Es cierto que el transeúnte está en óptimas condiciones, como lo ha señalado Heidegger, para esconderse entre los otros en el anonimato del 'se dice' ('En las grandes urbes, la calle es como un tubo por el que son aspirados los hombres' (M. Pinard). Sin embargo, esta condición anonadante nos lleva a un nuevo sentido de lo abierto.
Como espacio público, franco a la manifestación anónima, ella representa, en verdad, el lugar de todos y de nadie. En tal espacio soy un hombre indiferentemente igual a todos los demás.
Pero, entonces, no es que como individuo tenga simplemente la posibilidad de ocultarme entre los otros. Ocurre más bien que, si la tengo, es porque en medio de ese flujo humano, en la libre circulación callejera, logro en alguna medida desprenderme del peso, de la responsabilidad, del cuidado, de ese ser disponible para sí tal como lo somos en el domicilio,
desprenderme de ese personaje en vistas de sí mismo, tal como lo somos preferencialmente en el trabajo.
Desprenderme: dejarme llevar por el encanto de las cosas, sorprenderme en un caminar sin rumbo, sin puntos por alcanzar ni tiempos de llegada; abiertos a los azares del encuentro que la calle pone a nuestra disposición. Así, puede ocurrir que la apertura niveladora de la calle nos devuelva a la exacta dimensión de nuestra humanidad desnuda, sin trámites razonadores, sin jerarquías ni distinciones; que repentinamente nos revele nuestra condición de humanidad imprevisible en nuestra relación con los otros: expuesta a los otros en nuestra transitoriedad.
De esta manera, el paso por la calle corresponde a una suerte de purificación simbólica de esta nuestra individualidad modalizada, calculada por la especialización en el trabajo, y cultivada por la separatibidad domiciliaria.