Con su llegada, cada final de junio, el solsticio de invierno anuncia un nuevo ciclo. Willkakuti es el nombre que recibe en el mundo andino-amazónico aquello que en otros territorios optan por comprender como “Año Nuevo”. Willkakuti se enuncia desde otro lugar. Willka tiene que ver con la sacralidad, vinculada a los ancestros, las deidades tutelares y casi siempre vinculado al sol. Kuti es una expresión para el retorno, la vuelta. Willkakuti, todo junto, es la vuelta del sol, es apertura a su llegada, recibir su abrazo, sentir su presencia. A diferencia del mundo occidental-occidentalizado, en el que el año nuevo se hace efectivo cuando la tierra logra dar una vuelta entera al sol, el Willkakuti no supone una vuelta al sol, es la vuelta del mismísimo sol, su retorno, uno de sus tantos regresos, cada uno más potente que el anterior.

Héctor Hernández Montecinos y Mario Alfonso Lanao
Heidegger tiene un bello aforismo que merece ser intervenido: “dirigirse [encontrarnos] hacia [con] una estrella, sólo eso”. Willkakuti no encarna la decisión de quien se encamina deliberadamente hacia alguna dirección. Willkakuti no es el retorno del sol hacia nosotros ni mucho menos es dirigimos hacia este. Se trata, entonces, de otra cosa, de una dinámica esencial en la vida: el encuentro, aquel que, aunque en ocasiones previsible, siempre se reserva algo de intempestivo. La vida en su conjunto se fundamenta en la relación, la vida se trata del juego del encuentro con lo desconocido. A saber, cómo establecemos las alianzas, los nexos, con el mundo que nos rodea y del que somos parte, ríos, montañas, animales, humanos, árboles, un sinfín de seres de todo tipo. ¿Cómo resonamos con toda la materia vibrante de la que el cosmos se compone? ¿Cómo armonizamos y (des)organizamos una orquesta sin imponer nuestro ritmo, sin marcar el paso del otro, sin atropellar el sonido de los demás?
Contra el amanecer de Héctor Hernández Montecinos inscribe parte de su poética en medio de ese campo gravitante de tensiones con lo otro y los otros. Es esa la entrada, entre las múltiples que tiene, que proponemos. Y es que quizás no podía ser de otro modo (siempre queda abierta la posibilidad), ya que este libro constituye el tercer y último tomo, junto a Buenas noches luciérnagas[1] y Los nombres propios[2] de una trilogía autobiográfica. Con esta bella triada re-descubrimos que hablar de uno es siempre hablar de otros. Así, la poética de Contra el amanecer no trata del yo a secas, y más bien evoca un yo-tú-multo en donde “El autor es parte de una red mayor, un punto de conexiones que se desconocen y que se leen solo siendo otro”[3]. Es el despliegue de aquella máxima que nos entregó el filósofo atlante: “El alma tiende al racimo, doctor Fausto, al encadenamiento molecular”[4]. Así, este encadenamiento vital-poético tiene más que ver con las redes miceliales descentralizadas y con los rizomas que con la literatura. Los vínculos con lo otro no solo operan en la dimensión humana, no están cerca siquiera. Se trata de interactuar con lo otro como dinámica de vida: otro lenguaje, otra poética, otro cuerpo, otro tiempo, otro porvenir.
Contra el amanecer es, entre otras muchas cosas, un nacimiento y una muerte. Tiene, además, un carácter nomádico. Es una poética del viaje, de la que se repliega sobre sí misma. Los viajes, los amigos, los cariños, los lenguajes, las ciudades, los libros, los diarios, los talleres, las poéticas, los rumbos, las idas, las vueltas. Una poética de la vida, y aún más, una poética de la muerte, toma cuerpo en la composición con la alteridad: “Siempre hay muertos entre lo que se escribe y lo que se lee. Ya sean los autores que amamos o quienes nos duele que no sigan aquí”[5]. Es esa la relación con lo otro, que siempre en un territorio, un afecto, un cuerpo. En el gesto de ese ir más allá del lenguaje, que en realidad es un volver más acá de la vida, se asoma un juego. Así, lo lúdico constituye un espacio de encuentro con la alteridad en la que el lenguaje es siempre también un otro, “Ni siquiera estoy seguro si son poemas o novelas escritas con poemas. Da igual. De todos modos, me siento cómodo en esta área del juego”[6]. Aquí estamos ante una poética que no es híbrida, sino que más bien hibridiza. No es la concreción de algo, es una dinámica que atraviesa la poética de Contra el amanecer. Una vez más, exploración de un lenguaje que también es un otro.
La poética aquí inscrita es parte de un habitar la diferencia, “un ‘yo’ que escribe a un ‘otro’”[7]. No solo es un yo cargado de otros seres, voluntades, deseos, penas, sino que también es un yo que se desplaza constantemente, que no deja que el propio Yo se estratifique, vehiculiza todo el devenir sí mismo hacia un devenir otro: “cualquier noción de nueva poesía pasa por los nuevos lenguajes que hace circular, que pone en funcionamiento, que conecta con otros, pero también con la posibilidad de hackearse a sí misma [...]”[8]. Son esos afectos, pérdidas, reencuentros que hacen que el yo siempre constituya su propia alteridad. El lenguaje, al igual que uno, es muchos, y no puede decirse de otra forma.
Las vanguardias latinoamericanas son un bello ejemplo de aquella posibilidad de encuentro con la alteridad. Me parece oportuno traer un gesto del que Elizabeth Monasterios ha escrito en Vanguardia plebeya del Titicaca[9] y que nos permite pensar aquello. Gesta Bárbara tuvo lugares comunes, claro, pero no existió “realmente” consenso literario y estético al interior del grupo. Carlos Medinaceli y Gamaliel Churata tenían proyectos distantes y no se guardaban la oportunidad para hacérselo saber al otro. A su vez, mantenían una estrecha relación de amistad y cariño. No es la censura, no es el desprecio, ni mucho menos la condescendencia. Son esas las potencias del encuentro de las vanguardias que también están presentes en Contra el amanecer y que son parte clave, nos parece, de los elementos con los Héctor juega. Un ir y volver del lenguaje, atravesado por los encuentros con los otros, para morir y nacer donde mismo, aunque nunca sea lo mismo.

Una poética no se encuentra en el poema, ni mucho menos. A lo sumo, pasa por este, lo atraviesa, porque una poética siempre es más. Una poética funda aquello que no empieza ni puede terminar en el texto, en la letra. Contra el amanecer es un espacio donde el lenguaje polemiza, opera como campo de batalla contra el propio lenguaje. Esa forma de experimentación es similar a lo que nuestro querido Gamaliel Churata hizo notablemente. En su caso, desestabiliza la narración del sujeto occidental para introducir el componente indígena, de ese modo oraliza la letra. En la plasticidad del lenguaje encuentra expresiones de las cuales son partícipes no solo los humanos, sino también los animales, las plantas, entre otros seres. Las voces que intervienen pueden enunciarse sólo desde un registro polifónico, donde el lenguaje de la vida articula otras formas de expresión más complejas y ricas que las contenidas en el lenguaje humano. Un gesto similar encontramos en este libro, a saber, “estas palabras que se convierten en poesía y luego siguen su camino hacia zonas mudas e incluso no humanas”[10]. Héctor nos presenta una máquina de guerra que re-suena, experimenta con esa oralidad que impregna las dinámicas socioculturales de nuestra región. Quizás por ello Contra el amanecer te envuelve de esa voz que deviene susurro-silencio-susurro-grito, viento.
Puede ser que por la misma razón, acercarte a esta cajita de sonidos sea una experiencia que tenga más que ver con aventarse a El abismo iletrado de unos sonidos[11] de Lemebel, que con una cómoda lectura en silencio y para sí mismo del buen lector recatado. Uno puede fácilmente transportarse a una conversa con Héctor en Santiago, pero que bien podría ser cualquier otra parte de Lima, Bogotá o algún rinconcito de la Atlántida. Puede que no sea nada de eso, y Contra el amanecer, la trilogía en su conjunto, sea en realidad el recital a bordo de esa caravana poética que nunca inició en México y que nunca terminó en Chile, pero que quizás hoy en otros universos sigue su rumbo transitando hacia el infinito.
Así, una cosa es la escritura y otra muy distinta la poesía. Esta segunda es la que nos interesa, la que da cuenta de un plano de inmanencia, un territorio caótico de experimentación que viene desbordando el afuera del afuera, que funda un margen de toda esa literatura oficial, educada y bien encuadrada, se convierte en centro solo para desestabilizar y finalmente fuga, una y otra vez, para constituir un nuevo margen.

Dijimos que Contra el amanecer es una muerte y un nacimiento. En ese sentido, no es una cuestión de menor importancia que la poética de Héctor haya florecido en el cambio de milenio. Que este libro aparezca después de un cuarto de siglo transcurrido, tampoco es casualidad. Entre la miseria neoliberal, el auge de las nuevas derechas y lo neoconservador, la distópica conquista del universo con hedor extractivista, la muerte, las guerras, de todo aquello que constituye el anuncio del final de algo. Y es que la noción de final, llámese de una civilización, de un libro, de un paradigma, de una poética, no sólo puede ser entendida desde la comprensión lineal, progresiva y evolutiva. Por el contrario, se pueden levantar otras lecturas del final como la re-vuelta, el trastocamiento del orden, el vuelco de la vida sobre la vida o de la muerte sobre la vida o de la vida sobre la muerte o de la muerte sobre la muerte, la apertura al cambio, el Pachakutik en la que las temporalidades no son más determinadas por la senda de la Historia, más bien se chorrean por sus bordes, mientras que otras emergen incontenibles, por los mismos márgenes. El lenguaje con el que aquí se escribe se desarrolla de un modo similar. No puede ser leído de forma lineal y progresiva, por el contrario, hay que atender a los saltos, los puentes, los cortes, las re-vueltas, los retornos. Sea como sea, estamos ante la sensación de asistir al fin de un mundo que a pedazos se cae y no da para más. ¿Serán acaso las ruinas de este mundo los materiales de ensayo para una vida? Para otra vida y otra muerte y otra muerte y otra vida.
Casa de la Literatura Peruana
Lima, 23 de septiembre, 2025.
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NOTAS
[1] Hernández, Héctor. Buenas noches luciérnagas. Santiago: RIL Editores, 2017.
[2] Hernández, Héctor. Los nombres propios. Santiago: RIL Editores, 2018.
[3] Hernández, Héctor. Contra el amanecer. Santiago: RIL Editores, 2025, 125.
[4] Churata, Gamaliel. El pez de oro. Madrid: Ediciones Cátedra, 2012, 551.
[5] Hernández, Contra el amanecer, 357.
[6] Ibid., 198-199.
[7] Ibid., 90.
[8] Ibid., 388.
[9] Monasterios, Elizabeth. Vanguardia plebeya del Titicaca. Gamaliel Churata y otras beligerancias estéticas en los Andes. Puno: Universidad Nacional del Altiplano, 2015.
[10] Hernández, Contra el amanecer, 198.
[1] Lemebel, Pedro. Adiós mariquita linda. Bogotá: Seix Barral, 2022.