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El papel del neointelectual

Por Gonzalo León

 

 

Sigo leyendo a Jean-Paul Sartre. Ahora vi una entrevista que concedió a Radio Canadá en 1967 y que pueden revivir en https://www.youtube.com/. Ahí asegura que el papel del intelectual del Tercer Mundo es servir al desarrollo de su país, “en consecuencia, ponerse a disposición del gobierno y del partido”; en cambio, el intelectual europeo aparece o se distingue cuando “el ejercicio de este oficio hace surgir una contradicción entre las leyes de ese trabajo y las leyes de la estructura capitalista”. En otras palabras, para Sartre el intelectual europeo puede ejercer la crítica, evidenciar las contradicciones del sistema capitalista, pero el tercermundista no; porque, obvio, existen otros apremios: pobreza material, intelectual, espiritual. Estos apremios es lo que llamamos subdesarrollo.

Han pasado más de cuarenta años de esta entrevista y hoy una sociedad capitalista puede a la vez ser una sociedad subdesarrollada, por lo que la distinción entre intelectual europeo y tercermundista ha desaparecido. Pero además la figura del intelectual ha dejado lugar a la de los economistas, historiadores, ingenieros, políticos y técnicos, que más que cuestionar el sistema han venido a explicarlo, si no a justificarlo. Por las pantallas de televisión o por los diarios estos neointelectuales, que bien podrían ser algunos columnistas de diarios, panelistas de televisión, díscolos políticos o políticos a secas, y hasta premios nacionales, nos dicen lo que está pasando con o en nuestra sociedad.

Vivimos un mundo que está en crisis, ¿y quiénes salen al pizarrón? Las autoridades políticas del país, los economistas de Tantauco o de Océanos Azules, los técnicos o especialistas, Carlos Peña, Patricio Navia, Rafael Gumucio, Pato Fernández Chadwick, Fernando Villegas, sólo por nombrar algunos. ¿Y cuáles son las explicaciones que nos entregan? Simples juegos de palabras, que nos hacen pensar y luego decir sí, de veras, ¡qué hombre más inteligente, o cómo no se me ocurrió antes!  El problema radica en que a la semana siguiente “la receta” es otra porque “el menú” es otro: ahora ya no es la crisis del Transantiago, sino la influenza humana, o la crisis financiera y la desconfianza en el sistema económico, o el probable final de una coalición. En fin, el caso es que “el cocinero” sigue con su programita y nosotros tomamos apuntes. Pero no existe desarrollo de las recetas, vale decir no hay pensamiento con letras mayúsculas, sólo “chispazos” motivados por la incredulidad o la desconfianza. ¿Acaso creen que somos huevones?, parece ser su eslogan, a lo que yo podría contestarles “sí, pero ese no es el problema”.

No quiero transformarme de un día para otro en un intelectual, a la altura de Sartre o de Carlos Peña. Estoy conciente de que soy una persona limitada, casi insignificante, y creo que eso me libera de tomar esa responsabilidad o jugar ese rol. Además nunca he querido ayudar al desarrollo de mi país ni menos he disfrutado con las contradicciones entre mi mundo interno y el mundo externo. Soy una persona sencilla que observa en una esquina, sólo eso. A esta esquina, o a esta parte de esta página he llegado con cierta dificultad, y ese es mi único orgullo. Sin embargo, eso no me impide hablar de los neointelectuales de mi país.

Hoy, por ejemplo, todos toman partido por tal o cual candidatura presidencial. Jorge Arrate y Marco Enríquez-Ominami se los pelean, y para mi sorpresa muchos firman cartas de apoyo o adhesión sin motivo aparente o sin pensar, o más bien sacando el exacto cálculo político de su conveniencia personal. Hoy, cuando los proyectos grupales están en retirada, se imponen los proyectos individuales, o más bien dicho los intereses personales. Ya no es qué candidato le hace bien al país, porque eso es una utopía, sino más bien qué es lo que me conviene.

Y en este punto me gustaría volver a Sartre, un demodé entre los neointelectuales. En la entrevista mencionada al comienzo, le preguntan por qué no aceptó el Premio Nobel de Literatura, y Sartre contesta que siempre ha querido ser un hombre cualquiera; así es que de haberlo aceptado, habría dejado de serlo, porque el Nobel es una distinción. “Un hombre, hecho de todos los hombres”, escribió alguna vez, “que vale por todos, y que es cualquiera”, lo que con los años explicará de la siguiente manera: “Ser cualquiera no es sólo una realidad, es también una tarea. Es decir, rechazar todos los rasgos distintivos para poder hablar a nombre de todo el mundo”. No creo que Sartre haya sacado cálculos personales, sino todo lo contrario. Tampoco pienso o más bien estoy seguro de que no estuvo contra de la guerra de Vietnam porque la guerra era “criminal”, sino porque ahí, en Vietnam, estaba en juego el futuro del mundo, el triunfo o derrota del capitalismo.

Pero bueno, mejor será que volvamos al neointelectual y a su papel dentro de la sociedad, que no es otro que la satisfacción de sus proyectos personales, o si así lo prefieren llamar: onanismo intelectual. De eso se trata, de nada más. Y, al escribir esto, me gustaría aclarar que esto lo dice un cualquiera, que quiere “rechazar todos los rasgos distintos para hablar a nombre” de todos los giles.

 

 

 

 

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