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UN PRÍNCIPE DEL HAMPA: Alfredo Gómez Morel
En: Fuera de Campo. Retratos de escritores chilenos. Manuel Vicuña. Editorial Hueders. 159 páginas. 2014

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Siete balazos en el cuerpo y un dedo mocho a causa de un disparo a quemarropa, que casi lo mata en una oscura dársena de Tampico, México, fueron algunos de los rastros de su pasado como choro formado en las riberas del Mapocho y príncipe del hampa latinoamericana con temporadas en las cárceles de medio continente.

En 1962, mientras cumplía condena en el penal de Valparaíso, Alfredo Gómez Morel escribió El río, el primer libro de su saga autobiográfica, Mundo adentro montado en un palo de escoba. Compartía celda con un gato negro, tuerto. Tenía cuarenta y seis años, un prontuario de terror y más de tres décadas de carrera delictual. Gómez Morel decía que la versión original tenía 1.200 páginas, y que había escrito dieciséis veces el libro, podándolo hasta alcanzar un destilado de su experiencia. Al igual que Hemingway, a quien llamaba “mi maestro”, quiso tallar una prosa concisa y expresiva a la vez.

Como en un anfiteatro, Gómez Morel diseccionó su vida a la vista de todos, con una impudicia desafiante y una crudeza desprovista de amor propio. Ambicionaba satisfacer un ideal de la sinceridad que entronca con la inclemencia y, a veces, con el gusto por lo abyecto. Se expone sin tomar resguardos, sin hacer cálculos respecto a su reputación, sin cuidarle las espaldas a nadie. Tal como le advirtieron sus cercanos, la brutalidad de sus libros alienta el escarnio de sí mismo. Él desestimó esos consejos y acometió un modelo de autobiografía basado en un verismo sin precedentes en la decorosa literatura chilena. Donde la delicadeza es una forma de dimisión y el recato se confunde con la cobardía: precisamente ahí comienza el territorio explorado por las mejores páginas de El río. Contrastando con los escritores que sólo iluminaban sus vidas con fósforos, Gómez Morel ensayó quemarse a lo bonzo.

La escritura de El río puso en movimiento un rito de expiación. Gómez Morel quería redimirse a través de un testimonio autoflagelante, cuyo valor aumentaba a la par del grado de exhaustividad del inventario de las crueldades sufridas y las atrocidades cometidas. No omitió nada al reportar sus incidencias como víctima y verdugo: orfandad, abuso sexual, violaciones infligidas y violaciones padecidas, incesto, asesinatos, secuestros, torturas bestiales, circulación de dólares falsificados por los nazis, extorsiones, robos, tráfico de armas, estafas, tráfico de drogas, sobornos. “Muestro mis recuerdos”, afirmó, “hasta quedar sangrando por dentro”. Alguna vez describió el rastro de su escritura como un reguero de “miasmas, lágrimas y sangre”.

En compensación, Gómez Morel fantaseaba con los sueños de grandeza de un faraón de las letras. De sus libros esperaba fama internacional y una vigencia póstuma semejante a la eternidad. Alegaba que sus libros eran únicos en el mundo, que nunca antes “en la historia universal de la literatura” se había narrado con ese rigor y esa ferocidad la epopeya del hampón y los entresijos del mundo del crimen. Criminólogos, penalistas, sociólogos, jueces, psicólogos, detectives y autoridades públicas: repetía que todos se beneficiarían de la lectura de sus libros, porque brindaban acceso a los recodos más íntimos de la mente criminal. En sus páginas se registraban con vocación etnográfica los arcanos de la cultura y la sociedad de los choros, un orbe alternativo con estrictos códigos de conducta, jerarquías claramente definidas, normas meritocráticas de ascenso, jurisdicciones territoriales y cónclaves de líderes, agónicos ritos de paso y un argot erizado por el odio a los giles, que sostenía un sistema de signos también basado en los tatuajes, las cicatrices y los apodos como partidas de bautismo de la hermandad del hampa.

Abandonado a poco de nacer, Gómez Morel pasó su infancia en San Felipe, entre un orfanato, un internado de las Monjas Carmelitas y la chacra de una viuda hospitalaria. Un día cualquiera su madre reapareció de improviso, como una tromba, reclamando la tuición de su hijo. Ese niño ya miraba el mundo al sesgo, desde un margen inestable, con la conciencia fisurada del hijo ilegítimo. Trasladado a Santiago, pasa años martirizantes con su madre, una prostituta que alterna los amantes con los clientes y trata a Alfredo como una prenda para extorsionar al padre. Hipererotizado por el espectáculo de la sexualidad de su madre, Alfredo vive zamarreado por un deseo incestuoso que consuma en una noche de hervor. Más tarde narrará el incesto como un goce sacrílego y epifánico que lo traspuso a un plano inefable de la experiencia. Esa noche trasmutó las palizas de su madre, que desde el comienzo lo golpea duro y tupido, en imprevistas evasiones de placer sadomasoquista. A futuro, el hombre adicto al puterío y reo de una “desesperante fiebre erótica”, de una “exuberante hambruna sexual”, siempre intentará revivir, en cada relación carnal, algo de esa escena primigenia y catártica.

De todos los colegios por donde pasó lo expulsaron por ladrón. Internado en el colegio La Gratitud Nacional, el primero del peregrinaje, fue abusado por “dos sacerdotes depravados sexuales”. Gómez Morel relata vívidamente este episodio clave en su aprendizaje del ejercicio del poder, del disfrute de la impunidad y, sobre todo, de la alquimia perversa que transfigura el sufrimiento en placer. Lo cuenta minimizando su condición de víctima para poner de relieve el goce que deriva de esa experiencia. Ser el favorito, el efebo de dos curas que se disputan sus favores, le significará gozar de privilegios que él asimismo expandirá, combinando el descaro y el oportunismo. “Gané bastante con todo eso”, recuerda. Se identifica con su madre, la hembra que brinda placer a los hombres al mismo tiempo que los exprime sin remordimiento, y entonces lucra mediante el chantaje y disfruta provocando tentaciones cuya satisfacción dilata a conciencia. Al igual que su madre, usa el propio cuerpo para forjar, en la fragua del deseo, lazos rentables de complicidad y dependencia.

En este período cobra fuerza su atracción por el río Mapocho y su panorama de niños con miradas torvas, de quiltros roñosos, de casuchas precarias, de afectos salvajes. El Mapocho actúa como un campo de fuerzas hacia el cual gravita de manera inevitable. En general, primero observa ese mundo a la distancia: curiosea desde el puente. Pero poco a poco se va acercando a la vida del lecho y las escapadas del colegio y de su casa, se tornan más seguidas, más prolongadas, más definitivas.

La historia delictiva del adolescente Gómez Morel es indisociable de su esfuezo por ser aceptado en la colonia ribereña de los pelusas, esa cofradía de ladrones en guerra con la sociedad de los giles. Durante años lo admiten como un afuerino sin derecho a arrancharse ni integrarse al grupo, que tarde o temprano lo rechaza por “ajutrado”. Los pelusas viven al día, siempre alertas a la amenaza de las redadas policiales. A diario irrumpen en la ciudad, en las inmediaciones de La Vega o más allá. Cada noche, formando ruedos en torno a las fogatas o a la luz del quinqué, cultivan sus propios mitos y evalúan sus acciones mediante la narración de historias delictuales. El río, por lejos la mejor novela del ciclo autobiográfico, es, en este sentido, la historia de la fascinación por ese mundo agreste como un espacio de extramuros donde es posible obtener todo lo negado por las instituciones de la ciudad: libertad, afecto, solidaridad. Gómez Morel acude al río como un desplazado en busca de asilo. Se pasa años robando para compartir el botín con los pelusas, cuyo “rudo cariño” intenta comprar así: dando pruebas de mala conducta, mimetizándose con su forma de vida, subiendo la apuesta de las transgresiones y adoptando el coa como lengua nativa.

El río es la contracara sórdida de la novela de formación burguesa: una incursión por los bajos fondos y su picaresca de la mano de un aspirante a choro que no se conforma con ser aceptado, que también quiere ser admirado, que está dispuesto a todo y, por lo mismo, embiste donde otros se retraen espantados. El itinerario de ese viaje contempla los prostíbulos, el antro del reducidor, el reformatorio, las cárceles, las torturas en los sótanos de los tiras, las partusas, la sodomización de los débiles y el inframundo de las cloacas pobladas de niños abandonados, de ratas enormes y gatos salvajes. En tiempos de Gómez Morel, la “choramenta” santiaguina pulula en torno a la Estación Central, la Pila del Ganso, el Matadero, y cuando hay que fondearse, recurre a una isla en una bifurcación del Mapocho, al poniente del último puente, un verdadero “bastión fluvial” donde ni los tiras ni los pacos se atreven. Bravos para las putas, también se refugian en los prostíbulos y a veces la sífilis les pudre más la vida que el acoso de la policía. Hacia 1930, el hampa cuenta con rubros particulares, advocaciones religiosas a la Virgen, redes de comunicación anudadas en las cárceles de Chile y aun del extranjero, puntos de contacto y transacción con el mundo de la política y la ley, innovación de saberes técnicos y formas de división del trabajo. En síntesis, una organización que opera en las sombras.

A esa altura, hasta idéologos tiene el hampa: apóstoles del resentimiento “contra el sistema”, custodios de las leyes que afiatan la manada y previenen las luchas intestinas. Gente parca que desprecia al suelto de lengua, machaca al hocicón y marca en la cara al delator, y que al hablar en nombre de la cofradía, lo hace sin rodeos. Gómez Morel puja por incorporarse a este gremio exigente. Y una vez admitido, se proyecta ascendiendo como cualquier profesional ambicioso. Para soñar con las gratificaciones del oficio, ahí estaban la celebridad otorgada por la crónica roja y las notas policiales, además de los relatos orales de la tribu, que rinden homenaje a las leyendas internacionales, hombres que no delinquen para vivir, viven para delinquir.

Al abandonar Chile, en los años treinta, Gómez Morel piensa integrarse a la aristocracia del hampa latinoamericana. Si en El río narró su formación de choro en la escuela del Mapocho, La ciudad (1963) documenta la primera etapa de su internacionalización en Lima. En Perú asume como mano derecha de Mao, un chino que lidera una red de tráfico de cocaína con ramificaciones en varios países de la región, y que tampoco le hace asco a la trata de mujeres para abastecer los prostíbulos de Lima y El Callao.

“Cada vez que cruzo una frontera, clandestinamente, nazco de nuevo. Puedo llamarme como se me ocurra. Soy capaz de simular la nacionalidad de cualquier país de Latinoamérica”. Eso afirma Gómez Morel en El mundo, el último libro de la saga autobiográfica. Editado póstumamente, recién en 2012, a veintiocho años de la muerte del autor, relata su consagración internacional en los años cuarenta. Trabaja en Colombia sobre todo, pero también en Venezuela, en Panamá, en México, en Cuba, e irrumpe en el radar de Interpol como un prófugo que apila órdenes de detención en su contra.

A la usanza mercenaria, presta servicios de sicario al mejor postor, y colabora con los capos del hampa colombiana y venezolana. En Colombia, el trabajo delictual se trenza hasta confundirse con la lucha política entre liberales y conservadores que prendió la mecha de la guerra civil en 1948. Finalmente forma su propia banda, integrada por un peruano, un colombiano, un ítalo-francés y “cuatro promisorios jóvenes del hampa panameña”. En ese momento, Gómez Morel ha recibido instrucción militar para acometer la guerrilla urbana, es experto en abrir cajas fuertes y en el sigiloso arte del robo nocturno, y además domina las técnicas de enmascaramiento (deformación facial, cambio del timbre de voz, borrado temporal de las huellas dactilares) que permiten esfumar los rastros.

Gómez Morel escribió sus libros como una despedida a su carrera hamponal, mientras hacía esfuerzos por rehabilitarse. Las cartas que prologan los dos primeros exponen este proceso acudiendo al melodrama. En ellas se presenta como un adicto en desintoxicación, con síndrome de abstinencia incluido: el delito profesional como una droga dura que halaga el intelecto (la astucia del hampa que subvierte el orden de los giles) y los sentidos (la dolce vita del choro con los bolsillos llenos). En 1962 contó que durante las entrevistas se le hacía agua la boca con las “cajas de fondos” de los periódicos y las “lapiceras de oro de sus directores”. En una entrevista publicada el 19 de julio de 1963, se confiesa aún cautivo de su pasado delictual: “Mi lucha interior es sin cuartel. A veces tiemblo cuando paso frente a una joyería y siento un impulso desesperante por dar un golpe. Entonces me castigo sin compasión. Míreme los nudillos de las manos —muestra sus dedos llenos de verdugones en sus falanges—, es la única forma de contenerme”. Los flagelantes cristianos castigaban el cuerpo para salvar el alma; Gómez Morel, para mantenerse limpio.

Lamentaba nunca haberse librado del estigma del ex delincuente, pero sin precaverse de ocultar sus deseos de reincidencia, como un lobo que no admite vestirse con pieles de oveja para ser acogido en el rebaño. El ansia de reconocimiento motivó esas conductas en apariencia contradictorias. Delinquió y escribió pensando en ganarse la aprobación de alguien, quien fuera: sus padres, los pelusas del Mapocho, los hampones, los lectores comunes, la gente bien pensante. Una vez protagonizó una audaz fuga del Reformatorio y un tabloide consignó en primera plana su hazaña. ¿Qué hizo? Orgulloso, compró varios ejemplares y los repartió entre los habitantes del río; por correo, también le envió recortes de la crónica a su padre y a su madre, a ver si le tomaban el peso al hijo. Esta anécdota tal vez condensa la relación de Gómez Morel, el hijo ilegítimo, con el delito y la escritura: la notoriedad a cualquier precio como paliativo de la falta de reconocimiento.

Enfermo, solo, alcoholizado, acusando de ingratitud a la sociedad chilena y haciendo alarde del patetismo del desamparado con la misma impudicia que usó para documentar su vida de choro del Mapocho, murió el 15 de agosto de 1984, en La Pintana. Su cuerpo pasó varios días en la morgue, sobre unas losas frías, a la espera de alguien dispuesto a costear el entierro.



 



 

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