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Conjeturas sobre La conjetura del Quincunx de Francisco Rivas
(Ceibo Ediciones, 2014)

Por Fernando Moreno Turner



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Presentar la hasta hoy última novela del prolífico Francisco Rivas –se trata de la duodécima– es más que un desafío. No sólo por una cuestión meramente cuantitativa (son seiscientas cuarenta y ocho páginas y sin índice), sino, sobre todo, porque se trata de un texto denso, macizo, múltiple, desbordante, con un impresionante acopio de informaciones de todo tipo (científicas, filosóficas, históricas, geográficas, entre otras) que, por lo demás, pueden ser reales, auténticas, verificables, como también adulteradas, pasadas por el tamiz de la artificiosidad y de la invención.

Por lo mismo, repito, es bastante difícil dar cuenta de ella en el tiempo limitado de este acto porque, al hacerlo, tengo la certeza de empobrecer las redes significativas del universo desplegado, de modo que lo que viene a continuación no es más que el resultado de algunas elucubraciones, de conjeturas, ligadas con la experiencia de la lectura, de mi muy rápida lectura, y como tal deben ser recibidas y calibradas.

La conjetura del Quincunx es la nueva versión, o la versión corregida de La conjetura del griego, un texto que, con la generosidad que lo caracteriza, Francisco Rivas nos diera a conocer en Poitiers algunos años. Si el antiguo título es bastante conjetural, pero que en todo caso conlleva un grado normal de desconocimiento para el lector –¿quién es ese griego que hipotetiza?–, el actual es ya francamente un reto para el saber de quien se va interesar por el contenido de esas páginas: ¿qué es esto del Quincunx del que nunca he oído hablar o si lo he hecho, lo he olvidado por completo? Y si antes adentrarnos en la novela nos informamos, el resultado no parece decir mucho: “Quincunce es una disposición geométrica de cinco piezas formada por cuatro elementos formando un cuadrilátero, al que se añade un quinto elemento en el cruce de sus diagonales. La palabra deriva del latín Quincunx: los romanos, cuyo sistema aritmético era en parte duodecimal, utilizaban quincunx para referirse una partición de cinco doceavos”, dice, por ejemplo, Wikipedia.

Debemos esperar algunas páginas, para que el propio relato nos dé luces sobre el asunto, en particular, al leer una escena de la “Redacción libre del probable epílogo de De Spontaneo Viventium Ortus, por Fortunio Liceti, edición de 1619, citada por Thomas Browne”:

–Hubo un hombre notable pero caprichoso, cuya sabiduría inundó Occidente desde la Grecia de la democracia y las artes hasta el día de hoy, y que seguramente perdurará algunos siglos más. Se sabe, con certeza, que dilucidó la conjetura entre el acto y la potencia en cuanto a cuál de las dos fue primero y reveló el poder inestable del cinco y las consecuencias de esa inestabilidad.
–Aristóteles –aseveró Segni.
Asintió Ciro.
–En su obra magna, conocida en plenitud mucho después de su muerte y durante las lecciones que dio en su vida, dogmatiza que lo que está en acto es anterior a todo, que existe un motor común, nuestro Dios, que no tiene principio ni tendrá fin.
Ciro hizo una pausa.
–Se especula, no obstante, con la existencia de un escrito póstumo del Filósofo, una palinodia, en la cual se retracta de ello y alega en favor de lo contrario. Ese documento nunca fue encontrado pues, rescatado en algún momento y en algún lugar por Teofrasto, su discípulo dilecto y no considerándose digno ni de destruirlo ni de divulgarlo, lo enterró en la tumba de un soldado desconocido, así como el Filósofo lo habría hecho originalmente.
–¿Dónde debo empezar a interesarme? –preguntó el Conde.
Ciro no le dio juicio.
–El Universo podría no haber sido creado –continuó Ciro –, si no haberse creado a sí mismo, espontáneamente y en ese caso la potencia es anterior; antes de ella no existía el tiempo, ni el acto, ni el motor inmóvil, ni Dios.
–Blasfemas, Ciro –Censio di Segni lo dijo sin convicción.
–Descubrió Aristóteles que al comienzo la materia fue un quíntuple, obra o no de un Creador, y que de esa quintuplicidad nacieron todas las cosas; pero así como todo empieza de una manera, de la misma manera termina, de tal modo que si ese quíntuple original se reproduce, podríamos retornar al origen, a Dios o a la Nada. Esto también estaría explícito en los escritos que ocultó junto a su palinodia.
–Y ¿estas cajas?Ciro levantó la tapa de la mayor.–En ellas hay un Quincunx –y le mostró su contenido.
Juntas, cuatro esferas plateadas, perfectas. Después, lejos de la primera, abrió la caja más pequeña: una quinta bola, exactamente igual a las anteriores.
–Si las juntas, crearás el Quincunx y lo deseado o indeseado ocurrirá.
–¿Es el único?
–No, y sin duda su energía es leve; tus antepasados lo usaron contra sus enemigos y pudieron controlar sus efectos. Pero pueden formarse otros, innumerables Quincunx, desde la materia inanimada o desde la viva, unos inmensamente más potentes que otros; se pueden expresar con nuestra intención y por nuestra voluntad o en forma espontánea, no es posible saber cuándo ni cómo se articulará el último y final, el que se cree predice en su escrito final el filósofo. (p. 18)

Ahora ya tenemos una idea más precisa del secreto o de los secretos que puede encerrar ese Quincunx, y también de la identidad y del papel desempeñado por el griego aquél que daba el título a la versión inicial de la novela. ¿Y qué nos cuenta la novela? Las aventuras, andanzas, sucesos, incidentes, accidentes, desasosiegos, aciertos, desaciertos, experiencias, elucubraciones, conocimientos, malabares, viajes, tragedias, de todo un conjunto de personajes legendarios o históricos, o quizás no, que de alguna manera estuvieron vinculados directamente con el fenómeno y que, para bien o para mal, lo desencadenaron y lo experimentaron. Así tendremos noticia, por boca de múltiples narradores, aunque especialmente por medio de aquellos relatos hechos por el profesor Castellón en sus clases de “Historia y Virtualidad”, y por los de Gaspar Malafuente, de los avatares de John Hunter, el cirujano y anatomista escocés del siglo XVIII; de la leyenda nórdica y la saga de Okko y Sefis; de episodios determinantes de la vida del general cartaginés Aníbal Barca y del sitio de Roma; del arquitecto Nigel-Issin y del rey sumerio Meskalamdug, más de dos mil años antes de la era cristiana; de Alejandro Magno; del sevillano y republicano Bermúdez, de Tomás de Aquino y sus viajes secretos; del quesero Latarjet, del moldeador Belus Grochar, o del físico Robert Oppenheimer, entre otros.

Pero, en otro nivel temporal, son varios los personajes de nuestra época –comenzando por el narrador principal, estudiante de Historia en el Instituto Pedagógico en la década de los ochenta, y por su compañera Ingrid–, quienes también son auditores activos, partícipes y sujetos de la emergencia de realidad virtual provocada por el Quincunx. Así aparecen, por ejemplo, el vidriero Balducci y su mujer Alea, el doctor Belisario Acosta, el fundidor de figuras de plomo Rubén Salero, Constanzia, la arqueóloga, su amiga Uma, el señor J y el señor Gris. Todos ellos, además, se encuentran implicados en la búsqueda de explicaciones del fenómeno, en la investigación de las trazas de la palinodia de Aristóteles, y también de la de Aquino, en medio de una heterogénea intriga que se desarrolla en un clima de tensión policial y de represión, y que nos conduce a otras dimensiones de la realidad, como concretamente sucede en los cinco últimos fragmentos del texto.

La conjetura del Quincunx concentra y expande los universos narrativos de Rivas. Hallamos aquí un desarrollo de los ejes de su escritura y de la invención de mundos, y un compendio de las estrategias y problemáticas de su literatura en la que, como sabemos, se entrecruzan y entrelazan los elementos provenientes de la imaginación y de la historia.

De hecho, en el marco del contexto de la narrativa de representación de la Historia, la singularidad de la obra de Francisco Rivas proviene de la presencia sostenida de una orientación atópica, para cuya configuración su escritura se sustenta en una reconocible perspectiva ético narrativa, en una sólida y extensa red simbólica, en una conjunción de elementos alegóricos, en un haz de intertextualidades, en un conjunto de personajes emblemáticos y en intrigas que se construyen en torno a una fuerte dosis de referencialidad e invención y cuyo eje está constituido por la ausencia, la búsqueda y el movimiento.

Hay ahí personajes que por circunstancias casuales u obligaciones contextuales, que teniendo conciencia de la carencia, del vacío, se lanzan en una misión de indagación, de aprendizaje y de exploración. Son figuras empecinadas en una tarea investigativa, comprometidas en el descubrimiento de lo ausente, de aquello que se desconoce, que se enmascara, de lo que todavía no existe explicación pero que se considera necesario o esencial. Una constante pesquisa de múltiples aristas los caracteriza: búsqueda de verdades ocultas u ocultadas, búsqueda de mejores condiciones de existencia para la comunidad, búsqueda de sentidos para una existencia azarosa y problemática. Dice el narrador:

La teoría de las múltiples historias del universo, del físico Feynman, pudiese explicar el estado virtual transitorio en el cual caemos algunos seres humanos. Quizás es una transferencia transitoria a la historia de otro universo, paralela a la nuestra y que como ésta y otras, flota en el cosmos como una inmensa túnica, separadas ellas por la materia oscura, o simplemente por la nada misma. Bajo ciertas circunstancias, ese salto de una membrana a otra, de una historia a otra, puede hacerse permanente y comprometer e incluir distintas cantidades de la realidad de nuestro entorno.
Estas disquisiciones menores le han dado sustento a mi preocupación por la virtualidad, han alimentado mi obsesión por saber más del quíntuple y de la palinodia de Aristóteles. (p. 387)

Otras particularidades destacadas de obra de Francisco Rivas se relacionan con la capacidad de fabular la historia, de inventarla, de dar a conocer lo que pudo haber sido, de proponer la historia hipotética. La representación de la Historia se interesa por une revisión de un pasado, pretérito o reciente, conocido y documentado pero en cuyo seno se introducen las variantes de lo que pudo haber ocurrido. Se suscita así una disonancia cognoscitiva: lo acaecido se convierte en probable y lo imaginario nutre lo sabido y consabido. Historia, historia imaginada e imaginación se compenetran. Ahí la Historia, que adquiere dimensiones compensatorias y propone así lector un conjunto de interrogaciones, de suposiciones, de relaciones insólitas, de explicaciones nunca definitivas pero que, al menos, sirven de elementos catalizadores para la conciencia colectiva y que permiten conectar pasado y presente. Así, se cuenta, sobre Tomás de Aquino que:

“… acelerando la marcha al caer el sol, alcanzó la emergente ciudad de Poitiers un día de semana cualquiera. Recorrió sus calles, evitó las acequias con las aguas servidas, espantó a los perros que le mostraban los dientes y en un barrio pobre entró a una capilla umbrosa en la que se ofrecía una misa. Al término de ella, Tomás observó a los fieles a los que el sacerdote despedía personalmente, mujeres vestidas con harapos y cargadas de niños, labriegos sin sus herramientas, limosneros y algunos enflaquecidos trabajadores de la ciudad acompañados por sus familias. Aparte de ellos, un grupo de leprosos que esperó hasta que los demás se hubieran retirado. El cura también les dio la mano y a un pequeño, con la cara vendada, le dio un beso en la mejilla. El sacerdote caminó hacia Tomás arrastrando la casulla que tenía los bordes deshilachados.–¿Qué puedo hacer por ti, hermano? –le preguntó. –Quiero que me confieses y me autorices una eucaristía. –Ven conmigo –lo alentó.
Jarlain se llamaba el párroco y a través de la clausura lo llevó a la casa que ocupaba. Era sencilla, de tablas y compartía un muro de barro con la iglesia. […]
 Jarlain tenía dispuesta una mesa con una jarra de leche, pan y confituras de frutas.
–Guarda eso –le dijo Tomás–, y dáselo a tus pobres.
–Come –le pidió Jarlain–, que son los pobres los que me alimentan a mí.
En la noche caminaron por las callejuelas de Poitiers. Jarlain le comentó que no esperaba estar mucho tiempo allí. Los poderosos de la ciudad lo alejarían, no querían que la procesión de menesterosos que acudía a sus misas ahuyentara a los comerciantes y a los jóvenes que llegaban a Poitiers a estudiar. Él no era hombre de claustro y tenía una cierta desconfianza en las órdenes religiosas. En una misa oficiada a dúo, sucede un incidente:
Porque en el momento en que Jarlain levantaba el pan para ofrecerlo, una piedra rompió el vidrio opaco de una de las ventanas y golpeó la cabeza del sacerdote. Cayó al suelo y Tomás se arrojó sobre él. Sangraba del pómulo izquierdo, estaba algo confuso pero no había perdido los sentidos. Tomás percibió el crispado silencio de los fieles y no se movió hasta escuchar lo presagiado: un rugido colectivo de rabia e impotencia, un movimiento sincrónico de la muchedumbre que salió de la iglesia sacando las puertas de sus goznes, buscando al agresor para aniquilarlo. Eran dos y los acorralaron en la esquina opuesta. Dos muchachotes bien vestidos, uno de ellos con un pedrusco en la mano derecha, pálidos como espectros, con una mueca de desafío y terror cruzándoles el rostro.
Jarlain pidió a Tomás, con un susurro de urgencia, que lo llevara afuera. El dominico le obedeció. Lo puso de pie rodeando su pecho con uno de sus brazos y apareció con él en el pórtico. La plebe se volvió, vio a su querido cura vivo, cargado por el imponente fraile y detuvo su agresión. A continuación sucedió lo que ya era una constante en la ciudad. Toda la guardia comunal se echó encima de esos hombres, mujeres, ancianos y niños; montados en caballos y con fustas de cuero, fueron golpeando indiscriminadamente a los que se interponían entre ellos. Para Jarlain, sin embargo, ese fue el primer milagro de Tomás, pues no hubo ningún muerto que lamentar. (p. 471-473)

Junto con la preeminencia de una perspectiva narrativa que otorga un papel protagónico a la oralidad y a la puesta en escena de la acción de narrar, de contar una historia, se destaca el interés por el documento escrito. Es el elemento fundamental de la búsqueda, evidentemente de difícil acceso y que necesita una clave para una lectura adecuada. La búsqueda de documentos, de pruebas, de informaciones resulta capital en una confrontación ética permanente; el manuscrito debe ser preservado y transmitido, tanto más cuanto que constituye un punto de anclaje, contiene secretos, proporciona informaciones que a su vez deben ser profundizadas y completadas. En La conjetura del Quincunx se trata de la palinodia de Aristóteles. Se configura así como un doble de la información oral, del mismo modo como los propios textos del autor se convierten en documentos cuyos lectores están invitados a descodificar, investigar y completar, a través una indagación similar a la realizada por los personajes de la ficción.

La narrativa de Francisco Rivas, y esta novela en particular, puede ser caracterizada como un gran texto configurado por el vacío y por la búsqueda; por la conciencia de la ausencia y por la asunción y, también la certeza, de la posibilidad de encontrar una presencia, de vislumbrar una existencia en la realidad de la imaginación, en la palabra fabuladora, en un espacio simbólico, donde todo lo imposible, lo que pudo haber sido, todo lo que no puede ser, encuentra precisamente su estar. Sólo a partir de la ausencia se puede vislumbrar y tener acceso a la plenitud de la palabra. La literatura es la búsqueda de ese modo en que la palabra se vuelve capaz de hallar la relación entre el nombre, lo nombrado y la realidad. Esta relación trae consigo una nueva fundación del mundo y de sus virtualidades. Pero la “verdadera” literatura no es aquella que determina o fija una realidad, sino la que nos hace figurar una realidad inconmensurable, ilimitada, inagotable, porque la literatura puede ser considerada como una totalización que nunca totaliza, como una ausencia siempre presente.

De modo que la literatura, esa no existencia que contiene en sí todas las virtualidades, parece florecer en cuanto territorio poblado de carencias, en cuanto dominio que refiere el mundo de los quiebres y de las insuficiencias. Es entonces ese lugar que alberga vacíos, es ese movimiento que con sus signos atenúa, posterga, reemplaza el horizonte aparentemente ilimitado de la privación, del vacío, de la falta y del desarraigo, de la incomprensión y del desconocimiento.

Alusiva o elusivamente, La conjetura del Quincunx y los demás textos de Francisco Rivas apuntan hacia el gesto gestor de la literatura que con sus palabras recupera el mundo, fortalece y hace presente la ausencia. Ella se alimenta con las pérdidas, en ella quedan registradas, con el rigor y la invención que conocemos, las lagunas, faltas y privaciones. La negación es condición de su sugerente existencia. Porque en nuestro autor —aunque no sólo por eso, como lo sabemos muy bien—, la literatura brilla por la ausencia.



 



 

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Conjeturas sobre "La conjetura del Quincunx" de Francisco Rivas.
(Ceibo Ediciones, 2014).
Por Fernando Moreno Turner