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El ronco sonido del lenguaje
Sobre Pequeños Migratorios, de Claudio Guerrero

Por Rodrigo Arroyo

 


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el infierno no es nada que se encuentre, aún,
frente a nosotros, sino que es ya esta vida, aquí.
August Strindberg

En el Hades, las sombras de los muertos repiten al infinito el mismo gesto, señala Giorgio Agamben en Profanaciones. Ahora bien, hay que señalar que el autor no se está refiriendo a castigos ni torturas, ni siquiera a los condenados sino más bien a lo que proyecta de futuro la imagen que intentamos fijar por algún medio. Es quizá este ejercicio una forma de asignarle un lugar de tensión e inseguridad a nuestros deseos, una condición de inalcanzables. En este sentido, y sin la pretensión de adentrarnos o dar la impresión de una lectura desde el romanticismo, podríamos señalar que la forma de fijar dichas imágenes y no su descripción, es la que sitúa al poeta en un estado previo al lenguaje, entregándole el movimiento formal de éste, permitiéndole así expresar su pensamiento. En otras palabras, y como una forma de adentrarnos en estos Pequeños migratorios, de Claudio Guerrero, cabría preguntarnos si ¿no consistirá este libro en un intento de adelantarse al lenguaje al, más allá de narrar otra vez un conjunto de sucesos, hacer visible aquello que se observa como carente de lenguaje o en estado de omisión?, ¿ o será que toda exhibición pública tiene como fin convertir los acontecimientos en archivos, en imágenes? Quizá lo que podemos afirmar con cierta certeza es que Claudio deja ver que se narra como un modo, no de aparecer en el lenguaje, sino de indagar en aquello que le precede y que traería consigo el enmudecimiento de la conmoción, de un pensamiento compartido. O más aún, de la acción por venir.

Así, una propuesta de lectura para este libro es pensarlo, no como una reivindicación sino como el sutil gesto de sostener, sin aspavientos estrategias o cálculos, la historia de los vencidos; más allá del cliché, la figuración política o cualquier tipo de asomo por parte de la figura del autor. Volver sobre la historia y pensar una época cuyo lenguaje fue cobrando vida al mismo tiempo que nosotros, o tal vez en nosotros mismos como testigos de una unión ficticia basada en la violencia, o como niños que observábamos a padres y abuelos siendo partícipes de una historia que no deja de venir y que nos legó una voz interminable al decir de Piglia, que nos invita, más allá de respetar el luto ante las víctimas, a no aceptar lo ocurrido, y comprender que a través de la reiteración de las imágenes o testimonios cuyo cobijo es el lenguaje, debemos hacernos cargo del futuro que ellas proponían y que el libro deja ver a través del paso del tiempo. Esto implica, entre otras cosas, no aceptar de modo alguno la concepción de vivir para la muerte, como tampoco olvidar, que más allá de toda categoría y condición, lo que persiste es un enemigo que piensa su estrategia mientras se dedica a administrar, y que siempre dispondrá de sujetos, cito a Claudio

Con la seguridad de manos
de quien está dispuesto a disparar.

Es así que a través de cuatro secciones nuestro pasado reciente se convierte en la sombra que se mueve sobre el muro, a través de un lenguaje contenido, que nos permite sentir o tal vez imaginar la profundidad de los sonidos que preceden al lenguaje. Constituyéndose así en una escritura que no pretende detentar sino la posibilidad de conmovernos ante los tiempos que, oscuros, han configurado una lengua que permanece en las ruinas que siguen desapareciendo. Una lengua cuya posibilidad consiste en hacernos partícipes de un diálogo, o incluso más, en los intentos de volver sobre el inalcanzable futuro que nuestros muertos nos legaron. En este sentido, el deseo o futuro que cada lector pueda encontrar en este libro no lo convierte a éste en la descripción hermética de una utopía o en el contenedor de grandes relatos,

Está todo vendido
también nuestros sueños

nos señala a través de uno de los personajes que pasaron por Villa Las Ánimas, espacio que nos trae a la memoria los innumerables centros de tortura que operaron en todo nuestro país. Es más, y como un dato del que poco importa si fue definido por el autor o resulta una coincidencia, en la décima región hubo un retén de carabineros destinado a dichas funciones, cuyo nombre era Las Ánimas.

Si decimos que en la casa tomada duermen
Cuidadosamente
las cartas y pergaminos
fotos con reyes europeos
y carísimos libros de genealogía
es porque en la casa abandonada duermen
los secretos papeles que ocultan los violentos crímenes
fundantes.

Es importante destacar que los hechos que Claudio incorpora no se restringen sólo a la dictadura, más allá de algunos pasajes; no es una poesía situada, he ahí entonces su gesto de sombra ondeándose en un muro. Porque deja ver que la historia de este país, o mejor dicho de este gran fundo, no ha dejado de repetirse desde sus orígenes, ante la resignación de un país, que se divide entre los violentamente amordazados y los que, en un completo abandono al pensamiento, deciden ignorar los acontecimientos. No por ello este libro realiza un juicio o distingo entre el enemigo, los cómplices y la sociedad en que a algunos nos tocó crecer. Claudio se limita a exhibir aquello que tal vez ha pasado desapercibido, coincidiendo así con el filósofo Sergio Rojas, quien propone recuperar visibilidad por sobre la visualidad. Algo así como un llamado a ver las ruinas y no usarlas como imagen arquetípica de aquella noche eterna que señalara el poeta Ennio Moltedo. En otras palabras, no olvidar el deseo de revertir la clausura o el agotamiento de lo humano con que carga un lenguaje que se ha forjado en la barbarie y el nihilismo.

No vaya a ser cosa que la lluvia
también moje la memoria,

nos advierte, ante lo cual nuestra respuesta no podría ser otra más que callar y asumir la historia como parte de nosotros, porque no es el lenguaje el que soporta el peso de los hechos. Su función aquí es preservar, pero sin la ilusa idea de la eternidad, buscando una conmoción que tensione las estrategias de la muerte. Constatar la lucidez del horror sin abandonar la incomprensión que nos genera y que desde ciertos espacios de la academia se intenta presentar como algo a comprender. El poema se transforma en cierto modo en un refugio para espíritus dañados, pero tan lenta y sutil es la forma en que lo notamos, que no deja de resultar un gesto tardío.

Un aspecto fundamental en este libro, por muy burdo que pueda parecer, es el hecho que las palabras dicen algo, y más allá si aquello es o no verdad, dicho significado les da la posibilidad de permanecer libres, sin pertenecer a espacio alguno. Librándose de paso de una lírica que permita a la verdad insertarse en la sociedad, sin tener que adecuarla al contexto de los tiempos mediatizados que vivimos. Tal vez esta sea la manera en que el lenguaje humildemente nos devuelva una experiencia. Como Kafka señalara, a veces hay que comprender La imposibilidad de escribir de un modo diferente. En el fondo, volver a la idea que la poesía dialogue con el mundo y, más allá de los motivos, no se vuelva sobre sí misma solamente. Aunque es preciso señalar que no es principalmente la ausencia de diálogo, como podría suponerse y deja ver el libro, o como en parte sí lo es, sino más bien la constancia del mismo lo que ha ido constituyendo este país. Los burgueses sobreviven como fantasmas anunciadores de calamidades, señaló Adorno, y tal vez Claudio presienta los anuncios como un largo viaje de la elocuencia a la mudez, o al estupor de seguir viendo, esparcidos entre las ruinas, los fragmentos del huevo de la serpiente.

Finalmente me gustaría señalar algo un poco al margen de lo presentado en este breve texto, y que me resulta interesante porque distingue a esta escritura, pese a todo lo que nos enseña en términos de imágenes y contenido. Esto es: el silencio y la tranquilidad que en ella podemos encontrar, sin que aquello implique frialdad o distancia en el uso de una figura como el narrador. Lo que no deja de recordarme unos versos de Pier Paolo Pasolini,

con la conciencia de un pájaro herido
que dulcemente muriendo no perdona.

Y quién sabe, quizá en el agónico canto de ése pájaro o en un largo silencio en las paredes que Claudio pudo percibir, encontremos el silencio ronco del lenguaje. No lo sé.


Valparaíso, verano del 2015



 



 

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Sobre "Pequeños Migratorios", de Claudio Guerrero.
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