos de sus primeros poemas firmados como “Alsino” (nombre del personaje de la novela homónima de Pedro Prado, ese joven campesino introvertido, reflexivo y soñador que añora volar y dedicará toda su vida a tratar de lograrlo) y otros tantos como “Ateneo”. Drago recordaba así sus inicios en la prensa: “Mis primeras producciones no me atreví a llevarlas personalmente al director de La Semana y se las enviaba por correo. Después, con la confianza que me inspiraron la publicación de algunos poemas, me atreví a llegar hasta la oficina del periódico en donde recibí la cordial acogida personal de don Miguel González, director y propietario”; colaboraciones que no abandonaría a lo largo de su vida.

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La década del treinta sería de gran actividad periodística: colaboró también en el diario El Rancagüino, para más tarde convertirse en cronista estable con sus columnas Antena semanal y Los libros; paralelamente publicaba también en otros periódicos regionales como La Voz de Colchagua, La Región y El Cóndor. Hasta que en 1941 publica Cobre, su primer libro, un volumen de diecisiete cuentos reunidos luego de su despido de la minera Braden Cooper Co. en la que, desde un puesto de burócrata, irá registrando en hojas con membrete de la compañía, al reverso de memorandos y circulares las ideas que iban apareciendo durante la jornada diaria. Luego, en libretas y en cuadernos de colegial fue ordenando las historias relatadas por los trabajadores, las pellejerías y frustraciones, la cotidianidad de la ruda vida minera y las injusticias cometidas por los jefes gringos, como su propia destitución, hecho que no pasará por alto y denunciará en la singular dedicatoria incluida en el libro, dirigida a sus antiguos patrones:

A mis ex camaradas de la Branden Cooper Co. Y a los expulsados arbitrariamente por la tiranía yanqui o por la soberbia incontrolada de algunos jefes criollos.

Cobre retoma la ruta trazada por Baldomero Lillo en sus relatos sobre los miserables e inseguros yacimientos de carbón de Lota y Coronel a fines del siglo XIX, pero Drago no repite una fórmula, pues elabora su propia idea narrativa con un perspectivismo emotivo y dinámico que testimonia que, a pesar de los años transcurridos, las precarias condiciones laborales y las demandas de los trabajadores seguían siendo las mismas. Si en Las uvas de la ira (1939), John Steinbeck narra el desplazamiento de los obreros agrícolas norteamericanos que deben trasladarse en buscan de un trabajo para alimentarse y pagar un humilde lugar donde vivir; en los relatos contenidos en Cobre, Drago utilizará como materia prima las historias de los trabajadores nacionales que se instalaron en lo alto de la cordillera de la sexta región: en 1906 inicia sus operaciones la ciudadela minera de Sewell, “la ciudad de las escaleras”, la que poco a poco se fue poblando por hombres, mujeres y niños que fueron atraídos por un oficio mejor remunerado que las faenas agrícolas de la zona, pero que reproducía sin piedad la estructura de clases del capitalismo: los cómodos chalets de los ingenieros gringos, “con su club, su piscina y todas sus comodidades”, donde “los nativos” tenían prohibición de entrar. A continuación los amplios departamentos para técnicos y jefes de sección, y al final, los minúsculos bloques de dos habitaciones para los mineros casados, en los que ondeaban los trapos lavados a mano por el frío viento cordillerano mientras eran esquivados por los abrigados niños que correteaban entre la nieve acumulada en los estrechos pasillos y las escaleras con baranda. Después, los espacios comunes con “la mole de camarotes para empleados” solteros, con las paredes decoradas con “grabados de mujeres desnudas y el piso aparecía cubierto de colillas de cigarrillos baratos”, una atmósfera “impregnada de un fuerte olor a alcohol”. Ahí, en esas pobres instalaciones, poseído por la desilusión, Seguel, uno de los personajes del cuento Zona seca, denuncia la desigualdad frente a sus patrones: “Ellos viven en el lujo. Nosotros vivimos en la mugre. Ellos ganan cientos de dólares; nosotros ganamos lo indispensable para no reventar”. Una mini ciudad con sus propias leyes de convivencia que era regulada por el Departamento de Bienestar Social, que velaba por el orden general y el respeto a la Ley Seca. Una “armonía comunitaria” que se veía interrumpida por los conflictos laborales originados por los movimientos sindicales y las huelgas o por los graves accidentes y tragedias.

El libro fue elogiado ampliamente por el crítico Ricardo Latcham, quien lo destacó como una mirada honesta y profunda al sufrido mundo minero, a la lucha del hombre contra los elementos y al desencanto del trabajador de la mina por las injusticias y abusos de sus patrones. En su página de El Mercurio, Latcham anotó: “No se trata, pues, de una obra de arte puro sino, además, de un libro vindicador, de una denuncia contra los abusos que algunos poderosos cometen con los indefensos caídos bajo su órbita”.

Dos años después, Drago reúne el trabajo de varios años y publica el poemario Flauta de caña en la editorial Talamí con un prólogo de su querido amigo Óscar Castro, quien anota: “Es digno de observarse cómo las nuevas generaciones retornan a la tierra y al hombre. Anduvieron perdidos los poetas, jugando a las palabras, irisándolas en combinaciones o pinceladas de cuadro inorgánico. El caos, ahora, se aclara y adquiere consistencia”. Y tres años después ve la luz Una casa junto al río, un puñado de cuentos breves y una novela corta que da nombre al libro, y que solo confirmaba que su camino como escritor ya estaba trazado, los temas y personajes que ocupaban su atención y sensibilidad en esas historias en las que predomina “la felicidad del ser humano humilde, el amor resignado”, que sobrevive “haciendo frente alegremente a los reveses de la pobreza”; Drago describe su mundo y sus emociones, pero también denuncia la marginalidad, la explotación y las precarias condiciones de vida de sus personajes, a la vez que da cuenta de la indiferencia social de la época hacia los excluidos.

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En 1951, Gonzalo Drago ya se ha instalado en Santiago y ha tomado un puesto de burócrata en la Tesorería General de la República, mientras la oficialidad literaria nacional trata de sacudirse la vergilenza de entregarle el Premio Nacional de Literatura a Gabriela Mistral seis años después de otorgado el Premio Nobel. Y no pocos lamentan la “huerfanía” inminente con la noticia del último número de la revista Babel (la número 60), anunciado para diciembre de ese año. En el ámbito editorial, entre sus numerosas publicaciones, Nascimento augura la buena recepción de dos de sus novelas presentadas ese año: Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, y El Purgatorio, segunda novela de Gonzalo Drago en la que sube la apuesta y decide correr su propio cerco para indagar en un tema que se alejaba totalmente de lo escrito por él hasta entonces: la difícil vida al interior de un regimiento, y la que se transformará en una de sus obras más recordadas.

El mismo año de su publicación, El Purgatorio fue premiada por la Sociedad de Escritores de Chile cuyo jurado la calificó como “una obra recia, con sensibilidad y agudeza de observación. Bellas descripciones, a ratos alucinantes, [que] ponen una nota de color y poesía en estos crueles relatos trazados por mano maestra”. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con Mirando al océano (1911), la novela del escritor chileno Guillermo Labarca —su antecedente narrativo más directo— que describe la anodina vida cotidiana de un regimiento en un tono impersonal y desprovisto de emoción o denuncia, la obra de Drago no fue bien recibida por la crítica de la época, acaso porque su novela sí se mete “en las patas de los caballos” y se anticipa a las denuncias surgidas desde distintos sectores de la sociedad sobre el servicio militar obligatorio, y los rigores a los que son sometidos los jóvenes chilenos de origen más humilde que ven en la milicia una alternativa a una vida sin oportunidades. Así, Drago se introduce en los engranajes y rendijas de esa máquina de conversión desde las primeras líneas: “La ancha verja del cuartel, semejante a la boca de un monstruo mudo e impasible, va tragando al nuevo contingente (...). Un sargento alto, de nariz curva y mejillas encarnadas, resguarda la entrada de la Enfermería, orgulloso de su labor. Sus ademanes son altaneros y su gesto amenazante. Nos mira con visible desprecio. En sus labios delgados hay una sonrisa permanente, invariable, fija, repulsiva, que me desconcierta. Y en sus ojos duros y fríos hay una amenaza turbia, que se vuelca sobre los rostros del rebaño silencioso”. Pese a esa hostilidad, muchos jóvenes prefieren quedarse y asumir el rigor militar por la seguridad de la comida y la ropa entregada en el regimiento, en vez de la incertidumbre y la miseria de la vida civil que les depara su clase social.

Si en Las tribulaciones del joven Törless (1906) Robert Musil narra la travesía de un sensible y enajenado muchacho de una familia acomodada que ingresa a una academia militar para jóvenes ricos y somos testigos del martirio del personaje principal frente a la crueldad y el abuso de sus compañeros, para caer en un pozo de decepción e incertidumbre, pues su noción de mundo se ve socavada por los erráticos comportamientos que observa a su alrededor, y que juzga como carentes de toda lógica y compasión; sus tribulaciones lo llevan a una nueva posición respecto al mundo, entonces escupe la inocencia, se ajusta la coraza de la individualidad y la falta de compasión imperante para poder sobrevivir, en El Purgatorio, el conscripto Mario Medina, su protagonista, un muchacho introvertido y amante de la poesía, nos relata la hostil y cruda vida dentro de un cuartel de infantería en Valparaíso, y los apremios que padece la tropa bajo las órdenes del severo y temido sargento Neira. Las frías madrugadas, los extenuantes ejercicios, el uso de armas y los fuertes castigos recibidos por los reclutas solo encuentran el necesario alivio en las salidas dominicales en las que se les ve por las calles del plan en grupos, paseando por el muelle o visitando los bares y los alegres prostíbulos porteños. Un retrato sin ambages de una lógica de mando artera, que obedece a medias y cuestiona a un poder civil temeroso.

Drago se desdobla y deja la voz del oprimido para detenerse en características propias de la enseñanza militar: la verticalidad del mando y la habilidad en el manejo de la tortura psicológica. Así, por ejemplo, los oficiales impondrán por la fuerza a los conscriptos un rito de crueldad con animales, una orden superior incuestionable: torturar y exterminar. El rudo sargento Neira “escudriña con sus ojos duros mientras se rasca las ingles con insistencia delatora, y enseguida imparte las órdenes con frases breves y cortantes”. La tropa corre obediente y hacendosa, pero Neira tiene en su cabeza una tarea pendiente y elije a tres muchachos —Medina es uno de ellos—, a quienes les ordena ir al basural del regimiento y matar con las manos a tres perros ahí amarrados. Entonces, los muchachos se internan en el bosque hacia el fondo del regimiento, desde donde se escuchan leves aullidos. Al verlos llegar, los cachorros los saludan con el movimiento de sus colas y sus hocicos chillones. Los conscriptos se miran desconcertados: “Los tres pensamos en lo mismo: es una crueldad matar a estos animalitos ¿por qué nos ha escogido a nosotros el sargento Neira? Sospecho que lo hizo premeditadamente. Nos adivina compasivos, blandos, y quiere educar nuestros sentimientos a su manera”, reflexiona Medina, mientras se dirigen a cumplir la inapelable orden. Una vez ahí, los cachorros saltan alegres, jugueteando entre las piernas de los soldados, felices de tan inesperado paseo. A la distancia, el sargento Neira observa la escena y enérgicamente reitera la orden. Dice Medina: "... Esa voz potente y agria nos hace actuar como autómatas. Marín se encorva coge una piedra y la arroja con todas sus fuerzas contra la cabeza del perro que le pertenece. Con un ojo fuera de la órbita, el animal se queja lastimeramente. Entonces Marín coge la piedra con nerviosa rapidez y la descarga repetidas veces en el cuerpo del perro, hasta que deja de alentar. Yo hago lo mismo. Trato de dar el primer golpe con todas mis fuerzas para evitar la agonía, pero me falla el pulso. No hago sino golpearlo brutalmente, sin conseguir aturdirlo. El perro aúlla y se retuerce en el suelo, tratando de escapar, pero yo obro como un martinete despiadado. La piedra se me cae de las manos, la vuelvo a recoger y continúo golpeándolo. El perro agoniza, arrojando sangre por la boca. Entonces torpe y cobarde, trato de estrangularlo con la misma cuerda para acelerar la muerte y, al hacerlo, un pequeño chorro de sangre salta del hocico y me mancha ambas manos (...). Por fin lo he matado. A mis pies yace el pequeño cadáver con las patas rígidas, magullado por los golpes. Y sin poder evitarlo, siento que mis ojos se humedecen. Me siento ridículo y manchado, como si todo el regimiento fuera testigo de mi infamia, de ese ultraje a la naturaleza. Y solo entonces reparo en mis compañeros. Marín, con aspecto sombrío, observa a Gana, que permanece aún con el perro cogido por la cuerda, sin decidirse a matarlo”.

De esta forma, El Purgatorio expone de manera cruda y descarnada la forma en que la violencia se impone a una juventud vulnerada, como un filtro casi obligatorio por el que debe pasar para formarse y permanecer dentro de una sociedad hostil que no admite a los débiles, y que parece anticipar lo expuesto años después por Mario Vargas Llosa en la novela La ciudad y los perros (1963), en la que el escritor peruano describe las humillaciones y la severa disciplina del colegio militar Leoncio Prado.

Muchos años después, las desventuras y miserias de la cruel formación militar volverían a la literatura chilena de la mano de Germán Marín, quien en su novela Las cien águilas (1997, segunda parte de la trilogía Historia de una absolución familiar) no elude la violencia ni la crueldad con consignas morales ni nostalgias míticas, sino que las enfrenta para —siguiendo la enseñanza de Musil— expandir el soporte narrativo con sarcasmo y profundidad para abordar el periplo del personaje por la Escuela Militar.

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En 1973, la editorial nacional Quimantú edita una selección de algunos de sus cuentos bajo el nombre de Mister Jara (relato extraído de Cobre, su primer libro), una historia perturbadora, patética y a la vez llena de ternura, publicada el mismo año de la catástrofe en la colección Minilibros, y en cuyo texto de presentación se lee: “Los cuentos del escritor chileno Gonzalo Drago tienen en su sencillez, humanidad y hábil trazo del alma popular elementos de la realidad chilena. Como Knut Hamsun, Drago hace de los desheredados y de su pequeño gran mundo, sus héroes y su ámbito”. Pequeño volumen que además contenía los relatos Ganado cuyano, La Huelga, Extraviado, Una casa junto al río y Un racimo de uvas, y que a pocos meses de su publicación también sería devorado por la hoguera militar.

Mister Jara es sin duda uno de los personajes más abyectos, patéticos y a la vez memorables de la literatura chilena, “un yanacona”, o una cruel versión criolla del rastrero universal. Se avergienza de su origen humilde (“pariente” directo de Zapata, el altivo personaje del cuento El padre, de Olegario Lazo), de sus rasgos indígenas, del color de su piel. Jara “moreno, de ojos separados, nariz roma y labios gruesos, era la antítesis del tipo racial que admiraba; pero lo que más lo exasperaba era la tenaz rebeldía de su pelo que le cubría el cráneo como un grotesco erizo negro” —consagra su vida a la imitación infantil del que añora ser otro: el jefe extranjero que da las órdenes con foráneo acento a los insignificantes y vulgares peones a los que saluda balbuceando un deslavado “morning”, y si un antiguo compañero de faena lo reconoce y saluda recordando viejos tiempos en presencia de los gringos, Mr. Jara molesto, apretando los dientes, sin remordimientos le hace la chilena “desconocida”: “I don't know you, man...”. Hábil en el manejo de la adulación y la zalamería, y despreciando a sus compañeros —a sus pares—, Mister Jara logra trepar unos peldaños para ganar unas efímeras migajas de poder haciendo “uso cotidiano de su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténticamente yanqui, made in USA”. Mister Jara vive la fantasía del arribista que se mueve montado en una nube de apariencia y engaño, pero a veces también “se cansaba de aquella farsa en público y subrepticiamente, en la complicidad de su cuarto, bebía el rojo vino criollo con verdadera furia, hasta perder el conocimiento”.

Al igual que Gogol o Dostoyevski, sus declaradas influencias literarias, Drago es preciso en la construcción de un hombre ridículo, atrapado en las redes de su irremediable soledad: “Mr. Jara parecía ignorar la repugnancia que inspiraba a los yanquis y se acercaba a ellos, sumiso como un perro castigado, mascullando un slang aprendido pacientemente en el silencio de su cuarto”. Hasta su triste final en una fría y solitaria sala de hospital, devorado por la cirrosis y la desilusión, esperando la visita de los gringos a los que fielmente sirvió y que jamás llegaran a acompañarlo en su momento más crítico.

Mr. Jara, entonces, constituye un personaje que, con más de medio siglo de vida, aún nos voltea el espejo para mostrarnos el clasismo criollo, no solamente como la consecuencia de un contexto marcado por la desigualdad que genera la implantación forzada del sistema neoliberal, sino como un fenómeno social de antigua data y que parece conformar un fundamental y triste pilar de nuestra identidad nacional.

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Avanzada ya la dictadura de Pinochet, en esos oscuros años de apagón cultural, censura previa y masacre ciudadana, Gonzalo Drago no bajó los brazos y continuó escribiendo, viviendo con esa llama que había dado luz y calor a su existencia. Esa que parecía no extinguirse y lo llevó a concluir la que sería su última novela, Los muros perforados, publicada 1981 en una autoedición financiada por sus amigos, y en la que nos abre la cortina del micromundo de la burocracia estatal, la existencia de los anónimos dientes de ese inmenso engranaje que Drago bien conocía desde su larga estadía en el servicio público. El desdoblamiento entre su vida de oficinista y su oficio de escritor le permitió labrar con certera sensibilidad a esos funcionarios Bartlebys atrapados en esas frías oficinas fiscales. Al igual que Kafka, Drago era el reverso de sus personajes, mientras ellos buscan cumplir la jornada sin grandes cuestionamientos ni ambiciones, él desmenuza las humeantes tripas del sistema, ese que habitó a pesar suyo. Un mundo donde se confunden la necesidad de sobrevivir, la envidia y las mezquindades de seres grises que teclean, lánguidos, sus ruidosas máquinas de escribir sin muchas esperanzas en el horizonte. Al igual que en todos sus libros anteriores, su prosa destila ese caldo espeso, pero sabroso al estilo Drago que lo hizo poseedor de una obra realista, descarnada y certera, pero llena de ternura que dibuja al hombre en sus contradicciones, sus pequeñas glorias y miserias. Personajes que, pese al implacable paso del tiempo, parecen no perder actualidad en el contradictorio y amnésico Chile actual.

 

 


 





 

 

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