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GERMÁN MARÍN, UN ESCRITOR INCÓMODO
A propósito de Adiciones palermitanas (Alfaguara, 2016, 201 páginas)

Por Ramiro Rivas
Publicado en Punto Final, 9 de junio de 2017


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Germán Marín (1934) es un escritor atípico en el mundo literario criollo. Hombre sin pelos en la lengua, intransigente, directo y franco, ha cultivado una imagen de iconoclasta perpetuo. Muchos piensan que si hasta ahora se le ha negado el Premio Nacional de Literatura, es producto de su carácter contestatario. Sin embargo su trayectoria literaria, desde su retorno del exilio en España el año 1992, es sencillamente extraordinario. Más de veinte libros publicados desde esa fecha, entre novelas, cuentos, ensayos y antologías. Notable es la trilogía novelesca, Historia de una absolución familiar, compuesta por Círculo vicioso (1994), El palacio de la risa (1995) y Las cien águilas (1997), proyecto literario de más de mil páginas que en un comienzo trató de publicar en un solo tomo y su editor optó por dividirlo en tres libros independientes.

Adiciones palermitanas (Alfaguara, 2016, 201 páginas) es una novela estructurada en base a la alternancia de dos niveles narrativos: el que da inicio al texto, en cursiva, que constituye una suerte de monólogo explicativo del personaje central, que nos manifiesta que iniciará la escritura de una novela, cuyo protagonista administra un viejo hotel, llamado Palermo –nombre influenciado por la pasión por los caballos de carrera del propietario -, en la calle Catedral, a pasos de la plaza Brasil. La otra corriente argumental también está escrita en primera persona, pero esta vez en la voz de un jubilado de la Biblioteca Nacional, que desarrolla este relato paralelo dentro de la novela. Recurso que se ha empleado en innumerables veces en la literatura mundial. Pero a medida que la novela en ciernes avanza dificultosamente en manos de este  ex funcionario bibliotecario, debido más a la desidia y los achaques propios de su edad, ambas voces narrativas se intercalan, fusionando ambas identidades, en donde realidad y ficción se transforman en una sola unidad.

Este desdoblamiento escritural le permite a Marín objetivar los problemas del personaje, desnudando todas sus falencias físicas, la desolación de una existencia precaria y su propia incapacidad, producto de una edad avanzada.

Las atmósferas que desarrolla Germán Marín en casi toda su novelística, se sustenta en una mirada cinematográfica, visual, de la urbe santiaguina y sus ambientes íntimos, particulares, como si una cámara oculta nos fuera develando esas interioridades, esos detalles casi imperceptibles. De esta manera, esa imagen sensible de la ciudad, de los objetos y los individuos, dejan de ser simplemente un fondo escénico, para transformarse en corpóreos, en figuras para nuestra percepción lectora. Esta conversión de los objetos en personajes en sí mismos, otorgan un signo especial y único a la escritura de Marín.

En toda la obra narrativa de Germán Marín, siempre nos encontraremos con esta simbiosis literaria. Casi todos los personajes protagónicos resultan una extensión de la personalidad del autor, llegando, por momentos, a mencionarse a sí mismo y exponer vivencias biográficas propias, como su largo exilio en Barcelona. Esta suerte de autoficción escritural, muy propia de este autor, es un recurso literario que maneja con bastante maestría, creando obras que se han transformado en clásicas en la interpretación del desarraigo y la visión de la dictadura en Chile.

El hotel Palermo representa el símbolo del desamparo y decadencia de un Santiago vetusto que desaparece ante el avance inmobiliario irreversible. Temática que varios escritores chilenos han asumido en sus novelas y cuentos con dispar efectividad. Pero en esta novela no solo pervive ese desvalimiento físico de la urbe, sino el abandono de seres solos que se consumen en cuartos de pensiones y hoteles de mala muerte. La opulencia del pasado, representada en esos despojos en ruinas, en esas construcciones que alguna vez reunieron a lo más granado de nuestra sociedad, se han ido borrando del casco histórico de Santiago.

Germán Marín, en gran parte de su novelística, se ha esmerado en la búsqueda sistemática de personajes con características de antihéroes. Los sujetos de su preferencia narrativa los trabaja desde la marginalidad, desde la perspectiva de los perdedores que no piden clemencia por su situación, sino al contrario, la justifican, afirmando su periferia. En esta novela la caracterización de todos los individuos que habitan el hotel Palermo poseen algo de eso, de pérdida, de derrota ante una realidad que los supera.

De la existencia de todos esos personajes anónimos que pueblan el hotel Palermo, el narrador de la novela en preparación, al cierre de su obra y ante la demolición del edificio, expresa, nostálgico, identificándose con sus moradores, sus iguales, que “del amor se dicen muchas cosas, casi todas muy hermosas, pero nunca se termina por declarar que resulta un acto secretorio, borra de algo”. En resumen, “vidas mínimas”, como los denominara otro viejo escritor chileno, que deja un regusto a añoranza por tiempos idos. Bien expresó alguien “que mediante la integración de un pasado llega el hombre a conocerse a sí mismo”.


 

 

 

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GERMÁN MARÍN, UN ESCRITOR INCÓMODO
A propósito de "Adiciones palermitanas" (Alfaguara, 2016, 201 páginas)
Por Ramiro Rivas
Publicado en Punto Final, 9 de junio de 2017