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EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES
(Cuento de Miguel Esquirol Ríos)

Por Georges Aguayo



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Una primera lectura de este cuento, cuya extensión se aproxima al de una novela corta, del escritor boliviano Miguel Esquirol Ríos, me hizo recordar   las obras de Pearl Buck.  La China de la primera mitad del siglo veinte, donde en las ciudades el coolie de no tenía domicilio fijo y conseguía pagar su pitanza diaria cargando bultos en los puertos, en los mercados en las estaciones de ferrocarriles, etc., etc. Una vida miserable. Para poder soportarla el coolie consumía opio.

El ambiente del Cementerio de los Elefantes parece ser muy   boliviano. Esta el bar de Doña Juanita, las bodegas, las tiendas y las ferias al aire libre, donde los cargadores, personajes casi únicos en esta historia, se ganan la vida. Las mercancías que transportan en sus espaldas son muy diversas, desde sacos de papas hasta muebles y productos electrónicos de mucho valor. Un cierto grado de “globalización “ha llegado por estos lares, sin embargo. En el Alto viven moros, paquistaníes e iraníes. Para vestirse las esposas de estos inmigrantes combinan la “burka” con las polleras de las cholas. Al igual que los coolies de antaño, los personajes de Miguel Esquirol Ríos   luchan parar poder comer, por lo menos una vez al día, y tener un lugar donde dormir. Y sobre todo para seguir bebiendo. A estas necesidades básicas se agregan otras igualmente importantes: pagarse implantes en el cuerpo para aumentar su productividad, comprarse el testo, una droga inyectable destinada a multiplicarles la potencia muscular. Entre toda esta masa de desheredados resalta la figura del Escritor, un individuo más pequeño y más viejo que sus compañeros de infortunio. El Escritor tiene una espalda de tortuga acoplada a la columna vertebral con unos grampones en determinados vertebras …; la piel separada y cauterizada por donde entraban los grampones y las terminaciones eléctricas conectadas con la medula para poder moverla sin problemas. También está el Pipas, que tiene los brazos y la columna metálica y los músculos artificiales, además lleva un viejo procesador que a veces se cuelga en la base del cráneo. Ese procesador le permite controlar sus brazos y su espalda. Si este aparato o cuando este se le cuelga es como una marioneta rota. Gracias a eso sus huesos hechos de titanio y sus músculos de fibra pueden levantar un coche. Y también el Tubos que trabajaba todo el día con martillos hidráulicos para destrozar piedras; El martillo lo apoyaba en el hombro o en las piernas y sus propios músculos generaban la energía para trabajar. Era por eso que le salían unos tubos de los antebrazos y se le perdían por la espalda y lo mismo de las pantorrillas y los muslos. De cada extremidad le cuatro tubos, dos para el brazo y dos para el antebrazo y lo mismo en las piernas, y todos se reunían en la espalda, en una pequeña bomba que le habían puesto en la base de la columna. Los tubos estaban llenos de un líquido denso como el líquido de frenos. No se comprimían ni se dilataban con el calor o la presión. Gracias a eso   tenía la fuerza para levantar o arrastrar pesos increíbles. El tubo que conectaba al martillo hidráulico lo había sellado cuando el mercado del estaño colapso y todas las minas cerraron. Ahora trabaja como cargador y en ocasiones lo contratan para ayudar a hacer obras, sale más barato contratarlo a él que pagar por una perforadora mecánica. Entre todos estos cargadores solo el Indio, que es muy grande y fuerte, no necesita hacerse implantes para trabajar, tampoco se inyecta testo. Habla solo quechua, pero no tiene ningún problema para entender las ordenes que sus clientes le dan en castellano. Su “anormalidad “, esa que lo aleja de su familia y lo conduce a la marginalidad, es su gigantismo. Precoz porque de niño ya media dos metros. Esta historia la narra un cargador. Un antiguo luchador que ya no practica porque durante un combate mato accidentalmente a un luchador chileno. Él se encarga de guiar al Escritor, durante sus primeros pasos en el oficio. También alojan juntos. Esta historia incluye también algunos personajes maléficos. Don Pedrolo. una especie de médico que efectúa los implantes y les procura el testo. Los guardias de seguridad, que armados de arpones eléctricos los controlan, los reprimen, los asesinan incluso, y terminan extorsionándolos. La inefable regenta del Cementerio de los Elefantes. Una chola con un ojo mecánico (su marido se lo había destrozado de un navajazo).  Nuestros personajes viven solos, sin familia.  El único medio que disponen, para evadirse de su realidad, es el alcohol. El bar de Doña Juanita aparece como un lugar de sosiego, un refugio donde pueden comer y compartir, además de beber por supuesto. Ninguno tiene compañera sentimental.  En todo caso la cuestión sexual no parece preocuparles demasiado. El testo les menoscaba su virilidad (hay uno al cual le han crecido tetas de vieja).  Cuando el narrador tiene contacto con un par de chicas muy lindas, unas clientas, no siente ninguna excitación en la entrepierna. (estas chicas son de clase media, viven juntas porque son lesbianas, estudian cine, una de ellas tiene implantada una pequeña cámara en un ojo, la instrumentalización tecnología del cuerpo no sería un fenómeno exclusivo de los estratos más “bajos” de la sociedad”) En un burdel el fiasco seria mayor para el narrador. Delante una prostituta, y no obstante todo el empeño que pone esta para excitarle, su fracaso será rotundo.

A diferencia del bar de doña Juanita, el Cementerio de los Elefantes parece ser un lugar mucho más inquietante. La chola con un ojo mecánico tiene a mano una escopeta.  Hay un cuarto con una puerta sólida, y un candado más sólido aún. De vez en cuando llega un tipo, con un manojo de billetes mugrientos en la mano, que se pone a conversar, durante largo rato, con la chola con un ojo mecánico. Tras esta larga conversación al tipo lo encierran, con un barril lleno de alcohol, en este patio. Por la noche se escuchan gritos. Nadie va abrirle la puerta al tipo que está encerrado con llave. Y si alguien lo intenta , la chola con un ojo mecánico está ahí con su escopeta para disuadirle.  Al día siguiente sacan el cuerpo inerte. El Escritor y sus amigos se alejan del bar de doña Juanita y   empiezan a frecuentar el Patio de los Elefantes. Durante una conversación el Escritor, que sufre una enormidad a causa de sus implantes, se entera que más abajo, que ellos, existe otra categoría de cargadores. Los  aparapitas , estos transportan basuras y viven en basurales. (pese a andar vestidos con harapos caminan con elegancia y entre ellos hablan en aymara) La existencia de estos cargadores le despierta un gran interés. En el grupo el Escritor es el único que tiene una cierta capacidad de análisis. En su muñeca izquierda tiene implantada una pantalla a la cual le dicta textos, que más tarde telefonea a un editor. Antes de ser cargador llevaba una vida tranquila de intelectual de clase media. Su descenso social es por lo tanto abrupto, de pequeño burgués pasa a ser sub -proletario. Al poco tiempo de enterarse de la existencia de los aparapitas , el Escritor desaparece del mapa.

El ser humano, aun el de más miserable condición, siempre   va a querer conservar su dignidad. Vuelvo a Pearl Buck y a la China de la primera mitad del siglo veinte: en presencia de un médico un coolie opiómano va a negar que consume la droga. El médico que lo examina, y que constata los estragos de la droga en su organismo, finge créele. Sabe que debe respetar la dignidad del coolie, porque esta es lo último de valor que le queda.  Y es este sentido último de la dignidad lo que empuja al Pipas a asistir a la fiesta de matrimonio de su hija. Para observarla de lejos porque no desea que esta compruebe su estado miserable. Y desde el fondo de su miseria ser capaz de hacerle un regalo de matrimonio costoso y de buen gusto. ¿Es este sentido de la dignidad lo que empuja al Escritor, a su regreso donde el narrador, de ir al Patio de los Elefantes en búsqueda de su destino final? (no desea que sus despojos mortales vayan a parar a un callejón o a un basural). Elegir el día de su muerte sería una forma ultima de dignidad. ¿O es la convicción de haber tocado fondo, de haber llegado al final de su misión?  Una misión que de todas maneras debe ser proseguida por otros.  Antes de irse al más allá le entrega al antiguo luchador, y narrador de esta historia, la pantalla que tenía   implantada en la muñeca, en la cual dictaba sus textos.  

 

Georges Aguayo  escritor  chileno residente en Francia  (Ril editores) 



 

 

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(Cuento de Miguel Esquirol Ríos)
Por Georges Aguayo