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El criollo que llevas dentro

Por Gonzalo León

 

Desde hace dos años he tenido y presenciado la misma conversación: ¿por qué hay tan pocos escritores que escriban de Chile? La pregunta o el tema suena a paradoja, más si escribir de lo que se tiene a mano, como decía Tolstoi, es un viejo y seguro consejo. Sin embargo, los escritores,… voy a ser más preciso y diré narradores, sí, los narradores se empeñan en armar historias que evitan este país, como si Chile estuviese maldito o padeciese alguna clase de plaga.

Algunos o algunas ya estarán levantando el dedo para decir que sí hay novelas y cuentos que hablan de Chile, pero habría que admitir que, si lo hacen, la elaboración privilegia el “manejo del lenguaje” o la “metaliteratura”, por lo que ese Chile se pierde en la forma. Hace dos años La Calabaza del Diablo organizó lo que el poeta Pablo Paredes bautizó como Mesas del Pellejo. La idea era discutir sobre creación literaria al lado de la Feria Internacional del Libro de Santiago, en el Centro Cultural Balmaceda Arte Joven. Como se imaginarán, la convocatoria fue un fracaso, no así las cosas que se hablaron. Recuerdo al joven Diego Zúñiga quien, en medio de su exposición, dijo que yo era un escritor muy chileno. En verdad en ese momento no supe si ser escritor “muy chileno” era un insulto o no. Con el tiempo lo he interpretado como un halago. Sin embargo, cómo puede ser que en Chile se diga que un escritor es muy chileno. Suena a pleonasmo, ¿no? Pero bueno, a mi entender esto se explica por lo raro que resulta hoy en día la figura del escritor chileno. De hecho es más normal ser escritor maldito que chileno.

José Leandro Urbina, escritor que vivió treinta años en Canadá y Estados Unidos, ha dicho que Chile está lleno de historias, que sólo falta escribirlas. Pero esto se hace difícil cuando lo criollo –que no es otra cosa que la mezcla de español con mapuche, la esencia nacional– es mal mirado. De hecho, hay poetas mapuche, que reniegan del alma criolla, y eso está bien; también hay jóvenes narradores que escriben mirando las traducciones de Anagrama, y eso no está mal del todo; incluso hay escritores bestsellers que banalizan lo criollo, y eso, bueno, peor es nada. Entonces sólo escriben esas historias de las que habla Urbina los escritores bestsellers, pero lo hacen como si fuese una telenovela. En otras palabras, hay muy poca gente escribiendo seriamente Chile. Alguien en este punto volverá a levantar el dedo y dirá que, si esto sucede, es porque a los lectores no les interesa que les cuenten Chile porque están hartos de él, cuando pagan cuentas, cuando llevan los hijos al colegio, cuando discuten con sus parejas. Sin embargo, ese argumento se vuelve simplista, porque a la hora de la verdad los lectores no han tenido la oportunidad de elegir. Hay un supuesto y los supuestos operan como prejuicios, o sea como no-realidades.

En todo caso, soy consciente de que existe una tendencia en nuestra narrativa que elude lo criollo. Claudio Giaconi, hace más de cincuenta años, escribió un texto para el Segundo Encuentro de Escritores Chilenos, realizado en Chillán, que llamaba a superar el criollismo, pero no porque fuera aburrido, sino porque la novela chilena “se definía por limitaciones geográficas”. De este modo había una novela del norte, una del centro y otra del sur. Cuando fue el boom del salitre, observó Giaconi, “la literatura, consciente o inconscientemente, estaba dando importancia a esos temas: el norte, la pampa, el minero, etc.”. Para Giaconi y buena parte de la generación del 50, entre los que estaban José Donoso y Jorge Edwards, el criollismo como tendencia literaria no trataba de la chilenidad, porque si por chilenidad se entendía usar términos del bajo pueblo –“L’escopeta está cargá, allí en la risquera. ¿Te quean pieras pa l’honda?” –, esto para ellos no era chilenidad. Entonces cuando hablo de historias chilenas o criollas hago la diferencia con el criollismo. No estoy planteando escribir como se escribía hace ochenta años. Aunque sería bonito y un gran ejercicio literario.

El problema, finalmente, no radica en que haya “traductores” de Raymond Carver, Alessandro Baricco, Georges Simenon, Ray Bradbury o Roberto Bolaño, sino en que no hay otra cosa que “traductores”. Una voz propia sólo puede nacer de la vernaculidad, del territorio, de la cuna, o como quieran denominarlo. La singularidad de los grandes escritores consiste en mostrarnos algo nuevo, un lenguaje nuevo pero también un mundo que hasta ese momento desconocíamos. Sé que en momentos de globalización ese mundo está al alcance de la mano y podríamos –de hecho muchos ya lo hacen– escribir desde Londres, Shangai, Buenos Aires. Los personajes –esto nos enseña la globalización– no cambian mucho de nación a nación: todos quieren las mismas cosas, tienen las mismas carencias, contestan el mismo celular, visten los mismos jeans. Bueno, yo no comparto esto, pero si lo compartiera, tendría que conceder que la literatura se ha convertido en un lugar común. En otras palabras, ha desaparecido. Pero como por alguna estúpida razón no quiero que desaparezca la literatura, insisto en esto de sacar lo criollo que todos los escritores llevamos dentro. Y si este intento fracasa, “mala cueva”, dijo al conejo. Al menos habremos dado la cara.

 

 

 

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