UN DÍA DE CAMPO. Georges Aguayo. Escritor chileno residente en Francia (Ril editores)


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UN DÍA DE CAMPO

Georges Aguayo
escritor chileno residente en Francia (Ril editores)


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Francisco se despierta y aunque ya son los nueve de la mañana, en lugar de levantarse de la cama prende su celular para escuchar música. También prende su primer cigarrillo del día. Trata de disfrutar de ese momento de tranquilidad al máximo. Su hija Dolores, que acaba de llegar de Francia, se aparece en el dormitorio, a los pocos minutos. En lugar de sentarse encima de la cama, o en el sillón tipo Voltaire que se compró hace unos meses, se queda de pie con una expresión de desafío en el rostro. Sus reivindicaciones son claras y precisas. Ese día ella no quiere quedarse en el departamento. Ni tampoco recorrer los lugares donde la lleva siempre cuando viene a Chile. (moles y las pocas playas que van quedando en el litoral de Viña del Mar) Aunque encima del velador hay un reloj despertador, Francisco verifica la hora en su celular. Sabe muy bien que es inútil negociar nada con su hija. Dolores es hija única de padres separados. Algo que a menudo es sinónimo de tiranía.  En Francia Dolores vive cerca de Nevers. Es decir, en el centro de ese país. ¿Cómo se llama exactamente el pueblo donde vive con su madre? La verdad es que nunca ha podido memorizarlo. Por la sencilla razón que nunca les ha mandado una carta clásica.  Las raras veces que lo hacen, con Constanza se comunican por email. Algunas veces ella le llama por teléfono. Sus llamadas tienen siempre un carácter práctico. Por no decir administrativo.  Días atrás por ejemplo le llamo para decirle que, por razones de calendario escolar, Dolores no debía prolongar su estadía. Francisco no comprendió muy bien el porqué de su llamada. Acostumbrado como está a una existencia sin hijos, él nunca ha intentado prolongar la estadía de Dolores en Viña del Mar. Después que su hija se va, espera que su celular termine de trasmitir una canción de Elton John para levantarse. Los sábados el acostumbra tomar un baño de tina; hoy día prefiere tomar una ducha rápida. Después que termina de ducharse y de vestirse parte a la cocina a prepararse un café. El primero del día siempre es un placer para él. Cuando era niño en su casa se tomaba café soluble. Había una cafetera con filtro de tela, pero la bebida que preparaban en esa cafetera era solo para las grandes ocasiones. Ahora tiene una cafetera de tipo sueco y puede tomar todo el que le da gana. La ventana de la cocina da al patio interior del edificio. Aunque esa no la mejor vista del edificio se acerca a la ventana y mira hacia abajo. Los servicios municipales están en huelga desde hace varios días. Los dos contenedores de la basura están llenos y desbordan. Como el edificio no tiene incinerador, las nuevas normas medioambientales no lo permiten, los vecinos comenzaron a depositar sus bolsas llenas de basura en el suelo.  Una contrariedad esto de las huelgas. De un tiempo a esta parte arrecian en el país. Un día son los empleados de los hospitales. Otro día son los profesores. Ahora era el turno de los empleados municipales. En relación con estos movimientos huelguísticos, Francisco tiene una opinión bien definida. Como ciudadano él está en contra, sobre todo cuando los servicios básicos se ven afectados. Esto no implica necesariamente, deseos no le han faltado, que va escribir a la sección “cartas" del periódico de la ciudad, para quejarse. El tono estereotipado que tienen estas misivas siempre le ha disuadido. También está el hecho de que él ejerce una profesión artística. Aparecer en esa rubrica protestando en contra del desorden social, no es bueno para su imagen de marca. A causa de esa manía, que tienen en Chile de pedir el número del Rut para todo, no podía inventarse un seudónimo. Espera a que su café esté listo para irse al balcón. Él todavía no es viejo, pero, al igual que las lagartijas, aprecia del sol de la mañana. Ese cuyos rayos no pueden ocasionar cáncer a la piel. Le dan ganas de fumarse un segundo pitillo, pero no lo hace. No es bueno fumar demasiado con el estómago vacío le dijo una vez su médico. Mientras degusta su café observa el centro de la ciudad. En muchos edificios, sobre todo los que están del otro lado del estero Marga-Marga, no debe dar el sol nunca. Ese no es su caso.  El vive en Recreo y este barrio es un cerro. Su departamento está ubicado en un sexto piso, además.

Francisco ha perdido de vista a muchos amigos del liceo. Algunos viven en el extranjero. Otros han preferido irse a trabajar a la capital. Algunos están tan sumergidos en la pobreza que prefieren no dar signos de vida. Afortunadamente él no está en ninguna de esas tres situaciones. Él siempre ha sabido nadar en contra de la corriente. Por ejemplo, estudio una carrera que en su época no le interesaba a nadie. Después hubo esta decisión de quedarse a vivir en Viña del Mar. Estas dos decisiones se revelaron acertadas. Con el tiempo Internet ha transformado a América latina en un barrio. No se duerme mucho en los laureles, sin embargo. Por el momento le va bien. ¿Pero hasta cuándo? En su especialidad el relevo tarde o temprano termina por llegar. Trata de ahuyentar estos negros pensamientos consultando su correo electrónico en el celular. Aparte la correspondencia profesional, ningún mensaje privado. Ni siquiera de Victoria, su amante clandestina. Sonríe al acordarse de ella. Pese a su edad todavía podía a veces tener conductas de adolescente. Hace unos días tuvo la neta impresión que la venida de su hija le incomodaba. Como si la presencia de Dolores pudiera de alguna manera perturbar su relación con ella. Desde su balcón alcanza a divisar Reñaca. Cuando era joven por las tardes le gustaba pasearse por el borde de la playa. Sobre todo, cuando deseaba lucir ropa nueva. O cuando estaba sin polola y "necesitaba" hacer alguna conquista femenina. Un póker mentiroso que funcionaba siempre. Él hacía creer a la chica que ella era la más bonita de este planeta tierra. Ella fingía creerle. El desenlace de esta situación era una invitación a bailar. Si era demasiado temprano para entrar en una discoteca se tomaban un coctel en algún bar a la moda. Todo no era un frio calculo, sin embargo. A Constanza la conoció así.  Los dos terminaron casándose. Ya es hora de preparar el desayuno. Como a Dolores no le agrada el café   pone agua a hervir en la tetera eléctrica. Como tampoco le gusta tomar cereales al desayuno. pone encima de la mesa pan, mantequilla, yogurt, una fruta. No obstante que habían decidido no contactarse, durante esas dos semanas, calcula que ya puede llamar a Victoria por teléfono. A esa hora ya salió de su casa y debe estar en el bus que la lleva a Santiago. ¿Qué te pasa? Le pregunta ella con una voz en apariencia desprovista de emoción. Nada le responde, simplemente quería hablar contigo, le responde Francisco. Como ninguno de los dos desea, hablar de cosas íntimas, mejor dicho embarazosas, la conversación no va muy lejos. Dolores entra en la cocina cuando estaba cortando el teléfono. Le pregunta con quien hablaba. Con un amigo le responde. A su hija nunca le hablado de la existencia de Victoria. Y probablemente no lo haga nunca. Una venganza algo retorcida de su parte. De esta manera hace recaer sobre Constanza todo el peso de la separación. De cuerpos solamente. En Chile todavía no existe una ley de divorcio. Los dos seguían unidos, como lo dice la expresión católica, por los lazos indisolubles del matrimonio. Mientras desayunan Dolores le cuenta detalles de sus últimas vacaciones estivales europeas. En las ciudades balnearios europeas la paleta de distracciones era más atractiva que en Viña del Mar, al parecer. Dolores se queja de la ausencia de actividades concretas para sus vacaciones. Que para ella eran sus vacaciones de invierno le recuerda. En Francia habría ido con su mama a esquiar a alguna parte. Al llegar había llamado por teléfono a sus amigas. Ninguna estaba disponible. Una mentira según ella. En el fondo no querían verla porque estaban envidiosas que ella se hubiera ido a vivir a Europa. Ellas estaban obligadas a vivir en un país pobre y sobre todo sucio. Francisco la escucha en silencio. Él no se distingue demasiado por sus ideas progresistas pero sus prejuicios le horrorizan. Prefiere no discutirle, sin embargo. En lugar de eso observa de nuevo, una manía en él, la hora en su celular. De repente se acuerda de una libreta donde tiene anotadas las coordenadas de toda la gente que no ve nunca. Parte para buscarla. Acaba acordarse de unos familiares de su madre. Unos parientes de los cuales ella no hablaba casi nunca. Por dos razones igualmente de vergonzosas. En nuestro país está mal visto ser pobre. Y más mal visto aun, que en una familia haya antecedentes de locura... En su afán de esconder el pasado de locura y de pobreza de su familia, su madre había hecho desaparecer todas las fotos de los Donosos de los albúmenes familiares. Oficialmente ellos no existían para nadie.  Durante su infancia solo pudo verlos dos veces La primera vez fue cuando en su casa estuvo unos días de visita la tía Delfina. Francisco siempre había vivido en la ciudad.  Cuando la vio por primera vez la quedo mirando extrañadísimo. Su tía llevaba puesta una falda larga y una chaqueta que no usaban las mujeres citadinas. Además, hablaba con una entonación super rara. Visiblemente no había llegado con las manos vacías. En la cocina vio unas cuelgas de ajo y un saco de cebollas moradas. Delfina fumaba unos cigarrillos que dejaban apestada la casa. A causa de esta costumbre de fumar estos cigarrillos, presume, no pudo quedarse muchos días en su casa. Su madre debe haber inventado una excusa para enviarla de vuelta a su campo. La otra ocasión fue, acababa de cumplir doce años y su padre estaba como de costumbre ausente, unas vacaciones que pasó en casa de su tío Marcelino. La dirección de este tío estaba en ese repertorio de contactos. No recordaba cómo había logrado tenerla, y sobre todo conservarla. Vuelve a la cocina con la dirección anotada en un papel. Se dice que ese día va ir a Hijuelas a visitar a este tío. Con suerte, y si con la edad se había vuelto más comunicativo, lograba que le contara la historia de su familia materna. De la cual al parecer había mucho que contar. Por ejemplo, había una Nicolasa que fue viuda cuatro veces. También había una tía Lucrecia que, después de la desaparición (sospechosa) de su novio, se había dejado crecer el pelo hasta los tobillos. (la Penélope de Homero deshacía en el día lo que tejía por la noche, esa tía Lucrecia se dejaba crecer el pelo...) Pero sobre todo saber más cosas de ese bisabuelo botarate cuya locura había hundido a su familia en la miseria. El tío Marcelino había logrado salvar unas pocas hectáreas a medio camino entre Hijuelas y Llay -Llay. ¿Cuántos años que no veía a su tío Marcelino? Más de treinta. Adopta un aire desenfadado para proponerle a Dolores un paseo al campo. Por suerte esta acepta su proposición. Mientras ella despeja la mesa y lava las tazas él va a buscar los papeles del auto y su billetera. A estas alturas Dolores ya se ha duchado y vestido. Antes de partir coge dos botellas grandes de agua mineral sin gas. Dolores se burla de él. Por lo que ella sabía los dos no iban al desierto de Atacama. No corrían muchos riesgos de deshidratación.  Francisco es dueño de dos cupos del parking de su edificio. Cuando llega se da cuenta que la puerta del lado derecho de su Fiat tiene una ralladura. No recuerda haber pasado a llevar el vehículo en alguna parte. La vecina que le arrienda el cupo de parking, que él no utiliza, se estaciona por ese lado. Ella debe ser responsable del daño. Este hecho le molesta moderadamente. Dentro de pocos días debe llevarlo al garaje. Por ese tipo de daños su garajista no le cobra la reparación. El auto parte enseguida. Para ir al interior decide tomar el camino Troncal. Ni siquiera se da el trabajo de consultar su mapa carretero. ¿Para qué? Para ir al interior su camino siempre había sido el Troncal. Unos cinco minutos más tarde llega a Agua Santa. La vía que antes tomaban los buses interprovinciales para ir a Santiago. Dobla hacia la izquierda. La avenida España no está muy lejos. Cuando llega el semáforo está en rojo. Un niño viene a proponerle el diario de la mañana. Francisco le pide a su hija que le alcance unas monedas que tiene en la guantera. La transacción, si se le puede llamar así, es rápida. El semáforo puede cambiar de color a cualquier momento. Prosigue su ruta por la avenida España. Lentamente porque pese a que es sábado las arterias del centro de Viña del Mar ya están atochadas. En el cruce de la vía férrea se quedan detenidos casi diez minutos. Algunos conductores reclaman con sus bocinas. Escudado en el anonimato, que le proporciona la calle, él también hace lo mismo varias veces. Por simple mimetismo solamente. Ese viaje al interior no tiene ningún imperativo de horario. El Fiat contornea la plaza en dirección del puente Libertad. Dolores comienza a hojear el diario. Francisco estima que no debe entender mucho el contenido de los artículos. En su escuela francesa, por decisión propia, tenía entendido, no estudia castellano. El Fiat deja atrás los Orientes y comienza a subir las Achupallas. Francisco pasa la segunda. Al costado izquierdo hay una población. Una multitud de casas encaramadas en los cerros. Para él siempre ha sido un misterio como pueden vivir familias en ese terreno tan aislado y tan abrupto.

El Fiat llega   al centro de Quilpué. Aunque no hace mucho rato que conduce busca un espacio donde estacionarse. Le cuesta un poco encontrar uno, pero al final termina encontrándolo. Sus padres se mudaron a Viña del Mar cuando él entraba en la adolescencia. Francisco todavía siente una cierta nostalgia por las pequeñas ciudades. Cuestión urbanismo la moda en Chile, en ese momento, eran los paseos peatonales. La Ciudad del Sol también contaba con uno. A esa hora todavía no había mucha gente paseándose, en todo caso. Por la tarde seguramente debía llenarse de paseantes. De repente le dan ganas de tomarse de nuevo un café. Este "antojo" no le resulta difícil de realizar. Frente al antiguo cine Velarde encuentra un local donde podía tomarse un expreso. Un local donde puede entrar con su hija. Como en la capital, en Valparaíso existen los “cafés con piernas”. Esta aberración lingüística , como tantas otras, del hablar chileno, describe un ambiente cargado de sensualidad no apto para menores. En Quilpué la señora que le sirve el café debe tener unos cincuenta años. Muy mal llevados por lo demás. No se quedan mucho rato. De regreso se encuentran con un carabinero delante del auto. El vehículo esta estacionado en un espacio prohibido, le espeta el representante de la ley. Francisco, como todos los automovilistas, trata de convencer al policía de su buena fe. Este esfuerzo le da buenos resultados. El carabinero termina apiadándose de su suerte y no le pasa el parte.  Francisco se apura en partir, no sea cosa que se arrepienta…En diez minutos ya están fuera   de la ciudad.

El Fiat deja atrás Villa Alemana (Dolores   se queda dormida a la salida de Peña Blanca) Limache, Quillota y la Calera, también el pueblo de Hijuelas. El paisaje es francamente rural.  Un letrero improvisado indica que están cerca de los Pinos. No obstante, todo el tiempo transcurrido, Francisco reconoce el camino de tierra que pasa delante de la casa su tío Marcelino. Remece suavemente a Dolores para despertarla. Su tío Marcelino está sentado en el borde de la ruta. Moreno, bigote espeso, un sombrero negro sobre la cabeza.

Aunque estamos a sábado hoy día tuve que levantarme a las siete de la mañana. Sorpresa, cuando estábamos tomando desayuno, con su voz aguda de siempre, mi madre me dijo que preparara mi ropa porque me iba al campo por unos días. Así de repente sin ningún tipo de preaviso. No me lo dijo con un tono simpático. Desde hace unas semanas mis relaciones con ella no son buenas. Según ella de un tiempo a esta parte me he vuelto terco y caprichoso, una actitud que no corresponde. Un hijo debe obedecer y respetar a sus padres. Estos dos verbos norman nuestras relaciones. Nunca utiliza los verbos querer o amar. Mi progenitora no es demasiado dada a los sentimentalismos. Ahora son las ocho de la mañana y estamos en la estación. Su decisión de llevarme a la casa de un tío que no conozco me desagrada en extremo. Por la sencilla razón que por una vez lo estaba pasando muy bien. En el barrio las pichangas estaban suspendidas. Como soy malo para el futbol   no las echaba de menos para nada. Cada pichanga representa una humillación para mí. Los capitanes de equipo eligen a sus jugadores    Yo siempre soy último en saber en cual equipo voy a jugar. En general me ponen de defensa. Al lado de un jugador mucho más sólido que yo. Como todos los otros de cabros del barrio estaban de vacaciones con mi amigo Rene nos íbamos a pasear a un bosque que linda con la calle la Paz. Sino nos íbamos a jugar billarina a un negocio de la calle Latorre. Demás está decir que con el taco en la mano nos sentíamos el peor de los rufianes. 

Nuestro tren llega a la hora. Nos subimos en un vagón de primera. Lo contrario me habría extrañado mucho. Mi madre detesta viajar en segunda clase. Como por tantas otras cosas apostaría a que habla sin conocimiento de causa. Lo más probable es que nunca se ha subido en un coche de segunda. Yo sí que puedo hablar con algún conocimiento de causa. En una ocasión viaje en segunda de Santiago a Villa Alemana en compañía de un primo mayor. Todavía me recuerdo lo bien que lo pase. En primera clase la gente no se habla, el ambiente es aburrido a más no poder. En segunda al calor de unas cervezas, los hombres establecen una amistad que dura lo que dura el viaje. Un señor, vestido con una cotona de algodón, pasaba con un canasto, para renovar el suministro de bebidas y golosinas. A fin de comprar mi silencio, mi madre le había pasado el importe de dos pasajes en primera clase, mi primo me compro un paquete de galletas y una bebida. Yo por cierto que me deje corromper. Me hubiera agradado en todo caso que mi madre lo supiera.  Con suerte le daba un ataque cardiaco.

 Ya llegamos a la Calera.  Un lote de pasajeros se baja al mismo tiempo que nosotros.  Salimos a la calle.  El paradero de buses esta justo a la salida de la estación. Mi madre se informa. El bus que nos llevara a Hijuelas, la comarca donde vive ese hermano de mi madre, parte dentro de una hora. Ningún taxista acepta llevarnos hasta allá. Según ellos el camino era muy malo.  Al auto se le podía romper el chasis, volvería lleno de tierra.  Aburrido de no hacer nada, le pregunto a mi madre si puedo dar un paseo por la estación. Aburrida, tal vez, de estar viendo mi cara amurrada, mi madre me autoriza a ir. Parto ufano. Como en el bolsillo tengo unas monedas (robadas) le compro una torta milhojas a una señora de delantal blanco. Después me voy a dar un pase por los andenes del ramal norte. Un tren parte a la Serena dentro de veinte minutos. Los pasajeros que parten en esta dirección van sobrecargados de bultos. Comparado  con el de ellos mi equipaje es minúsculo. Un chaleco, cuatro poleras, dos pantalones y un short, tres pares de calzoncillos y de calcetines. Mis padres son unos verdaderos campeones de la austeridad vestimentaria. Conmigo porque el ropero de ellos desborda de pilchas.

El bus que debemos tomar llega al paradero. El chofer comienza a acomodar en el techo los bultos que le pasan los pasajeros.  Las mujeres y los hombres, todos de edad mediana, andan vestidos a la usanza campesina. Faldas largas y floreadas para las mujeres. Terno oscuro, camisa abotonada hasta el cuello, pero sin corbata, para los hombres. Las mujeres llevan puesto una achupalla sobre la cabeza. Los hombres, un sombrero de fieltro. Yo no estoy en absoluto contento con mi presentación personal. Esta mañana, mi madre me ordeno ponerme corbata y el único terno que tengo. Ella también hizo un esfuerzo con su vestimenta. Pienso que el resultado es desastroso. Ella nunca ha tenido buen gusto para vestirse. Felizmente estamos en verano. En invierno hubiera sido capaz de ponerse un abrigo de pieles, regalo de su primer marido español.  El vehículo se demora un buen cuarto de hora en partir con una marcha renqueante. Observo el paisaje de la ciudad. Pareciera que el polvo impregna las calles y las casas. El Aconcagua me parece un riachuelo triste y sin vida. Felizmente el bus no tarda mucho en tomar la carretera. El paisaje se vuelve más verde. Incluso el aire parece más puro. A un costado de la berma unas mujeres venden queso de cabra fresco. En un cartón tienen anotado el precio. Si condujera mi madre nunca detendría su vehículo. A ella le horroriza la falta de higiene. Esos productos no están pasteurizados, fijo que, al comerlos, una se agarra una diarrea, u otra enfermedad más grave, me diría con un tono que no admite objeciones. En unos galpones improvisados también venden melones y sandias... Aunque el riesgo de contagios es inexistente, mi madre, que es una mujer de principios, tampoco les compraría nada. A cabo de unos veinte minutos, más o menos, llegamos a Hijuelas... El bus, se detiene frente a un almacén. Algunos pasajeros se bajan del vehículo. Pienso que toman ese incomodo bus rural a causa de sus bultos. Los buses interprovinciales no deben aceptarlos. El recorrido es prácticamente el mismo. El bus sigue detenido después que estos pasajeros se van. A mi derecha una mujer se ha puesto a fumar. Una manía esta de las mujeres campesinas de fumar. La verdad es que aparte la tía Delfina no conozco a nadie de la familia de mi madre. Tengo entendido que durante más de treinta años no se vieron las caras. El chofer del bus se decide por fin a partir. Mi madre cierra los ojos un momento. Aprovecho ese momento para marcar mi nombre en el dorsal del asiento delantero. Después intento contemplar el paisaje . Una hilera interminable de camiones me cubre la vista de unos cerros que creo reconocer. La carretera avanza en paralelo a la vía férrea. Esos cerros debo haberlos visto en algún viaje a Santiago. Saliendo de Hijuela el bus se aleja de la carretera principal. El interior del vehículo se llena de polvo. Los tumbos que da despiertan a mi madre. No nos debe faltar mucho para llegar, pienso. No me equivoco. Unos cinco minutos más tarde el bus se detiene en medio de una alameda. Al frente nuestro hay una casa de madera. Mi madre me dice que tenemos que bajarnos.  Saco mi maleta, del compartimiento que hay encima de los asientos. Me dirijo hacia la puerta presuroso. Mi madre me sigue también presurosa. Tanta prisa no es necesaria. Detrás de nosotros se baja también una pareja de abuelos. El chofer desciende para entregarles sus bultos. Mi bagaje debe pesar un octavo del de ellos. Como viene solo por el día mi madre anda solo con su cartera. Un adefesio de cuero que solo una persona como ella puede atreverse a llevar. Antes de partir de la casa se maquillo bien la cara. Con suerte el polvo del camino se le ha incrustado bien en la piel. La casa del tío Marcelino está ubicada detrás de un canal. Para llegar tenemos que atravesar un tablón de madera. Por suerte (para ella) mi madre no anda con zapatos de tacón alto. Si no corría el riesgo de resbalar y caerse al agua. Una mujer de unos cuarenta años viene a recibirnos. Es Ernestina, la esposa del tío Marcelino. Mi tía política, por lo tanto. Aunque no parece muy grande la casa tiene un porche. Unas gallinas se pasean orondas por el patio delantero. No deben estar en periodo de reproducción. Un gallo que anda cerca no les presta ninguna atención. La tía Ernestina nos dice, con una entonación algo seca, que su marido anda en el fundo y que va a llegar pronto. Después con un tono más amable me propone mostrarme mi habitación. Tomo mi maleta y la sigo entonces. La pieza es grande, pero voy a tener que compartirla con un primo. Este hecho no me molesta. Depósito mi maleta a un costado de "mi" cama. Cuando vuelvo al porche encuentro a mi madre bien arrellanada en un sillón de mimbre. Como es el único que hay yo me siento en una silla de madera. La tía Ernestina nos ofrece algo para beber. No obstante, el calor mi madre dice que se tomaría encantada una taza de té. Seguramente teme agarrarse una infección intestinal, una cagadera…La tía Ernestina la mira extrañada, pero accede a su demanda. Yo opto por un vaso de coca cola. Cuando vuelve la tía Ernestina, por una cuestión de sociabilidad básica, se ve en la obligación madre de charlar un rato con mi madre. Muy imbuida de sí misma mi madre adopta un ligero aire de superioridad al hablar.  Fingiendo interesarse, yo la conozco bien y sé que está fingiendo, pregunta por el resultado de las últimas cosechas. La dueña de casa parece incomoda con tanta pregunta de mi madre. Sus respuestas no denotan ningún entusiasmo. 

Ya es la una de la tarde. Mi estómago me está reclamando comida. El de mi madre también porque se ha callado. La tía Ernestina se ha ido y los dos estamos solos en el porche. Observo su rostro. Como me lo esperaba, tiene el maquillaje corrido. Como no soporto su presencia   me levanto de mi silla y me voy a dar una vuelta alrededor de la casa. En el patio de atrás hay un cobertizo. Poco respetuoso de las conveniencias, mis padres dicen que el peor defecto en un niño es ser intruso, entro en este. Hay restos de forraje por todos lados, pero en ese momento no hay ningún animal en el interior. No me quedo mucho rato en este cobertizo. El exterior me parece más interesante aún. Contemplo los alrededores de la casa. Por un camino de tierra, perpendicular al principal, un hombre de sombrero viene caminando en dirección de la casa. Le acompaña un muchacho un poco mayor que yo. Pocos minutos después entran por el portón trasero de la casa.

  •  Así que tú eres Francisco

Me dice el tío Marcelino con una sonrisa, antes de estrecharme la mano. Su hijo Gerardo parece menos amable. Su “hola” es casi inaudible. Los acompaños a la parte delantera de la casa.  Mi madre sigue arrellenada en su sillón de mimbre. El contacto entre los dos hermanos no me parece muy cálido. Normal, los dos no se conocen demasiado. El tío Marcelino dice que va a lavarse las manos y   que luego vamos almorzar. Su hijo Gerardo parte igualmente. A los pocos minutos llega una muchacha que debe tener mi edad. Viviana se llama y es la otra hija de la casa. Mi prima entonces. Morena, delgada, pelo negro, lleva puesto un vestido de tela ligera. Me saluda con una sonrisa enigmática. No sé si esa sonrisa es de bienvenida; o si interiormente se está ya burlando de mí. Su hermano Gerardo, que entre tanto ha vuelto al porche con su padre, le habla con rudeza. Ella le responde con el mismo tono. Este intercambio de amabilidades entre hermanos no dura mucho porque como el almuerzo ya está servido entramos en el comedor. Las mujeres adultas no se sientan en la mesa con nosotros. Aunque algo extraño a mi modo de ver, este hecho no me impide apreciar la mejor cazuela de ave que he comido en mi vida (a fuerza de comer pollos broiler yo no conocía el sabor de una gallina de campo) Mi madre y el tío Marcelino conversan un poco. Mi madre repite las mismas preguntas que un rato atrás había hecho a la tía Ernestina. Las respuestas de mi tío son lacónicas. Debe darse cuenta de que mi madre no tiene la más mínima idea y que en el fondo no le interesa. No vale la pena en consecuencia que el gaste su saliva inútilmente. Viviana está sentada al lado mío. No despega los ojos del plato. Pareciera que su única preocupación es comer. Pareciera solamente. De repente siento una patada en el tobillo. Ahogo un pequeño ay de dolor. La miro de frente, sorprendido. En su rostro no aparece ningún gesto que pudiese traicionarla. Su golpe me ha dejado de una pieza. No atino a devolvérselo, pero me digo que en cuanto la vea a solas le voy pedir explicaciones. Después del plato principal la tía Ernestina trae una sandía y un cuchillo a la mesa. El tío Marcelino se encarga de cortar los trozos y distribuirlos. El mío es bastante generoso. Yo diría más que el de mi madre. La tía Ernestina trae después un plato lleno de harina tostada. Aunque desconozco el gusto que esta mezcla pueda tener yo también le echo harina tostada a mi trozo. En absoluto innovadora en materia culinaria, mi madre prefiere no hacerlo. En cuanto terminamos el postre nos levantamos de la mesa. El tío Marcelino parte con su hijo Gerardo a alguna parte. En el porche Viviana se queda conversando con mi madre. Me pregunto que pueden hablar una mujer de ciudad, la cuarentena obesa, con una chica campesina de doce años.  El intercambio es en un solo sentido, por cierto. Mi madre se da la libertad de preguntarle cómo le va en el colegio. Mi prima le responde de muy mala gana. Viviana, como yo, en principio debería estar saliendo de sexto básico, pero en realidad recién paso a quinto. La tía Ernestina se aparece por el porche. Mi madre le habla para decir una futilidad más. La tía Ernestina aprovecha ese momento para decirle que el bus de vuelta al “pueblo” pasa dentro de una hora y media. Me doy cuenta de que la está empujando diplomáticamente hacia la puerta. No me siento ofendido por su proceder. Hay cosas por las cuales nunca me voy a molestar. Entre ellas los momentos desagradables que pueda pasar mi progenitora. Viendo que la tía Ernestina se va de nuevo, y que su sobrina" también lo hace mi madre me pide que la acompañe a dar un paseo. Una hora y media es mucho tiempo cuando no se tiene nada que hacer y decir.   Para consolarme de esta pequeña desgracia me digo que la distancia que vamos a recorrer no va a ser larga. Mi madre no es muy dada al ejercicio físico, se cansa rápido. Volvemos a los diez minutos. No porque este sacando la lengua de cansada, sino porque se le quebró un taco de los zapatos. Para colmo sus medias, al contacto con el suelo se deterioran irremediablemente. Está furiosa evidentemente. La contemplo durante unos segundos. Su rostro que no es muy bello me parece más horrible más aún. El tío Marcelino se aparece de nuevo por el porche. Mi madre no tiene necesidad de contarle su terrible desgracia. Tiene el par de zapatos en la mano y anda a pata pelada. Esta desgracia no conmueve demasiado a mi tío.  La única solución era que su mujer le preste un par de zapatos suyos. Si no te quedan buenos la otra a solución que queda, es que te pongas un par de ojotas, le dice en tono de chanza. Mi madre le queda mirando aviesamente. Me fijo en los pies del tío Marcelino. Su calzado consiste en una especie de sandalias confeccionadas con la goma de unos neumáticos. Esas deben ser las mentadas ojotas. Entiendo la actitud de mi madre. En todo caso no me siento solidario con el pequeño drama que está viviendo.  El día esta esplendido. Como al llegar no espere la autorización de mi madre, para sacarme la chaqueta y la corbata, me siento ligero como un zancudo. Retomo entonces la caminata que había comenzado con mi querida madre. Contentísimo porque estoy descubriendo unas sensaciones cuya existencia no podía sospechar. La acequia que pasa por el frente de la casa es bastante ancha. El torrente es rápido, el agua es clarísima. Yo diría que hay más agua que en el estero anémico que pasa cerca de mi casa. El aroma de los arboles me encanta. A través de la alameda contemplo los potreros. Me voy caminando en dirección de unas casas que veo a lo lejos. La casa del tío Marcelino es de madera. Las que veo a distancia parecen ser de adobe. Aunque mi madre me ha dicho que no me aleje demasiado me acerco a esas casas. Al llegar constato que efectivamente son de adobe. Huellas de un pasado terremoto, los muros tienen grietas, los vidrios de las ventanas están quebrados. Aprovechando el blanco de las fachadas, a alguien se le ocurrió pintar Viva la Reforma Agraria. Leo estas palabras sin entender muy bien lo que quieren decir. Como estas casas parecen inhabitadas me atrevo a entrar en el patio de una. Este es grande y con bastante sombra porque hay un parrón. Como estamos en verano las parras están cargada de uva. A mi edad siempre se anda con hambre. No obstante que almorcé me dan ganas de probar esa uva. Aproximo un taburete desvencijado que veo en un rincón del patio. Como parece solido me subo en este y con un cortaplumas, que siempre llevo conmigo, corto un racimo bien grande. Los granos parecen bien maduros. Mi madre siempre dice que nunca hay que comerse la fruta sin lavar. Parto a buscar una llave de agua potable. Evidentemente no encuentro ninguna. Lo que sí hay en esa casa es un pozo. El balde y la soga están adosados a un cilindro. Desciendo el balde al fondo del pozo. El balde tiene unos agujeros, pero el agua que extraigo me basta para lavar mi racimo de uva. Después de lavarla bien la pruebo. Tiene un sabor acido, pero no al extremo de ser incomible. Me siento en el taburete que utilice para alcanzarla y comienzo a comerla grano por grano. Antes de echármelos a la boca les saco las pepas.  Se supone que estoy en el campo y que debo tomarme la vida con calma. Después que termino la uva entro en el interior de la casa. Las paredes son altas. Las ventanas de las habitaciones tienen barrotes. Voy a las dependencias que servían de cocina. No me es difícil darme cuenta cuales son. Las paredes están negras de hollín. Me pregunto cuál era la rutina diaria de los habitantes de esta casa. No necesito estrujarme mucho las meninges para imaginarme que los hombres partían a trabajar temprano. Las mujeres debían quedarse en la casa, limpiando, cocinando, ocupándose de los niños. Estos muros son testigos de una vida que ya se fue. Salgo de nuevo al patio. No me dan ganas de husmear en las otras casas. Mi curiosidad satisfecha decido regresar a la casa de mi tío Marcelino. Hace un buen rato que comencé mi paseo. Tengo que volver porque debo despedirme de mi madre. Una familia implica obligaciones. Debo respetar las formas. Mis cálculos sobre el tiempo son exactos. Mi madre ya está en el camino esperando el bus, no está sola porque le acompaña la tía Ernestina. Presumo que, para mi madre, la ocasión se presta maravillosamente para darme uno de sus típicos (e hipócritas porque en el fondo le importan un bledo) sermones. Que me porte bien y que sea respetuoso con los adultos. Y sobre todo que por las noches no me olvide de cepillarme los dientes. Y por la mañana de hacer mi cama. Por suerte esta cantinela me la repite durante un momento que estamos solos.  Cuando la tía vuelve, el bus ya está llegando. No es necesario hacerle señas al conductor para que se detenga. Las dos mujeres se despiden rápidamente. Yo le doy a mi madre el beso en la mejilla de circunstancias. El bus parte dejando una estela de polvo detrás suyo. Mi progenitora es su único pasajero. Regreso en compañía de la tía Ernestina a la casa. Por el momento mis deseos de paseo están terminados. La tía me dice que, si quiero descansar, debe notarse en la cara que anoche no dormí mucho, puedo hacerlo. Entro, entonces, en la pieza que debo compartir con mi primo. Me saco los zapatos, me desabrocho el cinturón, y me acuesto en la cama. A los pocos minutos estoy durmiendo. No sé cuánto tiempo habré dormido. ¿Una hora, dos? El zarandeo de Viviana me impide seguir durmiendo.

  • ¿Durante todas tus vacaciones piensas pasarte todo el día en la cama?

Me pregunta con un tono reprobador. Me refregó los ojos y la quedo mirando. Su pregunta en realidad no es una. Me dan ganas de estrangularla. Desde que llegue es ella la que lleva la iniciativa. Primero me da un puntapié por debajo la mesa. Segundo me despierta brutalmente. Entre nosotros ella es la que manda. Algo que me molesta en extremo. No por ella sino por mí. Esta muchacha tiene modales rudos pero el problema tengo que buscarlo en el interior de mí.  En realidad, yo no sé enfrentar a las muchachas de mi edad. Para ganar algo de tiempo, el necesario para diseñar una estrategia de ataque, o mejor dicho de defensa, la miro con una mueca desdeñosa. En fin, trato de hacerla. Viviana no parece tomársela muy en serio porque me zarandea de nuevo. Ante su insistencia no me queda otra alternativa que levantarme de la cama. Lo hago con pereza. Y haciendo el máximo de ruido. Un oso, saliendo de su estado de hibernación, habría hecho menos ruido que yo.

  • ¿Tienes algo que proponerme? Si no entiendo porque me despiertas.   

Le digo, tratando de adoptar un tono firme en la voz. La respuesta de Viviana es directa:

  •  Mi papa me dijo que tengo que ir a buscar la vaca al cerro y que tú tienes que acompañarme.

Desciendo de mi nube citadina en el acto. Yo pensaba que me iba a pasar todo el tiempo haraganeando. Al parecer este noble objetivo no iba a ser posible. No más al llegar ya me estaban asignando tareas. Todo intento de rebelión estaba condenado de antemano al fracaso, al parecer. 

  • Bueno, puesto que es tu papa quien lo ordena supongo que yo no puedo negarme.

Le digo con un tono irónico. Viviana me queda mirando con cara de enojada. Observo de nuevo su rostro. Un ovalo moreno, los ojos oscuros, el pelo negro. Bajo los ojos. No tiene protuberancias excesivas. Las extremidades inferiores tienen el desarrollo propio de su edad.   

  •  De acuerdo, espera que me cambie de ropa en todo caso.

Le digo definitivamente resignado. Pero sobre todo molesto porque Viviana me despertó cuando estaba soñando de lo mejor con una pilucha. La impresión que tuve al despertar fue pésima. Viviana me dice que tengo que apurarme. La vaca muchas veces se esconde y hay que buscarla por todas partes. Con un gesto imperativo de la mano le digo a Viviana que debe irse. Pongo mi maleta encima de la cama y la abro. No me demoro nada en cambiarme. Cuando salgo al patio me pregunto dónde puede haberse metido mi prima porque no la veo por ningún lado. El encuentro en el cobertizo del patio trasero, pensando en no sé qué. Partimos inmediatamente. Viviana me lleva por unos senderos alejados del camino principal. Le pregunto dónde mierda puede esta esa vaca. Con la mano me indica unos cerros. La distancia es relativamente larga porque nos demoramos una media hora en llegar. Tal como Viviana temía el animal no se ve por ninguna parte. Las laderas de estos cerros están pobladas de arbustos. Los animales pueden tener a veces reacciones inteligentes. Su cerebro debe haber grabado que a esa hora la vienen a buscar. Algo que ella podría estar en desacuerdo. Ella estaba muy bien al aire libre. Nosotros la andamos buscando para encerrarla. La búsqueda se prolonga un buen rato. Al final la encontramos. Echada en el suelo y durmiendo. Decididamente yo no soy el único perezoso en esa casa. Viviana no la zarandea como hizo conmigo para despertarla. Se limita a darle un ligero golpe con una varilla que lleva en la mano. El animal debe tener un sueño más ligero que yo porque se levantó en el acto. No me parece muy grande de talla. Una vaca de raza chilena al parecer. En una revista yo había visto la foto de unas vacas holandesas y estas parecían mucho más grandes y gordas. Capaces por lo demás de producir en una semana varios hectolitros de leche. A juzgar por su corpulencia esa vaca no debía producir menos de diez litros de leche por día. Viviana le echa una soga al cuello y partimos. Nuestra tarea es de fácil ejecución porque el animal es en realidad sumamente dócil. Mientras caminamos trato de entablar conversación con mi prima. (Con la vaca habría sido imposible) No consigo despertar su interés. Afino entonces mis preguntas. Acordándome de la radio que vi en el comedor le pregunto qué programas escucha. En lugar de responderme ella me pregunta si los domingos escucho “Lo que cuenta el viento”. Si, le respondo. Ella me dice que seguramente yo todavía debo asustarme cuando lo trasmiten. Tocado en mi orgullo personal le respondo enojado que no soy ningún gallina. Ella se ríe por lo desmesurado de mi reacción.

  • Mañana es domingo, si tú quieres podemos escucharlos juntos.

 Le lanzo.  Reconozco que mi desafío no tiene nada de terrorífico. Los dos tenemos doce  años Morirse de miedo (sobre todo de noche y con la luz apagada…)  es algo propio de un niño de ocho  años.

  •  Ahora no lo están pasando por la radio  

Me responde ella con un tono de superioridad. Maldigo mi idiotez, pero sobre todo mi despiste. Ella que vive en el campo estaba más al corriente que yo. Después que bajamos de los cerros tomamos el camino principal. La vaca marcha a un paso demasiado cansino para mi gusto. Me fijo que tiene una marca en las ancas. El pelaje parece sucio. A fuerza de andar tirada en el suelo se llena de tierra. Le pregunto a Viviana si su familia posee otros animales. 

  •   Si también tenemos un caballo
  • ¿cómo se llama? 

Una vaca puede que no tenga nombre. Pienso que esto no es posible en un caballo. En las carreras de caballo todos los animales tienen un nombre. La gente que apuesta por ellos no apuesta por el nombre del jinete sino por el del animal. Lo que al fin de cuentas es justo. El que corre como loco es el. El jinete se limita a dejarse llevar; y como buen parasito que es, a hincarle sus espuelas en los flancos para que corra más rápido. Los nombres son en inglés. O con una consonancia que evoca la rapidez. Centella, Relámpago Rayo, etc. El caballo de esa casa debía tener un nombre digno de un caballo, según yo.

  •   se llama Hemerejildo

Un nombre bastante estrambótico. El orden de las letras sugería que podía ser aplicado a un ser humano. Los nombres que terminan en o, a excepción de Rosario o Consuelo, por lo general son masculinos. Hemerejildo en todo caso era un nombre bastante ridículo. Le pregunto qué edad tiene el animal.

  •  Catorce años.

Me responde secamente. Una edad avanzada para un caballo, pienso después. Por una razón que no entendí muy bien a los pocos minutos me da el segundo golpe del día. Un puñetazo en la espalda. El dolor que siento no es muy fuerte. Decididamente esta muchacha no sabe acariciar solo golpear. Obviamente yo prefiero lo primero.

  •  No lo vi en establo ¿También tenemos que ir a buscarlo a un potrero? 

Le pregunto, sin formalizarme demasiado por su tendencia a darme golpes.  Los muchachos de mi edad por una cuestión de honor no devuelven los golpes que les da una niña. Al contrario, en la escuela hay algunos que los buscan….

  •  No, mi hermano Gerardo se va encargar hoy de ir a buscarlo. 

Su respuesta me desilusiona un poco. Me hubiera gustado ir con ella a buscar el caballo. Pese a su lado rudo comienzo a apreciar su compañía. Tras unos veinte minutos de marcha llegamos por fin a la casa. La abuela de Viviana en ese momento está saliendo por el portón de la casa. Lleva un canasto vacío en las manos porque va de compras al almacén del fundo. Poniendo una cara melosa, Viviana le pide que le compre calugas de leche. Seguramente debe hacer un consumo desenfrenado. En un diente delantero me parece que tiene una pequeña carie. La abuela le responde que bueno y parte. Nosotros llevamos a la vaca al establo. No le damos forraje. Viviana dice que el animal se ha pasado todo el día pastando y esta con la panza repleta. A causa de la caminata siento los pies acalorados. Los calcetines que llevo puestos son de fibra sintética. En casa yo no tengo derecho a usar calcetines de algodón. Ese es un privilegio paterno. Me voy a mi pieza (compartida) a sacármelos. Este lugar debería ser en principio masculino. Viviana no lo entiende de esta manera porque asoma de nuevo su nariz. Su presencia no me agrada en absoluto. Por una razón muy simple: mi calcetín derecho tiene un hoyo en el dedo grande. Por suerte el día anterior me había cortado las uñas de los pies, sino el ridículo hubiera sido mayor.

  •   Sale de aquí intrusa

Le digo, haciendo un esfuerzo para tomar plenamente posesión de la pieza. Mi orden surte efecto, pero no respeto. Viviana se va con una sonrisa burlona en la boca. Maldigo en mi fuero interior la ocurrencia que tuvo mi madre de traerme a esta casa. Después de cambiarme de calcetines, saco de mi maleta la Cabaña del tío Tom y comienzo a releerla. Yo soy un buen lector. Gracias a unos tíos que viven en Viña del Mar he ido constituyéndome una pequeña biblioteca. Mi padre se ha limitado a comprarme una versión abreviada del Adiós al Séptimo de línea. Mi madre Corazón de Edmundo d’Amicis. A propósito en este libro hay un cuento que me cae como bomba. Un problema personal mío, pienso. “De los Apeninos a los Andes”, cuenta la historia de un pobre niño italiano que parte solo a Argentina en búsqueda de su madre queridísima.  Yo la habría dejado perderse.   Debo interrumpir mi lectura al poco rato de haberla comenzado. La tía Ernestina viene a decirme que no acumule ropa sucia en mi maleta. Que se la dé a medida que la voy usando. Aunque la idea de pasarle mis calzoncillos sucios me molesta le digo que lo voy a tener presente. 

Alrededor de la de la seis la tía Ernestina sirve las onces. Té, pan amasado, queso fresco hecho supongo con la leche de la vaca que fuimos a buscar al cerro. Me sirvo unas tajadas bien gruesas. Comer a dos carriles no me pone de buen humor. Ese día había tenido demasiadas humillaciones. Olvidándome del código de honor en uso entre los varones, le devuelvo a Viviana la patada que me dio durante el almuerzo. Ella reprime un gesto de dolor y me queda mirando con una cara de “me las pagaras”. En la mesa nadie se da cuenta de nada. Después que terminamos de tomar once me voy de nuevo a leer a mi dormitorio.

 La ausencia de Viviana me alivia. Yo no tengo hermanas y solo este año comencé a asistir a un colegio mixto. Durante este año escolar solo una vez compartí con una compañera. Esto fue porque la profesora de Técnicas Especiales nos obligó a los hombres a tejer. Cómo reclamamos nos explicó que era para desarrollar nuestra motricidad fina. Esta explicación no convenció a ninguno de mis compañeros. Ni a mí tampoco. En todo caso, viendo que era inútil oponer resistencia, me resigne a tejerme una bufanda. El ejercicio demandado.  Matilde se llamaba la compañera que intento enseñarme a tejer. Al cabo de un rato la muy desleal fue a decirle a la profesora, que yo no hacía ningún esfuerzo para aprender, y que renunciaba. Inútil insistir en el hecho que termine mal mi bufanda. Mi madre la encontró horrorosa evidentemente. Yo no fui el único en "fracasar". Todos mis compañeros tejieron adefesios. Un concurso secreto parecía haberse establecido entre nosotros Quien tejía la huevada más fea. En general los alumnos siempre estábamos compitiendo para arriba. Las notas se comparaban con una rigurosidad digna de una mejor causa. En la sala yo me sentaba en los bancos de delante. En el fondo estaban los burros rematados. Unos tipos perdidos para todo tipo de saberes. Para ellos sus trofeos de guerra no eran los siete, sino los rojos, y mientras más bajos mejor. Yo era demasiado cobarde para pertenecer a ese grupo. Haciendo por una vez gala de coraje yo fui el que se sacó más mala nota. Los burros del curso se sacaron todos un cuatro. Yo un tres como a cinco. 

Después que termino de leer me voy a escuchar la radio al cuarto de estar. Viviana pasa delante mío dirigiéndome una mirada despreciativa. En esa casa todo el mundo trabaja, el único vago soy yo. A las diez nos vamos todos a la cama. Yo, como ya dije, debo compartir la pieza con mi primo. Este muchacho es dos años mayor, pero le gano en estatura. No en músculos desgraciadamente. Gerardo no es muy conversador. Sin tener en cuenta que estoy yo se tira un sonoro pedo. Al poco rato está roncando. Me digo que esas vacaciones van a ser tal vez las peores de mi vida. Esa familia no parece muy comunicativa. No se puede llamar comunicación el intercambio de punta pies que he tenido con Viviana. Ni mucho menos los ronquidos y los pedos de su hermano. Felizmente en el velador hay una lámpara y puedo retomar mi lectura. Al poco rato comienzo a ver las cosas con más optimismo. En realidad, estoy feliz de haberme podido deshacer por un tiempo de mi madre. Me quedo dormido teniendo en mente todas las cosas que podría hacer durante estas vacaciones. Cuando me despierto al día siguiente el sol ya ilumina la habitación. Deben ser las nueve de la mañana, para mí todavía es temprano. A fin de evitar la luz me cubro la cara con las sabanas. No me quedo mucho rato con los ojos cubiertos. Un golpe en el pecho me obliga a destaparlos. Viviana esta delante mío. 

  • ¿Tienes la intención de quedarte todo el mañana echado en la cama? Yo desayuno tú está esperando en la mesa. Tienes cinco minutos para levantarte, o si no lo retiro.

Me lanza con cara de enfado. Yo la quedo mirando con cara de odio. En esa casa no hay ningún margen para la libertad individual, al parecer. Como la única alternativa que tengo es obedecer sus órdenes me levanto. Mientras me visto pienso de nuevo en mi relación con el género femenino. En mi curso hay compañeros que les va bien con ellas. Yo disimulo mi desazón haciéndome el pesado. Mis compañeras no me soportan. Dicen que soy un saco de plomo. A mí me encanta tener esa mala reputación. Ahora lo terrible de mi situación es que todas mis estrategias para salir airoso en mi relación, o no relación, con las chicas no he podido aplicarlas con mi prima. Viviana algo de razón tiene sacándome de la cama.  El tío Marcelino y Gerardo ya se ha ido a trabajar. Contrariamente a su hija la tía Ernestina me saluda con una sonrisa que me desconcierta. En general ella es muy seria.

Me siento en la mesa. Viviana no me mintió, mi desayuno ya está servido. Comienzo a devorar el pan que, como se cuece en un horno de barro, tiene un gusto muy bueno.  Este es mi segundo día en esa casa.  Después que termino de desayunar me atrevo a ir a la cocina. La tía Ernestina está tomándose un mate. A diferencia de su hija, cuando le pregunto si tengo que hacer algo, en lugar de imponerme obligaciones me dice que yo podía hacer lo que diera la gana. Tenía que llegar a la hora para el almuerzo eso sí. Como ya está haciendo calor después de lavarme me voy al dormitorio a ponerme mi short y una polera delgada. No me pongo zapatos. Preparado para afrontar la canícula del día salgo de la casa.  Caminar a pata pelada es súper agradable. En Villa Alemana no puedo hacerlo nunca. Camino en dirección de los cerros donde ayer fuimos a buscar a la vaca. Mientras camino me pregunto porque ese animal no tiene nombre. Esa no es una vaca destinada al matadero. Produce leche que la familia consume. Lo menos que podrían hacer era darle un nombre. Como a los perros y a los gatos, por ejemplo. A propósito: me extraña un poco que haya un solo perro en esa casa. En los cuentos que transcurren en el campo siempre hay una infinidad de quiltros. No los echo mucho de menos en realidad. A mí no me gustan mucho los perros. Mi madre tiene uno. Siempre estaba ensuciando la casa con sus deyecciones. Ella lo adora, lo toma en brazos, le hace arrumacos, le da besos en el hocico, pero yo soy el que limpia la mierda. Ese animal de raza indefinida, aparte comer, mearse y cagarse por todos lados no sirve para nada. En principio solamente, cuando mi santa madre no está en la casa yo aprovecho para darle unas cuantas patadas por el culo. Impunemente porque sus aullidos no los escucha nadie.  Hacerlo me ayuda a sacarme la rabia de encima.  Por fin he llegado a estos cerros. Un poco más allá alcanzo a divisar a   la vaca de la casa. En lugar de ir a molestarla con mi presencia decido bañarme en un canal que atraviesa estos cerros. Teniendo cuidado de no rozar las moras que hay en las orillas me tiro al agua vestido. La fuerza de la corriente es muy fuerte. Mientras me dejo llevar por el agua me digo que esta estadía en el campo es una bendición para mí. ¿Cuántos días voy a estar acá? Ojalá que sea todo este mes de febrero. El canal desciende de la colina hasta llegar al costado de un camino. Mí bañada duro más o menos una hora. Me hubiera gustado prolongarla un poco más, pero veo que por ese camino pasa gente. No sé si los baños están autorizados en ese canal.  Después de salir del agua busco una piedra donde sentarme. Allí me quedo sentado un buen rato observando el paisaje. La verdad es que aprecio la libertad de la cual dispongo. En mi casa mi madre siempre está pendiente de mí. A causa de ella todo lo que hago para divertirme debo hacerlo a escondidas. Mi “soledad” no dura mucho rato. Viviana que viene por el camino se demora unos cinco minutos en llegar adonde estoy yo. Como yo, ella también anda a pie pelado. Me fijo en sus piernas morenas y musculosas. Seguramente debe estar acostumbrada a hacer largas caminatas. 

  •  ¿Qué estás haciendo tu acá?  

Me pregunta con cara de pocos amigos. Yo no sé qué tiene esta chica conmigo, cada vez que se dirige a mi es para agredirme. Le respondo que justamente como no tengo nada que hacer, por eso es por lo que estoy ahí. Ella me mira de nuevo con cara despreciativa. Le examino de nuevo la boca. Decididamente esta tiene muchos defectos. Debería usar frenillos porque tiene un diente fuera de su lugar. De repente se me ocurre preguntarle dónde está su escuela. Me responde que en el fundo. (Cerca de las casas que visite a mi llegada) Pienso que cuando llueve no puede ir a clases. Ese camino de tierra debe transformarse en un torrente de lodo. Bueno yo tampoco voy a la escuela cuando llueve. Yo preferiría ir, sin embargo. Soportar a mi madre un día entero es un suplicio para mí. Los días de lluvia ni siquiera hace sopaipillas. Según ella porque hacen engordar. En todo caso ella igual tiene una guata, que debe contener con una faja para que no se le desborde por los costados. 

Viviana me propone que volvamos juntos. Su propuesta cae de cajón. Ella conoce bien el camino de vuelta. Mientras camina va silbando, yo la quedo mirando extrañado. En mi colegio las chicas no lo hacen. Ojalá que no me proponga un campeonato de silbidos, seguro que lo pierdo. Viviana camina demasiado rápido. Trato de andar, aunque me cuesta, al mismo ritmo que ella. Por una cuestión de honor, evidentemente. Mientras camina me pregunta, con una sonrisa perversa en los labios, si tengo una “amiguita”. Yo le respondo que en mi barrio (no le digo que voy a un colegio mixto) los muchachos no buscamos la compañía de las niñas. No es eso lo que te quiero decir, me responde. La miro con rabia. Desde que yo llegue su especialidad, es tomarme el pelo. La tía Ernestina me pregunta donde estaba cuando llegamos a la casa. Viviana responde en mi lugar, indicándole el lugar donde nos habíamos encontrado. La tía me mira la ropa. Pese al calor que hace esta todavía está húmeda. Imposible negarle el hecho de que me había bañado en el canal.

  • Vaya a lavarse las manos, porque voy a servir el almuerzo-. me dice solamente

 Me he olvidado mencionar que la tía Ernestina me trata de usted. Su forma de tratarme no marca distancia, sin embargo. A sus hijos también los trata de usted la tía Ernestina. El tío Marcelino también lo hace. Todo eso me parece raro, pero no me disgusta. Me parece afectuoso. Mientras me lavo las manos me miro en el espejo. Mi rostro no tiene nada de extraordinario. Un cutis blanco aspirina, ojos color marrón. Una nariz pequeña y cejas poco pobladas. Pestanas bien crespas eso sí.  Vuelvo al comedor. Al pasar me topo con la madre de la tía Ernestina. La verdad es que esta no se parece mucho a su hija. Ella es más bien alta y delgada. Su hija es baja y regordeta. La tía Ernestina tiene el pelo castaño y los ojos claros. Su madre es morena y de pelo negro. Me siento en la mesa. A los pocos minutos la tía Ernestina trae el primer plato: cazuela de vacuno. No hay mucha carne, pero no importa. Después viene un charquicán bien contundente. Durante todo el almuerzo nos dedicamos solo a lo esencial, es decir a comer. Debajo de la mesa trato de encoger mis piernas al máximo. No quiero que Viviana me aseste de nuevo un puntapié. Esta precaución no es necesaria. Mi prima parece absorta en sus pensamientos y no está de ánimo agresivo ¿En qué puede pensar una chica como ella? En mí no por supuesto. Ella tiene una mama un papa, una abuela y un hermano. Dentro de unas semanas yo estaré olvidado. En mi casa las cosas en principio tienen un orden parecido. En realidad, todo es desorden. Un padre debe hacer acto de presencia en su casa. Mi padre no está casi nunca. Una buena madre es cariñosa con su descendencia. Mi madre no lo es. La madre ideal es linda, dulce y tierna. Mi madre es una ogra obesa con tendencia al alcoholismo, cuando mi padre no está en casa bebe todos los días. Vino suelto, su paladar no distingue los vinos de buena calidad. Respecto a este punto, no debo quejarme demasiado, sin embargo. En este bajo mundo la vida me brinda algunas compensaciones. Por las noches tengo derecho a tomarme medio vaso de vino. A este ritmo a los veinte y cinco años estaré convertido en un alcohólico como ella. 

Después del almuerzo me voy a la cama un rato. No tardó mucho en quedarme dormido. Cuando me despierto ya son las cinco de la tarde. No comprendo como he podido dormir tanto. Como no escucho voces me voy a sentar al del porche. Como no tengo otra cosa  en que pensar me recuerdo de mi casa en Villa Alemana. En el patio hay un almendro. Este árbol no es importante para mí por sus frutos, produce almendras amargas, sino porque acostumbro subirme en él. Cuando estoy arriba me siento el rey del universo (o casi) La llegada imprevista del tío Marcelino interrumpe mis recuerdos Su demanda es bien precisa y no da espacio a ninguna posibilidad de resistencia.

  •  Francisco vamos a ir regar un potrero juntos

Me levanto encantado de mi asiento. Antes de partir pasamos a buscar unas palas. El potrero que debemos regar no está cerca. Nos demoramos unos veinte minutos en llegar. A diferencia de los otros potreros que vemos en el camino este tiene plantado cebollas. El tío Marcelino me explica que el riego va a hacerse por hileras de a tres. Yo debo vigilar cuando el agua comienza a desbordar por las hileras siguientes. Imbuido ya en mi papel de campesino, me meto en la acequia y comienzo a vigilar el agua que recorre las hileras de cebollas. Mis pies desnudos aprecian el contacto con el agua.  El avance  de esta es lento pero continuo. Con la pala voy tapar la entrada de las hileras que están regadas. Me impresiona el hecho de que el tío Marcelino me de esta responsabilidad. No sé cuáles podrían ser las consecuencias si no cumplo bien mi tarea. Pienso que algunas tienen que haber. En mi casa tengo una reputación de poco hábil con mis manos. En general cuando se trata de efectuar un trabajo, que demanda un mínimo de habilidad manual, no soy yo el que le efectúa. La verdad es que mi mala fama tiene bases sólidas. Yo soy como dicen en la familia un rumpiata. Una deformación del italiano pareciera. Mis primas de Viña del Mar, que va a la Scoula italiana, a menudo la utilizan para referirse a mí.  En Villa Alemana viven muchas familias de origen italiano. Para empezar Martin, nuestro almacenero, es genovés. Apenas habla el castellano, pero las cuentas las saca muy bien. Siempre anda con un lápiz encima de la oreja. Los fines de mes mi madre me manda comprar al fiado. No sé porque no va ella. Yo tengo que pasarle entonces la libreta al Martin, que anota el monto. Este caballero debe tener más de setenta años. No se viste bien y nunca anda afeitado. Un día lo vi con su esposa. Una italiana igual de desastrada que él. Evidentemente no comprendí nada de lo que se decían entre ellos. En la esquina opuesta hay otro almacén de italianos. Parece más limpio y cuidado que el boliche de Martin. Mi familia no es cliente de este almacén. A diferencia de Martin no fía. La única compra que mi madre hace allí (mejor dicho, yo hago por ella) es el vino.

 No me da la impresión de estar trabajando. Para mí es casi un juego. Cuando terminamos me siento algo desilusionado. Como ya van a ser las ocho, hora de cenar, partimos de vuelta a la casa. En esa casa sirve cuatro comidas en el día. En mi casa mi madre sirve solo tres. La verdad es que es no sé porque mi madre es gorda. Debe ser a causa del vino que se toma por las noches. Viviana esta vez no come con nosotros en la mesa. Puede parecer extraño, pero la echo de menos. Después que terminamos de cenar me pongo a escuchar la radio. En el dial doy con una estación que trasmite rancheras. Como a mí me agrada escucharlas no cambio de emisora. Mi madre odia este tipo de música.

Al día   siguiente, una excepción no constituye regla, me despierto temprano. Como no soporto la cama me levanto. La puerta de entrada está cerrada sin llave. Tratando de no hacer el mínimo de ruido posible la abro y salgo. El sol comienza ya acariciar los campos. A mediodía serán latigazos. El aire matinal me tonifica. No sé qué hora es exactamente, pero pienso que tengo tiempo de dar un paseo antes del desayuno. Me voy caminando en dirección de las casas que conozco. Allí me quedo un buen rato sin pensar en nada.  ¿Cuánto tiempo me quede allí?  La verdad es que no lo sé. Cuando vuelvo a la casa de mi tío ya toda la familia ha terminado de desayunar. La tía Ernestina me dice que nunca más vuelva a salir de la casa de esa manera. El tío Marcelino no me dice nada, pero no parece contento. Viviana me mira con cara de preguntarse ¿De dónde salió este bicho raro?  El día transcurre a continuación sin mayores novedades. Aparte leer La cabaña del tío Tom no hago nada. Mi prima pareciera que ha olvidado mi existencia. En fin, alrededor de las cinco tardes tengo algo concreto que hacer. Viviana me pide que la acompañe a buscar el caballo. Parto con ella entusiasmado. En el trayecto me pongo a decirle cosas divertidas. Viviana no me responde nada, pero fiel a su modo de ser conmigo me mira con socarronería. Encontrar al caballo de la casa resulta más fácil, y sobre todo menos largo, que buscar a la vaca de la casa. Como tiene una manta puesta Viviana lo monta. Yo continúo relegado a la condición de peatón. Viviana tiene la amabilidad de no apurar a la bestia. Me fijo que la domina muy bien.  Poco antes de llegar a la casa le pido que me deje montarla. Sonriendo maliciosamente, ella me dice que está de acuerdo y se baja. No obstante que es la primera vez que lo hago, logro subirme y mantenerme en el lomo de la bestia. Todo anda bien para mi orgullo personal. Solo que cuando llegamos me doy cuenta de que en realidad yo no domino para nada al animal. Hemerejildo se va a su cobertizo, sin darme tiempo para apearme. Viviana no hace ningún esfuerzo para disimular su sonrisa despreciativa, por supuesto. 

Francisco regresa a Viña del Mar satisfecho de su visita a la familia materna. El tío Marcelino está más viejo pero su carácter sigue siendo el mismo. Parco en palabras, pero de trato agradable. La única nota discordante, para él, fue que la tía Ernestina le pregunto, con un tono inquisidor en la voz, porque su esposa estaba viviendo en Francia. Se fue por la tangente por supuesto. El auto ya está por llegar a Quilpué. Está por llegar, pero no llega porque de repente el motor se detiene. Justo al frente de la antigua base aeronaval. Pone el contacto de nuevo, pero no logra hacerlo partir.  No puede ser la bencina, en todo caso, porque el estanque todavía está en la mitad. Padre e hija se bajan del vehículo. Francisco ejecuta entonces un movimiento completamente inútil: levanta el capó para ver el motor. Inútil porque no tiene la más mínima idea de mecánica. Probablemente la solución de su problema es fácil, pero él nunca sabría encontrarla. No le queda otra alternativa que buscar por internet, en su teléfono móvil, el número de un garajista y llamar. Cuando consigue dar con uno le responden que en unos veinte minutos más, como máximo, van a llegar. No pregunta cuánto le va a cobrar. De todas maneras, sabe que le va a costar un ojo de la cara. Los veinte minutos son para el garajista unas unidades de tiempo aproximativas. El tipo llega una hora más tarde; dando unas disculpas que seguramente ni el mismo se las cree. Para determinar la naturaleza del desperfecto tiene que llevar el vehículo al garaje, le dice. Por el momento debe cancelarle el traslado. Francisco le pregunta si puede pagar con un cheque. El garaje no acepta los cheques; si quiere puedo llevarle a retirar dinero de un cajero automático, le responde el tipo. Proposición aceptada. La maniobra de levantar el Fiat dura apenas dos minutos. En el centro encuentran una sucursal de su banco. Fijo que a fin de mes va a tener un sobregiro se dice, al momento de meter su tarjeta en el cajero automático.

El regreso a Viña del Mar se termina por lo tanto en bus y en taxi colectivo.  En cuando llegan al departamento Dolores va a encerrarse a su pieza. Como su hija quiere estar sola, Francisco se pone a escuchar su tema preferido de Chopin. Su escucha no dura mucho rato.  El ruido del teléfono le saca del ensimismamiento que le produce la música clásica. Es Constanza. La conversación con ella se alarga por una razón de peso: su esposa le propone reunirse con ella en Francia. Como los dos no están divorciados, podrían obtener le regroupement familial, le dice con una voz algo traposa.



 

 

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UN DÍA DE CAMPO.
Georges Aguayo.
Escritor chileno residente en Francia (Ril editores)