Mark Strand y la consagración de la extrañeza Strand. Ningún sitio adonde ir. Antología poética.
VISOR DE POESIA. 452 páginas
Selección, traducción y prólogo de Nicole Brezin y Martín López-Vega.
Por Francisco Véjar Publicado en El Mercurio, 8 de febrero de 2026
La poesía norteamericana tiene dentro de su tradición una riqueza y diversidad notable. Desde Walt Whitman hasta nuestros días podemos gozar de un menú exquisito y para todos los gustos. Ahora presentamos a Mark Strand (Prince Edward Island, 1934 - Nueva York, 2014). Es un poeta, ensayista y traductor norteamericano, representado principalmente por la Escuela de Nueva York, a pesar de tener diez años menos que sus principales miembros. Entre ellos, anotamos a Frank O'Hara, a John Ashbery, a Robet Creeley y a W.S. Merwin, y otros.
No hace mucho, el sello editorial madrileño Visor, a través de su colección de poesía 'Atentado celeste', publicó Mark Strand. Ningún sitio adonde ir. Antología poética. Selección, traducción y prólogo de Nicole Brezin y Martín López-Vega. Es un volumen que permite múltiples lecturas. Es una lírica depurada, precisa e intensa. Strand hace que lo cotidiano tenga una dimensión mágica y trascendente. No en vano, Harold Bloom lo consideró heredero de Wallace Stevens, uno de los maestros de la concisión.
En "La habitación", poema perteneciente al libro La historia de nuestras vidas (1973), escribe: "Estoy al fondo de la habitación / y tú acabas de entrar. / Siento el polvo / que cae del aire / sobre mis mejillas. / Siento el hielo / de la luz del sol en las paredes. / Afuera los árboles / me recuerdan algo / de lo que tú aún no eres consciente. / Acabas de entrar. / Hay algo parecido al dolor / en la habitación. / Creo que piensas / que tiene alas". Y más adelante, anota: "Estoy al fondo / de la habitación y sé / que si cierras los ojos / sabrás por qué / estás aquí; / que estar en un sitio / es olvidar el tiempo / es olvidar la muerte".
Es un mundo verbal creado a partir de sus propias experiencias, donde las imágenes van más allá de lo visual y se transforman en acciones cotidianas que el lector puede identificar, a partir de su propia experiencia. Y con respecto a sus afinidades o influencias, anotamos a T. S. Eliot, a Wallace Stevens, a Elizabeth Bishop, a Tobert Lowell, a W. H. Auden, a Louis MacNeice y a Dylan Thomas, entre otros. Y en prosa, su maestro predilecto es Franz Kafka.
Con todo, el misterio, la extrañeza, lo surreal y lo elegíaco son la viga maestra de casi la totalidad de su obra en verso. Muestra plausible de dicha irradiación es el texto que lleva por nombre "En el más allá", consignado en el volumen de poemas Casi invisible, publicado el año 2012. Allí dicе: "Ella estuvo a mi lado durante años, ¿o fue solo un instante? No puedo recordarlo. Tal vez la amé; tal vez no. Hubo árboles, pero no queda ninguno. Cuando nadie recuerda, ¿qué queda? Tú, cuyos momentos se han ido, que vagas como humo por el más allá, dime algo; lo que sea".
Se trata de un poema en prosa de perfecta factura, donde no sobra ni hace falta nada. Y por cierto que hay misterio y eso se agradece. Sin ir más lejos, Mark Strand dijo al respecto: "Mis textos son misteriosos, pero no por decisión consciente. Creo que mi cerebro funciona así. La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema siempre hay un elemento inexplicable. Los poemas que me atraen de otros poetas siempre tienen algún elemento de perplejidad".
Así como a Strand le fascina el asombro, no le gustan los despliegues emocionales y prefiere la contención. Prueba de ello es esta antología, que abarca la totalidad de sus volúmenes publicados y cuya selección hace justicia con su labor que lo hizo merecedor del Premio Pulitzer, en 1999, por su libro Tormenta de uno (1998), у el Premio Wallace Stevens, en 2004, por citar solo dos de las numerosas distinciones que recibió a lo largo de su vida.
En algún momento de su existencia quiso ser pintor, pero no lo fue. Sin embargo, estudió arte y arquitectura antes de graduarse en el Iowa Writer's Workshop en 1962. Y nos atrevemos a decir que algo de la atmósfera pictórica de Edward Hopper se deja ver a través de su lírica. Ahora solo nos queda leerlo.
CUANDO LAS VACACIONES ACABAN PARA SIEMPRE
Será extraño
darnos cuenta, al final, de que no podían durar
para siempre
(la voz tan segura nos había dicho una y otra vez
que nada cambiaría),
y recordar, también,
porque para entonces todo habrá terminado, cómo
eran
las cosas, y cómo desperdiciamos el tiempo
como si no hubiera nada que hacer,
cuando de pronto
el clima cambió, el aire altivo se volvió
insoportablemente pesado, el viento
asombrosamente mudo
y nuestras ciudades como cenizas,
y descubrir, también,
lo que nunca sospechamos, que era algo así como el
verano
en su máximo esplendor, excepto porque las noches
eran más cálidas
y las nubes parecían brillar,
y, aun así,
porque no habremos cambiado mucho, nos
preguntaremos
qué va a ser de las cosas, y quién quedará para
empezar
todo de nuevo,
e intentaremos, de algún modo,
aunque incapaces todavía, entender por qué
todo salió tan terriblemente mal; por qué
nos estamos muriendo.
EL SUEÑO
Mi cabeza se entreabre
y sales tú
a la luz rosa y violeta de la mañana.
¡Qué valiente eres!
Te alzas como la luna
mientras me siento en el borde de la cama,
con miedo de moverme.
Una brisa se desliza por la ventana,
me roza la mejilla y tú te estremeces.
No acabarás el día.
Los perros ladrarán
al verte,
los niños correrán hacia sus madres y los pájaros
se congregarán en torno a ti en busca de sombra.
Solo pensarlo te inquieta.
¡Regresa!
¡Trae a las niñas, al doctor y a la banda de samba!
Hay espacio de sobra.
Yo cerraré los ojos
y me acostaré en la oscuridad
para verte.
V
DUELO
Lloran por ti.
Cuando apareces a medianoche
y el rocío brilla en la piedra de tus mejillas,
lloran por ti.
Te guían de vuelta a la casa vacía.
Colocan las sillas y las mesas.
Te sientan y te enseñan a respirar.
Y tu aliento quema,
quema la caja de pino y las cenizas caen como la
luz del sol.
Te dan un libro y te piden que leas.
Te escuchan y sus ojos se llenan de lágrimas.
Las mujeres te acarician los dedos.
Peinan tu cabello devolviéndole su tono rubio.
Te afeitan la escarcha de la barba.
Masajean tus muslos.
Te visten con finas ropas.
Frotan tus manos para mantenerlas calientes.
Te dan de comer. Te ofrecen dinero.
Se arrodillan y te ruegan que no mueras.
Cuando apareces a medianoche lloran por ti.
Cierran los ojos y susurran tu nombre una y otra
vez.
Pero no pueden arrancar la luz sepultada de tus
venas.
No pueden alcanzar tus sueños.
Viejo, no hay manera.
Aparecer una y otra vez no sirve de nada.
Te lloran como pueden.
VIII
Si el amanecer rompiese el corazón y la luna fuese
una atrocidad
y el sol no fuera más que una fuente de letargo,
entonces por supuesto habría estado en silencio
todos estos años
y no hubiese elegido salir esta noche
con mi nuevo traje cruzado azul oscuro
y sentarme en un restaurante con un cuenco
de sopa ante mí para celebrar lo buena que ha sido
la vida y cómo ha culminado en este momento.
La armonía de la plenitud ha alcanzado su apogeo
y me estremezco de satisfacción y tú te ves
bien, también. Amo tu diente de oro y tu cabello
teñido
—un poco verde, un poco amarillo— y tu peso,
que finalmente está donde nunca pensamos
que estaría. Oh, mi compañera, mi bella muerte,
mi negro paraíso, mi veneno rancio,
mi musa simbolista, dame tu pecho
o tu mano o tu lengua que duerme todo el día
tras su muro de encías rojizas.
Échate en el suelo del restaurante
y recita todo lo que quede de mi felicidad.
Dime que no he vivido en vano, que las estrellas
no morirán, que las cosas seguirán tal como están,
que todo lo que he visto perdurará, que no he nacido
para el cambio, que cuanto he dicho no fue solo
para mí.
UN FRAGMENTO DE LA TORMENTA
A Sharon Horvath
Desde la sombra de las cúpulas en la ciudad de las
cúpulas
un copo de nieve, una tormenta de uno, ingrávido,
entró en tu habitación
y se abrió camino hasta el brazo del sillón donde tú,
al alzar la vista
de tu libro, lo viste en el mismo momento en que se
posó.
Eso fue todo. Nada más que un solemne entregarse
a la brevedad, al auge y la caída de la atención,
vertiginosamente,
un tiempo entre tiempos, un funeral sin flores. Nada
más que eso
si no fuera por la sensación de que ese fragmento de
la tormenta,
que se desvaneció ante tus ojos, regresará;
de que alguien, dentro de muchos años, sentado
como tú ahora, dirá:
«Ha llegado la hora. El aire está listo. Hay un claro
en el cielo».
www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com Mark Strand y la consagración de la extrañeza.
"Ningún sitio adonde ir". Antología poética. VISOR DE POESIA. 452 páginas.
Selección, traducción y prólogo de Nicole Brezin y Martín López-Vega.
Por Francisco Véjar.
Publicado en El Mercurio, 8 de febrero de 2026