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MATTA

Gonzalo Rojas
Publicado en Revista de la Universidad de México, N°111 (2013)

 


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Matta y su siglo XX que todavía duerme con nosotros. Matta y sus siglos más allá de todo lo efímero, volcán siempre encendido; entero, cervantino, hechicero. Fue más tierra que cuantos vi, más rotación, más traslación que nadie: pintó, rió, voló, humor y lozanía, padeció como todos los dioses y resucitó al tercero día como se dice, resucitó de entre los muertos.

Hizo el fuego terrestre como todos los genios y, en cuanto a las galaxias, adivinó el zumbido.

Lo conocí en mi mocedad cuando me hablaron de él allá por 1934: un mundano ya entonces, arquitecto reciente, pije y roto a la vez. Una imaginación que no se había dado por estas costas ciegas, una apuesta distinta, otro frescor. Naturalmente tuvo que zarpar. Por ahí ancló en Barcelona donde habrá compartido con uno que otro paisano de la paisanería alta de la lengua: Gabriela, Lorca, Alberti, Buñuel el mago y otros muchachos de la dinastía del 27.

Ya imantado por París, fascinó de golpe al equipo de la fiereza y de la gracia del llamado espíritu nuevo, el más intransigente de los ismos. Breton le dio la estrella. Matta era el sur, un sur grande, recién nacido, otro planeta para airear no sólo el seso sino el origen.

Me pregunto qué vieron en él los cosmonautas de esa hora: ¿un Lautréamont sin escafandra, un buzo todavía más temerario?, ¿un remoto descubridor del XVI, piélago abajo hasta llegar a Freud?, ¿un alumbrado a lo sufí, cuyo cielo estará siempre aquí en la tierra?

Porque no hay paraíso. Matta apostó al paraíso, pero no hay paraíso. Lezama Lima lo soñó y de repente lo escribió. Pero fue otro el que pintó el amanecer, eso me consta, otro cubano: el gran Alejo. El gran Alejo Carpentier. Lean, si no me creen El siglo de las luces, y después me informan. Nunca habrá otro silencio más silencio, otro zumbido más eternidad.

Le gustaba a Matta balbucear América, acariciarla, aullarla, decirla por dentro como Vallejo, los dos Pablos, Rulfo y el mismísimo Darío. Rigor y encantamiento, nunca cedió al desvarío por el desvarío.

Defendió la revolución ahí donde estallara, libre de todo sectarismo político o estético, y pintó las mudanzas, los tropiezos y los abismos sin caer nunca en lo panfletario. No negoció ni con las modas, ni con las trampas de la inmortalidad.

Durmió largo su Etruria, su París, veló por La Habana donde pintó con tierra leve, con una sola mano un bello cuadro; vivió la Patria Grande, la de Simón Rodríguez, la de José Martí; no hubo minuto de fatiga en el prodigio de su mano. Cuanto nos queda de él es la hermosura.

Hoy es martes y 2008, ¿qué será el 3008 de este progenitor de tanta América visible y a la vez invisible? Pienso y pienso como cuando escribimos ese DUOTTO al amparo de Germana el 2005. ¡Los meses!, ¿qué serán los meses?: ¿frío?, ¿cemento?, ¿rehallazgo de nadie? ¿O, no más, cosa de adivino?

Andando, andando, Matta. No va más. Este enigma sin madre no va más. Que inventen otros la tristeza.



 

 

 

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Gonzalo Rojas
Publicado en Revista de la Universidad de México, N°111 (2013)