Una de las canciones más extrañas que conozco es "La polca del espiante", de Francisco Canaro. No me sorprendería que tuviera mensajes subliminales. A pesar de haber dedicado en otra época muchas horas de atención al programa radial Compases al amanecer y a otro que ponían todas las tardes a cargo de Alodia Corral, en los que se repasaba todo el cancionero argentino, no recuerdo haber conocido esta especie de sainete en el que nace "un pibe con cabeza de acordeón".
A fines de los 90 compré un paquete de viejas partituras en una feria del Campus Oriente, y en ese lote venía el tema de Canaro. Neil Davidson lo descifró en el piano y rápidamente fue integrado al repertorio de un trío ocasional y extravagante en el que cantaba el propio Neil más la Moño, madre de mis hijos, y la pintora Natalia Babarovic.
El asunto tiene muchos ribetes, pero en este caso me limitaré a la palabra "espiante", que me parece que no se usa en Chile, y que designaría a un fugitivo, a un tipo que huye. La segunda vez que me encontré con esta palabra fue en una novela de Germán Marín,
lo que no resulta tan extraño en la medida en que Marín era medio argentino y tenía un conocimiento profundo del espesor de Buenos Aires. Lo llamé y no me dio ninguna respuesta concreta: me contestó con oblicuidades muy propias de su humor. Advertencias veladas, ironías, cosas como "usted está muy preocupado de las palabras, ¿ah?".
Hace poco, el escritor Gonzalo León, otro chileno que se fue perdiendo en Buenos Aires, mandó un hallazgo sorprendente: una reseña, seria, analítica y a mi entender favorable, que el joven Germán Marín había publicado en un medio argentino sobre Coronación, de José Donoso, en 1957.
Es curioso que Marín no haya mencionado jamás esta reseña. Quizás le incomodaba el hecho de que estuviera escrita con excesiva seguridad, rasgo que por lo demás se imponía en la crítica literaria de los años 50 y 60. Lo que sí contaba Germán era que apenas llegó Coronación a Buenos Aires lo compró y se fue leyendo el libro por la calle. En un momento lo detuvo una persona que parecía perpleja: el mismo José Donoso. Quedaron de juntarse
otro día a almorzar y Marín pensó que el lugar adecuado era un restaurante para ciegos que había por entonces en el Paseo Colón. Un desastre. El recinto era oscuro y maloliente y Donoso se puso nervioso, casi al borde del ataque.
La novela más bonaerense de Marín se llama La ola muerta y es una maravilla en la medida en que el inefable paisaje de la ciudad es el fondo para una historia que tiene un leitmotiv dramático: la traición. Por otra parte, la realidad siempre da la impresión de deshacerse en un punto, en un plazo.
Por lo mismo, se me confunden los episodios de esta novela con las historias bonaerenses que Marín contaba en el café. Más de una vez habló de la boite o discoteca en la que trabajó cuando joven como pinchadiscos, cuyo propietario era el tanguero Osvaldo Fresedo. Hace no tanto tiempo, en un cachureo, me encontré con un disco de Fresedo y lo compré y se lo mandé a Marín: me lo agradeció pero no me dijo nada más, como si no hubiera querido que su memoria fuera perturbada por evidencias.
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[A propósito de Germán Marín].
Por Roberto Merino.
Publicado en Las Últimas Noticias, 31 de enero 2022