Fue un lobo estepario henchido de humanitarismo, por cuyo mágico mundo literario discurrieron siempre hombres ricos en ansias y desazones enfrentados inexorablemente a un destino avasallador.
Pensaba que "lo trágico de nuestro tiempo estriba en que el sentimiento ha dejado de ser la última instancia"; como contrapartida, sus héroes viven en la vocación insoslayable de su ser profundo, por más que ésta, no pocas veces, los arrastre a la destrucción o a los más desconcertantes desenlaces.
Escritor para escritores, artista de selección, Hermann Hesse fue, sin embargo, un representante clásico del gran pensamiento alemán, cuya impetuosa vertiente corre desde Goethe hasta nuestros días en el curso central del río de la creación europea. En esa estela, abierta por el más grande de los alemanes y uno de los mejores de los europeos, el fino, poético y paradójicamente racionalista temperamento de Hesse, después de la poderosa figura de Thomas Mann, deberá ocupar mañana un sitio señero. No en balde el alma alemana, aun trasvasada en el apacible esquema suizo —como en su caso— es cifra de interna contradicción y de íntima rebeldía.
Los artistas como el autor de "Demián" son siempre aristócratas, no en el plano social, ciertamente, sino en su aspiración humana de perseguir arquetipos que representen más acabadamente que el hombre común la gran aventura de la vida. Y nadie define mejor su hondo drama que la certeza de que ese mundo vive ya tan largamente los pródromos de su metamorfosis o de su extinción definitiva.
La literatura de Hesse, realismo mágico, representación apasionada, pero austeramente objetiva, del eterno mito que busca darle un sentido a la vida, es una creación que está más allá del gran público, al que sólo puede llegar a través de la fama que conceden un Premio Nobel o las múltiples distinciones recaídas sobre los cansados hombros del viejo escritor.
Los griegos, no obstante la gran fantasía de su Olimpo poblado de humanizados dioses, sabían que el hombre, como ente de razón, está solo frente a un destino que es siempre ciego e imprevisible. Así, Demián, el rebelde adolescente marcado por una especie de divina sabiduría; así, Narciso y Golmundo; así, el hindú Siddartha, Peter Camenzind o, mejor aún, el héroe sombrío de El Lobo Estepario —todos ellos arquetípicos— no tienen en su lucha con lo desconocido sino su propia fuerza o su flaqueza. Y, sin embargo, son seres que buscan la eterna respuesta, esa respuesta que nunca llega, tal vez porque es su incógnita la que teje en el tiempo la trama de la vida, y, de darse entera, podría hacerla desaparecer por inútil o superflua.
No fue raro, por ello, que en sus últimos años este llamado, que le venía en la sangre por su madre francesa nacida bajo el sol de la India, lo arrastrara más y más hacia la esotería y las ciencias del arcano. Nuestro escritor y diplomático Miguel Serrano, en una visita que le hizo en su retiro helvético, nos lo mostró entregado al juego apasionante de las cifras herméticas, como un lama equipado, a la vez, con todas las dudas y experiencias del Occidente racionalista.
Y ahí, tal vez, en esa confrontación íntima del espíritu de dos mundos tan distintos, esté la extraña seducción de este solitario creador que, a través de cincuenta años de titánico labor, alejado de clanes y capillas, buscó los signos de la vida y de la muerte para entregar, generosamente, su mensaje de belleza.
Se ha ido un artista que, si fue lobo estepario, lo fue por amor, no por odio a los hombres.