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La metamorfosis de lo mismo

Gonzalo Rojas
Publicado en Revista de la Universidad de México. Noviembre de 1983


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El siguiente texto fue leído por el poeta chileno Gonzalo Rojas con motivo de la presentación de su antología 50 poemas,
en el Instituto Chileno-Alemán de Cultura.

Señoras y señores:

Por un azar vino a ser incluido en el arco de los días goethianos este viejo aprendiz con una música tan pobre. Me atengo a lo fortuita y no sé qué más decir, pero agradezco. Claro que agradezco. Al Instituto le agradezco, por Ganymedes y por mí, copero de los dioses. Soy el número diez y hablo por ese número del que ya dijo lo que dijo Turkeltaub.

Cuantos poetas conocemos por ojo y tacto la casa paterna de Goethe en el Hirschgraben de Frankfurt, vamos con ella por el mundo. Cruzar la gran puerta sigilosa más allá de la fascinación de esos metros de aire y esas tablas que aún huelen a lo sagrado de los bosques, es entrar en el origen. También estuve antaño en la majestad de Weimar y el gabinete de trabajo del genio, próximo al Ilm. Pero es aquella otra casa con infancia la que irá siempre conmigo. Cuando en el verano alemán de 1981 fui invitado por los departamentos de lengua y literatura románicas de Hamburgo, Kiel, Göttingen, Düsseldorf, Köln, Bonn, Mainz, Frankfurt y otros centros académicos para decir ahí lo mío, no iba a adivinar que a la vuelta de un año -en este mismo invierno- me sería dado el rehalIazgo de aquél que, con o sin sesquicentenarios de muerte y resurrección, nos unifica a todos en Occidente.

Recital dice el programa que me anuncia. Pero no. Lectura: simple lectura. Y Dios me libre por ejemplo del discurso lúcido sobre para qué escribir lírica hoy. Ni sobre mi proyecto ante el gran oficio: mi proyecto veedor y hacedor. ¡Tanto que uno sabía y ya no sabe! No sabe uno, y es todo. Después de tanta y tanta fanfarria y tanta ética de la nomenclatura, no sabe: de tanta metódica novísima y siempre arcaica, y tanto juego a descifrarlo todo. ¡Y el planeta que se enfría!

Pero de veras no contaba con el sacrificio de esta mano, la escribidora. Manco de mí mismo ¿cómo voy ahora a leer delante de ustedes si no la tengo a ella? Pues ya se sabe que la mano también piensa. ¿Si por salvar el hueso de cráneo el otro día, en lo vertiginoso del salto, no la tengo a ella? Que hable desde el nicho de su yeso, la malherida y gima penitente. Más se perdió ¡ay! en las Malvinas. Porque la poesía se hace no sabiéndola hacer y su lectura es siempre tan difícil. Para el autor más que para nadie. Por mi parte trataré con todo el cumplir con la lectura-apertura de esta poesía en cuanto a escucharla -yo también a escucharla- en ese acto de entendimiento inocente que es la única posible interpretación y quisiera leer aquí esta tarde como si yo mismo no fuera yo, en un ejercicio de distanciamiento casi imposible. De sobra me sé que la poesía se defiende sola y que sólo puede explicarse desde su propio juego. Pido entonces a mi audiencia que no quiera ser exégesis en alguno que otro toque de atención que yo pueda proponer delante de ciertos textos, no por presunción analítica sino apenas por conjetura ante el enigma. Tan escasa es mi luz ante él, tan pobre soy y sigo siendo, tan largo ya mi aprendizaje, que aun encima de los sesenta sigo pegado en el ojo del silabario y por lo visto no adelanto nada. Fiel hasta la monotonía, no me desconsuela seguir pensando como en el 48. ¡Y van treinta y cinco años en la misma cerrazón, u obsesión! Estoy por esa lectura fatal (bien subrayado: lectura fatal) que es lo que hace que una obra sea una obra y no un mero objeto de la actualidad, de la propaganda. Curado, me dije, siempre. con la moda, que se arruga. Sí; siempre estuve por el rigor del lenguaje para mostrar la realidad, y transcenderla desde - ¿cómo decirlo?- una moral del canto, pues la poesía se me da en el ámbito de lo sagrado, aunque la motivación provenga muchas veces de lo accidental. De ahí acaso la dimensión numinosa que prevalece en ella. Poesía y realidad. Poesía y libertad. Recuerdo cómo después de leer a mis 25 años unas líneas de Confucio escribí de golpe mi texto "El sol es la única semilla ". Me iluminaron las palabras de Confucio:

"Si el lenguaje no es exacto, lo que se dice no es lo que se piensa: si lo que se dice no es lo que se piensa, las obras no llegan a existir; si no llegan a existir las obras, no prosperan la moral ni el arte: si la moral y el arte no prosperan, no acierta la justicia: si la justicia no acierta, el pueblo no sabe dónde poner su mano y su pie. Así, pues, no se tolere arbitrariedad alguna en las palabras. Esto es todo lo que interesa ".

Del libro mundo que alguien quiso escribir a los quince al alba, en español de los cuatro vientos o más abajo -amor y guerra- en el después torrencial, propongo rápidas estas páginas míseras. Míseras de lo mismo, hartazgo y desenfreno, danza y mudanza, pues no hay Transtierro en mí si no hay Oscuro en la simultaneidad del oleaje: Contra la muerte ahí, La miseria del hombre. Ni hay, por cierto, Del relámpago ni estos, aún más inmediatos, 50 Poemas. Que todo es todo en la gran búsqueda del desnacido que salió de madre a ver el juego mortal y es UNO: repetición de lo que es. Antología de aire, metamorfosis de lo mismo.

A un loco de corral de manicomio se le ocurrió decir el balbuceo deslumbrante que el viejo Heráclito hubiera hecho suyo: Loco es como un ebrio pasado de embriaguez.

¿Y el poeta? ¿No estará también él pasado de realidad?



 

 

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Publicado en Revista de la Universidad de México. Noviembre de 1983