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NOTAS SOBRE NOCTURNA DE GUILLERMO MONDACA

Por Thomas Harris


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Que Guillermo Mondaca es un poeta joven y este es su primer libro podría ser un dato irrelevante, pero en este caso no, dado que nos hallamos frente a un discurso insospechado e inusual para un poeta de su edad, de su tiempo y de su ethos lírico: me explico, cuando Guillermo me invitó a presentar su libro, pensé encontrarme con una poética al uso por decirlo de alguna manera: post, urbana, transgresora con sus predecesores, partícipe de esa suerte de retórica que puede llegar a abrumar hasta el cansancio del nuevo poeta entramado, como el mismo material de la urbe, cemento en tanto piel, lumínicos en tanto pupilas, simulacro en tanto cuerpo,  por la saturación de las imágenes, de lo evanescente, de la virtualidad, del universo saturado de información, de la web, etc., etc., es decir un poeta que se sumaría al dictum de Marschal Berman que nos dice y repite que “todo lo sólido se disuelve en el aire”.

Pero en Nocturna (título bastante inusual además en nuestros jóvenes post) nada está en aquel estado de disolución posmo, sino todo lo contrario. O aparentemente. Todo poemario lúcido o que se precie de tal, que participe del decir de nuestro tiempo, está lleno de celadas. Y yo puedo estar cayendo en las celadas (que no me cabe duda que las tiene) del libro de Guillermo. Un poemario que parece intentar alejarse de la retórica urbana y posmoderna, del dolorido sentir de la simulación y el asfalto (o su simulación) indudablemente se nos hace, de muchas maneras “sospechoso”. Y me gusta internarme en un libro pletórico de sospechas por su textualidad, o mejor, por el espesor de su textualidad, por la diapasón de imágenes que provienen de otra escena textual que no lo emparenta con su generación, donde la urbe y su orbe fragmentario, quebrado, tribal, no tiene, aparentemente, lugar.

Por decirlo directamente: es como si Guillermo quisiera, volitivamente, alejarse de esas escenas discursivas y mirar el mundo desde otro locus lírico; ¿Cuál? El del discurso que se allega a poetas y poéticas al parecer ya “superadas” (digo, al parecer y entre comillas) donde el discurso en toda su opacidad, el texto en sus más complejos entramados, la imagen como centro del logos, la metáfora como procedimiento irrecusable, es lo primordial, en tanto, insisto en el término, su espesor textual nos coloca ante un poemario cuya exégesis exige retomar ciertas lecturas, ciertos decires, que ya se habían clausurado para la joven poesía, en tanto una escena literaria donde nos hallamos bajo la superficie del texto, donde la revelación y cierta metafísica, todavía nos quieren hablar desde su espacio opaco y logocéntrico: un Anguita, un Gonzalo Rojas, y, me atrevo a decirlo, al Neruda tan poco revisitado de las Residencias –guardando, claro ciertas distancias- a un Lorca del Romancero Gitano, y hasta en un decir Withmaniano, entre otros célebres referentes. Es decir, un poeta que asume todos los riesgos  posibles de sus lecturas y sus vaciados en su propia lírica.

El poemario se puede o quiere que se lea como una suerte de viaje cósmico, de entrada en la materia, la materia que constituye al mundo incluso antes de la ciudad ya cifrada por Baudelaire y posteriormente por las vanguardias , post vanguardias y neovanguardias. (Desde Vallejo a Lihn, desde Parra a Maquieira y hoy por hoy, Carrasco o Figueroa). No hay, como decía, referencias ni angustias posmo, rocanroleras, tribales. Tenemos a un sujeto que nos habla de su génesis cosmogónica y su devenir cosmológico, y esta génesis, insisto, está situada en la materia del mundo, entendiendo por materia aquellos elementos fenomenológicos que hallamos en la lectura de la literatura a través de la fenomenología de un Gastón Bachelard: un psicoanálisis del fuego, del agua, del aire y sus sueños, de la tierra como elemento matriz, y sus relaciones con el hombre y su danzar con el Mundo. Guillermo se interna en la materia bachelerianamente, indagando en el permanente abrazo de los elementos en una estética trascendente, pero siempre hic et nunc, sin olvidar que en el centro y en los vórtices de la materia hay un sujeto que la padece y la goza a la vez: allí radica su eros y su tánatos, su sentimiento de vida y de muerte, su erotismo y su padecimiento.

Por eso retomo la idea planteada más arriba: de espaldas al asfalto y a la virtualidad, el sujeto de Nocturna retorna a la materialidad primordial, sin olvidar que está en desventaja con el mundo, como en toda poesía que se precie de tal: “No puedes cantar con los dientes rotos, mordiéndote la boca”, afirma.

Su permanente apelación a la materia:

“Somos el humo que abrazando su propósito de fuego quema la luz, borra el incendio. Nos sostiene la piel de la imagen arrancada, la palabra que se cae y se quiebra en la otra orilla de la voz, nos sostiene”,

escenifica el conflicto lírico en un constante abrazo de los elementos, en una erótica inmanente/trascendente que se resuelve –o lo intenta- en su discursividad más bien opaca y espesa. Una discursividad que  permanentemente apela a la visualidad de las imágenes, pero, como decía, una visualidad que echa raíces en una matriz arraigada en lo material del Mundo, a una suerte de árbol de la vida (pienso en Humberto Maturana y su concepción de una autopoiesis planteada ya desde su El árbol del conocimiento)


Entrada en la materia y entrada en el tiempo, Nocturna, sin dejar de sufrir los estertores del poeta moderno, trata de dar un paso más allá –riesgo o celada o trampa-  emprender otra épica que, siguiendo una posible lectura de Saint John Perse, Rosamel del Valle, Anguita, o los giros del Canto Cósmico del último Ernesto Cardenal, encuentre “la rompiente aún lisa sus manos que hilan la arena en orillas que terminan hacia el aire, mientras desgaja la cadena que sostiene la cerrada mandíbula del mar.

Agosto de 2013.



 



 

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